Man-kind 17 #2
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17 #2

Marsha hizo aparecer la pantalla de menú de dispositivos y, tras escoger el indicado por An Ho, encontró un brazo de tres articulaciones y seis dedos.

Era el dispositivo para fijar en el espacio de realidad virtual del queuechouvue documentos con forma de libro, así como cebos para la pesca en realidad virtual u otras cosas similares.

—¿Te refieres al miembro adjunto para fijar en la cadera y realizar tareas de precisión?

—Ese es. Sujétalo a tu cadera derecha, por favor.

Marsha fijó a su cadera como le decían la base del apéndice e hizo que sus seis dedos se superpusieran sobre su mano derecha.

—Agarra el documento con tu mano derecha.

Conforme a las instrucciones, Marsha agarró el listado cronológico de documentos y lo levantó un poco. Si ahora apagaba el sincronizador, podía dejar el documento en aquel espacio, pero las siguientes directrices de An Ho sugerían algo diferente.

—Prueba a conservar firmemente la imagen del cuadro cronológico fijo en el espacio mientras tocas un documento diferente con la mano.

—¿Eh?

A pesar de su desconcierto, Marsha intentó bajar la mano derecha hacia la superficie de la mesa. Como era lógico, el miembro adjunto que se movía sincronizándose con la señal transmitida por el implante de potencial mioeléctrico fue bajando la tabla cronológica hacia la mesa.

—No muevas la tabla cronológica —avisó An Ho.

—Es que se mueve…

—No, seguro que puedes hacerlo.

An Ho sujetó el listado cronológico con el apéndice que salía de su propio hombro.

Aunque carecía de la percepción de estar tocándolo, gracias a la actuación de ese manipulador, el movimiento del miembro adjunto de Marsha se detuvo y su mano, que iba bajando lentamente, se posó sobre la mesa.

La mujer sintió cómo su dedo índice tocaba los rayajos de la mesa causados antaño por las hojas de afeitar.

An Ho colocó su propio manipulador un poco por encima del listado cronológico.

—Entrégame el listado cronológico dejando la mano sobre la mesa tal cual está ahora.

Esta vez pudo hacerlo correctamente. Sin mover la mano que tenía encima de la mesa, el miembro adjunto a ella fue alzando cada vez más el documento con el listado.

Cuando An Ho recibió el movimiento mediante su manipulador, el miembro adjunto descendió y probó a recoger un documento diferente de encima de la mesa. Sin mover un milímetro la mano derecha.

—Has podido —murmuró An Ho sin querer.

Pero Marsha ya se había dado cuenta de ello.

Al tiempo que fijaba en el espacio con una chincheta el documento que había levantado con el miembro adjunto, Marsha tocaba el borde de la mesa con la mano derecha buscando otro documento.

Saltaba a la vista que coexistían dos consciencias y se dio cuenta de que estaba «viendo» dos documentos al mismo tiempo.

Pero tampoco puede decirse que fuera por completo su primera experiencia en la materia.

En los tiempos en que fundó COVFE, cuando se encontraba elaborando algoritmos cuánticos, a veces se descubría manejando varios espacios de trabajo simultáneamente y también había redactado mensajes mientras cocinaba.

Se sentía como si su cuerpo se hubiera fundido con el espacio de la oficina y estuviera trabajando en varias mesas a la vez.

—Impresionante, esto —se admiró Marsha.

Sentada cómodamente en su banqueta, comprobó la hora mientras hacía trabajar el miembro adjunto fijado a ella.

—Por cierto, debe de estar a punto de llegar Wu Lin-wen. Quedó en que vendría a las diez.

—Déjame que te eche una mano —dijo An Ho.

An Ho trajo también una banqueta y, sentándose junto a Marsha, comenzó a separar con sus seis extremidades virtuales los documentos con aspecto de ser necesarios para la reunión.

Aparentemente, utilizaba los manipuladores en grupos de dos, con tres consciencias trabajando de manera simultánea.

El An Ho de carne y hueso, mientras, apoyaba los codos en la mesa a la vez que miraba cómo avanzaba la tarea.

—¿Estuviste practicando por la noche? —preguntó Marsha.

—Sí. Pude también hablar conmigo mismo.

—Se nota que perteneces a la cuarta generación. Me pregunto cómo será la quinta generación. Y las siguientes…

—No había ninguna documentación al respecto. Seguramente es porque Ignacio se apartó del doctor Faruqi.

An Ho, con el rostro vuelto hacia Marsha, hablaba más despacio que de costumbre. Su contestación tampoco coincidía por completo con lo preguntado. Marsha, dirigiendo la mirada al trabajo de clasificación de documentos de los tres pares de manipuladores, preguntó:

—¿Por casualidad el esfuerzo te ralentizó un poco el pensamiento?

—Sí —admitió An Ho con una débil sonrisa—. La carga que supuso esa conversación conmigo mismo fue mayor de lo que esperaba. A todo esto, veo que ya son las diez.

