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Sentado en un taburete fijado al suelo, junto a la barra mostrador que discurría paralela a la pared, Terry Marukawa paseó la vista por aquella oficina que conservaba elementos de los tiempos en que fue un negocio de dónuts.
La visión le hizo recordar la última vez en que acudió al barrio de Tenderloin, entonces un lugar ruinoso e inseguro.
La pared acusaba las marcas dejadas al arrancar el cartel de los precios, y las pegatinas del equipo local de béisbol, San Francisco Giants, permanecían adheridas a las ventanas. Todos los rincones se hallaban debidamente limpios, aunque aquello no parecía para nada una oficina.
Pero, sobre todo, el lugar era muy pequeño.
A una distancia en la que, si extendía la mano, podría tocarla, se encontraba de pie aquella mujer genial que, a los trece años de edad, había destruido por completo la efectividad de la encriptación RSA y la seguridad de internet y construyó un nuevo sistema mundial en red mediante su descubrimiento de una criptografía de retículos cuánticos.
Marsha tenía colocadas las manos sobre la mesa emplazada en el centro de la oficina y, mirando hacia la ventana que daba a la calle, impartía directrices sobre esto y aquello. Sin duda, sus ojos recorrían una prolongación de la oficina real, abarcando a sus cerca de cuarenta empleados.
Lo único compartido con el visualizador de Marukawa eran las cinco personas que se encontraban físicamente en la oficina de Tenderloin; es decir, Marsha Yoshino, una mujer empleada desde los tiempos de la fundación de la empresa; Alessa Leder, un empleado nuevo pero de cierta edad; Raspberry Wang, el ingeniero más joven; An Ho; y la consultora legal externa, Wu Lin-wen.
De por sí, el propio Marukawa no se había presentado en persona en la oficina de Tenderloin. Se había desplazado en coche a toda velocidad hasta el sur de Los Ángeles y después, sirviéndose del estudio local que contaba con la red más rápida de conexión a queuechouvue , había accedido a la oficina.
Cuando se trataba de contactar con Sakoda, bastaba con el queuechouvue de su domicilio, pero para dirigir una retransmisión de realidad virtual con imagen de alta calidad resultaba necesario poder comprobar tridimensionalmente cada píxel de todas las filmaciones de realidad virtual que enviase el periodista.
Mientras Marukawa se encontraba pensando dónde abrir la consola para la emisión, Marsha se volvió hacia él.
—Señor Marukawa, ¿puede acercarse?
—Eh, ah…, sí.
Marukawa se bajó del taburete y, una vez con los pies en el suelo, se encontró en una pulcra oficina donde había desaparecido la ventana que daba a la calle y con el personal alineado frente a él. Por lo visto, acababan de aceptarle como invitado en la empresa. Marsha le tendió una mano.
—Os presento a nuestro visitante, el señor Terry Marukawa, del medio informativo Sun de Los Ángeles, a quien he invitado porque será el encargado de difundir estas noticias.
Es también quien nos indicó el problema existente con nuestro sistema de verificación de hechos y el agente del periodista Sakoda.
He autorizado al señor Marukawa a recabar informaciones sobre nosotros.
Marukawa saludó a los presentes agitando la mano.
—Soy Marukawa. Para ser justos, Jake Sakoda debería estar a mi lado saludando también, pero está a punto de comenzar la guerra, así que permítanme que sea yo quien les transmita su saludo.
Hoy vamos a retransmitir la guerra legítima que se desarrollará en Sudamérica, pero he recibido autorización para, al mismo tiempo, poder filmar la actividad de ustedes.
Si hubiera algún lugar que no desean que se filme o quieren que celebremos una reunión previa o tuvieran algo que comentar al respecto, díganmelo cuanto antes.
Cada uno a su manera, los cuarenta rostros del personal que lo miraban reflejaron su conformidad.
—Entonces adelante; por favor, que cada cual siga con su trabajo. Directora Yoshino, gracias por hacer las presentaciones.
Viendo que esta última frase la decía en japonés, Marsha cruzó las manos sobre el ombligo y, haciendo una reverencia, contestó en perfecto japonés:
—No hay de qué; soy yo quien está agradecida.
Marukawa quedó impresionado por la naturalidad mostrada en la respuesta de la mujer. Marsha, cuyo rostro aun visto a escasa distancia parecía de ascendencia india, había hecho la reverencia de un modo que solo puede adquirirse siendo educado en un hogar japonés.
Marsha comenzó a impartir a sus empleados las directrices de ese día y, cuando Marukawa miró su rostro de perfil, una vez más no pudo sino admirarse.
