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Sakoda, que se encontraba trabajando en la mesa del patio que le había dispuesto el hotel, se dio cuenta de que Toma, sentado enfrente de él, le estaba alargando un manojo de contratos trufados de marcas policromadas hasta un punto que parecían un sembrado de flores.
Era el efecto de un dispositivo de realidad virtual dibujado en el queuechouvue , pero gracias a la comunicación de alta velocidad por satélite que puso a su disposición COVFE, que le permitía conectarse a una granja de renderización de San Francisco, podía reproducir cada uno de los claroscuros de aquellos papeles y también en los dedos de Toma, sobre los que se montaban, aparecían unas sombras de contacto que recreaban la sensación de que la luz del sol atravesaba unos documentos reales.
—Sakoda, este es el acuerdo más reciente para entablar una guerra legítima —explicó Toma.
El periodista echó un vistazo rápido al apartado del encabezamiento donde constaban los participantes y comprobó las diferencias con el documento que le habían mostrado dos horas atrás.
—Perú y Colombia se han desentendido y Brasil aparece ahora con un papel de escasa importancia.
—Eso parece —corroboró Toma—. Ahora, con toda nitidez, figura como parte atacante Goodfellows y como parte defensora Terra Amazonas. Voy a hacer un resumen por encima de los aspectos que han cambiado.
Toma, sentado al lado contrario de la mesa, frente a Sakoda, recorrió con la vista el documento de acuerdo que ambos compartían y después, pasando un bolígrafo sobre él, hizo aparecer en el borde del papel una serie de marcas de señalización.
Sakoda había pedido a Toma que le organizase los documentos, porque en los últimos tres días le había llegado una montaña tal por parte de los abogados de Goodfellows que amenazaba con enterrarlo.
A pesar de que Toma no era periodista, no en vano se había licenciado sin dificultad en una de las mejores universidades de los Estados Unidos, por lo que en cuanto a su capacidad de razonamiento lógico no le suponía un problema acometer dicha tarea.
Toma abrió el primero de los apartados marcados, correspondiente al preámbulo, y procedió a explicarlo.
—Dado que ahora ninguna nación ostenta la categoría de contendiente, el objetivo de la confrontación bélica ya no es la recuperación de un territorio. El principal objetivo es forzar la entrega de Ignacio y declarar nulo el resultado de la guerra anterior.
Mientras continuaba su explicación, Toma había hecho brotar de sus hombros tres pares de miembros adicionales que se movían como seres vivos de existencia independiente apilando uno tras otro documentos que sirvieran de trasfondo para generar artículos periodísticos de manera automática.
En el jardín que se extendía al otro lado del seto, un avatar de Toma se concentraba en un tutorial para aprender lo concerniente al dron Meganeura que usaba Sakoda para filmar y el dron de reconocimiento Eyesbee que destinaba Goodfellows a las guerras.
Solo habían transcurrido tres días desde que comenzase a usar la facultad de desdoblamiento de la consciencia que le otorgó el proyecto MHS, pero al parecer ya había conseguido hacerlo de manera por completo natural.
Toma fue avanzando a gran velocidad por el documento hasta que llegó a la página número 20, cubierta casi toda de señales de color rojo que indicaban aspectos conflictivos.
Girando un poco más la página hacia Sakoda, añadió:
—Con esto, parece haberse alcanzado un acuerdo sobre el objetivo del enfrentamiento, pero no se han decidido las condiciones con detalle.
—A ver, déjame leer… Ah, por ejemplo, el periodo de duración, ¿verdad?
Sakoda forzó una amarga sonrisa mientras revisaba el historial de las negociaciones.
Las condiciones para determinar la victoria en la segunda guerra de defensa de Amazonas establecían que finalizaría cuando la parte atacante hubiese conseguido capturar a Ignacio y la parte defensora simplemente quedara emplazada a evitar ese resultado.
Ayer por la tarde, tres días después de la declaración de guerra, el alcalde de Terra Amazonas, Goh Martínez, y los abogados de Goodfellows habían conseguido, tras numerosas negociaciones, decidir el campo de batalla.
Ignacio y los suyos se atrincherarían en un espacio triangular de cuatro kilómetros de longitud junto al punto donde confluyen el río Amazonas y el río Yavarí, que se convertiría en el territorio atacado por Goodfellows.
La cuestión que permanecía en conflicto era el periodo de tiempo que se establecería.
La parte atacante de Goodfellows deseaba una duración lo más larga posible, mientras que para Terra Amazonas lo mejor era justo lo contrario.
Ninguna de las dos partes quería dar su brazo a torcer, pero como se había decidido que las hostilidades comenzaran mañana, a la noche debía llegarse a alguna conclusión.
Sin embargo, aun cuando se tratara de veinticuatro horas, no cambiaba el hecho de que Ignacio se encontraba en desventaja.
