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Sakoda seguía los pasos del Maschief de Rachel por la jungla cuando tuvo que agachar bruscamente la cabeza ante la aparición de una inesperada rama de árbol. Al instante le llegó un grito de reprimenda de Rachel.
—¡Cuidado! ¡Mantente detrás!
Estaba seguro de no haber movido el controlador, pero al bajar la cabeza debía de haberse movido el centro de gravedad de la máquina y, con ello, perderse el equilibrio.
El Maschief de Sakoda, en lugar de hallarse justo detrás de Rachel, pisaba ahora terreno unos cinco centímetros por delante de ella.
Intentando corregir la posición, Sakoda manipuló la consola y entonces, al tiempo que se oía un golpe, la cabeza fue empujada hacia atrás y el color negro dominó su campo de visión.
—Uuugh…
A izquierda y derecha del visor se movieron unas sombras de color verde. Por lo visto se había empotrado contra alguna rama. Sakoda se aferró a la consola del Maschief.
—¡Jake, no sigas conduciendo! —aulló Rachel—. Vas a ochenta kilómetros por hora. ¡Utiliza el señalizador de rebaño!
Ciertamente, eso sería lo mejor. Si usaba el señalizador de rebaño, podía articularse un convoy y avanzar con nivel 5 de conducción automática.
Sin embargo, corriendo por la selva a ochenta kilómetros por hora, ponerse a manejar la consola para activar el señalizador y conectarlo con el Maschief de Rachel que corría delante se presentaba como sugerencia imposible.
—¿Có… cómo lo hago?
—¡Toma, encárgate tú!
—Sakoda, haz que aparezca en la consola la opción de señalizador, por favor.
El periodista oyó tras él la serena voz del joven y un instante después vio el cuerpo naranja del Meganeura a un costado.
Mientras con la mano izquierda agarraba la barra antivuelco del Maschief, Sakoda pegó el cuerpo a la consola y con la mano derecha abrió un espacio de trabajo.
Temblaba al sentir cómo la foresta desfilaba ante sus ojos a una espantosa velocidad, pero, casi a tientas, consiguió que sobre la consola apareciese el dispositivo del señalizador.
—Ya lo tengo.
—Bien, entonces lo capturo.
Saliendo del Meganeura que tenía casi pegado, un manipulador de queuechouvue se alargó hasta la consola y recogió el señalizador.
—Déjalo de mi cuenta.
—Sí, por favor.
Una vez recogido el señalizador, el Meganeura de Toma voló hacia el Maschief que corría en cabeza.
Sakoda intentó seguirlo con la vista, pero a la velocidad que iban, en la pantalla del visor no distinguía más que un confuso baile de diversas tonalidades verdes.
Sakoda se dio por vencido y, cuando volvió a aferrar la consola, vio que de pronto el bamboleo había desaparecido.
Creyendo que el Maschief se hallaba a punto de volcar, Sakoda entrelazó las piernas en torno al asiento, pero entonces le llegó la serena voz de Rachel.
—OK, ya puedes enderezar el cuerpo.
Sakoda levantó la cabeza temeroso y vio que, justo delante, el Maschief de Rachel proseguía su avance. El espacio entre ambos Maschief era de apenas cinco centímetros.
—Ya estamos en modalidad de rebaño —anunció Rachel—. Ahora que mi Maschief se encarga de adaptarse a la información del terreno, verás que ya no se bambolea, ¿verdad?
—Me siento como en un vehículo de lujo. Menuda sorpresa.
Sakoda se recostó sobre el respaldo del asiento. A pesar de que corría a la misma velocidad que antes, ochenta por hora, la vibración había desaparecido como por ensalmo. Era como si asistiera a la proyección de unas imágenes tomadas a cámara rápida.
—Yo me adelanto hasta el lugar indicado por Camilo —avisó Toma mientras el Meganeura se perdía de vista frente a ellos.
—No me gusta nada ir al dictado del Camilo ese —farfulló Rachel una vez que dejó de verse el dron—. ¿Qué pretenderán mostrarnos?
—Los poderes especiales del MHS, imagino.
—¿Cuáles? —preguntó Rachel encogiéndose de hombros mientras manejaba el Maschief—. ¿Eso de que podemos ver la luz infrarroja o realizar cálculos matemáticos mentales a gran velocidad? Y, tratándose de un tiroteo entre dos grupos de ORGAN, tampoco vale para nada desdoblar la consciencia.
Sakoda gruñó. Lo cierto es que tenía razón.
Alejados ahora del lugar de Ignacio, aquellos siete ya habían sido detectados por los Eyesbee II.
Puesto que ambas partes eran combatientes ORGAN, desaparecía la necesidad de ver quién tenía derecho a disparar antes y también a disparar contra blancos directamente visibles.
En el instante en que alguien estuviese a tiro, las balas guiadas saldrían todas a una para acabar con el objetivo.
Camilo y los suyos actuarían igual, y, en un enfrentamiento entre dos partes con idéntica tecnología y estrategia, gana quien dispare mayor número de balas.
