Man-kind 31
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Sakoda, que estaba viendo la retransmisión de Chicago Bear sentado a lomos de su Maschief, comenzó a toser como si se viera arrastrado por la violenta tos de Ignacio.

Pese a que había tosido con energía, no había conseguido eliminar la extraña sensación de la garganta.

Aspiró ostentosamente con objeto de toser de nuevo, pero entonces notó una serie de extraños dolores por toda su boca.

Era igual que si de pronto se le hubiera inflamado de un modo horrible la cavidad bucal.

Sakoda volvió a toser pensando en lo extraño que resultaba todo aquello y acto seguido se volvió al oír otra violenta tos que había sonado a su lado.

—¿Toma?

Toma, la consciencia troncal de Toma alojada en el Meganeura, sufría un acceso de tos.

Por supuesto que un dron carecía de pulmones, bronquios y amígdalas.

Sin embargo, el aspecto que ofrecía el aparato con cámara incorporada suspendido en el aire y sacudiéndose hacia delante y hacia detrás, sugería de modo inevitable la idea de alguien estornudando.

—Toma, ¿te encuentras bien?

No hubo respuesta. Probablemente el fuerte acceso de tos le impedía oír la voz de Sakoda.

—Rachel, Toma está…

Mientras hablaba, Sakoda se giró hacia delante y entonces vio, como a unos treinta metros de distancia, el Maschief de Rachel, con la joven presa de un violento acceso de tos.

La visión le hizo enmudecer. En el caso de Rachel, el motivo de que no le oyera debía de ser que tenía desconectado el micrófono.

Delante de ella, que continuaba inclinada sobre la consola del Maschief sin poder detener la tos, el Meganeura de Toma seguía sacudiéndose como si tosiera también.

Sakoda experimentó un escalofrío como si se le abrieran todos los poros de la piel. Rachel y el Meganeura de Toma se habían echado a toser de la misma manera y al mismo tiempo. Simultáneamente con el Ignacio que tosía en pantalla.

—Así que era esto… —murmuró Sakoda estupefacto.

Ignacio, cuando se hallaba frente a alguien, o cuando se trataba de una imagen suya de realidad virtual de alta resolución, podía contagiar a los demás su propio estado.

Su intención consistía en usar dicho poder para producir alguna clase de llamamiento a los nacidos del MHS. De ahí el motivo de la cámara de matriz.

Sakoda alargó un brazo y, tras agarrar el fuselaje del Meganeura que tosía, lo acercó hacia sí.

El aparato, con un torque mayor del esperado, intentó huir de su mano, pero Sakoda lo sujetó con más fuerza e introduciendo un dedo en el protector de rotor activó el dispositivo de seguridad para detener los motores.

Acto seguido, tapó la cámara con la mano y, sacudiendo un poco el aparato, gritó hacia donde estaba el micrófono:

—¡Toma! ¡Escúchame, Toma!

Después de sacudir un par de veces más el aparato, por fin, con voz de fastidio, llegó la respuesta.

—¿Pero qué haces, Sakoda? Has hecho que baje la calidad del queuechouvue . Aparta la mano de la antena, por favor.

—¿La antena? —repitió Sakoda advirtiendo la presencia de una pieza de plástico curvándose bajo su mano.

Era la antena para conectarse al sistema de internet de la estratosfera.

—Ah, lo siento —se disculpó.

Iba a apartar la mano cuando de pronto se le ocurrió algo.

—¿Puedes ver la retransmisión de Ignacio?

—Ahora solamente el sonido.

—Voy a liberar la antena solo cinco segundos.

El Meganeura ladeó la cámara del morro expresando extrañeza. Sakoda apartó la mano de la antena. Al momento, el aparato volvió a toser violentamente. Sakoda se apresuró a tapar la antena y el movimiento se detuvo. La lente de la cámara que enfocaba hacia Sakoda parecía un ojo muy abierto.

—¿Recuerdas haber tosido?

La cámara asintió.

—Ignacio ha hecho que tú, al ver la emisión, entres en sintonía con él.

Sakoda agarró el Meganeura de manera que acercó más la cámara a su rostro.

—Ignacio intenta que vosotros sintáis alguna emoción especial. ¿Para qué? ¿Qué sentiste cuando estabas sintonizado con él?

—Furia —contestó Toma devolviendo la mirada a Sakoda a través de la cámara del Meganeura—. La sensación de que mi cuerpo se vaciaba, el deseo de hacerme daño a mí mismo… No, no exactamente. Sentí un deseo salvaje de borrar mi existencia.

—En cualquier caso, no sigas viendo esa retransmisión.

—De acuerdo.

—¿Puedes parar la retransmisión que ve Rachel? —preguntó el periodista señalando a la joven.

—Sí, puedo hacerlo.

El Meganeura cambió al instante a la modalidad de alas fijas y voló hacia el Maschief en el que Rachel parecía como desfallecida. Sakoda, a su vez, condujo su Maschief hacia el de Rachel.

—¡Rachel! ¡No mires la transmisión de Ignacio! Te arrastrará a sentir las mismas emociones que él.

