Capítulo 1
Row
C uando mis hermanas y yo nos mudamos al complejo, decidimos que cada una dispondría de un lugar privado donde vivir.
Tenemos personalidades muy distintas y, para evitar problemas y peleas innecesarias, lo más coherente es que nuestros apartamentos privados sean algo así como templos sagrados en los que poder estar a solas y sentirnos en paz.
Supongo que a alguien se le olvidó contarle ese detalle a las demás, ya que tienen la irritante costumbre de aparecer sin avisar a cualquier hora del día o de la noche.
Escucho el chirrido de la puerta del montacargas al abrirse y suelto un pequeño gemido antes de cubrirme la cabeza con la colcha para poder seguir durmiendo.
«¡Tengo que recordar cerrar la jodida puerta con llave!».
—¡Dios santo, Row! ¡Esto es un estercolero! —escucho que exclama Day.
La ignoro. Imagino que se refiere a los envases de comida que llevan varios días sobre la mesa, o tal vez al montón de ropa sucia que cubre el sofá casi en su totalidad.
A decir verdad, me importa una mierda mientras pueda seguir durmiendo.
—Ese arroz es prácticamente un ecosistema independiente a estas alturas. Temperatura ambiente, humedad atrapada y materia orgánica en descomposición. ¡Es el sueño húmedo de cualquier bacteria oportunista! —expone Jesse.
Sí, creo que se refiere a los restos de comida. Aun así, sigo ignorándolos.
—El problema no es el moho visible —prosigue ella—, sino lo que no ves. El arroz cocido a temperatura ambiente es de lo más peligroso que hay.
Con una exhalación, me destapo la cabeza y les lanzo una mirada asesina.
—Decidme que no habéis venido a despertarme para poneros a discutir sobre mis restos de comida como dos putos frikis.
Day hace una mueca de asco en dirección a la mesa antes de acercarse a la cama.
—Son las diez de la mañana —afirma, cruzándose de brazos.
A veces, cuando me mira como lo está haciendo ahora, con toda esa prepotencia y egocentrismo, me recuerda a Madre y la odio, porque sé que mi hermana no se parece en nada a esa hija de puta.
—Deja de regañarme con la mirada y dime de una vez qué demonios queréis. ¿Hay fuego en alguna parte? Porque solo así puedes justificar que tú y tu novio, el Lameculos, hayáis invadido mi apartamento sin avisar… Otra vez.
—¿Llamas apartamento a este vertedero? —inquiere Jesse, sonriendo de manera arrogante.
—¿Sabes, Lameculos? Extraño esos días en los que mi hermana solo te follaba porque le recordabas a…
—¡Ni se te ocurra terminar esa frase, Row! —me interrumpe Day, alzando la voz.
Tomo una respiración profunda y me paro a pensar un segundo en lo que he estado a punto de decir.
A veces dejo que mi impulsividad tome el mando y no mido las consecuencias. Usar la relación de Day con Terry para atacar a Jesse habría sido demasiado cruel incluso para mí.
—Lo siento —mascullo, y me pinzo la nariz con los dedos índice y pulgar—. ¿Podéis decirme ya qué os ha traído hasta aquí para que pueda seguir durmiendo?
—Si hubieses respondido mis llamadas, lo sabrías. Tenemos trabajo —responde Jesse con los dientes apretados.
—Sé un poquito más específico —pido, poniéndome en pie.
Ignoro de manera deliberada el gesto de asco que hace Day cuando exhalo el humo de la primera calada del cigarrillo que acabo de encender.
—Thomas Hutcher está vivo.
Me giro hacia Jesse con el cigarrillo entre los labios y arqueo una ceja.
—Imposible. Hace dos días que lo besé. A esta hora, el rigor mortis ya habrá desaparecido y su cuerpo estará en fase de descomposición.
—Pues para estar descomponiéndose, te aseguro que huele mucho mejor que este antro al que llamas hogar —replica Jesse.
—¿Lo has visto hoy? —Asiente con la cabeza—. ¿Estás seguro de que no estaba muerto?
Jesse resopla y vuelve a asentir.
—He hablado con él en persona hace solo un rato. Has fallado, Row.
Le doy una nueva calada a mi cigarrillo mientras me muevo de un lado a otro de la habitación. No puede ser. Mi habilidad nunca me ha fallado. Es sencillo, yo beso a alguien y a las veinticuatro horas se muere, sin sangre ni hematomas. Solo deja de respirar.
—¿Cómo es posible? Tendría que haber muerto anoche.
—¿Estás segura de que lo besaste bien? —intercede Day.
La miro frunciendo el ceño.
—¿En serio? ¿Vas a darme lecciones de cómo besar a un hombre?
—No estoy diciendo eso, pero sabemos que tu habilidad proviene de toxinas que están presentes en tu saliva. Si solo lo besaste en los labios…
—Day, estuve a segundos de follármelo en el baño de una discoteca —la corto.
Inspiro hondo por la nariz y rememoro ese momento. La forma en la que sus labios se amoldaban a los míos, su mano enredada en mi pelo, su erección frotándose contra mi muslo…
—Entonces, ¿estás segura de que tu saliva entró en contacto con su epitelio oral?
