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—Han esquivado las balas…
Terry Marukawa, incapaz de creer lo que habían visto sus ojos, intentó atraer hacia sí la consola del queuechouvue que flotaba en el estudio y perdió el equilibrio sobre el taburete. A su lado Marsha, que asistía también al desarrollo bélico, se volvió hacia él.
—¿Todo bien?
—Sí, pero… ¿Ha visto eso?
—Lo he visto. Los combatientes de Terra Amazonas han esquivado las balas, ¿verdad?
Marsha reprodujo una vez más las imágenes y asintió.
—Ya veo…
—¿Ha descubierto cómo lo hacen? —preguntó Marukawa.
Marsha asintió una vez más y contestó como si hablara para sí misma.
—Ven la trayectoria que traza el simulador en el instante de apretar el gatillo y entonces se apartan.
Marukawa tardó un poco en entender sus palabras, pero luego volvió a preguntar.
—Un… un momento, por favor. ¿Se apartan de las balas después de ver su trayectoria?
—Así es. La previsión del tiro de los ORGAN se activa en el instante en que se aprieta el gatillo.
A partir de ahí, el tiempo que tarda en salir la bala del arma es de una décima de segundo.
Dado que la trayectoria virtual se traza en un espacio tridimensional, creo que para los nacidos del MHS, de gran movilidad corporal, es posible esquivar las balas.
—¿Después de verlas?
Marsha asintió y entonces Wu Lin-wen, que se había mantenido boquiabierta a su lado, se bajó del taburete como si se deslizara.
—Marsha…, eso que acabas de decir es inviable.
Completamente imposible. Siempre tarda un mínimo de dos décimas de segundo desde que se ve algo hasta que se asimila.
Una décima de segundo entra en el mundo de los reflejos.
Esa diferencia de tiempo no se puede obviar.
Hasta los mejores atletas o los animales más rápidos se hallan sujetos a ello.
La velocidad de transmisión en el sistema nervioso impone sus límites.
Marsha negó con la cabeza.
—La velocidad de transmisión en nuestro sistema nervioso es como mínimo el doble que la tuya y, una vez decidido cómo movernos, podemos hacerlo con toda precisión sin necesidad de pensar.
Ellos también han aprendido cómo servirse, según la ocasión, de pequeños valores de potencial eléctrico o de resistencia de nuestros implantes.
Al ver esas imágenes me he dado cuenta claramente.
—¿Los implantes no eran como chips para los gestos?
Marsha asintió.
—Nosotros podemos introducirnos sin mayor problema lo mismo diez que veinte.
Marukawa asistía boquiabierto a la conversación entre Marsha y Wu.
Cuando vio por primera vez imágenes de efectivos ORGAN, con soldados protegidos por un blindaje inclinado que creaba un escudo mediante impulsos eléctricos generados al prever las trayectorias de los proyectiles, pensó que había llegado una nueva era.
Pero el poder apartarse de un proyectil disparado por un fusil ante las propias narices, evidentemente entraba en otra dimensión.
Por añadidura, Marsha parecía convencida de que era posible.
Buscando quien compartiera su asombro, Marukawa miró alrededor y entonces se oyó una voz saliendo del espacio vacío que tenía delante.
Acto seguido, el avatar de An Ho apareció por un pasillo virtual que conectaba con el extremo de la barra mostrador.
Quizá fuera por deferencia hacia la estrechez de la oficina o quizá fueran imaginaciones de Marukawa, pero se diría que el tamaño del avatar era menor que el An Ho real.
—Señor Marukawa, tenemos ya lista la narración para acompañar las imágenes de la batalla. Podemos emitir.
—Entendido.
Marukawa comprobó el corte de vídeo preparado por An Ho.
No era muy largo, apenas unos cinco minutos, e incluía unas escenas a cámara lenta filmadas a alta velocidad por el Meganeura.
En esa parte se veía claramente cómo aquel soldado llamado Camilo Naser, que caminaba en cabeza, movía la pierna después de ver la trayectoria prevista del proyectil destinado a atravesar su muslo.
Los siete combatientes que avanzaban sorteando las líneas de fuego de los fusiles en modalidad automática disparaban sus QBZ-100 antes de la aparición de las trayectorias previstas.
En la narración que acompañaba las imágenes se justificaba la sobresaliente capacidad de los reflejos de Camilo y los suyos con la frase: «Parece ser el fruto de una manipulación genética».
Solo por esa frase, la puntuación de la verificación de hechos debía quedar por debajo del 0,5.
Tratándose del sistema de COVFE, que prescindía de modelos de sucesos sujetos a intereses de lobistas, incluso este vídeo basado en conjeturas debería obtener una valoración superior a 0,8, pero para la presente emisión no podían utilizar el sistema de COVFE por la cuestión del conflicto de intereses.
Marukawa advirtió que su dedo temblaba al acercarse al botón de emisión.
Probablemente, en una emisión en tiempo real mucha gente no comprendería lo sucedido.
Pero con la emisión que iban a difundir, las cerca de cien mil personas que ahora se hallaban conectadas al programa se darían cuenta de la existencia de una especie humana con capacidades anormales.
En unos pocos minutos, los espectadores alcanzarían el millón, después los diez millones…
No, seguramente superarían con facilidad los cien o doscientos millones.
La humanidad iba a conocer que convivía con una especie humana diferente.
Marukawa alargó con la otra mano el dedo que permanecía congelado sin decidirse a apretar el botón.
¿Acaso no habían preparado toda esta emisión solo para dar a conocer la noticia al mundo?
Respiró hondo y dejó que el dedo descendiera hacia el botón.
Cuando estaba a punto de decir «voy a emitirlo», se dio cuenta de que algo extraño sucedía.