Rachel añadió una observación más.
—El equipo de Ignacio no cuenta con ningún encañonador. Imagino que cada uno de ellos apuntará por su cuenta, pero se supone que en ese caso es inevitable reaccionar ligeramente más tarde.
—Tienes razón… Debemos de estar a punto de llegar, ¿no?
Rachel señaló hacia delante. El sol penetraba entre los intersticios de los árboles. Se acercaban al claro buscado. El señalizador rojo y el naranja del queuechouvue se superpusieron.
—En treinta segundos. Jake, prepárate para filmar. Esto empieza.
—Comprendido.
Sakoda hizo que la consola flotase sobre el lomo del Maschief y superpuso sobre el terreno de combate designado por Camilo los drones de observación de ambas partes.
Frente a los efectivos de Goodfellows, que iban a entrar en el claro en formación de diamante por el lado este, Camilo y los suyos atisbaban el claro parapetados tras las altas raíces de contrafuerte de un grupo de ceibas, casi tan altas como ellos. Sakoda envió un mensaje a Marukawa.
—Hemos llegado al claro. A punto de producirse el encuentro con el enemigo. Adelante con la retransmisión, por favor.
Con apenas unos momentos de retraso, llegó la contestación: «Todo listo». Por más rápido que fuera el sistema, la transmisión entre Brasil y San Francisco venía a tardar unos 0,2 segundos.
Sin volverse hacia atrás, Rachel dio una palmadita en el FAR-15 que tenía sujeto en un soporte del Maschief a su espalda.
—Si detecto algún crimen de guerra, ¿puedo intervenir?
—No creo que hagan nada semejante.
—¿Acaso se puede confiar en ellos?
—No vamos a sacar nada con elucubraciones.
—Bueno, eso es verdad…
Mientras intercambiaban estas breves frases, Rachel incrementó todavía más la velocidad del Maschief hasta detenerlo en un pequeño promontorio desde donde se dominaba el claro. Al momento Sakoda se situó junto a Rachel, que bajaba la vista en dirección a la playa.
—Estamos en la posición perfecta, ¿no crees? —dijo Rachel.
La joven se hallaba en lo cierto. En el claro de unos cincuenta metros de diámetro que se abría en medio de la vegetación, el sol tropical que se encontraba ya muy alto dejaba caer sus intensos rayos.
No había una sola nube, pero debido a la elevada humedad, el cielo aparecía recubierto de una finísima neblina que le confería un aspecto borroso, así que el contraste de las imágenes de la filmación no era demasiado alto.
—¿Y Toma?
—Ahí —contestó Rachel señalando el centro del claro, donde estaba suspendido el Meganeura naranja con la consciencia troncal de Toma a bordo.
La suya también podía calificarse de posición ideal. Con la cámara principal podría filmar la entrada de Goodfellows por el este del claro, mientras que la cámara posterior recogería al equipo de Camilo disparando para repeler la intrusión.
Un choque entre dos equipos ORGAN, algo que rara vez se daba.
Rachel compartió con Sakoda la interfaz de ORGAN.
Tal y como se preveía, el grupo de Goodfellows que se aproximaba era de quince efectivos frente a los siete de Camilo.
Las armas de fuego de Goodfellows eran FAR-15 adaptadas de manera exclusiva al gusto de la entidad militar privada, mientras que los de Camilo portaban QBZ-100.
No había armamento pesado. Por parte de Goodfellows, tres de sus soldados llevaban FAR-15 con lanzagranadas incorporado.
El mando de aquel equipo equivalente a dos destacamentos corría a cargo de la sargento Mei-Lin Chan.
—¿Conoces a su jefa, Mei-Lin Chan?
—Es una compañera de mi misma edad. Creo que tiene mayor experiencia que yo en combatir en la jungla. Es toda una veterana.
—Es decir, que han apostado por un valor seguro.
Camilo, el lugarteniente de Ignacio, contaba con muy poca experiencia en batallas reales.
Tanto por cantidad de efectivos como por experiencia, la balanza del combate se inclinaba del lado de Goodfellows.
La ventaja de conocer el terreno no suponía una diferencia tan grande como para dar la vuelta a la superioridad del contrario. Sakoda comprobó la hora.
—Si aquí son derrotados Camilo y su grupo, la guerra habrá terminado a los cuarenta minutos de empezar. ¿Tú qué opinas?
—Eso sería lo normal. Pero son Camilo y su gente quienes acuden a propósito para tener un enfrentamiento directo, ¿no?
Cierto. La actual guerra de defensa se hallaba limitada a veinticuatro horas.
Podía ganarse huyendo sin parar o, puestos a luchar, había más posibilidades si aguardaban emboscados a la gente de Goodfellows que los estuviera buscando.
En cambio, Camilo había escogido luchar en ese claro frente a frente.
Rachel giró el rostro hacia el oeste del claro.
—Ya empieza… ¿Eh? ¡Increíble!
Sin querer, a Rachel le salió la exclamación con voz chillona. Sakoda, por su parte, había enmudecido de asombro.