29
Cuando Camilo abrió la cortinilla de separación del interior de la tienda, vio a Ignacio ya incorporado sobre la cama.
—¿Ha podido dormir?
—Parece que perdí el conocimiento…
Ignacio miró a izquierda y derecha, en sustitución de una negativa moviendo la cabeza entera.
En las comisuras de los labios, que no conseguía cerrar bien, se veían restos de saliva con sangre mezclada amenazando con gotear.
No sabía si aquella sangre procedía de sus destrozados pulmones o de la úlcera de la pared interna de su estómago, pero lo que era seguro es que no podría moverse por su propio pie.
Camilo envolvió el cuerpo de Ignacio con la manta e hizo que se sentara en el borde de la cama.
A continuación, cogió de la mesilla una pequeña palangana en forma de riñón y la puso frente a la boca de Ignacio.
—Escupa aquí toda la sangre que tiene en la boca. No le hará nada bueno el tragársela.
—Tienes razón —murmuró Ignacio mientras comenzaba a escupir.
Si su aparato digestivo estuviera bien, quizá podría obtener algo de alimento a partir de la sangre, pero Ignacio se encontraba en un estado en el que prácticamente ni siquiera necesitaba líquidos.
A duras penas, consiguió alzar un poco las comisuras de los labios para pergeñar una expresión irónica—. Hemos conseguido llegar a tiempo.
—Sí, ha dado tiempo —asintió Camilo—. Me sorprende que todavía le queden energías para descargar verbalmente su rencor.
Ignacio terminó de escupir la sangre que le quedaba en la boca y dijo:
—Ya solo queda ir hasta donde está la cámara, che.
—Sí, che —contestó Camilo en español.
Había comenzado a intercambiar con Ignacio esa clase de frases durante la guerra legítima por la liberación de El Salvador.
Según contaba él mismo, Ignacio, una vez que se apartó de Faruqi, se dedicó a ir por todas partes buscando personas nacidas del MHS.
Ya por aquel entonces se comportaba como la reencarnación del Che Guevara, pero tampoco Camilo conocía qué motivo lo impulsaba a ello.
Ignacio no hablaba demasiado bien el español y, si se afeitaba, tampoco presentaba especial parecido con el Che.
Ignacio echó un vistazo al reloj junto a la cabecera de la cama y abrió un poco más los ojos, con cierto aire de sorpresa.
—¿Ya quedan solo diez minutos? ¿No vamos a hacer un ensayo antes?
—Las pruebas de cámara las hicieron con Hapachi Machule. Le pedí que actuara en lugar de usted.
Ignacio pareció a punto de preguntar algo, pero Camilo se le adelantó.
—Ella es quien tiene una complexión más parecida a la suya actual, comandante. Ahora mismo se encuentra en la falda de la colina, dando trabajo a los de Goodfellows.
—Estaba previsto que fuera en segundo lugar. ¿Has cambiado el orden?
—No. Nievola ha estado luchando con ellos durante cosa de una hora. Ya solo quedan cinco miembros de Goodfellows. Bueno, vamos yendo…
Camilo abrazó a Ignacio y lo incorporó junto con la manta.
—¿No peso demasiado?
—No, en absoluto. Le voy a adecentar un poco la cara.
Camilo vació el contenido de la palangana en el sumidero portátil. Acto seguido, extrajo unas gasas de una cajita y, tras humedecerlas, limpió el rostro de Ignacio. Al contacto con las espinillas, unos hilillos rojos corrieron sobre la blanca gasa.
—¿Le aplico un poco de base de maquillaje? —inquirió Camilo mientras tiraba las gasas.
—No hace falta. En vez de eso, ¿podrías ayudarme a vestirme?
Camilo siguió la mirada de Ignacio hasta un rincón de la tienda, donde colgaban dos trajes.
—Veo que hay dos trajes, el uniforme de gala con las medallas y la chaqueta sahariana. ¿Cuál prefiere?
—Pensé que, si me encontrara bien, tampoco iría mal aparecer con el traje de gala, pero creo que va a ser mejor la sahariana.
—Sí, yo también creo que será lo mejor. Como además no aprieta la garganta, le resultará más fácil hablar. Entonces, con permiso.
Camilo cogió los pantalones de fatiga que colgaban debajo de la sahariana.
No parecía existir gran necesidad de ponérselos, toda vez que ya no podía mover las piernas, pero tampoco era cuestión de que apareciese con pañales.
La idea inicial consistía en aparecer de pie durante la entrevista.
Su figura con ambas piernas pisando firmemente el suelo sería capaz de ejercer influencia no solo sobre los nacidos del MHS, sino también sobre las personas corrientes.
No obstante, el cuerpo de Ignacio se debilitaba a un ritmo mucho mayor del previsto.
Camilo le movió el cuerpo hacia arriba de manera que la cintura quedase en el aire y verificó el contenido de los pañales.
—Veo que acaba de terminar la última deposición. Estupendo.
Cortó los pañales y se los quitó, procediendo a continuación a limpiarle toda la zona en cuestión. Después le puso una ropa interior suave y, para pasarle las piernas por el pantalón color caqui, tuvo que doblárselas, ya que no respondían. Ignacio suspiró al contemplar el proceso.
