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Marsha Yoshino, que tenía un codo apoyado en la barra, proyectó la transmisión del Chicago Bear en la pantalla principal del estudio ampliado por el queuechouvue en el fondo de la oficina.
En la parte trasera del estudio, cuyo color de base era el blanco, había una gran pantalla.
En esos momentos se veían unas imágenes de la zona central de Chicago, donde se concentraban rascacielos con forma de aguja de más de tres kilómetros de altura.
Frente a la mesa que ocupaba la parte delantera de la izquierda de la imagen se sentaba un presentador joven ordenando unos papeles.
Frente a la mesa de la parte delantera de la derecha, se sentaba una mujer del comité de análisis vestida de traje oscuro, que estaba ordenando su espacio de trabajo.
El asiento contiguo al de la mujer se hallaba vacío y frente a él habían puesto una placa vertical con el nombre tallado de la presentadora principal, Becky Elliot.
El presentador masculino verificó sus notas y giró el rostro hacia la cámara.
—Tenemos un aviso de última hora.
Tras moverse un poco hacia un lado en el asiento, prosiguió.
—En unos cinco minutos podremos ofrecerles una entrevista exclusiva con el comandante Cherry Ignacio, quien lleva el mando del Cuerpo de Defensa de Terra Amazonas.
—¿Entrevista exclusiva? —preguntó extrañada la analista del comité ladeando la cabeza—. Eso es algo muy raro. Me parece muy inusual que el comandante haya accedido.
—¿Raro, dice usted? Mi impresión es que el comandante Ignacio aparece bastante en los medios de comunicación.
La analista asintió.
—Ciertamente, el comandante Ignacio es un célebre asesor de guerras legítimas.
Debido a que en sus actos imita el comportamiento del líder de la revolución cubana de mediados del siglo pasado apodado Che Guevara, existe la percepción de que se deja ver con frecuencia en los medios de comunicación.
Pero es muy raro en él que conceda entrevistas.
—Vaya, pues no lo sabía…
Por pura casualidad, el presentador dijo la misma cosa al mismo tiempo que Wu Lin-wen, que veía la retransmisión en la pantalla junto a Marsha.
—Efectivamente —asintió Marukawa—. Se le ve con frecuencia, pero apenas existen grabaciones donde el tipo esté contestando alguna pregunta. Que alguien como él se encuentre haciendo una entrevista en mitad de una guerra, resulta algo impensable.
En la pantalla, la analista explicaba con un tono mucho más formal lo mismo que estaba diciendo Marukawa. Después, comenzó a desgranar los éxitos militares de Ignacio. Mientras miraba el mapamundi que acababa de desplegarse en la pantalla del estudio, Marukawa dejó caer el siguiente comentario:
—Pero veo que el Chicago Bear ya no es lo que era…
—¿Qué quiere decir? —preguntó Wu Lin-wen.
En adelante, ella iba a ser la encargada de lidiar con todo lo relativo al personal de COVFE nacido del MHS. Nada más lógico que le interesara la postura de los medios.
—Hablan como si hubieran conseguido hacerle una entrevista, pero esa no es la realidad. Lo que sucede es que se han dejado utilizar por Ignacio para difundir todo lo que le venga en gana, ¿no?
—Pues sí, así es —coincidió Marsha con una risita.
El presentador y la analista se pusieron en pie y miraron hacia un extremo de la pantalla.
—¿Quién vendrá ahora?
—Elliott, digo yo —contestó Marukawa.
Sin duda iba a entrar en escena un avatar de la presentadora que ahora se encontraba en el lugar de los hechos.
Marukawa inclinó el cuerpo hacia delante.
—Vamos a ver algo espectacular. Una entrevista filmada con cámara de matriz.
Tal y como preveía Marukawa, por el extremo del estudio hacia donde miraban presentador y analista, entró una mujer de cuarenta y tantos años vestida con un traje de color oscuro.
—Impresionante presencia —murmuró Marukawa admirado.
Desde el instante en que entró Elliott en cuadro, los ojos del espectador ya no se fijaban en otra cosa.