Sakoda agarró el casco de Rachel con las dos manos y comenzó a sacudir la cabeza con energía. Bastaba con que el queuechouvue se interrumpiera un momento. Rachel giró lentamente la vista hacia Sakoda y, de pronto, descargó el puño sobre la cubierta del Maschief.

—¡Mierda! Conque ese era su plan…

—Efectivamente. El tipo puede usar poderes de sintonización para implantar en vosotros el anhelo de suicidio. Deja de ver la transmisión.

Rachel cerró los ojos para después abrirlos de nuevo lentamente y respiró hondo enderezando la espalda.

—Ya estoy bien, Jake. ¿Y Toma?

Sakoda se dio media vuelta y vio que bajo el Meganeura de Toma flotaba la retransmisión de Ignacio en una imagen plana.

—He cambiado a una imagen bidimensional. De esta manera no hay peligro.

—Sí, es completamente diferente de la anterior —convino ella.

Rachel volvió a respirar hondo y, tras girar un par de veces el cuello, miró hacia Sakoda.

—Te voy a contar lo que experimenté mientras veía la transmisión del tipo ese.

Sakoda tragó saliva mirando cómo Rachel se palpaba ambos costados.

—Sentí que estaba recostada sobre el duro respaldo de una cama articulada e intentaba con todas mis fuerzas mover los brazos, pero me resultaban tan pesados que no podía.

Sobre las sábanas había un mando de control remoto.

Las solapas de una chaqueta sahariana me rozaban el cuello y me reventaban una espinilla.

Después, por todos los rincones del cuerpo, comenzaba a brotar un dolor inexplicable.

Así es como me sentía. Me torturaban los remordimientos, la rabia y la soledad…

Y todas aquellas emociones apuntaban en una única dirección.

—¿Y así es como se sentía el propio Ignacio?

—Probablemente sí —contestó Rachel.

El Meganeura asintió.

—Yo experimenté lo mismo. Aunque, quizá, con un poco más de realismo e intensidad.

—Claro, es que tú eres una «versión nueva» —ironizó Rachel con una sonrisa.

—No es por mi gusto, ¿eh?

Rachel y el Meganeura, como si quisieran comprobar mutuamente algo, se miraron cara a cara, es decir, ojo a cámara. Sakoda estaba a punto de preguntar qué sucedía, cuando Rachel expulsó de golpe el aliento que había contenido.

—El muy maldito…

Entonces recordó aquello que Ignacio murmuró en un par de ocasiones. Al referirse a los niños del MHS, siempre decía que «no deberían haber existido».

—¿Ignacio tiene intención de morir? ¿Llevándose a todos vosotros con él?

El Meganeura y Rachel asintieron a un tiempo.

—Cuando experimentaba la sensación de yacer en aquella cama, sentí un irrefrenable deseo de desaparecer de este mundo.

—Yo igual —afirmó Toma—. Sentí que no éramos necesarios en este mundo. Que deberíamos desaparecer.

—Ignacio… —Comenzó Sakoda.

Sin embargo, se vio incapaz de continuar.

Esto explicaba la extraña y desagradable sensación que lo había invadido antes.

No sabía cómo lo hacía ni por qué, pero Ignacio podía contagiar sus emociones y sensaciones a los demás.

El motivo por el que en lugar de un avatar había escogido una filmación real suya mediante una cámara de matriz para usar en el visualizador queuechouvue era también, sin duda, porque deseaba hacer un llamamiento o, mejor dicho, producir una sintonización con el espectador.

—Ignacio pretende suicidarse en mitad de la entrevista. Y, de manera similar al hipnotismo, ese acto se transmitirá a los nacidos del MHS que estén viendo la emisión, provocando que todos mueran al mismo tiempo.

Sakoda bajó la mirada hacia el mapa tridimensional que representaba la Fortaleza Delta y amplió la parte de la tienda de campaña central, donde habían metido el equipo de filmación.

El máximo de personas que podía acusar aquella influencia eran las doscientas mil nacidas del MHS.

Pensándolo fríamente, de esos habría unos ciento cincuenta mil menores de edad y, dentro de esos, cerca de cien mil serían todavía niños de escuela primaria.

Si adultos como Toma o Rachel no habían podido resistirse a ese impulso de suicidarse, no cabía pensar que los niños sí se mostraran capaces.

—Hay que detener esa emisión —dijo Sakoda.

Rachel asintió y dio una palmadita en el FAR-15 colgado en el soporte del Maschief.

—Hacen falta armas. Me gustaría contar con balas guiadas.

—Si hay alguna caída por ahí, la recogeré —dijo Toma haciendo que su Meganeura volase hacia atrás.

No hacía falta ni preguntar a dónde se dirigía. El campo de batalla del que acababan de marcharse. El Meganeura voló hacia la zona de la colina donde un único combatiente de Camilo se encontraba plantando batalla a los cinco únicos supervivientes de Goodfellows,

—Rachel, vamos nosotros dos hacia las tiendas.

—No, quiero contar con más compañeros.

Hizo dar media vuelta a su Maschief y logró que corriese a la máxima velocidad posible hacia los soldados de Goodfellows que se esforzaban por dar batalla.