La vez anterior, había conseguido derrotar al destacamento Jones recurriendo a tácticas de guerra psicológica, pero esta vez no podría usar el mismo método, y ya se sabía que contaba con soldados de las mismas capacidades que los de los cuerpos ORGAN.
Ignacio no tenía posibilidad de vencer. Y, aun así, fue él quien quiso esta guerra.
Sakoda plegó la documentación y entregó a Toma el mensaje recibido desde San Francisco.
—Esta es la información que me ha pasado mi agente. Al parecer, Goodfellows va a enviar ocho destacamentos ORGAN. Aunque no sé si en realidad participarán todos.
—Ya veo —asintió Toma leyendo el mensaje y la documentación adjunta relacionada—. El jefe del total de las fuerzas enviadas es un veterano, el teniente Mario García, ¿no? Pero el resto de los mandos son todos muy jóvenes.
«Pero eso…», estaba a punto de replicar Sakoda, cuando enseguida comprendió lo que quería decir Toma. Goodfellows había reunido a los más jóvenes, por su mejor «rendimiento».
—Entiendo. Así que lo saben…
Mientras pensaba cómo registrar con su cámara los puntos de diferencia con la anterior guerra, Sakoda comprobó los acuerdos que le afectaban para los reportajes de la contienda.
—Los acuerdos para cubrir la información ya no parece que vayan a cambiar. El medio que ha contratado Goodfellows es el Chicago Bear . ¿Qué hay de la red?
La guerra por venir había atraído la atención internacional debido a que Ignacio rechazó realizar las alegaciones previstas ante las Naciones Unidas.
La compañía Sun le estaba pidiendo a Sakoda una transmisión de realidad virtual apta para el visualizador queuechouvue , lo cual exigía una gran carga para el sistema.
Probablemente su rival, Chicago Bear , se encontraba en la misma situación.
—Al parecer está previsto que puedas compartir la red de la estratosfera que ofrece COVFE.
—Ya veo. Una solución de lo más racional.
El ancho de banda de una red en la estratosfera que usara un globo de gran altitud era muy amplio.
Seguramente, aunque fuera compartido por varias compañías, seguiría siendo suficiente.
Cuando un satisfecho Sakoda acababa de cerrar el contrato, se oyó el ruido de unos pesados rotores.
Plegaron el espacio de trabajo y, al mirar al jardín, vieron que, cruzando sobre el tejado de tejas rojas del hotel, llegaban dos grandes drones Pelikan con sendos contenedores del tamaño de un pequeño automóvil colgando de la panza.
Una vez que los drones depositaron los contenedores en el patio interior, apareció Rachel acercándose desde la puerta del hotel.
—Han llegado los Maschief. ¿Puedes encargarte del acuse de recibo, Toma?
Mediante el espacio de trabajo compartido, Rachel lanzó el documento hacia Toma y, saltando sobre los contenedores, comenzó a desatar los arneses de nailon que los unían a los drones.
—De acuerdo —contestó Toma—. Dos Maschief, ¿verdad?
Toma comprobó el contenido del acuse de recibo sujeto entre los dedos de uno de sus miembros adjuntos y, al dar un golpecito en el botón de verificación con atribuciones de COVFE, los Pelikan, libres ya de sus arneses, volvieron a elevarse.
Los dos Maschief habían sido adquiridos por COVFE con objeto de prestárselos a Sakoda y Rachel.
Los pesados rotores de los Pelikan volvieron a rugir y, emprendiendo la misma ruta por la que habían venido, tornaron a cruzar sobre el tejado del hotel.
Sakoda y Toma miraron cómo los drones se marchaban y, cuando desaparecieron de la vista, oyeron cómo Rachel les gritaba desde lo alto del contenedor.
—¡Toma, desbloquea el cierre de los contenedores!
—¡Ah, perdón!
Toma manejó uno de sus miembros adjuntos.
Por lo visto, los contenedores se los habían entregado sellados.
Rachel bajó de un salto y los frontales de los contenedores se abrieron por el lado de arriba de modo que cayeran hacia delante hasta impactar en el suelo.
Los Maschief de dentro, con las patas encogidas y colgando del techo, fueron bajando lentamente hasta pisar tierra.
El receptáculo hexagonal de paneles con camuflaje óptico que recubría los Maschief relucía con una pálida luz violeta.
Los cilindros o los asientos, que estaban sin cubrir, presentaban una tonalidad morada más oscura.
—¡Uf, qué colores tan chillones! —protestó Rachel frunciendo el entrecejo.
Sakoda, sin embargo, asintió con aire satisfecho.
—Tal y como pedí.
—¿Es eso lo que quería Ignacio?
Sakoda negó con la cabeza.
—No, lo que pasa es que ni por error podemos permitirnos que nos disparen. Toma, ¿puedes hacerme el favor de tomar unas fotos de los Maschief y enviar a ambos contendientes una descripción sobre cómo están pintados para que no haya confusiones?
