Man-kind 27
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El olor del agua hizo que Ignacio recobrase la consciencia. Por lo visto, cuando alguien penetró en su tienda de campaña, entró también una ráfaga de viento.

—¿Eres tú, Camilo?

Tenía una voz tan débil que ni él mismo oía si había hecho vibrar sus cuerdas vocales, pero al parecer el micrófono de conducción ósea situado en la barbilla había recogido el sonido.

Camilo, de pie junto a su cama, miraba la sonda de goteo, pero se detuvo al oír la voz y se sentó en la banqueta que había.

—Veo que ya se ha despertado…

—¿Qué hora es?

—Las 13:05. Han pasado dos horas y catorce minutos desde que acabé con los dos primeros destacamentos de Goodfellows.

Mientras contestaba, Camilo paseó la vista por el diverso instrumental médico dispuesto junto a la cama.

Su joven e inexpresivo rostro no dejaba ver lo que pensaba, pero saltaba a la vista que comprendía que la situación de su jefe no era buena.

Tras revisar una serie de cifras de los aparatos, Camilo escogió dos botellitas de medicamentos del carrito próximo a la cama.

Ignacio frunció el ceño.

—¿Qué son esas medicinas?

—Son vasopresores. Tiene la tensión sanguínea por debajo de cuarenta, así que las debe tomar.

—Ahora me explicó por qué no me puedo mover. Pensé que era falta de sueño.

Camilo se rio.

—¿Qué tal la experiencia de despertar tras un desmayo?

—De un tiempo a esta parte te has vuelto más insolente —observó Ignacio antes de dar instrucciones a la cama reclinable—. Jarvis, eleva la cama.

Se oyó un suave zumbido de motor y la parte superior de la cama se levantó poco a poco.

No obstante, Ignacio fue incapaz de mantener el cuerpo recto y resbaló por la inclinación, quedando con el pecho oprimido bajo su propio cuerpo y emitiendo un sonido sibilante por la garganta.

Entonces, sin dar muestras de preocupación, despacio pero con firmeza, Camilo alargó un brazo y, cariñosamente, abrazó a Ignacio para incorporarlo.

—Vaya con cuidado, por favor. Todavía queda tiempo hasta la grabación del Chicago Bear . El instrumental está a punto de llegar.

—Ya lo sé. Pero quiero conocer cómo están las cosas ahora. Devuélveme las gafas que escondiste.

Camilo suspiró y sacó las gafas para el queuechouvue de debajo del colchón.

—Aquí tiene, pero escuche una cosa. Solo quince minutos. Le hace daño a los ojos.

—Ni que fuera un niño con un videojuego. Déjame hacer lo que quiera.

—Los niños se recuperan, pero en su caso, comandante, esa fatiga ya no tiene remedio.

Ignacio se limitó a mirar con hostilidad a Camilo, que exhaló un suspiro cargado de teatralidad.

Acto seguido, untó con la vaselina que había en la mesilla el puente y las patillas de las gafas y se las puso a Ignacio.

Su piel se hallaba ya tan debilitada que el contacto directo con el plástico la resquebrajaba.

—Bien, voy a mostrarle el mapa de Fortaleza Delta.

Sobre las sábanas apareció el islote triangular entre los dos ríos. Solo quedaban siete puntos brillantes representando sendos combatientes voluntarios.

—¿Qué ha pasado con los voluntarios?

—Aparte de los seis caídos en el primer encuentro, no se han producido más muertes. Los quince heridos de gravedad ya están recibiendo tratamiento en el hospital de Leticia.

Ignacio hizo la señal de la cruz con la mano. Vidas perdidas sin necesidad.

—Dile a Goh que no se olvide de ayudar de alguna manera a los familiares. ¿Y el resto?

—He dejado a unos pocos protegiendo el campamento y a los demás les he pedido que se retiren a Leticia.

—Es una buena decisión. ¿Qué hay de la segunda batalla?

—Ha sido aquí y esta vez le he pedido al Chicago Bear la filmación de cómo esquivamos las balas.

Camilo señaló la ladera oeste de la colina donde se alzaba su tienda de campaña e hizo que el corte de la filmación se proyectase sobre aquel lugar. Por detrás del rostro de esa presentadora tan famosa que Ignacio también conocía, se repetía una escena similar a la de la playa del este.

—Así que con esto hemos acabado con dos destacamentos. ¿El resto están aquí?

Relajando la tensión de los labios, Ignacio clavó la vista en la falda de la colina, donde se veían los dos destacamentos restantes agrupados en dos filas contiguas.

—Nos viene bien que estén todos juntos. ¿Podemos ganar tiempo hasta la transmisión? Me gustaría también ganar cuantos espectadores sea posible.

—Déjelo de mi cuenta, por favor. Veinte millones, ¿verdad? Dedicaremos a ello veinte minutos, incapacitándolos uno por uno.

—Pero si les mostramos el método muchas veces, puede que ellos también «despierten».

—La posibilidad existe —admitió Camilo encogiéndose de hombros—. Pero no podrán compensar la diferencia en experiencia. Venceremos.

—Imagino que sí. Eh, Jarvis, voy a dormir un poco más.

Mientras hacía que el respaldo de la cama volviera a descender, Ignacio pensó en la entrevista. En pie frente a una cámara que registraba hasta los folículos pilosos, podría manejar a su gusto a todos los nacidos del MHS en territorio de los Estados Unidos.

Una vez con la cama en posición horizontal, Ignacio sintió cómo su consciencia se iba adormeciendo.