Mañana (Arpías 3)
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Prólogo
Thomas
I ntento concentrarme en lo que está diciendo una de las rubias que forman parte de mi club de fans, pero en lo único que puedo pensar es en todos los problemas que me esperan fuera de este antro; el primero y más apremiante: la incompetencia de Walsh y su grupo de científicos.
Después de tantos años con el proyecto, todos los millones invertidos en distintos estudios clínicos y tecnología punta, ya debería tener resultados, pero la muy zorra sigue dándome largas y pidiendo más dinero.
—… y me quiero tomar un año sabático para disfrutar de la vida —continúa Mandy. Y esta vez me pone el escote en la cara para atraer mi atención.
Enseguida dirijo la mirada a esas dos tetas enormes que luchan por escapar del minúsculo pedazo de tela que las cubren de manera parcial. Sé muy bien cómo se sienten al tacto. Las he tenido en mis manos en más de una ocasión, y en mi boca, y envolviendo mi polla también.
—Creo que tú necesitas disfrutar —dice melosa. Y dejo que tire de mi mano y me lleve hacia uno de los sofás del reservado.
En cuanto se sienta a horcajadas sobre mi regazo, noto cómo las demás chicas que nos acompañan se arremolinan a nuestro alrededor, esperando ser atendidas por mí del mismo modo que Mandy.
Unas manos, que estoy casi seguro de que pertenecen a Karen, empiezan a masajear mis hombros mientras Mandy se mueve de manera sutil, rozando su coño contra mi bragueta.
Inspiro hondo y trato de relajarme. He venido aquí esta noche para divertirme y distraerme de todos los problemas que soy incapaz de eludir.
Siento el calor de un cuerpo en mi costado y enseguida otras manos distintas comienzan a acariciarme. Rose ha decidido que ella también quiere ser parte del juego y yo no se lo pienso impedir.
Mandy se mueve más rápido sobre mí mientras Karen lame mi cuello.
Trato de concentrarme exclusivamente en lo que estas tres bellezas me hacen.
Solo tengo que dejarme llevar, sin embargo, parece que mi polla no está de acuerdo conmigo porque apenas se entusiasma con la idea de pasar el resto de la noche follándolas.
Aparte del tema de la doctora Walsh, que no soy capaz de ignorar, también tengo la sensación de que esto es más de lo mismo.
Las mismas chicas con distintos nombres.
Mandy, Karen, Rose, Alana, Sarah… Todas rubias, con rostros reconstruidos desde cero para parecer más atractivas y tetas descomunales, pero falsas.
No hay ni una pizca de originalidad en ninguna de ellas.
Sujeto a Mandy de la cintura y la aparto para bajarla de mi regazo. Creo que será mejor que me termine la copa y regrese a casa. Hoy no tengo ganas de seguir fingiendo.
—Thomas, ¿a dónde vas? —pregunta Rose cuando me pongo en pie.
Me tomo el resto de licor de mi vaso de un trago antes de responder.
—La noche se ha terminado para mí, señoritas.
—¡Aún es pronto! —se queja Karen, haciendo pucheros con sus labios excesivamente gruesos debido a la barbaridad de bótox o lo que sea la mierda que les ha inyectado.
—Divertíos sin mí. Que carguen todo a mi cuenta —anuncio mientras me abrocho la chaqueta del traje.
Ni siquiera me molesto en despedirme antes de salir del reservado. Mi intención es irme de inmediato, pero, de camino, decido hacer una parada en el servicio.
Tras entrar en el lujoso baño, uso uno de los urinarios sin poder dejar de pensar en Walsh. Me importa una mierda que sea la mujer de uno de los hombres más influyentes del estado y parte del país. Si no me da resultados pronto, le cortaré la financiación de su proyecto. No pienso darle más tiempo.
Me guardo la polla en los pantalones, y cuando me giro, veo a una chica. Me está observando a unos pasos de distancia, con los brazos cruzados sobre el pecho y esbozando una sonrisa ladeada.
—Creo que se ha equivocado, señorita. El servicio de mujeres está en la puerta de al lado —digo sin poder dejar de mirarla.
Es extraña y preciosa a la vez.
Lo que más me llama la atención de ella no son todos los tatuajes que decoran su piel en los antebrazos, cuello y escote, sino sus ojos, unos ojos azules tan claros que parecen irreales. Aparenta ser muy joven. No creo que supere los veinticinco. Sin duda, es mucho más joven que yo.
—Estoy justo donde quiero estar, señor Hutcher —susurra.
Me tenso de inmediato. ¿Cómo sabe mi apellido? No tiene pinta de ser una de las chicas de mi club de fans. Su pelo negro y ondulado le cae sobre el hombro y estira más sus comisuras.
