Man-kind 19
76%

19

Al otro lado de la cortinilla, el aire se movió y se oyó el sonido de un calzado de cuero. El joven alcalde de Terra Amazonas, Goh Martínez, se acercaba con pasos lentos y abriendo mucho las piernas, como si tuviera necesidad de verificar cada paso.

Ignacio, con la cabeza semihundida en la almohada, intentó incorporarse, pero Goh dio un rodeo para sortear la cortinilla y, presentándose ante él por la dirección en que volvía su rostro, dijo:

—Comandante, no se moleste por mí.

Goh, que al parecer regresaba nada más finalizar la reunión que había mantenido por el visualizador queuechouvue , venía ataviado con un traje color verde lima tejido con aquel cáñamo que constituía uno de los productos representativos de la ciudad.

—Son los efectos secundarios de los medicamentos que utilicé en los Estados Unidos. Mañana me habré recuperado un poco.

Ignacio a duras penas pudo hacer una leve inclinación de cabeza a modo de saludo. Goh meneó la suya hacia los lados como consternado y alzó una mano para colocarla al lado del rostro.

—He hablado con el médico y de verdad le pido que no haga imposibles. He venido porque quería hacer una última confirmación. Esta es la versión definitiva del acuerdo para entablar la guerra legítima. Me gustaría que firmase la cesión de plenos poderes para ella y…

Goh se interrumpió y, tras mirarse la mano, ensombreció el rostro.

—Comandante, no me diga que no puede utilizar el queuechouvue …

—Hace ya tiempo que no puedo usar las lentes de contacto. ¿Le importaría pasarme las gafas?

Goh asintió y cogió las gafas que reposaban en la mesita junto a la cama.

Se trataba de una pantalla de queuechouvue con forma de gafas de gruesa montura, que irradiaba las imágenes sobre la retina desde un emisor.

Se suponía que su eficacia debía ser igual a la de las lentes, pero curiosamente al queuechouvue visto con esas gafas le faltaba el realismo que se experimentaba con las lentes.

Goh le puso las gafas a Ignacio con unos ademanes más propios de una ofrenda.

Las gafas comenzaron su funcionamiento y reprodujeron el queuechouvue en la retina.

Los documentos que antes había mostrado Goh con el gesto de su mano continuaban flotando en el espacio.

—¿Qué tal fue la reunión?

—La contraparte aceptó todas nuestras peticiones.

El enfrentamiento tendrá una duración de veinticuatro horas.

El campo de batalla será también el área que usted designó, que podremos utilizar en su totalidad.

La condición para declarar la victoria del contrario será la captura suya, comandante.

Si nosotros conseguimos protegerlo aguantando el asedio durante esas veinticuatro horas, habremos ganado.

—¿Y los medios de prensa?

—En cuanto a eso, terminaron aceptando también nuestra petición de reducirlos a una sola entidad. Mostraban una fuerte oposición, pero dado que no hay suficiente ancho de banda en la red de la estratosfera, quedaron convencidos de hacerlo así. El medio elegido por la contraparte es Chicago Bear .

Ignacio se encogió de hombros ante la inesperada respuesta.

—Es una compañía de las grandes. ¿Guardan alguna relación con Goodfellows?

—No, probablemente no.

Ignacio permaneció pensativo unos segundos antes de volver a hablar.

—Así que temen una divulgación que implique a los medios de comunicación y por eso han escogido uno sin relación con ellos. Bueno, mejor para nosotros.

—Sí, quizá sea lo mejor. Si se tratara de alguno como Freedom Voice , no podríamos realizar una entrevista.

Ignacio forzó una sonrisa. Freedom Voice fue uno de los medios que espoleaba la última guerra civil de los Estados Unidos en favor de los Territorios Libres.

Habían pasado ya doce años desde que terminase la guerra y las plataformas de verificación de hechos como COVFE habían creado una nueva era, por lo que ya no era posible publicar artículos basándose solo en las propias convicciones.

La calidad de los periodistas también había mejorado, pero la de la prensa en papel había disminuido hasta extremos dolorosos por obra de los redactores jefe que construyeron su posición a base de los bulos difundidos durante la guerra civil y de los lectores de mayor edad, que eran sus principales destinatarios.

Ahora, esa baja calidad arrastrada podría convertirse en un obstáculo para las aspiraciones de Ignacio.

Goh mostró una lista de tareas y señaló el punto de la previsión del día siguiente a las 14:00 horas.

—La entrevista será a las 14:00 horas.

—Es decir, que al menos tengo que sobrevivir cinco horas, ¿no?

