Man-kind 32 #2
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32 #2

Al llegar el nuevo Maschief, el grupo se repartió entre los tres ingenios transportadores y comenzó a subir la colina por la ruta trazada por el Meganeura de Toma.

El Maschief de cabeza llevaba a Jo y sus subordinados.

Iban ascendiendo en la modalidad de alta velocidad, sorteando los troncos caídos, rocas o barrizales que Toma había cartografiado previamente.

En el instante en que el grupo llegó a un punto desde el que se divisaban las tiendas, el soldado que conducía el Maschief de Jo cayó con la garganta desgarrada por un disparo.

—¡Balas guiadas! —gritó Jo bajando de un salto del Maschief.

Casi al mismo tiempo, Rachel descubrió el punto desde el que les disparaban y a dos de los efectivos de Camilo moviéndose alrededor.

—Haz una ráfaga de dos tiros a doce grados a la derecha —indicó Rachel a Jo mientras se dejaba caer resbalando del Maschief.

Había apuntado con el sistema de ORGAN trazando una trayectoria para las balas guiadas que buscaba el punto de los disparos anteriores, aunque ya no había nadie allí.

Los dos soldados, al no comprender la intención de aquel disparo que tenía que fallar, se pararon en seco y fue entonces cuando se vieron atravesados por los disparos de Jo.

—Ya solo quedan tres —observó Rachel.

—Pero nosotros también hemos sufrido bajas. Estamos igual, solo tres.

La amargura del tono de Jo hizo comprender a Rachel que en el tiroteo había perecido también el otro soldado de Jo.

—A Jake no lo incluyas en la cuenta.

Rachel se asomó entre la maleza para escrutar la situación en torno a las tiendas. La distancia era de unos treinta metros. Desde una distancia tan corta, el camuflaje óptico se distinguía con el aspecto de una pantalla de fondo borroso.

De la tienda del centro, en un trozo borroso de jungla, salió la imagen de un pedazo de tela blanca ondeando.

—Sargento Rachel y periodista Sakoda. Les proponemos una tregua de quince minutos.

Rachel, tras cruzar una mirada con Sakoda, gritó:

—¿Por qué motivo?

—Queremos dar tiempo a los periodistas para que se marchen. Son cinco.

Rachel asintió y Sakoda contestó con un nuevo grito.

—De acuerdo. Durante ese tiempo, que tampoco Ignacio haga nada. ¿Entendido?

—Entendido. Cinco minutos a partir de ahora.

Según se extinguía la voz de Camilo, los dos Maschief de uso civil que permanecían arrodillados junto a la tienda del fondo comenzaron a moverse.

Los técnicos y la presentadora salieron de la tienda central y se montaron a horcajadas en los Maschief, tras lo cual las cabalgaduras mecánicas caminaron a buen paso para apartarse del claro donde estaban las tiendas.

—Quedan tres minutos —anunció Camilo.

Al verificar la retransmisión, Sakoda gritó furioso.

—¡Ignacio sigue hablando! ¡Haz que se calle!

—¿Cree que el comandante me haría caso?

Rachel dio un empujoncito a Sakoda y señaló la dirección en que se habían marchado los periodistas del Chicago Bear . Ya estaban a salvo. Sakoda volvió a gritar.

—¡En ese caso, se acaba la tregua!

El camuflaje de la tienda volvió a mostrar únicamente un trozo de jungla. Rachel habló hacia el Meganeura.

—Toma, ¿puedes detectar la situación precisa del enemigo?

—Uno está delante de la tienda central. Probablemente es Camilo. Ocultos por la tienda de delante, hay dos. Casi seguro que nos están viendo.

Puesto que ambas partes usaban drones de reconocimiento, se hallaban en las mismas condiciones. Rachel se encontraba pensando cómo eliminar a los dos más próximos cuando Jo le dio un golpecito en el hombro.

—Enséñame el truco para correr deprisa.

—¿Qué?

—Voy a hacer de cebo.

—Espera un poco, no quiero que hagas eso —terció Sakoda.

Sin embargo, Jo lo ignoró y, quitándose sus pertrechos, recogió una rama caída de dimensiones similares a las de un FAR-15.

—Acabo de quitarme veinte kilos de encima. Lo único que falta es ver cómo correr. ¿Qué tengo que hacer para correr tan deprisa como esos tipos?

Rachel se relamió los labios. La reverberación neuronal…

Si se usaba la capacidad de replicación de un movimiento aprendido, se podía mover el cuerpo de la manera imaginada.

Si se trataba de recorrer el espacio entre la espesura donde se hallaban y el claro de las tiendas, se podrían alcanzar los cuarenta kilómetros por hora, más rápido que el récord mundial de los velocistas.

