Man-kind 16 #3
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16 #3

—Usted, por haber sido quien selló la boca de Faruqi, no puede sustituirlo.

—Hmm —asintió Ignacio acariciándose el mentón—. En eso tienes razón. Por cierto, ¿qué pensáis hacer ahora?

Rachel señaló Torre Donelson con un gesto de la barbilla.

—Dentro de nada acudirá el personal de vigilancia, porque ya tendrán localizada la posición del Albatros.

Ignacio entrecerró los ojos y miró hacia el bosque que tapaba la base de la Aguja, y parecía como si esta lo traspasase.

—Ciertamente, ya debe de faltar poco. ¿Cuántas escuadrillas vienen?

Camilo, que probablemente acababa de comprobar la presencia de los drones en su visualizador queuechouvue , desplazó un poco su mirada para fijarla también en el bosque.

Mediante la interfaz del queuechouvue para uso de los cuerpos ORGAN, se podía hacer coincidir la observación de los drones y sus tripulantes con la mirada de los propios ojos y seguramente Camilo se hallaba ahora calibrando cómo actuar.

—Cinco… Pero la cadena de mando no parece unificada. Vienen siete vehículos blindados AMV y veinte transportadores Maschief. En total, noventa guardias. Han dejado vigilando la torre al mínimo imprescindible y movilizado al resto para dirigirse hacia aquí.

—Así que es como el fútbol de aficionados —se mofó Ignacio.

Rachel, por su parte, se permitió una ironía:

—Si no tienes valor para entregarte tú mismo, ¿qué tal si te entregamos nosotros?

—Nada de eso. Nosotros dos nos tenemos que volver a casa.

Inesperada respuesta. Sakoda optó por preguntar.

—¿No va usted a volver a Nueva York?

—Ya he cumplido lo que quería. Me vuelvo a Terra Amazonas. Al fin y al cabo, me espera la próxima guerra de defensa.

—¿Cuándo se ha hablado de eso?

—Todavía no se ha hablado —sonrió Ignacio mostrando la dentadura—.

Estoy instigando al alcalde, y en consecuencia se dedica a provocar a los vecinos, pero el problema es que ni Brasil ni Perú están por la labor.

Por eso he pensado que, si ignoro la petición de investigación de las Naciones Unidas, a lo mejor sí se animan.

Sakoda escrutó el rostro intentando leer sus verdaderas intenciones, pero el otro se escudó tras una desafiante sonrisa al estilo de las de Guevara.

Tal y como decía Ignacio, los gobiernos de Brasil, Perú o Colombia carecían de justificación para atacar, dado el resultado de la anterior guerra, pero si por lo que fuera se desencadenara una nueva guerra, Terra Amazonas se encontraría frente a una descomunal desventaja, dada la escasez de su fuerza militar.

La vez anterior, el enfrentamiento consiguió plantearse como una guerra legítima y, mediante una estrategia que bien podía calificarse de engaño, se obtuvo la victoria; pero si la próxima vez se tratase del enfrentamiento contra un ejército regular, Terra Amazonas no tendría ninguna posibilidad de ganar.

Si no conseguían volver a plantear el enfrentamiento como una guerra legítima, sería lo mismo que un suicidio.

—Sabe que no hay posibilidades de vencer. ¿Qué pretende involucrando al alcalde?

—No te preocupes, que venceré. Por cierto, ¿qué pretendíais hacer a continuación?

Sakoda señaló hacia el sur.

—Nuestra intención era salir a la carretera principal.

Si avanzamos unos diez kilómetros, estaremos fuera del Territorio Autónomo de Torre Donelson y, siendo ya de día, no creo que se atrevan a descargar sobre nosotros un ataque como el de ayer.

Pretendíamos liberar a Faruqi una vez terminado de entrevistar.

—¿Entrevista? ¿No querrás decir tortura?

Ignacio señaló con el mentón el derribado Albatros y sonrió burlonamente. Rachel se acercó a Ignacio, todavía con las manos en alto.