Hacía ya tiempo, había tenido ocasión de entrevistarla.
Fue en 2032, cuando COVFE iniciaba su singladura.
El encuentro se produjo durante una exposición de tecnología en Los Ángeles, donde ella hacía una presentación sobre sus servicios para discernir los bulos.
Al terminar, consiguió abordarla en un rincón de la sala.
Fue una entrevista de apenas cinco minutos y entonces Marukawa no se dio cuenta de que ella era de origen japonés. Hubiese debido percatarse por el apellido Yoshino, pero entre su piel color chocolate y su fina mandíbula, en vez de imaginársela con kimono, se la imaginaba vistiendo un sari.
Sin embargo, el Marukawa de hoy sí supo distinguir en el rostro de perfil de Marsha rasgos japoneses que le recordaron a los de su abuela.
La piel que cubría el rabillo de los ojos o el pliegue epicántico, particularidades asiáticas que él, que solo había heredado una cuarta parte de los genes de su abuela, no presentaba, y en cambio Marsha sí, y de manera acusada.
Según decía Sakoda, las arbitrarias características raciales que presentaban los nacidos del proyecto MHS eran una de sus particularidades.
An Ho, un joven de cabeza pelada que estaba escribiendo algo afanosamente en el espacio de trabajo de este lado de la oficina, era de piel blanca y cejas rubias, casi blancas, además de poseer un tórax de bastante grosor, por lo que a primera vista cualquiera diría que se trataba de un escandinavo y, sin embargo, era hijo de dos inmigrantes vietnamitas; Alessa Leder, la mujer con aspecto de afroamericana, descendía de indios norteamericanos; y Raspberry Wang, rubio y de ojos azules, nació en el seno de una familia tailandesa.
En cuanto al personal que trabajaba en la prolongación virtual de la oficina, si se los miraba fijándose bien uno por uno, presentaban rostros con ciertas anomalías que diferían de las que arroja la mezcla étnica.
Por supuesto que a lo mejor era porque se había sugestionado con la idea, pero no podía evitar verlos como que en ellos resaltaban únicamente algunas características particulares de cada etnia.
Las explicaciones de Marsha al personal parecían estar tocando a su fin.
—En adelante, COVFE dedicará todos los medios a su alcance para exponer a la luz pública la manipulación genética llevada a cabo ilegalmente por la entidad P&Z.
Encabezaremos también el juicio colectivo contra ellos.
También nos implicaremos con todo nuestro esfuerzo en el desarrollo de equipos de análisis clínico y de nuevos tratamientos médicos.
En estos dos últimos casos, lo principal serán las inversiones. Pido la colaboración de todos ustedes.
El cerebro de aquellos empleados, que asintieron todos a un tiempo, había sido fabricado, al igual que el color de su piel o de su pelo.
El interior de las cabezas de aquellas personas que entraron en COVFE, que resolvían con fluidez difíciles problemas ante los que incluso los profesores de universidad tiraban la toalla, era también producido de manera artificial.
Al parecer, existían muchas posibilidades de que no pudieran…
reproducirse, por fea que resulte la palabra. En suma, que no pudieran tener hijos.
Era algo sumamente trágico, pero comparado con el destino sufrido por aquella mujer de origen chino que acompañaba a Sakoda, Rachel Chen, o por sus compañeros masacrados, parecía algo menor.
Antes de finalizar, Marsha dijo algo que aparentaba ser el punto principal de la cuestión.
—Nuestra tarea hoy es servir de ayuda al reportaje que se realizará sobre la guerra que va a tener lugar entre la ciudad internacional independiente de Terra Amazonas al mando del comandante Cherry Ignacio y la empresa militar privada Goodfellows.
El rostro de los empleados acusó una repentina tensión.
Varios de ellos escrutaron las expresiones de la abogada Wu Lin-wen o de la veterana Alessa Leder, todavía en pie en la sede de la compañía.
Tanto una como otra asintieron con firmeza, pero no por ello se disipó la inquietud del resto de los empleados.
Uno de los empleados levantó la mano pidiendo la palabra.
—Para la verificación de los hechos del artículo, ¿vamos a usar nuestro sistema?
—No se puede usar —contestó la abogada al momento—. Entraría en un conflicto de intereses.
Al momento se relajó el ambiente de la oficina. Marsha dirigió una mirada de agradecimiento a Wu y animó a formular otras preguntas.
—¿Alguna otra duda por parte de los demás?
