Capítulo 4
Thomas
E stiro el brazo para detener las puertas, que están a punto de cerrarse, y me ajusto el nudo de la corbata intentando parecer tranquilo, aunque no sé si lo logro.
Doy un nuevo paso al interior del ascensor sin apartar mi mirada de la suya y me giro de golpe. Los demás empleados intentan entrar, pero no se lo permito.
—Coged el siguiente —ordeno.
Todos me miran con confusión por la forma en la que estoy actuando.
No soy un hombre excéntrico. Autoritario y exigente sí, pero nunca antes he tenido problema alguno con viajar en ascensor acompañado por mis empleados.
Solo los ignoro o saludo a alguno de pasada si me cae lo bastante bien y su rendimiento laboral lo merece.
Las puertas se cierran enseguida y tomo un par de respiraciones profundas mientras mi mente funciona a toda velocidad.
¿Qué se supone que debo hacer ahora?
He pasado los últimos dos días obsesionado con encontrar a la chica que está justo detrás de mí, a solo un metro de distancia. Lo más seguro sería ignorarla, hacer como si ni siquiera la recordara.
«Es probable que sea una cazafortunas». Las palabras del investigador resuenan en mi mente.
¿Por eso ha venido a buscarme? ¿Esta es su estrategia para llamar mi atención?
—¿Vas a fingir que no me conoces, Thomas? —escucho su voz a mi espalda y tenso la mandíbula con fuerza.
Quiero decirle que se largue y no vuelva a acercarse a mí nunca más, que conozco muy bien a las mujeres como ella y no obtendrá un solo centavo de mí, sin embargo, antes de que pueda ser consciente de mis propios movimientos, estoy golpeando el botón de parada de emergencia del ascensor con el puño.
Me giro con violencia y vuelvo a mirarla a los ojos.
—Dime tu puto nombre —siseo entre dientes.
La muy perra se atreve a sonreír de manera arrogante.
—Te noto un poco tenso. —Se acerca más a mí, lo bastante para que ese aroma tan desagradable y excitante, por alguna razón que desconozco, inunde mi nariz.
Su mano va a parar al centro de mi pecho y contengo el aliento—.
¿Has tenido un mal día? Créeme, podría haber sido mucho peor, pero aquí estás…
—Desliza la mano hacia mi hombro y le da un pequeño apretón—.
Fuerte, sano y vivo. Es toda una hazaña, Thomas.
Frunzo el ceño al percibir una especie de amenaza velada en su comentario.
—¿Qué demonios quieres de mí? —inquiero.
La desconocida se acerca más, hasta que su cuerpo y el mío quedan separados por apenas unos centímetros, y sigue moviendo su mano hasta llegar a mi nuca, enreda los dedos en mi pelo y tira de él con suavidad.
—Otro beso, el definitivo —responde, y tira de mi cuello hacia abajo.
Debería apartarla y llamar a seguridad. Lo que está haciendo puede ser considerado acoso. Además, creo que me ha amenazado de muerte. Con eso tendría suficiente para retenerla unas horas y averiguar quién demonios es y lo que busca, pero no hago nada de eso.
Solo exhalo con fuerza, rodeo su garganta con la mano y la empujo hacia el fondo del ascensor.
Sus ojos se abren como platos cuando la aplasto contra la pared, pegando mi cuerpo al suyo. Abre la boca para protestar, pero antes de que pueda decir una sola palabra, ya la estoy besando.
Me trago su jadeo ahogado mientras hundo la lengua en su boca.
«Otra vez ese sabor…». Estoy casi seguro de que es vodka.
Su lengua se roza contra la mía y un gemido reverbera en su pecho, traspasando mi ropa.
Lo siento en mi jodida piel, como si me quemara.
Aprieto más su garganta mientras sigo devorándola con violencia.
Me importa una mierda lo que quiera de mí, que se lleve todo mi dinero si antes puedo follarla, aquí, ahora.
Empujo la chaqueta de cuero por sus hombros hasta que cae al suelo, y solo aparto mi boca de la suya y mi mano de su cuello el tiempo suficiente para quitarle la camiseta por la cabeza.
Mi intención es volver a besarla, pero entonces bajo la mirada y casi me corro en los pantalones al ver las dos tetas más jodidamente perfectas que nunca antes había tenido delante de mí.
El sujetador de encaje negro apenas puede contener su tamaño. Las abarco con las dos manos y sonrío.
Yo tenía razón. ¡Son naturales, joder!
—Puede que no sea hoy, pero voy a follarme estas preciosas tetas en algún momento —susurro contra su boca.
La desconocida exhala con fuerza y su aliento golpea mi rostro.
—Si no es hoy, no será nunca. —Bajo las copas de su sujetador, y en cuanto veo aparecer los pezones, duros como jodidos diamantes, bajo la cabeza y me meto uno en la boca—. ¡Oh, joder!
Su mano vuelve a enredarse en mi pelo. Me empuja la cabeza para que siga succionando su pezón con fuerza mientras noto cómo desliza la otra mano hasta mi cinturón.
Tarda solo unos segundos en desabrocharlo, se deshace del botón y la cremallera con más facilidad aún y mete la mano en mi ropa interior.
Gruño y muerdo su piel cuando siento que sus dedos rodean mi erección. Aparto la boca y la obligo a mirarme a los ojos.
—Dime que estás empapada —susurro mientras muevo las caderas despacio para ejercer más presión contra la palma de su mano.