—De acuerdo.
Quien contestó fue el avatar de Toma, que se encontraba en el patio practicando el manejo del Meganeura.
El aparato, que sobrevolaba el patio, fue descendiendo mientras filmaba los Maschief pintados de morado para luego volver a ascender.
Dado que esta vez ambas partes iban a recurrir a tecnología propia de los ORGAN, Sakoda iba a aprender en su calidad de periodista acerca del programa de inteligencia artificial para apuntar a los objetivos.
Rachel, que iba a supervisar todo el proceso, hizo un gesto con la mano a Sakoda para que se acercase.
—Jake, en tu caso aprenderás solo lo más básico de los Maschief.
—De acuerdo.
Sakoda se metió en uno de los contenedores y puso la mano sobre el armazón del Maschief que se agazapaba allí dentro.
Emitiendo unos destellos, las cuatro patas del ingenio se estiraron lentamente para enderezar el cuerpo sobre ellas.
En la consola de mando relucía el nombre de Jake Sakoda.
Por lo visto, con esto finalizaban los primeros pasos del manejo y la personalización del aparato.
Sakoda se sorprendió tan visiblemente de su sencillez que Rachel se echó a reír.
—Fácil, ¿verdad?
—Me he llevado toda una sorpresa.
—Es que, si no fuera tan cómodo, sería un problema también para nosotros.
Rachel dio un golpecito con el dorso de la mano en la coraza de uno de los Maschief.
—Pero esta será la primera vez que use uno para un propósito diferente del combate. Realmente es una inapreciable ayuda. Dale las gracias a tu empresa, Toma.
Toma, que seguía frente a la mesa clasificando documentos, agitó la mano en ademán negativo.
—No te preocupes por eso. Ten en cuenta que nosotros también somos afectados por el caso. Mi jefa ha dicho que no nos preocupemos tampoco por el dinero que cuesten nuestros próximos movimientos.
Rachel negó con la cabeza.
—Ya te dije que eso no es necesario. Todavía nos queda bastante dinero del que nos concedieron para los trámites de entrega de las indemnizaciones.
Desde que entregaron su parte a los Jones, no habían tocado las cantidades de compensación de Ignacio. Acordaron que, cuando terminase la segunda guerra de defensa, volverían los dos a los Estados Unidos para acabar de repartirlo.
Sakoda probó a sentarse en su Maschief.
—He oído que los Maschief de los ORGAN cuestan un millón de dólares cada uno. ¿Cuánto han costado estos?
—Medio millón de dólares —contestó Toma.
—O sea, que sí que cuestan un dineral.
—Pero de verdad que no te preocupes. En este asunto, lo que más dinero ha costado ha sido la obtención de pruebas de tus investigaciones. Comparado con eso, lo de ahora no es nada.
Admirado, Sakoda alzó la vista hacia el cielo.
Marsha Yoshino y su COVFE habían prestado un fuerte apoyo a su futuro reportaje utilizando el mayor de los registros cuánticos.
No le contaron cuánto habían gastado, pero seguro que al menos diez millones de dólares.
Por supuesto que aun así debería recorrer dos o tres lugares más para recabar información adicional antes de publicar el reportaje, pero se sentía en deuda con COVFE por haberle proporcionado una documentación tan detallada que, de otro modo, hubiera necesitado obtenerse a base de movilizar a varios periodistas.
Además, también podía utilizarse toda aquella documentación como base para generar automáticamente nuevos artículos sobre la contienda que comenzaría al día siguiente.
—Parece que más o menos ya tenemos hechos los preparativos…
Toma asintió y el Meganeura suspendido sobre el jardín comenzó su vuelo. A una velocidad que Sakoda nunca le había visto ejecutar hasta entonces, aquel dron con el nombre de una libélula prehistórica giró en redondo y voló hasta pararse en seco al lado del rostro de Toma.
—Ya puedo manejar los dos Meganeura con la misma soltura que mis manos o mis pies.
Rachel dejó oír un silbido de admiración.
—¿Has incorporado también la aplicación de ORGAN para apuntar a los objetivos?
—Por supuesto —contestó Toma—. También un programa de simulación. No creo que pueda manejarlo tan bien como un profesional, pero para protegeros a vosotros dos sí debería ser suficiente.
Sakoda miró los rostros de ambos.
—Voy a escribir artículos y difundirlos, pero me gustaría que, si descubrís algo anormal, me lo comuniquéis.
Toma y Rachel asintieron. Esta vez existía una cuestión de mayor prioridad que la redacción de crónicas periodísticas.
—Ignacio debe de tener algún propósito oculto para haber comenzado esta guerra que no tiene posibilidad de ganar.
Sakoda miró en dirección al espacio triangular donde se desarrollaría el próximo combate.