Man-kind 33
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Rachel abrió la lona de la entrada disimulada con el camuflaje óptico y se precipitó en el umbrío interior de la tienda de campaña.

Sakoda entró corriendo tras ella, pero se tiró al suelo tras oír el disparo.

Al levantar el rostro, vio que Rachel tenía toda la parte derecha del cuerpo envuelta en una nube roja.

—¡Rachel!

Sakoda miró alrededor buscando al autor del disparo. Enseguida había comprendido que el disparo no provenía desde fuera de la tienda. Se oyó mucho más cercano.

Rachel, sangrando por el pecho, fue cayendo hacia la cama donde se sentaba Ignacio. Sakoda se puso en pie apresurándose a tender una mano hacia la joven y, para su sorpresa, Rachel se la agarró y, apoyándose en él, consiguió frenar la caída.

—Maldito desgraciado, así que tenías un arma…

—Rachel, no hables.

Sakoda alejó de una patada el QBZ-100 caído a sus pies.

No obstante, no había sido aquella arma.

Si hubieran disparado a Rachel con un fusil de esos en modalidad cien por cien automática, ahora mismo su cuerpo debería estar hecho pedazos.

Aun así, a causa de la bala que había impactado, se le había revuelto medio cuerpo, haciéndole perder la silueta habitual de un ser humano.

Su brazo derecho colgaba solamente de la carne y se notaba el hueso partido sobresaliendo.

La mano izquierda que se aferraba a Sakoda terminó por perder sus energías y Rachel cayó boca abajo sobre las rodillas de Ignacio.

—Rachel, vuélvete bocarriba. Respira hondo. Ignacio, ¿no puede llamar a un médico militar?

—Ya no se puede hacer nada —contestó Ignacio señalando con el mentón hacia Rachel.

La manta sobre la que había caído Rachel se había convertido ya en un estanque de sangre.

Alrededor del boquete abierto en su pecho, la sangre fresca brotaba en espumosos borbotones.

Por lo visto, el tiro le había perforado también un pulmón.

Rachel, a pesar de tener la cabeza pegajosa por la sangre, consiguió girar el cuello y levantar la vista hacia Ignacio con una mirada cargada de rencor.

Echando espumarajos de sangre por la boca, todavía consiguió hablar.

—Maldito seas, cerdo inmundo.

Ignacio bajó la vista hacia aquella Rachel caída sobre sus rodillas y meneó la cabeza en gesto negativo con expresión dolorida.

—Sakoda, acaba con su sufrimiento.

—¿Dónde está el arma?

—Se cayó a mis pies. Se paró con un cartucho defectuoso que no detonó. Tienes que tirar de la corredera para que se cargue la siguiente bala y después disparar.

Sakoda rebuscó bajo la manta y, tras tocar un objeto metálico, lo sacó.

El queuechouvue le indicó que se trataba de una pistola automática APS.

Una del mismo tipo que aquella a la que Camilo disparó tiempo atrás parapetado tras la pared, esa pistola automática de fabricación soviética que tanto le gustaba al Che Guevara.

Por lo visto, Ignacio se había comprado otra del mismo modelo.

Ignacio hizo una seña con el mentón hacia el arma.

—Te regalo la pistola. Y, de paso, llévate ese maletín que hay ahí.

Junto a la cama, había un maletín verde oliva.

—Ya no voy a hacer más de recadero tuyo. Avisa a un médico…

—Es inútil. Lo sabes de sobra, ¿no?

Sakoda apretó los dientes. La sangre que antes manaba con aquel ímpetu casi había dejado de brotar.

—Dentro del maletín hay documentos. El diario de Faruqi y mío, y también un listado de los instrumentos usados en nuestros experimentos y la lista de las personas y entidades con que tratamos. Son todos los registros de aquel proyecto para crear una nueva especie humana, una man-kind .

El periodista tiró hacia sí del maletín mientras apuntaba a Ignacio con la pistola.

—Entendido lo de los documentos, me los llevo.

Sakoda palpó el arma buscando el seguro, pero no consiguió encontrarlo.

Dándose por vencido, volvió a encañonar a Ignacio con ella.

Probablemente, como el arma se le cayó, no tuvo tiempo de ponerle el seguro.

Sakoda, por fin, comprendió el estado en que se encontraba Ignacio.