—Realmente llegamos a tiempo por los pelos.
—Ahora viene la parte más importante.
Ignacio asintió y miró hacia el fondo de la tienda.
—¿Dónde están el periodista Sakoda y sus compañeros?
—Se acercan poco a poco hacia aquí. Al paso que llevan ahora, creo que llegarán como a mitad de su intervención.
—¿Podrías retenerlos hasta que termine la emisión?
—Temo que resultará difícil —contestó Camilo mientras le ponía los calcetines—. Al periodista Sakoda, todavía; pero la sargento Chen «ha despertado». No creo que sea fácil enfrentarse a ella.
—Ella es de la segunda generación. Tú eres mejor.
—Pero ella es más veterana como soldado. Ha pisado más campos de batalla que cualquiera de nosotros. Y hay algo más. Me preocupa el dron para filmaciones que maneja uno de los empleados de COVFE.
Camilo recordó al joven que vio junto a Sakoda. De la tercera generación del MHS, con piel morena como los naturales del sudeste asiático, una nariz recta y alta y pelo rizado como el de los escandinavos.
—Ah, ese joven llamado Toma Knut —contestó Ignacio entrecerrando los ojos con expresión cariñosa—. Pero él no es un soldado.
Aquella observación relajó un poco la tensión de Camilo.
—Aun así, usa sus capacidades a pleno gas.
—¿Te da envidia?
—No puedo negarlo —admitió Camilo.
Poco después de que su madre, hija de inmigrantes ilegales, diese a luz tras concebirlo por fecundación in vitro , ella y Camilo fueron expulsados de los Estados Unidos.
Así, Camilo se crio en El Salvador, donde vivía su abuela.
Allí, en unas calles donde las palabras mafia y gobierno eran prácticamente sinónimas, Camilo trabajó llevando la contabilidad de una banda de delincuentes.
En aquel entonces no era consciente de que se hallaba dotado para los cálculos matemáticos, pero fue porque las cifras que encerraban los golpes de aquella banda no constituían ningún misterio.
Cuando comenzó la guerra civil y conoció a Ignacio, el mundo cambió para él.
Por eso, de vez en cuando le rondaba una idea por la cabeza. Si en lugar de pulir sus capacidades para dedicarlas a matar, lo hubiera hecho para progresar en las matemáticas, ¿qué vida llevaría ahora? Toma y sus compañeros de COVFE eran el ejemplo de lo que podía haber conllevado la experiencia.
—En cualquier caso —insistió Ignacio—, encárgate de que Sakoda y los suyos no se me acerquen durante la entrevista.
—Pero no debo matarlos, ¿verdad?
—No, nada de eso. Después de que todo acabe, él tiene que encargarse de contar la historia relativa a vosotros.
Resultaba bastante arriesgado confiar en él para pilotar el relato. Sakoda, que tanto se había acercado a la realidad de los MHS, era quien tenía más posibilidades de darse cuenta de las intenciones de Ignacio.
Camilo fijó la mirada en el techo de lona de la tienda, quizá con la imaginación volando hacia Sakoda.
—¿Cree que Sakoda habrá adivinado sus intenciones, comandante?
—Cualquiera sabe…
—Si las conoce, sin duda le remorderá la conciencia no haber podido impedirlo…
—Qué se le va a hacer.
—Cierto.
Camilo fue abrochando los botones de la sahariana desde abajo y dejó abierto el último, de manera que no apretase el cuello.
A continuación, colocó un cenicero con un puro encendido en la mesilla junto a la cama.
Lo más probable era que Ignacio no fumase, pero se trataba de un elemento de atrezo que sin duda el público esperaba.
Después retiró la cubierta que tapaba el techo transparente y dejó que la blanca luz inundase la cama y sus alrededores.
—Creo que con esto ya estamos preparados. Voy a decir que traigan la cámara y a la presentadora.
Ignacio asintió.
Camilo dobló hacia un lado la puerta de lona del espacio que habían acotado dentro de la tienda.
La cámara de matriz y los estroboscopios se hallaban montados sobre un armazón de aleación de titanio de unos dos metros de alto por dos de ancho.
Unos gruesos cables para la corriente eléctrica y para la transmisión de alta velocidad salían de la cámara y los estroboscopios hacia el exterior de la tienda.
Los aparatos estaban al igual que media hora antes, cuando se habían hecho las pruebas de cámara. No se encontró ninguna anormalidad.
Camilo abrió la puerta que daba al exterior y llamó a los periodistas.
—Estamos preparados. Entren, por favor.
El equipo fue entrando mientras saludaban con frases tipo «Muchas gracias» o «Encantado de trabajar juntos», pero al ver la demacrada figura de Ignacio sentado en la cama, quedaron demudados por la sorpresa.
—Oigan, pero esto…
—Che, gracias por venir, encantado de trabajar con ustedes —saludó Ignacio con el puro en la mano mientras dedicaba al equipo de filmación una sonrisa que imitaba las del Che Guevara.