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El Meganeura guiado por la consciencia troncal de Toma descendió hasta quedar frente al rostro de Sakoda y desplegó una imagen tridimensional de Fortaleza Delta.

—El equipo de filmación de Chicago Bear ha entrado en la tienda de campaña de en medio, en la cima de la colina.

En la imagen ampliada que proporcionaba Toma de la colina del centro del islote, se alineaban tres grandes tiendas de campaña disimuladas con camuflaje óptico.

Delante de la tienda central aguardaba arrodillado el Maschief para uso civil que había transportado la cámara de matriz desde el embarcadero.

Al parecer, la mayor parte del trabajo de meter el material en la tienda tocaba a su fin, y en su interior, con la lona de la entrada echada a un lado, dos miembros del equipo se encontraban realizando alguna tarea relativa a la fijación de los estroboscopios.

Al lado de Sakoda, Rachel movió la cabeza para asomarse a la imagen y señaló la tienda central.

—¿Ignacio está ahí dentro?

—Seguramente sí. Creo que la entrevista empezaba a las 16:00 horas.

—¿No es un poco tarde? —preguntó Rachel.

Sakoda señaló a la presentadora, que estaba tomándose una pausa junto a otros miembros del equipo.

—Todavía no han comenzado a maquillar a Elliott. Dado que va a exponer su rostro ante una cámara de matriz, el maquillaje les llevará como una hora.

Sakoda paseó la vista por los efectivos de Goodfellows que mostraba la imagen.

Delante del Maschief del encañonador había dos filas de soldados a pie con la vista puesta en la colina donde se enclavaban las tiendas de campaña.

El veterano teniente Mario García ostentaba el mando.

La expresión que lucía en la filmación de Toma mostraba una gran rigidez, pero nada más lógico.

De los treinta y cinco efectivos con que contaba Goodfellows, ya solo quedaban quince tras las dos batallas libradas.

Por contra, los siete miembros ORGAN, incluido Camilo, seguían sin un rasguño.

Conocían la posición de las tiendas, pero ahora que solo contaban con dos destacamentos resultaría bastante difícil tomar al enemigo por sorpresa o atraparlo entre dos fuegos.

Rachel señaló al teniente García.

—Una vez estuve bajo su mando. Es un oficial muy precavido. A lo mejor pretende esperar hasta el momento de la entrevista.

—No lo creo —opinó Sakoda con la mirada fija en las tiendas, de silueta borrosa debido al camuflaje óptico—. Goodfellows debe de tener interés en impedir la entrevista de Ignacio.

—Quizá quieran atacar coincidiendo con el comienzo de la entrevista.

La predicción de Rachel sonaba correcta. Sakoda asintió.

—Sí, seguro. Atacarán de repente, aprovechando que Camilo debe destinar a varios de los suyos a proteger la tienda.

—Es la única posibilidad que tienen. Calculo que tendrán que hacer frente a García solo con unos cinco.

Sakoda miró las dos filas de destacamentos ORGAN, dispuestas en horizontal.

—¿Qué posibilidades tienen de vencer?

—Esta vez creo que aguantarán más. Ya conocen el sistema del enemigo y creo que ahora alguno de ellos habrá aprendido también cómo esquivar las balas.

—Pero, aun así, Camilo terminará por vencer, ¿no?

Rachel asintió.

—Desde que Camilo y los suyos «despertaron», han contado con mucho tiempo para practicar y ya solo por eso su experiencia es muy diferente. Además, García no es el único que planea estrategias.

Rachel señaló la cima de la colina. Allí estaba Camilo, de pie junto a uno de los soldados que había traído consigo.

Cuando filmó la escena, Toma añadió una etiqueta con el nombre: Amanda Nievola.

Una soldado muy joven, veintiún años. Los dos iban con el visor del casco levantado y, desde las alturas, miraban los destacamentos ORGAN a sus pies.

Sería más ajustado decir que se plantaban allí con toda naturalidad, exponiendo su figura a propósito, pero las balas no impactaron en ellos.

Camilo dio un golpecito en el hombro de Nievola y ella alargó una mano hacia García en gesto desafiante.

—Ya veo —dijo Rachel—. Va a ir trayendo sus efectivos uno a uno.

—Si hacen eso, en cada ataque la proporción es de uno contra quince…

—Pero sirve para prolongar la situación. De por sí, la proporción de muertes ahora es de treinta frente a cero.

García parecía haberse dado cuenta de sus intenciones, porque se echó a temblar de rabia. No podía consentir quince bajas suyas frente a cero del contrario. Si cada uno de ellos iba acabando con tres en cada ataque, al final quien reiría mejor sería Camilo.

—Va a ser una lucha muy reñida. Estoy impaciente por ver el final.

—Eso parece —contestó Rachel mientras miraba las tiendas, dejando escapar un suspiro—. Ya no les quedará más remedio que atacar de frente.

García aulló con el FAR-15 en la mano.

—¡Atención todos! Hagan la revisión final de sus recursos, de los aparatos de comunicación y del equipo médico. ¡Vamos a acabar con ellos!

Los efectivos de ORGAN gritaron a un tiempo «¡A la orden!» y verificaron los cargadores y la recámara de sus FAR-15. Al oír el sonido de los chasquidos metálicos, Sakoda sintió que, a pesar de sus muchas experiencias en la materia, nunca se acostumbraría y, sin poder contenerse, se echó a temblar.

—Por más que sepa que las balas no van a acertar, sigue siendo desagradable…

Según terminaba de hablar Sakoda, Nievola echó a correr colina abajo mientras gritaba:

—¡Hermanos! ¡Yo me encargaré de frenarlos!