26
Más allá del Maschief donde montaba Rachel, se veía una maraña de hojas de helechos arbóreos cada vez más próxima. Sobre la cabeza de Sakoda, que se apresuró a inclinar sobre la consola, pasaron las hojas a una tremenda velocidad. Respiró aliviado y entonces Rachel se volvió hacia él.
—Ha mejorado tu habilidad para esquivar el ramaje, ¿eh?
El siguiente helecho ya se hallaba peligrosamente cerca de Rachel.
—¡Cuidado! ¡Mira hacia delante!
—Ya estoy mirando —contestó Rachel con desparpajo.
Acorde con sus palabras, el Maschief varió ligeramente su camino, apartándose de las hojas con las que iba a chocar.
El Maschief de Sakoda, que seguía sus pasos mediante el señalizador de rebaño, cambió la ruta con fluidez en el mismo sentido y unas hojas afiladas pasaron a escasa distancia de su rostro.
Rachel era capaz de ver el camino que aguardaba mediante las imágenes que filmaba el Meganeura que los precedía.
Una vez recuperada la calma, Sakoda volvió a hablar.
—Ya he comprendido que estás mirando por los dos. Pero estas cosas son malas para el corazón.
—Vale —contestó Rachel manteniendo la vista en el frente y desplegando un mapa ante Sakoda—. Pero tenemos que darnos prisa. Los destacamentos 2 y 3 de Goodfellows se han fundido en una sola formación.
En la costa sur del islote triangular que señalaba Rachel se veía una gran concentración de puntos luminosos naranjas que indicaban la presencia de efectivos de Goodfellows en formación militar dirigiéndose hacia la colina del centro, el enclave de Fortaleza Delta.
Solo con ver la lentitud con que se movían aquellas señales, se intuía la cautela que mostraban.
Las imágenes de los efectivos de Terra Amazonas aproximándose al enemigo con toda calma mientras sorteaban la lluvia de balas disparada en modalidad cien por cien automática probablemente habían quedado registradas por los drones de reconocimiento de Goodfellows.
Nada tenía de raro que se mostraran precavidos.
A Sakoda le cruzó una idea por la cabeza.
—Oye, Rachel. Eso que han hecho antes Camilo y los suyos, ¿podéis imitarlo los demás solo con haber visto las imágenes?
El rostro de Rachel al volverse hacia él denotaba que no entendía los motivos de la pregunta.
—Bueno, es que se me ocurrió que a lo mejor la gente de Goodfellows podría hacer lo mismo a partir de ahora.
—No lo sé. Pero creo que les sería imposible.
Los subordinados de Ignacio al mando de Camilo eran muy jóvenes. Los movimientos necesarios para apartarse de las balas quizá fueran una habilidad que solo aquellos más jóvenes que Rachel, los de la tercera generación, podían ejecutar.
—¿Hasta para los de la tercera generación?
—No es cuestión de eso. Me dices que si podrían solo por haber visto esas imágenes, ¿no? Yo he comprendido cómo se hace porque lo he visto de primera mano. Pero me da la impresión de que con una filmación no se transmite por completo.
Sakoda creyó entender. Él mismo, cuando vio a Camilo sortear las balas, tuvo la sensación de que su propio cuerpo se movía al unísono.
—Sakoda… —Sonó la voz de Toma.
El Meganeura que planeaba sobre sus cabezas descendió hasta situarse justo en el punto intermedio de los dos y se inclinó igual que una persona que ladease la cabeza. Sintieron como si más allá de la jungla que proyectaba la cámara principal se encontrase el propio Toma.
—Eso es. Y tú, Toma, ¿sí podrías?
—He comprendido cómo lo hacen. Creo que sí podría.
Sakoda miró el Meganeura con mayor atención.
A diferencia de Rachel, que había visto la imagen con sus propios ojos, Toma la había visto a través de la cámara del dron.
Toma hizo aparecer en el espacio de trabajo el corte filmado.
Eran unas imágenes cuyo punto de vista era la mirada de Toma.
Camilo salía del bosque para cruzar el claro en dirección a los efectivos de Goodfellows.
Cuando Sakoda vio el rostro de aquel Camilo que avanzaba con su QBZ-100, se sintió palidecer.
—Camilo nos está mirando…
—Efectivamente —contestó Toma—. Camilo miraba hacia mí. Y yo, al ver eso, me sentí asaltado por la sensación de encontrarme en un lugar peligroso. Como si me estuvieran apuntando con un arma.
—¿Quieres decir que te sentías igual que Camilo?
—Sí. Entonces, vi la trayectoria prevista del proyectil y supe qué es lo que debería hacer.
Cuando, en la filmación, se vio cómo la trayectoria prevista se clavaba en el cuerpo de Camilo, durante una fracción de segundo la imagen tembló. Acto seguido, el resplandor amarillo del proyectil real pasó a un costado de Camilo.
—En aquel momento, yo también me moví al mismo tiempo para esquivar la bala.
Sakoda volvió a mirar el Meganeura.
—Entonces cabe pensar que los de Goodfellows, que también han visto la filmación, pueden imitar el mismo comportamiento…
—No —contestó la voz de Toma mientras el Meganeura se agitaba hacia los lados.
—Estoy de acuerdo —convino Rachel, que acababa de visionar una vez más la filmación—. Yo tampoco termino de comprenderlo. Puede que porque mi generación ya sea antigua.