An Ho levantó la mano.
—Entonces, ¿nosotros de qué parte estamos?
Marukawa también estaba interesado en oír la contestación de Marsha.
Sabía que no iba a favorecer a Goodfellows, que se había dedicado a reunir neohumanos del MHS para lanzarlos a los campos de batalla.
Pero tampoco podía ponerse del lado de Ignacio, toda vez que este no revelaba sus verdaderas intenciones.
Ignacio había hecho prisioneros a un grupo de los suyos y los había masacrado y aquel traumático hecho se había extendido por la sociedad internacional.
Después de considerar el acto como un fracaso, anunció su voluntad de presentarse ante las Naciones Unidas y explicarse.
Cabía pensar que aquel movimiento albergaba la intención de exponer a la luz pública la manipulación genética llevada a cabo por P&Z, pero en el último momento huyó de Nueva York y mató a esa prueba viviente que era el doctor Faruqi.
Y a continuación se embarcó en una guerra que no tenía posibilidades de ganar.
Probablemente le movía el deseo de vengarse de Goodfellows por sus experimentos con seres humanos, pero el objetivo concreto nadie lo sabía.
Marsha miró fijamente el rostro del empleado que había preguntado y, después, recorrió con la vista los del resto.
—No estamos del lado de ninguna de las partes. Sin duda, Ignacio plantea esta batalla como un medio de mostrar al mundo la verdadera faz del proyecto MHS. De mostrar las capacidades que tenemos.
Marukawa se restregó los ojos. Había visto el avatar de Marsha por duplicado. Parpadeó, pero entonces vio cómo las dos Marsha se cogían de la mano.
—Los nuestros podemos actuar simultáneamente con varias consciencias.
En un acto instintivo, Marukawa se tapó la boca.
Las dos Marsha habían pronunciado idéntica frase al mismo tiempo y ya no sabía cuál de las dos era la verdadera Marsha presente en la oficina.
Se encontraba pensando que carecía de medios para distinguirlas cuando la Marsha más alejada de él echó a andar adentrándose en la extensión virtual de la oficina, con lo que coligió que esa debía de ser el avatar.
La segunda Marsha caminó entre el personal, dedicando breves comentarios a uno y otro.
—Marsha, ¿nosotros también podemos hacer eso? —inquirió uno.
—Sí, y mejor que yo.
—No sé, da un poco de miedo —opinó otra con rostro tenso.
—¿Pueden conversar las dos consciencias separadas? —preguntó uno más con curiosidad.
—En mi caso no es posible, pero An Ho sí puede.
La Marsha que permanecía en la oficina tenía la vista clavada en su avatar. Marukawa miraba su rostro de perfil cuando intervino Wu Lin-wen.
—Marsha ha estado practicando —dijo la abogada mientras miraba el avatar que paseaba entre los empleados—. Me sabe un poco mal decirlo así, pero dado que de todos los trabajadores Marsha es quien tiene menor nivel de capacidades, por eso ha necesitado practicar.
—Bueno, eso es cierto… —contestó la aludida.
—Y parece que también te cansa mucho. Marsha, creo que deberías ir terminando.
Wu Lin-wen tenía razón. La Marsha física de la oficina, de pie con las manos sobre la mesa, se sostenía como si estuviera a punto de caerse.
—De acuerdo —concedió Marsha llamando de vuelta a su avatar para luego borrarlo y volver a hablar al personal—. Escuchad bien todos.
Los empleados dirigieron la vista hacia ella y Marsha, enderezando la postura, prosiguió.
—En la guerra de hoy, Ignacio transmitirá al mundo entero las capacidades ocultas de aquellos subordinados suyos que sufrieron manipulación genética.
Marsha recorrió con la vista los rostros en tensión de sus empleados.
—Alguien ha dicho antes que esto daba miedo. Efectivamente, así es. Tenemos que registrar debidamente las reacciones de la gente cuando asista a la exhibición de nuestras capacidades sobrehumanas. Van a dirigir contra nosotros el miedo y el rechazo que sentirán.
—Me temo que así será —murmuró Marukawa volviendo a dejarse caer sobre el taburete.
«La gente que está aquí son superhumanos que pueden manejar simultáneamente dos consciencias. Y dicen que en los Estados Unidos han nacido unas doscientas mil personas con los mismos superpoderes que esta mujer».
Marukawa intentó borrar el interrogante que acababa de cruzar por su cabeza. No obstante, una vez que la inquietud había brotado, no parecía posible olvidar la idea.
«¿Será posible la convivencia?».