—No habrá problema en eso. Firme este documento, por favor. Lamento la molestia, pero aquí no hay más remedio que sea su propia firma, comandante.

Goh colocó ante Ignacio la última página del contrato.

En el espacio sobre la expresión «primera parte contratante» figuraba la fecha del día y la firma de Goh.

Ignacio «llamó» mediante el visualizador queuechouvue a su pluma estilográfica Parker 51 Signet e hizo un gesto a Goh para que le retirase el capuchón.

Goh agarró la pluma y giró el capuchón sonriendo.

—Da que pensar este realismo tan extremo en la reproducción de las cosas. ¿Esta pluma también es uno de los artículos que usaba Guevara?

—Eso es lo que se dice.

Ignacio cogió la estilográfica y en el punto en que la plumilla virtual tocaba el papel firmó como «Che». Acto seguido, hizo desaparecer la pluma y se tumbó en la cama.

—Muchas gracias —dijo Goh.

—Siento haberos implicado en mis asuntos, ahora que ya habéis conseguido vuestra anhelada ciudad independiente.

—Nada de eso —repuso Goh negando con la cabeza—. Al fin y al cabo, yo también soy uno de los implicados.

—He hecho cosas malas…

—No tiene por qué disculparse. Yo carezco de las capacidades de alguien como esa Marsha de COVFE, pero tampoco he entregado mi vida a Goodfellows. He podido vivir como una persona corriente.

—Una persona corriente, cuando unos mafiosos le están apuntando con un arma, no puede volver contra ellos su complejo de culpabilidad y conseguir arrebatarles sus plantaciones de cannabis. En un encuentro frente a frente, no hay nadie que pueda vencer tu dialéctica.

Goh se encogió de hombros con expresión burlona.

—Pude convencerlos porque el jefe de aquellos mafiosos se presentó en carne y hueso ante mí para extorsionarme. En estos tiempos en que casi todas las reuniones se realizan a través de avatares, ¿qué sentido tendría poseer unas capacidades si no pueden usarse en los encuentros frente a frente?

—Eso también es verdad. Quieres decir que el entorno también influye, ¿no?

Ignacio hundió aún más su cabeza en la almohada con un suspiro.

Si Marsha consiguió, cuando solo contaba trece años, descifrar el sistema criptográfico RSA con un chip cuántico de apenas 15 cúbits y crear una nueva criptografía de retículos que todavía hoy protegía la seguridad de las redes, fue en buena medida porque se crio en el seno de una familia rica de origen japonés que trabajaba en el ramo de la tecnología y desde muy pequeña pudo familiarizarse con los ordenadores.

Si tanto ella como sus empleados, que poseían la capacidad de «calcular con los dedos» logaritmos o números imaginarios, no contasen con estudios relacionados con las matemáticas, habrían vivido simplemente como personas capaces de hacer cálculos de memoria con mayor rapidez que el resto de la gente.

Si Marsha o Toma hubieran nacido en el hogar de los Jones, quizá hubieran ingresado en Goodfellows y ahora serían soldados de los cuerpos ORGAN.

Otro tanto podía decirse de Jones. Si no se hubiera incorporado a Goodfellows, probablemente no se hubiera dado cuenta nunca de las bondades de la interfaz hombre-máquina o de la inmediatez de respuesta cuando se conectaba con una máquina.

Pensando en ello, sin duda la facultad que con tanta destreza usaba el joven alcalde, consistente en un desarrollo exagerado de las llamadas neuronas espejo, que arrastran a nuestra contraparte a sentir lo mismo que nosotros, era algo a lo que se podía sacar partido, ya se hubiera criado uno en el entorno que fuera.

Ignacio alzó la vista de pronto porque cayó en la cuenta de que quedaba algo que todavía no había preguntado.

—¿Y qué va a hacer mañana el señor alcalde?

Goh, una vez comprobada la firma, se estaba guardando los documentos en un bolsillo de la pechera, pero adoptó al instante una sonrisa cautivadora para cualquiera que la viese.

—Voy a estar todo el tiempo con los ojos cerrados. Me quitaré las lentes de contacto y me encerraré en una habitación sin puertas.

—¿Tienes intención de seguir viviendo?

Goh asintió.

—Creo que pocas personas se darían cuenta de que yo soy uno de «aquellos».

—No sé yo…

—Seguro que sí. Pasaré por alguien que es un poco más hábil que el resto a la hora de negociar. Bueno, haga las cosas mañana lo mejor que pueda.

Goh hizo una reverencia y, con pasos tan vigorosos como los usados al llegar, salió de la estancia.

Ignacio repitió el comentario que había hecho Goh.

—Así que un hombre corriente, ¿eh?