Todo resultaba tan real como si la propia presentadora se encontrase allí mismo. La manera en que se movían sus finos y entrelazados cabellos bajo las luces del estudio, la textura de su vestimenta que reproducía hasta los hilos con que fue tejida…
Sin duda, los otros dos participantes presentes en el estudio eran también avatares de alta precisión, objeto de un gran desembolso, pero después de ver aquella Elliott filmada con una cámara de matriz, por comparación ellos solo parecían unos maniquíes bien hechos.
Unos instantes después, Elliott se hallaba situada junto a la silla que le tenían preparada delante de la mesa y, poniéndose una mano en el pecho, hizo una ligera reverencia.
—En adelante, vamos a ofrecerles una entrevista en exclusiva con el comandante Cherry Ignacio desde la base de operaciones del Cuerpo de Defensa de Terra Amazonas. La entrevistadora seré yo, Becky Elliott, a quien ustedes ya conocen por ser la presentadora de las noticias de las nueve.
Elliott alargó una mano hacia el lado contrario.
—Aquí tenemos al comandante Cherry Ignacio, que ha conseguido repeler a grandes potencias en su calidad de mando en guerras legítimas.
Marukawa contuvo el aliento. Lo que apareció de pronto frente a Elliott era una cama articulada para ancianos en la que se sentaba un hombre que estaba en los huesos.
Los muslos que se dibujaban bajo la manta con que se cubría de cintura para abajo carecían de carne y uno casi adivinaría la forma de los fémures.
Había oído que padecía cáncer, pero su estado era mucho peor del que imaginaba.
Incluso si le dijeran que estaba en las últimas, podría creerlo.
Sakoda había informado también de que el hombre se encontraba bastante mal de salud, pero nunca pensó que llegara a este extremo.
Las zonas de piel que dejaba entrever la sahariana estaban llenas de espinillas; por todas partes se distinguían rasgos de congestión sanguínea y, de hecho, no daba en absoluto la sensación de que la sangre circulase por su cuerpo.
Los ojos inyectados en sangre parecían moverse con vivacidad, pero era como si el mero hecho de moverlos ya le supusiera un gran esfuerzo.
Después de recorrer el estudio con la vista, Ignacio entrecerró los párpados y comenzó a hablar.
—Soy Cherry Ignacio. Muchas gracias por ofrecerme este espacio.
Ignacio movió los ojos en un gesto que sugería a Elliott que se sentara. Ella forzó una sonrisa y, tras sentarse, miró a Ignacio cara a cara.
—Nunca imaginé que haría la entrevista desde la cama…
—Siento mucho no haber podido responder a sus expectativas. Si lo prefiere, puedo ponerme el puro entre los labios…
Cuando Ignacio cogió el puro de la mesilla adyacente, una fuerte sensación de anormalidad sacudió a Marukawa.
Ignacio debía de padecer alguna clase de inflamación bucal, ya que hablaba sin mover apenas los labios y costaba entender sus palabras, sin transmitir energía en absoluto.
Sin embargo, Marukawa sí percibió que Ignacio se permitía una nada velada ironía frente a las expectativas que Elliott se había hecho sin mayor fundamento.
Pero además, Marukawa sintió aquello no como un tercero, sino como si fuera él mismo quien dirigiese de todo corazón la ironía hacia la presentadora.
«Siento decepcionarle al no lucir como un intrépido revolucionario…».
Marukawa sacudió la cabeza intentando librarse de la idea que se le cruzaba en relación con la presentadora.
Ciertamente, Elliott a veces pecaba de frivolidad.
Pero, con todo, sentía también un gran respeto por ella y la veteranía que le confería el llevar casi diez años al cargo de las noticias de la noche.
Y sin embargo, ahora se veía incapaz de apartar de su mente la imagen de ella como alguien que se había dejado llevar por las ideas preconcebidas.
Elliott señaló con torpeza el borde de la cama.
—¿No le resulta incómodo estar tan lejos? ¿Le importaría que colocásemos mi silla cerca de usted y hacer la entrevista desde ahí, comandante?
Ignacio, como si tuviera la mente en otra parte, ladeó la cabeza sin hacer nada por mirar a Elliot. Lo mismo podía tomarse por un sí o por un no, pero Elliott le dio las gracias y, tras acercar la silla, volvió a sentarse.
