Capítulo 3
Thomas
S iempre he pensado que no hay nada que el dinero no pueda comprar: comida, entretenimiento, placer…
Hasta la propia vida tiene un precio. Sin embargo, hace ya más de dos días que estoy intentando obtener información sobre la identidad de la desconocida que me asaltó en el baño, pero ni contratando a los mejores expertos he sido capaz de dar con ella.
Nadie ha sido capaz de darme una sola pista sobre su identidad, y eso me tiene obsesionado.
La puerta de mi despacho se abre tras recibir un par de golpes y mi asistente entra, cargando con un montón de carpetas repletas de documentos desordenados.
La observo desde mi asiento tras la mesa de caoba maciza que preside la estancia y casi me da pena.
Se esfuerza mucho y es extremadamente inteligente, pero apenas es capaz de pasar unas pocas horas sin cagarla.
—Jane, llegas tarde —mascullo.
—Lo lamento, señor Hutcher. He tenido un pequeño inconveniente en el aparcamiento. Una chica…
—Me da igual —la corto—. ¿Has traído lo que te encargué?
Asiente y se acerca a toda prisa. Deja caer las carpetas sobre mi mesa y los documentos se desparraman sobre ella. Contengo un bufido de pura exasperación.
—Lo lamento mucho, señor —se excusa, y empieza a rebuscar entre los papeles.
—Eso ya lo has dicho. Mi encargo….
—Sí. Tengo el informe de ventas del trimestre por aquí.
Inspiro hondo.
En serio, esta chica es capaz de agotar mi paciencia. ¿Cómo puede ser tan inteligente y, al mismo tiempo, un desastre total?
—Eso no fue lo que te pedí.
Alza la mirada y se queda inmóvil unos segundos.
—¡Oh, sí! Perdón, señor. —Rebusca en sus bolsillos un buen rato antes de sacar una memoria USB. Me la tiende con una sonrisa forzada—. Son las grabaciones de las cámaras de seguridad de la noche que me indicó.
Enseguida la cojo y la conecto a mi ordenador.
—Recoge todo este desastre y clasifícalo. No quiero ni un solo documento fuera de lugar —ordeno sin mirarla.
—Por supuesto, señor Hutcher.
—Retírate ya.
En cuanto reúne todos los papeles, los aprieta contra su pecho y empieza a caminar en dirección a la salida.
—Señor Hutcher… —alzo la vista de la pantalla un segundo—, ¿quiere que cancele su cita para el almuerzo?
Echo un vistazo a mi reloj de pulsera y exhalo con fuerza. Ya llevo retraso y odio la impuntualidad.
—No. Enseguida me voy —respondo, prestando de nuevo atención a la pantalla.
Escucho cómo la puerta se cierra y al fin accedo a la carpeta que hay en la memoria USB. Pedí a uno de los investigadores que seleccionara las grabaciones de esa noche en las que aparezca la chica desconocida.
En cuanto el vídeo empieza a reproducirse y la veo en pantalla, noto cómo un escalofrío me recorre la columna. La imagen no es demasiado nítida, pero puedo reconocerla. Su silueta y la forma de vestir es inconfundible.
Está cerca de la barra, da pequeños sorbos a un vaso sin perder de vista el reservado en donde yo estuve esa noche. Me estaba vigilando. ¿Por qué?
Acelero la reproducción hasta que empieza a moverse. La perspectiva de la cámara cambia, me veo a mí entrar en el lavabo y poco después ella me sigue al interior.
Durante un buen rato, la imagen se queda casi estática. Por supuesto, no hay imágenes del interior del baño y nadie más se acerca a la puerta. Pasan solo unos minutos, un tiempo mucho más corto de lo que me pareció esa noche.
No puedo evitar rememorar el momento exacto en el que sus labios y los míos entraron en contacto. Casi puedo oler su aroma a cigarrillos y noto el sabor a alcohol en mi paladar.
«Tal vez solo quiera un beso». Su voz nítida se reproduce en mi mente como si el tiempo se hubiese detenido en ese lugar.
Un beso.
¿En serio me estuvo vigilando tanto tiempo solo para besarme? Eso no tiene sentido.
Sacudo la cabeza de un lado a otro y vuelvo a prestar atención a la pantalla en el preciso instante en el que el tipo que nos interrumpió abre la puerta. Solo unos segundos después, la desconocida sale corriendo del baño.