En el embarcadero de la costa sur del islote triangular, aparecieron unos cuantos puntos desplazándose hacia el centro que ni eran del color naranja correspondiente a Goodfellows ni del verde correspondiente a Terra Amazonas, sino de color azul claro.
An Ho descubrió la mirada de Marukawa y le explicó al momento.
—Son los periodistas de Chicago Bear , invitados por Goodfellows.
—Ah, así que es ahí donde están trabajando esos tipos —dijo Marukawa ampliando el mapa y contando los puntos—. Vaya, van a lo grande. Ocho personas…
Había ocho circulitos indicando sendas personas y dos cuadraditos que representaban transportadores tetrápodos. Mientras Marukawa miraba la imagen, Marsha habló hacia la pantalla.
—Toma, si te sobra tiempo, ¿podrías filmar lo que sucede en la zona sur del islote triangular? Han llegado los periodistas que hicieron un contrato con Goodfellows.
—Entendido —contestó la dura voz de la consciencia troncal de Toma—. Enviaré allí uno de los Meganeura.
Varios segundos después, al fondo del mostrador se abrió una nueva pantalla de filmación aérea en la que apareció un malecón con una barcaza sujeta a un costado.
Se vio al equipo de filmación, que vestían parkas de color claro, y a la presentadora de noticias, que llevaba un peto de tono oscuro.
Era la veterana Becky Elliott. Los transportadores tetrápodos eran modelos de la serie Maschief para uso civil, multiusos y provistos de apéndices manipuladores articulados.
Los transportadores cargaban con drones similares a los Meganeura, así como con las cámaras, pero en la barcaza había también dos contenedores sin abrir.
Sobre el pecho de los reporteros se distinguía nítidamente el logotipo del Chicago Bear .
An Ho amplió la imagen de los contenedores y ladeó la cabeza.
—Han traído una gran cantidad de cosas. Me pregunto qué habrá ahí dentro. Ah, van a abrirlos sin sacarlos de la barcaza.
—Es que la playa es arenosa y seguramente tampoco pueden bajarlos al embarcadero de tablas —observó Marukawa.
En la cubierta de la barcaza comenzaron a apilarse las cajas de resina que iban sacando del primer contenedor. Marukawa se dio una palmada en la rodilla al reconocer cierto logotipo en las cajas que le resultaba muy familiar.
—Son cámaras de matriz, de las usadas para filmaciones de queuechouvue .
—¿Y en qué consiste eso? —preguntó Marsha.
—Pueden filmar decenas de planos a un tiempo, hacer un minucioso escaneado de profundidad o también registrar características físicas del brillo.
Tras oír la contestación de Marukawa a Marsha, An Ho enseguida practicó la correspondiente búsqueda e hizo flotar en el estudio una imagen tridimensional del aparato.
Era un modelo donde, en el centro de un marco de titanio, se alineaban ciento noventa y dos lentes, dispuestas en doce filas y dieciséis columnas.
—Esa es una cámara del mismo tipo que la que ha llevado el Chicago Bear . Pero es para uso en interiores.
—Sí, esa debe de ser —corroboró Marukawa—. Es una cámara terriblemente delicada. Una vez programada, no se puede mover, porque no filmaría nada, ni siquiera en la oscuridad. Solamente se puede colocar en un estudio.
—Eso parece. Ah, del segundo contenedor están sacando unos focos.
—Ahora veo. Son estroboscopios de matrices.
Gracias a que emiten destellos de luz a intervalos, cuando se usan en filmaciones con cámara de matriz, pueden recrearse a través del queuechouvue particularidades como la textura del brillo de objetos metálicos o los grados de transparencia de los objetos.
Creo que también cosas como el vaporcillo que sale de los alimentos calientes.
—Pero eso tampoco sirve para exteriores, ¿no?
—Obviamente —asintió Marukawa.
—Entonces, solo existe una posibilidad de uso, ¿no? —concluyó Marsha—. Van a filmar a Cherry Ignacio.
—¡Caramba! —exclamó Marukawa dándose un palmetazo en la frente—. Entonces, armarán el conjunto allí mismo para proceder a la filmación. Ahora que lo dice, es el único motivo que pueden tener. Una entrevista exclusiva… Maldito sea.
—¿Quién? ¿Qué sucede?
Marsha ladeó la cabeza, extrañada ante los improperios de Marukawa.
—Ignacio nos rechazó una entrevista exclusiva a cargo de Sakoda. Y resulta que es que Chicago Bear la hace con una presentadora muy famosa, Becky Elliott.
—Ya veo, es una lástima…
—Sí que lo es —contestó Marukawa cambiando después a un tono de extrañeza—.
Sin embargo, me parece un desperdicio usar una cámara de matriz.
Es verdad que filmando a una persona con ese sistema, incluso en un entorno de red de baja velocidad como el queuechouvue , se obtiene un realismo tal que se diría que el propio interesado se encuentra delante de uno mismo, pero utilizarlo para la entrevista de un militar no parece justificar el engorro.
—Entiendo su punto de vista. Bueno, adelante.
—¿El qué? —preguntó Marukawa sin comprender.
Marsha señaló la lista de filmaciones pendientes de emitir.
—La grabación con la explicación de por qué pudieron esquivar las balas. Veo que todavía no la ha emitido.
Marukawa puso el dedo sobre el botón de emisión y, tras pensar un instante, lo apretó.
El número de distribuciones comenzó a subir.
Gracias a la conversación mantenida con Marsha y sus compañeros, sentía menos agobio.
En cualquier caso, la emisión ya estaba en la red.
Tras abrir el panel de contabilización de visualizaciones y reacciones, Marukawa se volvió hacia An Ho.
—¿Puede encargarse de analizar las reacciones? Yo voy a avisar a Sakoda de las intenciones del Chicago Bear .