Parecía ahora más locuaz que cuando realizaba su diatriba a través del queuechouvue , pero se trataba solo de una pose forzada, fruto de un último esfuerzo de sus energías.

—Parece que se encuentra usted bastante mal…

—Aunque no me pongan la mano encima, antes del anochecer habré muerto.

Sakoda señaló con la pistola la cámara que enfocaba a Ignacio.

—¿Le importaría deshacer el deseo de suicidio que ha enviado a los nacidos del MHS? Ahora, frente a la cámara.

—No sé ni cómo lo descubriste…

—Por favor, Ignacio. No puedo creer que esos doscientos mil MHS estén llevando una vida desgraciada.

—Pero, desde un primer momento, son criaturas que no debieron existir.

—¡Déjate de bromas! —gritó Sakoda poniendo el cañón del arma sobre la frente de Ignacio—. ¿Qué derecho tienes tú a decir eso?

—El de ser el padre que los generó.

—De eso nada —repuso Sakoda señalando a Rachel—. Quienes les dieron la vida fueron sus padres. Lo único que hiciste tú fue dejar caer unas gotas de tinta en mitad del proceso.

Ignacio se echó de pronto a reír. Y después, congeló su expresión. Su mirada se dirigió hacia Rachel, que debería estar muerta, pero que, en un último esfuerzo, volvió a levantar la cabeza.

—Jake, no hables con él —avisó Rachel señalando a Ignacio con la mano izquierda, la única que todavía podía mover—. Lo único que conseguirás es incrementar el poder de este hombre para provocar una sintonía con tus emociones.

—Así que todavía puedes moverte —contestó Ignacio—. Pues tienes razón. Antes se les daba el nombre general de neuronas espejo y permiten la sintonización de emociones. Gracias a la acumulación de efectos recíprocos, ejercen influencia sobre el sistema nervioso.

Ignacio miró hacia Rachel.

—Al parecer, mi padre quería convertirme en el líder de una raza de superhumanos, que pudieran dar una respuesta concertada mediante un trabajo de equipo de sus genes. Pero es un poder que también actúa en buena medida sobre las personas corrientes.

—Por favor, Jake. Quiero morir cuanto antes.

Rachel alargó la mano izquierda y la cerró en torno al agarre de la pistola APS que tenía Sakoda.

—Jake, voy a expulsar el cartucho que no detonó; tú agarra la corredera.

—No sigas. No debes hacer esfuerzos.

La mirada de Rachel vagó como perdida.

—Yo ya estoy muerta —dijo con voz estrangulada—. Lo que ves moverse ahora es el efecto de la insensibilidad al dolor y el bucle de retroalimentación de la consciencia troncal que este sujeto me implantó. La consciencia de la Rachel que tú conoces ya se paralizó. Jake, agarra la corredera.

Jake agarró la corredera cerrando los ojos y Rachel apretó la pistola para enviar la siguiente bala a la recámara.

—Ahora, gira hacia aquí el sonriente rostro de ese tipo.

—Ya lo hago yo —comenzó Ignacio.

—Jake, hazlo tú —cortó Rachel dirigiendo una fiera mirada a Ignacio.

—Pero… es que…

—Entonces, lo haré yo misma.

Rachel clavó en la garganta de Ignacio la punta que asomaba del cúbito partido de su brazo derecho y, retorciéndolo como un destornillador, giró la cabeza de Ignacio hacia la pistola.

Un chorro de sangre brotó de la garganta junto con una bocanada de aliento similar a un silbido, seguido de unos espumarajos de sangre por la boca.

—¿Tienes algo más que decir, pedazo de hipócrita?

Bajo la furiosa mirada de Rachel, Ignacio levantó la comisura de los labios en lo que pretendía ser una sonrisa irónica.

—La verdad es que…

—No quiero oírlo. Arrepiéntete y muere.

Rachel apretó el gatillo con mano temblorosa. La bala que salió por el humeante cañón atravesó la garganta de Ignacio salpicando de roja sangre el interior de la tienda.

Dejando caer la pistola, la joven volvió a desplomarse sobre la manta. El arma rodó por el suelo y acto seguido Rachel cayó sobre ella con el cuerpo doblado.

Sakoda recogió el QBZ-100 que antes había lanzado de una patada hacia un rincón de la tienda y disparó contra la cámara de matriz que continuaba filmando.