La sonrisa provocativa que esboza está a punto de conseguir que me corra como un puto quinceañero.
—Compruébalo tú mismo.
Vuelvo a gruñir. Ni siquiera sabía que ese sonido pudiese salir de mí hasta que conocí a esta mujer.
A regañadientes, abandono sus pechos para conseguir abrir el cierre de su pantalón. No me molesto en bajarlo del todo, solo dejo el espacio suficiente para introducir la mano en sus bragas y hundir los dedos en sus húmedos pliegues.
Ella gime bajito y echa la cabeza hacia atrás, dándome acceso a su cuello largo y esbelto. Lo muerdo despacio mientras sigo acariciándola con movimientos circulares.
Su mano me aprieta la polla con más fuerza y tengo que contenerme para no correrme.
¿Cómo es posible que esté tan excitado con una jodida paja?
Deslizo la lengua por su cuello y después por la barbilla hasta llegar a su boca.
—Quiero follarte, Desconocida —susurro antes de morder su labio inferior.
Vuelve a gemir y separa un poco más las piernas.
Adentro mis dedos en su coño y ¡me engullen, joder!
Dejo de moverme cuando noto cómo mis pelotas se tensan. No quiero correrme aún, pero ella no se detiene. Su mano sube y baja por mi polla cada vez más rápido.
—Más fuerte —pide mientras se roza contra mi mano sin ningún tipo de vergüenza.
Sonrío.
Joder, esta chica sabe lo que quiere, y eso me encanta. No es como las demás. Las mujeres se desviven por darme placer, pero a ella solo le importa recibirlo.
—No te corras aún —ordeno casi sin aliento. El brillo desafiante en su mirada me advierte de que no va a obedecerme. No, ella hará lo que quiera y no podré impedírselo—. ¡Mierda, está bien! —gruño, acelerando la velocidad de mi mano.
Meto y saco los dedos con rapidez, los muevo en su interior mientras trato de contener mi propio orgasmo.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
Nos quedamos quietos al escuchar la voz que enseguida descubro que sale del altavoz que hay en el panel de botones del ascensor.
Durante un segundo entro en pánico.
Alzo la vista hacia el techo. ¡Olvidé que había una jodida cámara en el ascensor!
Trato de recordar si hay alguien al otro lado presenciando esta escena, pero enseguida recuerdo que no es así. Está grabando, sin embargo, no emite en directo.
—No se te ocurra parar ahora —susurra la desconocida, volviendo a mover las caderas.
Su mano vuelve a recobrar vida, me aprieta la polla con tanta fuerza que resulta casi doloroso.
—¿Hola? Han accionado la parada de emergencia. ¿Hay algún problema? —Esa jodida voz me recuerda que nuestro tiempo es limitado.
—¡Maldita sea! —gruño en voz baja y vuelvo a hundir los dedos en su coño. Uso la otra mano para taparle la boca cuando noto cómo su cuerpo empieza a temblar—. No grites. Esto va a ser rápido.
Escondo mi rostro en el hueco de su cuello y dejo de contenerme. Seguimos escuchando la voz a través del altavoz y enseguida el ascensor se pone en marcha.
Empieza la cuenta atrás. Tengo que hacer que se corra antes de que lleguemos a la planta principal. Yo casi estoy. Solo necesito unos segundos más.
Clavo los dientes en su cuello en el justo instante en el que un latigazo de placer me recorre la columna. Ahogo su grito, presionando la palma de la mano con más fuerza contra su boca, y no detengo el movimiento de los dedos hasta que todo su cuerpo se relaja contra el mío.
Aún con la respiración acelerada y el corazón latiendo a toda velocidad, saco la mano de sus bragas y la obligo a ella a hacer lo mismo conmigo.
Recojo su camiseta del suelo y yo mismo se la pongo tras ajustarle el sujetador. Después me ocupo de acomodar mi propia ropa mientras ella se abrocha el pantalón con una mano.
—No ha estado nada mal —comenta cuando estamos a punto de llegar a la planta principal.
Me giro para mirarla. Está sonriendo con descaro. Tiene el pelo alborotado y los labios rojos por mis besos y mordiscos, además de una marca rojiza en el cuello.
—¿Vas a decirme ya tu nombre?
Ella niega con la cabeza, estirando aún más las comisuras.
El ascensor se detiene y noto que se acerca más a mí.
—Ha sido un placer conocerte, Thomas —susurra, restregando la palma de la mano en mi camisa.
Intento besarla, pero las puertas se abren y ella retrocede un par de pasos.
No quiero que se marche. Necesito repetir esto, joder. Bueno, lo que de verdad deseo es llevarlo mucho más lejos. Una puta paja en un ascensor no es suficiente.
Está a punto de salir cuando las palabras salen de mi boca sin que pueda contenerlas.
—¿Te volveré a ver?
Se detiene y se gira a medias para mirarme por encima del hombro.
—Espero que no —responde, perdiendo la sonrisa. Da un par de pasos más y vuelve a detenerse, aunque esta vez no se gira—. Me llamo Row —dice justo antes de retomar el paso y perderse entre la gente que espera para entrar en el ascensor.
Exhalo con fuerza e intento recomponerme. Deslizo la mano por mi vientre y siento algo viscoso pegado a mi camisa. Cuando levanto la mano y lo veo, casi me echo a reír.
La muy cabrona se ha limpiado mi corrida en mi propia ropa. ¡Está loca, joder!
Quiero volver a verla.