—Bien, me gustaría empezar ya con nuestro tema. En primer lugar, querría hacerle unas preguntas sobre la guerra legítima actual.
El comandante dedicó un simple vistazo a la presentadora y, tras alzar un poco la comisura de los labios del lado en que destacaba una espinilla, levantó el dedo índice. Probablemente quería pedir la palabra. Así lo interpretó también Elliott, que cedió la palabra a Ignacio con un «Adelante».
—Gracias. Bien, entonces me gustaría empezar por aquí.
Ignacio miró fijamente a la cámara y apareció flotando en el aire una especie de gel espumoso y semitransparente. Elliott ladeó la cabeza extrañada, pero alguien del equipo del programa hizo que junto a la imagen apareciese un letrero explicativo: «Óvulo».
—¿Un óvulo humano?
Ignacio se limitó a dirigir un nuevo vistazo a la presentadora y, sin asentir, continuó hablando.
—En el año 2015, un investigador de genética de la Universidad de Clarksville, el doctor Geppetto Faruqi, se enfrascó en cierto experimento.
—¿Comandante…?
Al ver que la ignoraba y comenzaba a hablar de algo que no parecía guardar relación, Elliott intentó llamar la atención de Ignacio, pero, curiosamente, enseguida se calló y miró la imagen de aquel óvulo con aire ausente.
En torno a aquella célula flotante surgieron varios espermatozoides y uno de ellos, sacudiéndose enérgicamente, se adhirió a la capa externa del óvulo.
—El doctor Faruqi introdujo en sus veintiocho mil cuatrocientos treinta y cinco locus genéticos de los cromosomas de sus propios espermatozoides unos marcadores de la Cas9 asociada al CRISPR. Con ellos fecundó el óvulo extraído de una madre de alquiler.
En la imagen, el óvulo fecundado se iba dividiendo, dando nacimiento a nuevas células, una tras otra, que emitían una luz fosforescente. Eran unas imágenes tridimensionales de un realismo tal que se diría que uno las tenía delante de sus propios ojos.
Marukawa corrigió su postura en el taburete pensando que aquello iba para largo. Entonces se dio cuenta de que algo extraño sucedía en la oficina de COVFE.
Todos los miembros del personal estaban inmóviles, con la vista clavada en la consola de la pantalla.
An Ho, Raspberry y todos los avatares de aquellos que antes se encontraban trabajando más allá de la ventana, en la prolongación virtual de la oficina, estaban como paralizados, con la vista fija en la pantalla.
No es que, simplemente, estuvieran viendo la grabación con los brazos y piernas inmóviles. Los apéndices manipuladores, que se supone que se movían mediante consciencias desdobladas, también aparecían inmóviles e incluso sus expresiones estaban como congeladas.
—… kawa, señor Marukawa…
El periodista se giró hacia la voz y vio que, detrás de Marsha, que al igual que los demás estaba absorta en la imagen con los ojos muy abiertos, Wu Lin-wen le estaba llamando.
—¿Qué sucede?
—Algo le pasa a Marsha…
Cuando Wu sacudió suavemente por un hombro a la paralizada Martha, ella le agarró la mano y volvió a mirar el soliloquio de Ignacio. Por lo visto no es que estuviera inconsciente. Sin embargo, no parecía escuchar lo que le decían.
—¿Marsha no oye lo que le dicen? —preguntó Marukawa mientras intentaba a su vez sacudirla por un hombro.
Entonces, en la pantalla, Ignacio comenzó a toser violentamente. Sin poder evitarlo, Marukawa devolvió la mirada a la grabación y, ante sus propios ojos, sucedió algo que resultaba difícil de creer.
Todos los miembros de COVFE comenzaron a toser a un tiempo.
—Pero… ¿pero qué demonios está sucediendo aquí?
El propio Marukawa notó que algo extraño sucedía con su cuerpo. Algo se le atascaba en la garganta. Tosió para intentar aliviar la sensación. Entonces se dio cuenta de que Wu Lin-wen se ponía la mano delante de la boca intentando acallar la tos.