Justo cuando An Ho miraba hacia la calle, se abrió la puerta de la oficina y entró Wu Lin-wen.

—Buenos días —saludó Marsha.

Sin embargo, Wu, en pie frente a ella y con una mano en un costado, apuntó con el índice de la otra a Marsha en gesto acusador.

—Oye, ¿qué significa eso de hacer de abogada de esos tres que han derribado unos drones?

Wu Lin-wen hizo una pausa tras esas palabras y miró a Marsha con ojos desorbitados. Seguramente acababa de conectarse al queuechouvue de la oficina y se había dado cuenta del trabajo de Marsha y An Ho con los manipuladores.

—Pero… ¿qué estáis haciendo vosotros dos?

Marsha, mientras se ponía en pie para darle la bienvenida, agitó delante de ella los documentos que sostenía la extremidad adjunta bajo control de su consciencia desdoblada. Por su parte An Ho, a la vez que saludaba con un «buenos días», seguía manejando sin descanso sus seis apéndices.

Marsha entregó a Wu Lin-wen la documentación reunida en el queuechouvue .

—Entendido. Entonces, ¿quieres que busque a otro que se encargue de la defensa por el caso del derribo de los drones?

—No te preocupes. Eso de antes lo dije en broma.

—¿De verdad? —preguntó Marsha sorprendida por la calma de Wu—. ¿Estás segura?

Wu Lin-wen se encogió de hombros mientras recogía los documentos.

—Creo que con un poco de suerte ni siquiera llegará a juicio.

Esa clase de ciudades independientes no son muy duchas a la hora de actuar coordinadamente con los organismos judiciales de otros estados.

Tampoco se les da muy bien conservar las pruebas existentes.

Además, parece que en este caso no existen familiares directos afectados, por lo que diría que el fuego se apagará enseguida. Perdón, esto de aquí puede que…

Tras pasar unas pocas páginas de los documentos, el rostro de Wu Lin-wen palideció. Se quedó mirando fijamente la extremidad adicional que, saliendo de la cadera de Marsha, se movía como un ser vivo independiente.

—Eso que haces…

—Efectivamente. El resultado de la edición genética de Geppetto Faruqi. Tanto An Ho como yo podemos desdoblar nuestra consciencia y trabajar con las dos a la vez.

Wu Lin-wen echó un vistazo rápido al resto de la documentación y, tras asentir, giró el rostro hacia Marsha.

—Así que vais a luchar, ¿no?

Marsha asintió.

P&Z debía asumir su responsabilidad. Tenía que exponer por completo su información a la luz pública y, en la medida de lo posible, ofrecer un tratamiento médico y una compensación económica a los afectados.

Ahora que Faruqi ya no estaba, no quedaba nadie contra quien poder dirigir la furia.

Sin embargo, ellos deberían tener derecho a expresar dicha indignación.

—No sé por dónde podríamos empezar, pero ¿nos ayudarás?

Wu Lin-wen estrechó la mano de Marsha.

—Por supuesto.

Cuando Marsha le estaba devolviendo el apretón, llegó el aviso de solicitud de comunicación telefónica.

—Me llama Toma. Me pregunto dónde estará. Pide hablar.

—Adelante —dijo Wu apartando la mano.

Entonces, Marsha imitó la forma de un auricular con la mano y se la colocó a un lado del rostro. Enseguida se oyó la voz de Toma.

—¿Marsha? Te lo cuento lo más brevemente posible.

A espaldas de Toma se oía la voz de alguien, probablemente del periodista Sakoda, que estaba cuchicheándole algo.

—¿Qué sucede?

—Comienza una guerra.

—¿Entre quién y quién?

La pregunta brotó como un acto reflejo, pero Marsha ya intuía más o menos la respuesta.

En las anotaciones de Sakoda constaba una conversación en la que Ignacio decía que quería arrastrar a los países del entorno a una guerra.

Probablemente lo había conseguido. La nerviosa voz de Toma confirmó sus deducciones.

—Se ha declarado la segunda guerra de defensa de Terra Amazonas. Y el territorio ha decidido invitar a Sakoda como cronista. ¿Puedo ir con él?

—¿Cuándo?

—En cuatro… No, en tres días. A Sakoda también le ha cogido de sorpresa. Por lo visto, ha decidido que el resto de las indemnizaciones las repartirá cuando acabe la nueva guerra.

Marsha levantó la vista hacia el techo. Con tan poco tiempo, no podían esperar a que Sakoda tuviera listo un reportaje sobre el asunto y tampoco dispondrían de margen suficiente para tomar acciones de condena de la manipulación genética.

Hicieran lo que hicieran, seguramente el impacto del caso se diluiría ante el enfrentamiento entre Ignacio, colaborador en la edición genética, y los soldados fruto de dicha manipulación.

Solo una cosa estaba clara. Ignacio se les había adelantado.

Marsha exhaló un fuerte suspiro y contestó:

—De acuerdo. Dile esto a Sakoda. Que me pida cualquier cosa que necesite.