—No es un problema generacional. Porque parece que An Ho tampoco lo entiende demasiado bien.
An Ho era de una generación «más avanzada» que la de Toma, la cuarta. Si aun así decía que no era capaz de hacerlo, probablemente es que faltaba algún elemento de importancia.
—Si averiguas dónde reside la diferencia, cuéntamelo —pidió Sakoda.
—De acuerdo. Todavía no has leído el mensaje del señor Marukawa, ¿no?
—¿Eh? —dijo Sakoda abriendo la bandeja de los mensajes. Me había olvidado de mirar.
Sakoda convirtió el mensaje grabado en un resumen escrito y, tras leerlo, chasqueó la lengua.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Rachel.
—Pues que siento envidia de mis rivales, nada más. Al parecer el Chicago Bear se ha traído un instrumental adaptado para el queuechouvue de los que usan en los estudios.
Tras cerrar el mensaje, Sakoda agitó la mano como restándole importancia y pidió traer al espacio de trabajo un catálogo de cámaras y elementos accesorios.
—Se trata de una cámara de matriz y unos estroboscopios. Y es de las grandes. En total, todo el equipo pesará unas dos toneladas.
—¿Qué se puede filmar con eso?
A pesar de preguntar, el tono de Rachel sonaba a desinterés. De hecho, su voz ni siquiera parecía humana. Debía de estar preguntando con una consciencia desdoblada.
«Qué cómodo debe de ser actuar así», pensó Sakoda. Pero la respuesta no podía darse con el mismo desinterés.
—Se puede registrar el cabello pelo a pelo y hasta las partículas de las volutas de humo del tabaco y luego difundir en una transmisión toda esa información de modo tridimensional.
En suma, por más rudimentario que sea el visualizador queuechouvue usado, la sensación que se experimenta al ver la imagen es que uno tiene ante sus ojos las cosas reales.
Puesto que en el campo de batalla a cielo abierto no se puede usar, sin duda traen todo eso para filmar una entrevista con Ignacio.
—Puagh —masculló Rachel sacando la lengua.
Por lo visto sí estaba escuchando.
—Tener delante al sujeto ese… Si lo vemos, ¿puedo darle una paliza?
Sakoda rio. El Meganeura de Toma levantó el morro, como si se hubiera sorprendido.
—¿No se pueden usar las cámaras de matriz en exteriores? —preguntó Toma.
—Si se trata de un estudio decorado al aire libre que cuente con un compartimento para filmación, sí; pero de todas maneras no se puede mover la cámara. ¿Para qué otra cosa crees que podían quererla?
—Pensé que igual querían hacer una transmisión en alta definición de cómo Camilo esquivaba las balas.
—¿Con qué finalidad?
Rachel también se volvió hacia Toma, esperando su respuesta.
—Como una forma de llamada a todos los nacidos del MHS.
Tratándose de una cámara de matriz, los del MHS que vean la transmisión quizá comprendan la forma en que se esquivan las balas.
Si es cierto que han nacido unas doscientas mil personas del MHS, significa que uno de cada tres mil estadounidenses es uno de ellos.
Unas cien mil personas seguro que ven la transmisión.
Eso significa treinta y tres del proyecto MHS.
Desde que Marukawa sacó a difusión las imágenes con la explicación donde se hablaba de «manipulación genética», el número de visualizaciones estaba aumentando de manera explosiva.
Si aquello lo hubieran visto diez millones de personas, incluiría tres mil de los MHS.
Y se darían cuenta de las capacidades que habían sido injertadas en su seno.
—Supongamos que al ver a Camilo esas personas «despierten». ¿Qué gana Ignacio con eso?
—Bueno, he dicho «pensé»; ahora veo que el objetivo debe de ser otro.
El Meganeura tembló como si se encogiera de hombros. Cierto. La cámara de matriz no se podía llevar al campo de batalla. Ignacio quería que lo filmasen a él.
Sakoda sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
Mediante la entrevista a través de queuechouvue , donde Ignacio le habló de su propio nacimiento y de todo lo relativo al proyecto MHS, Sakoda había paladeado el remordimiento de aquel hombre por haber contribuido a dicho proyecto.
Había dicho que «Ojalá no hubiera hecho semejante cosa».
Rachel y Toma también habían hablado del remordimiento que sintieron al verse frente a frente con Ignacio.
Mucho más que en el caso de Sakoda, aquel encuentro había marcado a ambos.
Ignacio poseía la capacidad de influir en aquellas personas con las que se veía.
Y, ciertamente, ese era un efecto que se mantenía incluso a través del queuechouvue .
En la entrevista, la calidad de la imagen incluso producía la ilusión sensorial de que uno podía captar el aroma de sus puros.
Pensándolo ahora, posiblemente aquella entrevista también se había realizado con una cámara de matriz.
Sakoda verificó la dirección en que avanzaba el equipo de Chicago Bear con su instrumental de filmación.
El personal destinado a la filmación en sí se movía de manera que quedasen en la retaguardia de los efectivos de Goodfellows que se agrupaban con la vista puesta en la colina central, mientras que los transportadores mecánicos que cargaban con los aparatos se dirigían a la pendiente situada en la parte trasera de la colina.
—Rachel, Toma —llamó Sakoda—. Vamos detrás del instrumental. Lo que Ignacio busca es una entrevista de alta resolución.