Camino en dirección al lavabo, y mientras me lavo las manos, le echo un vistazo a su imagen en el espejo.
Lleva unos vaqueros ajustados oscuros con rotos en las rodillas y los muslos, una camiseta negra con una calavera estampada y por encima una chaqueta de cuero estilo motero.
Definitivamente, no es una Karen ni una Mandy. ¿Qué demonios quiere de mí?
—¿Nos conocemos? —inquiero sin dejar de mirarla. La única respuesta que obtengo es un ligero cabeceo de lado a lado—. Entonces, ¿por qué sabe mi apellido y yo no sé ni su nombre?
—Porque no lo creo necesario —contesta, encogiéndose de hombros.
Me giro despacio para verla mejor. «¿Son botas militares lo que lleva en los pies? ¿Qué clase de mujer usaría este tipo de calzado?». Su actitud es muy extraña. Es posible que Walsh… No, a ella no le conviene sacarme de en medio, aunque la creo muy capaz de ello.
—No me gustan los acertijos. Si quieres algo de mí, dilo ya o márchate.
—¿Ahora nos tuteamos? Bien, es más íntimo. —Camina hacia mí, meneando sus redondeadas caderas—. Te he estado observando, Thomas. Eres como una estrella de rock , rodeado por tantas mujeres guapas.
No es en absoluto mi tipo de mujer. Su belleza es indudable, pero para nada lo que estoy acostumbrado a llevarme a la cama.
Yo las prefiero menos altas, con cuerpos más menudos y no tan…
¿amenazantes? Al llegar a mi lado, coloca una mano en el centro de mi pecho e instantáneamente mi polla se endurece.
«¡Mierda!, si ha venido a matarme, va a ser bastante bochornoso que encuentren mi cadáver empalmado en mitad del baño de una discoteca».
Trato de ignorar su contacto y sigo mirando esos dos zafiros azules que tiene por ojos.
—Disfruto de la belleza femenina. No creo que eso sea asunto de nadie, y mucho menos de alguien a quien ni siquiera conozco.
—No lo es, pero me pregunto… —Hace una pausa mientras desliza el dedo por el centro de mi pecho. Mi polla se tensa aún más con cada centímetro que se acerca a ella—. ¿Por qué todas son rubias?
Bajo la mirada solo una milésima de segundo a su escote, por donde asoman dos tetas de un tamaño bastante considerable y estoy casi seguro de que son naturales. Regreso la mirada a su rostro, esta vez me fijo en sus labios, voluptuosos, sí, pero tampoco parecen haber sido retocados
—Nombre.
Su respuesta es desabrochar uno de los botones de mi chaqueta y negar con la cabeza.
¡Maldita mujer!
¿Por qué no me dice de una vez cómo se llama? Voy a follarla de todos modos.
—Para lo que quiero hacer contigo, no necesitas saberlo —susurra.
Su aliento golpea mi rostro. Huele a alcohol y cigarrillos. Una mezcla de aromas que jamás imaginé que podría gustarme, y mucho menos excitarme hasta el punto de que mi erección resulte casi dolorosa.
Tenso la mandíbula y trato de contenerme para no empujarla sobre la encimera y follarla en este mismo instante. Quiero saber su maldito nombre antes de que eso ocurra.
—Insisto. Me gusta saber el nombre de las mujeres a las que me follo —siseo entre dientes.
La forma en la que arquea una de sus cejas oscuras casi hace que me corra en los pantalones. Sigo intentando averiguar por qué mi cuerpo reacciona así ante esta extraña mujer.
«Originalidad. Eso era lo que estabas buscando, ¿no?», resuena en mi mente.
—¿Crees que eso es lo que está a punto de pasar entre nosotros, Thomas? —pregunta, sorprendiéndome.
Desabrocha otro de los botones de la chaqueta y yo contengo el aliento.
Todas las mujeres quieren lo mismo de mí.
Sé que no estoy mal, pero lo que de verdad les atrae no es la belleza ni el dinero, sino mi actitud.
Eso es algo que aprendí desde muy joven, a la mayoría de las mujeres les encanta ser dominadas, y no me refiero a atarlas o atizarles con un látigo.
Lo que de verdad las vuelve locas es que otro asuma el control durante el sexo, que las hagan disfrutar con cada caricia, cada mordisco y cada embestida.
—Una mujer no te asalta en un baño público si no quiere ser follada —afirmo.
La muy descarada vuelve a sonreír.
—Tal vez solo quiera un beso —susurra con sus labios muy pegados a los míos.
Llevado por un impulso, rodeo su cintura con el brazo mientras con la otra mano la sujeto por la nuca. Enredo los dedos en su cabello ondulado y tiro de él para alzar su rostro hacia el mío. Su sonrisa se esfuma y me taladra con sus ojos azules.