Los subordinados de Camilo nacidos del MHS nunca se habían enfrentado a enemigos de su misma condición que hubieran «despertado». Eso también era un punto a favor.

Aun así, el asunto se dirimiría en cinco minutos. Los reflejos que poseían los hijos «despiertos» del MHS sobrepasaban los límites de cualquier otro ser vivo. Rachel seguía dudando cuando Jo le dio un golpe en la espalda.

—No pienses más y enséñame a hacerlo.

—De acuerdo —contestó Rachel señalando hacia la espesura—.

Primero, recrea mentalmente cómo vas a mover el cuerpo.

Puedes correr más deprisa que un deportista olímpico.

Pisa sobre estas hierbas y da el primer paso hasta ponerte al lado de esa piedra rojiza.

Levanta el codo moviéndolo hacia atrás. El segundo paso, hasta la sombra de esas hojas de helecho.

Cuando Rachel indicó los puntos a donde debía llegar con los cinco primeros pasos, se vio cómo, una vez libre de su coraza protectora, los músculos bajo el uniforme de Jo comenzaban a ondular.

—Eso es. Recuerda esa sensación.

—Entendido —contestó Jo.

Toma hizo una seña con el morro del Meganeura hacia Rachel.

—¿Tú también puedes hacer eso?

Rachel se encogió de hombros, pero, por probar, probó a superponer su consciencia sobre la interfaz del Maschief y tuvo la sensación de que al menos sí que podría hacer avanzar y retroceder el robot.

—Pero no llego al nivel de que pueda ser de utilidad.

—Vaya —dijo Jo—. Bueno, en cualquier caso, dame la señal.

Semioculta entre la maleza, Jo adoptó la postura de salida agachada. Rachel comprobó la munición restante en el FAR-15 y la recámara y después verificó la ruta del lado trasero de la tienda que ocultaba a dos combatientes.

—¡Adelante!

Jo salió disparada como una flecha. Casi al mismo tiempo, reverberó el eco de un disparo y, como si fuera en pos de la sargento, un proyectil dejó su huella en la tierra.

Cuando el segundo enemigo intervino en el tiroteo, Rachel echó a correr también, escogiendo el camino que llevaba a la parte posterior de la tienda y abatió desde allí a los dos combatientes que disparaban contra Jo.

Jo, que había conseguido recorrer el tramo planeado sin un rasguño, giró el rostro hacia Rachel. En ese momento, algo se movió en la tienda central.

—¡Jo, agáchate!

Jo se lanzó cuerpo a tierra. Junto con el sonido de un disparo y un chorro de sangre. Obra de Camilo, el último que quedaba.

Rachel disparó en modo cien por cien automático su FAR-15 contra el punto de la tienda desde donde había provenido el sonido de la detonación anterior.

Sabía que de todas formas no iba a dar en el blanco.

Rachel cambió el cargador una vez que quedó vacío el otro y mostró intención de abalanzarse sobre la tienda central donde estaba Ignacio, lo que más deseaba evitar Camilo.

Sin embargo, en el último momento, se paró en seco.

Justo delante de la punta de sus pies impactó una bala.

Si llega a avanzar un paso más, le habría perforado el pie.

La puntería de Camilo era perfecta. Pero ahora Rachel ya sabía dónde estaba.

Justo en la entrada de la tienda central.

Rachel se exhibió despreocupadamente de forma que Camilo la viese.

Pasado apenas un instante, Camilo dio señales de reaccionar. Acto seguido, se oyó un disparo y el ruido de algo rompiéndose. Lo siguiente que se oyó fue a Camilo chasqueando la lengua.

—Conque era un dron…

A los pies de Camilo estaban los restos humeantes de un Meganeura. Toma se había lanzado contra Camilo de frente al ver que iba a disparar a Rachel.

Rachel disparó una ráfaga lateral con su FAR-15 contra Camilo.

De las tres balas, una acertó en la pierna derecha, otra en el vientre y otra en el lado izquierdo del pecho; estos dos últimos, protegidos por la coraza corporal.

Camilo perdió el equilibrio aparatosamente y cayó de rodillas, pero empuñó con mayor firmeza su QBZ-100.

Ya estaba apretando el gatillo cuando, por un costado, se abalanzó sobre él un Maschief color morado corriendo a ochenta kilómetros por hora, que lo hizo saltar por los aires.

Rachel siguió con la vista el Maschief que seguía corriendo hacia la jungla.

—Por lo visto, todo es cosa de intentarlo —dijo mirando la cabeza de Camilo, con el cuello retorcido en una posición inverosímil.

Comprobada su muerte, penetró a la carrera en la tienda central.