Mañana (Arpías 3) Capítulo 6
13%

Capítulo 6

Thomas

M entiría si dijese que no he vuelto a pensar en ella.

Row… Al menos ahora sé su nombre, aunque su identidad sigue siendo un misterio.

Antes del placentero encuentro que tuvimos en el ascensor, me había convencido de que lo mejor era no seguir buscándola, pero ahora… ¿Cómo voy a ignorar lo bien que se siente tener mis dedos enterrados en su coño?

¿Se supone que debo olvidar, sin más, lo fuerte que me corrí con su mano?

Ni hablar.

He contratado a dos investigadores más. Todos ellos están dedicando cada jodida hora del día a dar con ella. Necesito volver a verla, y no a través de una pantalla.

¿Soy tan idiota como para poner en bucle el vídeo que requisé de las cámaras de seguridad? Por supuesto. Idiota y masoquista, porque cada vez que nos veo a ambos en ese ascensor, lo revivo una y otra vez y lo único que deseo es regresar a ese momento e impedir que se marche.

Lanzo mi chaqueta sobre el respaldo del sofá y resoplo con fuerza antes de dirigirme al mueble bar. Necesito una copa, o una docena, lo que haga falta para sacarme a esa maldita mujer de la cabeza.

¿Por qué no puedo pensar en otra cosa que no sea ella?

Ni siquiera he llamado a Walsh esta semana. Row ocupa todos y cada uno de mis pensamientos, como una jodida pesadilla de la que no soy capaz de despertar.

Paso un buen rato en la sala de estar, hasta que decido que ya he tenido suficiente. No sé cómo ni cuándo, pero la encontraré. Nadie es capaz de permanecer oculto por siempre.

Termino el resto de mi bebida y subo las escaleras del ático de dos plantas en el que llevo viviendo desde hace varios años.

Mientras asciendo cada peldaño, mi mirada va a parar a los enormes ventanales con vistas al lago Michigan.

Cualquier mortal daría un brazo por vivir aquí, por tener lo que yo poseo y, sin embargo, para mí este lugar no es más que una prisión bonita en la que intento pasar el menor tiempo posible.

Muevo los hombros para desentumecerlos mientras camino por el pasillo que lleva a los dormitorios. Me detengo en el primero, y cuando estoy a punto de poner la mano sobre el pomo, la puerta se abre y Selene esboza un amago de sonrisa.

—Señor Hutcher, creí que esta noche volvería a llegar tarde —dice, y, aunque parezca una regañina, sé que no lo es.

Esta mujer es una jodida santa y no sabría qué hacer sin ella. Que esté aquí, cuidando de Melissa mientras yo hago todo lo posible por mantenerme alejado, hace que la culpa que siempre cargo conmigo me envenene la sangre.

«Tú deberías cuidar de ella, no la puta enfermera», resuena en mi mente.

—¿Está despierta? —pregunto en un susurro.

La mujer de mediana edad asiente y se hace a un lado para que pueda entrar al dormitorio.

—Ya ha cenado y está lista para dormir. Estoy segura de que la alegrará mucho verlo, señor.

Un nuevo latigazo de culpa y remordimientos me azota con fuerza, pero no dejo que se me note. Solo doy un paso al interior de la estancia, después otro y otro más, hasta que llego al pie de la cama donde mi hermana pasa un día tras otro.

Me obligo a sonreír a pesar de que el dolor en mi pecho se hace más grande a cada segundo. Está más delgada que la última vez que vine a verla. Su rostro, que un día fue redondo, ahora solo es piel y huesos.

—¿Has decidido pasar a saludar a la moribunda de tu hermana?

Casi suelto un jadeo de pura angustia al escucharla, y no por lo que ha dicho. Melissa tiene la macabra costumbre de bromear con su estado de salud. Lo que de verdad me afecta es notar la extrema debilidad de su tono de voz. Es como si incluso sus cuerdas vocales estuviesen perdiendo fuerza.

Tomo una respiración profunda y me siento en el borde de la cama, intentando recomponer mi imagen de hermano mayor, fuerte, indestructible y aún con esperanza, aunque esa última hace ya tiempo que está muy mermada.

—Lamento no haber podido venir estos últimos días. Cuando llegaba a casa ya estabas dormida.

Hace un gesto con su delgada mano para quitarle importancia a mi disculpa y esboza una sonrisa que no le llega a los ojos.

—Tom, tienes que frenar un poco esa carga de trabajo. No lo hagas por mí. Yo estoy bien con Selene, pero en algún momento te tocará vivir un poco.

—Yo vivo mucho —replico, cogiendo su mano.

Pone los ojos en blanco y niega con la cabeza.

—No me refiero a ir a alguno de esos antros a que las chicas de tu club de fans te suban el ego. Vive de verdad. Sal con tu amigo Carter o invita a una chica a cenar a un restaurante bonito. Ya sabes, el tipo de cosas que hacen los hombres solteros y millonarios de Chicago.

Se me escapa una sonrisa, una de verdad. A veces, cuando me regaña, como ahora, casi puedo reconocer en ella a mi hermana pequeña, a la que era antes de que su maldita enfermedad decidiera atacarla con tanta virulencia.

—Estoy esperando a que te recuperes para llevarte a uno de esos restaurantes.

—¿En serio no eres capaz de buscarte una cita? —Vuelve a poner los ojos en blanco y me da un pequeño apretón en la mano—. Si no te rodearas de tantas rubias artificiales, ya podrías haber sentado cabeza. Estaría bien saber lo que se siente al ser tía antes de morir.

Ignoro su último comentario y vuelvo a respirar hondo por la nariz.

—Si me estás esperando para ser tía, te auguro una vida muy larga. No entra en mis planes ser padre, al menos, no en un plazo corto de tiempo.

—Dices eso porque aún no has conocido a la mujer adecuada.

Al escucharla, inevitablemente, la imagen de Row acude a mi mente. Ella es distinta a todas las mujeres con las que me relaciono.

—Espera, ¿qué ha sido eso? —pregunta mi hermana en tono pícaro.

Sacudo la cabeza para borrar esos estúpidos pensamientos y clavo mis ojos en los suyos.

—¿El qué?

—Esa mirada.

—¿De qué demonios hablas?

Melissa sonríe de oreja a oreja y me veo obligado a apartar la vista de su rostro cuando los huesos de sus pómulos sobresalen como si estuviesen a punto de atravesarle la piel.

—Cuando he dicho que no has conocido a la mujer adecuada, has puesto una cara rara. ¿Has conocido a alguien últimamente y no me lo has dicho?

—¡¿Qué?! No, claro que no.

Me pongo de pie y doblo las mangas de mi camisa por encima de los codos mientras noto cómo mi hermana me taladra con la mirada.

—Thomas Albert Hutcher, a mí no puedes mentirme. Te conozco mejor que nadie y sé que me estás ocultando algo. ¿Quién es ella? Dime, por favor, que no tiene el pelo rubio y más operaciones estéticas que la mismísima Cher.

Casi suelto una carcajada al ver su gesto de indignación. Exhalo con fuerza y niego con la cabeza.

—Su pelo es negro y ondulado —confieso.

Melissa da un pequeño grito agudo que por un instante casi parece suyo. Ha sonado a la persona que era antes.

—¡Cuéntamelo todo! ¡Necesito saber quién es!

—Bienvenida al club —murmuro para mí.

Solo por la ilusión que se ve reflejada en su mirada, decido contarle mi aventura con la chica desconocida.

Regreso a su lado y vuelvo a tomar asiento en el borde de la cama.