—Sé que voy a follarte porque me lo estás suplicando. —Deslizo la punta de la nariz por su mejilla, inspirando profundo. Tabaco y alcohol de nuevo. Me sorprende tanto que esto me excite…—. Casi puedo oler lo cachonda que estás. Ahora dime tu jodido nombre.
—No —susurra tras unos segundos de silencio.
Mi brazo se tensa alrededor de su cintura. ¿Acaba de rechazarme?
¿A qué demonios está jugando? Ha sido ella quien ha empezado esto y no pienso dejar que se eche atrás, ahora que ha conseguido atraer mi atención.
Esbozo una pequeña sonrisa. Sin duda, es una mujer de lo más peculiar. Me gusta.
—¿Quién eres, Desconocida? —murmuro para mí, aunque creo que lo bastante alto como para que ella también lo escuche.
—Suéltame —dice tras tomar una respiración profunda. No obstante, no hay ningún tipo de convencimiento en su tono de voz.
Niego con la cabeza y vuelvo a tirar de su pelo. Mi mirada regresa a sus labios, carnosos y apetecibles. Quiero lamerlos y morderlos para comprobar si de verdad son reales.
—¿No querías un beso? —inquiero.
Se estira para acercar su boca a la mía, pero no permito que me bese. Quiero ser yo quien lo haga cuando menos se lo espere. Tiro de nuevo de su pelo y ella suelta un pequeño gemido que hace que mi polla pegue un brinco.
Sonrío de nuevo. Tengo la sensación de que este va a ser un polvo memorable.
—Thomas… —susurra.
—¿Ves? Estoy en inferioridad de condiciones. Yo también quiero gemir tu nombre.
—No he gemido tu nom… —Corto su frase pegando mi boca a la suya.
Sus labios se sienten tan suaves… Piel cálida y tersa. La obligo a ladear un poco la cabeza y hundo la lengua en su boca mientras le doy un poco de alivio a mi dolorida erección frotándola contra su muslo.
El sabor a alcohol inunda mi paladar. ¿Vodka tal vez? La chica sin nombre gime de nuevo y ese sonido viaja directo a mis pelotas. Necesito follarla ahora mismo.
Estoy a punto de empujarla contra el lavabo cuando escucho cómo la puerta del baño se abre sin previo aviso.
Me aparto de ella a regañadientes, incluso creo que se me escapa un gruñido de pura frustración.
La desconocida se gira para ver al chico que está a su espalda. Lo observo con atención, le está sonriendo a ella. Si el cabrón cree que voy a compartirla se equivoca. Esos jodidos labios de ensueño son solo para mí.
—Fuera —ordeno.
El chico me mira y su sonrisa se esfuma.
—Necesito usar el baño —dice.
Resoplo con fuerza y hundo los dedos en mi pelo. No puedo impedirle que use un servicio público. Lo mejor será llevarme a la desconocida a cualquier otro lugar y terminar lo que hemos empezado.
Hago un gesto con la cabeza para que pase de largo mientras escucho cómo ella respira hondo un par de veces, después se gira y vuelve a mirarme con esos preciosos ojos azules.
—Salgamos de aquí —ordeno sin poder dejar de observarla.
Frunzo el ceño al ver cómo sacude la cabeza de un lado a otro. ¿No? ¿Cómo que no? Va a venirse conmigo. Antes de que termine la noche, habré follado todos y cada uno de sus agujeros, eso es algo seguro.
—Buenas noches, señor Hutcher —susurra, sorprendiéndome.
Me toma por sorpresa la rapidez con la que se gira y sale del baño casi a la carrera.
Me quedo paralizado un par de segundos. ¿En serio va a largarse sin más? Eso no tiene ningún sentido. Ambos lo estábamos disfrutando hasta que llego el hijo de puta a interrumpirnos.
Voy tras ella, pero al llegar al exterior, ya no la veo por ningún lado.
Recorro la pista de baile, pregunto a varios de los camareros y hasta hago que mi chófer revise el aparcamiento de la discoteca de punta a punta, sin embargo, es como si se hubiese esfumado en el aire. Nadie es capaz de darme una pista de su paradero ni de su identidad.
Sexualmente frustrado y emocionalmente confuso, vuelvo a casa con la sensación de que esta noche no ha sido una más. Incluso cuando me meto en la cama, no puedo dejar de pensar en ella y en esos malditos ojos azules. Su olor, su sabor, la forma en la que gimió mi nombre…
Mi encuentro con la desconocida es, sin duda, lo más excitante y extraño que me ha pasado en los últimos años.
¡Dios santo, tengo que encontrarla!