Estrecho mi mirada sobre ella. A veces tengo la sensación de que estos dos hablan un idioma que solo ellos conocen. Aunque Jesse tiene un trabajo más ejecutivo en GenoLabs, pasa demasiado tiempo rodeado de científicos, y eso se nota.
—El interior de su boca —traduce Jesse al darse cuenta de que no estaba entendiendo nada.
Le doy una última calada al cigarrillo y lo aplasto contra el fondo del cenicero, donde hay más de una veintena de colillas.
—Le metí la lengua hasta la garganta. ¿Responde eso a vuestra pregunta?
—Tal vez tengas que emplearte más a fondo —murmura mi hermana.
—¿Estás sugiriendo que debo tirarme a Thomas Hutcher?
¿Pero qué le ha dado a esta mujer con querer que nos follemos a todo el mundo? Primero lo hizo con Nao y el poli, y ahora pretende hacerlo conmigo. Parece que nos quiere buscar pareja a todas.
Day carraspea y echa un vistazo en dirección a Jesse antes de responder.
—No voy a decirte qué debes hacer con tu vida sexual, Row. Hace años que perdí esa batalla. Solo pienso que, si no ha funcionado, debe de haber algún motivo, pero antes de empezar a investigarlo, es conveniente un segundo intento.
—Ningún investigador serio descarta una teoría basándose en un único resultado inconsistente. La replicación siempre es necesaria antes de considerar un experimento un fracaso —secunda Jesse.
—Vale, dejad los experimentos, las teorías y las investigaciones para vuestros trabajos de frikis. —Camino hasta el sofá y empiezo a rebuscar entre la montaña de ropa sucia algo que esté lo bastante decente como para ponérmelo.
Creo que ya no me queda ninguna prenda en el armario, aparte de un vestido rosa que me regaló Neva por mi cumpleaños, y prefiero ir a buscar a ese tipo en pelotas antes que ponérmelo.
Jamás entenderé por qué las mujeres normales insisten en vestirse con prendas incómodas y subirse a tacones imposibles solo para agradar a los hombres.
¡Si lo que les interesa está debajo de la ropa!
«Lo hacen porque ellas sí pueden quedarse con ellos después», resuena en mi mente.
Enseguida sacudo la cabeza para borrar esos estúpidos pensamientos.
—¿Qué haces? —inquiere Day al verme quitarme la camiseta de tirantes.
Jesse se gira de golpe para no verme en ropa interior. A mí me da igual. No será la primera vez que lo haga, ni la última.
—Voy a buscar a ese cabrón y te demostraré que hice bien mi trabajo. Mi habilidad nunca falla.
Me pongo unos vaqueros medianamente limpios, y tras enfundarme una camiseta, me agacho para colocarme las botas.
—Lo vi esta mañana en GenoLabs, pero ya se marchaba. Lo más probable es que ahora mismo se encuentre en su lugar de trabajo.
—Las oficinas de Hutcher Technology, ¿verdad? —inquiero mientras me pongo la chaqueta de cuero y me echo un vistazo en el espejo.
—Ya puedes girarte —avisa Day a Jesse.
Este se da la vuelta y me mira a través del espejo.
—Row, necesitas un motivo para entrar en ese edificio. Tienen mucha seguridad.
—Podemos hablar con Neva. Puede que Evan consiga acceder al sistema de seguridad y te dejen entrar.
—No, yo me encargo —digo tras repasar mi maquillaje de manera sutil—. Si Neva sigue usando el método clear con ese pobre chico, acabará haciéndole papilla el cerebro.
—¿Y cómo piensas meterte en el edificio? —pregunta Jesse.
Me giro y esbozo una sonrisa ladeada.
—Con mi encanto y carisma, cuñadito.
Me dirijo a la salida, sin embargo, él se interpone en mi camino.
—Row, sé que pensar antes de actuar no es lo tuyo, pero debes tener cuidado. Nos estamos jugando demasiado. Si Madre se entera de que la estoy traicionando…
—No tienes que darme lecciones —lo corto—. Soy muy consciente del riesgo que corremos. Ahora, apártate o haré contigo ese segundo intento para comprobar la teoría o lo que sea que dijiste antes. ¿Quieres un besito, Lameculos? —De inmediato, da un paso al costado—. Eso suponía.
—¡Row, ten cuidado! —grita mi hermana cuando ya estoy saliendo.
—Lo tendré. Te quiero, perra. —Salgo del apartamento, y tras entrar en el montacargas, cierro la reja y golpeo el botón de la planta baja con el dorso de la mano.
Apoyo la parte posterior de la cabeza en una de las paredes y exhalo con fuerza.
«¿Por qué no está muerto Hutcher?».
Admito que una parte de mí está emocionada con la posibilidad de volver a besarlo. Aquella noche, al salir de la discoteca, me arrepentí de no haber pasado más tiempo con él. Por primera vez desde hace mucho estaba disfrutando de verdad con un hombre.
Tal vez haber fallado no esté tan mal. Tengo otra oportunidad y pienso aprovecharla bien.
¿Quién sabe? Quizá hasta me plantee follármelo.