Vuelve a cambiar la cámara, se la ve atravesando el local a toda prisa hasta llegar a la salida.
Otra cámara, esta vez en el exterior, solo que la calidad de la imagen es aún peor que las demás.
Alcanzo a reconocer su silueta en el aparcamiento, pero es solo una especie de mancha o borrón casi indescifrable.
Se sube a una motocicleta y desaparece sin más.
Ninguno de los investigadores ha sido capaz de tener una imagen nítida de esa moto. No sabemos la marca, el modelo ni mucho menos el número de matrícula.
El vídeo finaliza y me recuesto en mi asiento, frotándome la barba corta con la mano.
Varios expertos aseguran que lo más probable es que la chica sea una cazafortunas. Estuvo esperando su oportunidad para acercarse a mí.
He conocido a unas cuantas mujeres de ese tipo.
Sin ir más lejos, mi anterior asistente tenía por costumbre ponerme las tetas frente a la cara cada vez que tenía ocasión.
Antes de ceder a sus intentos de seducción, llevé a cabo una pequeña pesquisa y descubrí que ya había tratado de hacer creer a varios empresarios importantes de la ciudad que la habían dejado embarazada.
Por supuesto, su estrategia no funcionó. No soy tan imbécil como para no tomar precauciones cada vez que me follo a una mujer; suelo mantener separados los negocios del placer.
Lo único que consiguió fue una carta de despido y la seguridad absoluta de que nadie en esta ciudad se atreverá a contratarla para un puesto superior a una camarera o empleada doméstica.
Por ese preciso motivo sigo manteniendo a Jane como mi asistente.
A pesar de sus constantes meteduras de pata, a ella no le intereso.
Puedo trabajar sin distracciones y con la tranquilidad de que no llegaré un día a mi despacho y la encontraré desnuda sobre mi mesa.
Sin embargo, no termino de estar seguro de que la intención de la desconocida fuese esa.
¿Por qué salir huyendo si yo mismo le sugerí que nos marcháramos juntos de la discoteca? Desapareció sin dejar un teléfono de contacto ni una pista de la que tirar para poder encontrarla… ¡Ni siquiera me dijo su nombre, maldita sea!
Resoplo, y tras un nuevo vistazo a mi reloj, decido ponerme en marcha. Si no salgo ahora mismo, llegaré tarde a la reunión con uno de nuestros clientes más importantes.
No puedo dejar que esa desconocida siga robándome tanto tiempo y esfuerzo. Tengo cosas más importantes en las que pensar, como la falta de resultados de Walsh y cómo repercuten en el estado de salud de Melissa.
Debo enfocar todas mis energías en eso y dejar de perseguir fantasmas. Si esa chica quiso desaparecer, no seré yo quien siga buscándola.
Con la decisión tomada, salgo de mi despacho y ni siquiera me molesto en despedirme de Jane al pasar frente a su mesa.
Camino hasta el ascensor y varios ejecutivos me saludan y se hacen a un lado para que pueda acceder en primer lugar.
Son unos jodidos lamebotas.
Podría ordenarles que bajaran las quince plantas por las escaleras y apuesto a que ninguno de ellos se negaría solo para caerme un poco mejor.
Ese es el jodido problema de tener tanto poder y dinero, todos los que me rodean me temen o me envidian, y los que no, solo se dedican a hacerme la pelota para sacar algún beneficio de mí.
Las personas como yo no terminamos de confiar ciegamente en nadie. Solo tengo un amigo, y ni siquiera por él pondría las manos en el fuego.
Ignoro sus miradas de soslayo mientras reviso mi correo en el teléfono hasta que las puertas se abren.
No me hago a un lado, solo espero a que los que quieran salir del ascensor me esquiven para poder entrar.
Después, doy un paso hacia el interior. Y justo en el instante en el que levanto la vista, se me desencaja la mandíbula al descubrir a la desconocida apoyada contra la pared con gesto despreocupado.
Pestañeo rápido, intentando entender qué demonios está pasando.
¿Me he quedado dormido y estoy teniendo una especie de sueño muy lúcido? O tal vez me tiene tan obsesionado que ya tengo visiones de ella en todos lados.
—¿Baja, señor Hutcher? —pregunta, esbozando media sonrisa.
Trago saliva con fuerza y trato de recomponerme. Inspiro hondo por la nariz y enseguida reconozco ese olor a cigarrillos. Es ella, está aquí. ¿Qué demonios quiere? No puede ser casualidad.