—No creas que somos como tú, criminal de guerra. Nosotros, por lo menos, hemos recibido cursos sobre cómo interrogar a la gente.

—Qué cosas más feas me decís. Bueno, tenemos que ir marchándonos.

Ignacio ya se estaba volviendo de espaldas cuando Rachel avanzó otro paso hacia él.

—Déjame hacerte una última pregunta.

Ignacio ladeó la cabeza e hizo un gesto animando a Rachel a continuar.

—Ese dinero de las compensaciones que nos entregaste, ¿era entonces una parte de los gastos necesarios para matar a Faruqi?

—No.

La contestación de Ignacio no solo fue breve, sino también firme y con tono duro. Se encaró con Rachel y enderezó la espalda.

—Jasper Jones, Rosalind Said, Lee Haoran, Yulia Allouch, Paul Manima y George Jacobson. Lamento de todo corazón haber arrebatado la vida de esos seis. Quiero pedir disculpas tanto a sus familias como a ti, que eras su compañera.

Ignacio se puso la mano sobre el pecho e hizo una reverencia. Rachel, quizá porque no se había imaginado algo similar, movió los ojos con sorpresa y preguntó:

—Esas palabras… ¿son de todo corazón?

—Por supuesto —contestó Ignacio alzando el rostro y mirando detenidamente a Rachel—. También te quiero pedir disculpas a ti. Me arrepiento profundamente de haberte dado la vida.

Cuando el significado de las palabras terminó de calar en ella, Rachel palideció.

—No hables como si fueras mi madre.

—Es que se puede definir así. Puedes guardarme rencor, si quieres.

Al terminar de hablar, Ignacio se fijó en que Toma, situado detrás de Sakoda, levantaba una mano.

—Por cierto, ¿tú quién eres?

—Toma Knut. Empleado fijo de COVFE.

La sonrisa irónica desapareció del rostro de Ignacio.

No se había pronunciado la expresión MHS , pero Ignacio debía de haber comprendido.

Se acarició el mentón y su rostro acusó una seriedad nunca mostrada hasta entonces.

Tras un tiempo sumido en sus pensamientos, hizo una pregunta a Toma, hablando despacio y separando las palabras, como deseoso de verificar algo.

—¿La famosa empresa COVFE? Creada por Marsha Yoshino, cuyos empleados son todos jóvenes geniales y que se dedica a la computación cuántica…

—Bueno, yo no creo ser un genio, pero el examen de entrada es bastante difícil.

Ignacio se quedó un tiempo mirando a Toma y después exhaló un breve suspiro.

—Ya veo. Así que de esa manera consiguen reuniros. Nunca se me ocurrió.

Ignacio alargó la mano hacia Toma en gesto de pedir estrechársela.

—¿A… a qué viene esto? —preguntó Toma retrocediendo un paso.

No obstante, Ignacio le agarró una mano y se la estrechó.

—Me alegro de haberte conocido. Cuando vuelvas a tu oficina, transmíteles a todos mis disculpas.

Una vez dicho esto, Ignacio se volvió hacia Camilo.

—Tenemos que marcharnos. ¿Y los vigilantes?

—Dentro de tres minutos nos tendrán maravillosamente rodeados —contestó Camilo al instante, señalando a Sakoda y los suyos con el brazo que no sostenía el arma—. Hay que dejarles tiempo a ellos también para que huyan; así que creo que mejor movernos enseguida.

Ignacio asintió y agitó una mano a modo de despedida hacia el grupo de Sakoda.

—Bueno, ya lo oís, nos vamos. Hasta la próxima.

Ignacio echó a andar lentamente hacia el interior del bosque. Camilo caminaba detrás de él avanzando de espaldas, sin dejar de apuntar a los demás con su QBZ-100. En unos instantes desaparecieron dentro de la espesura.

—Vámonos nosotros también —dijo Rachel recogiendo su FAR-15 del suelo.

—¿Y si esperamos a que lleguen los guardias y les contamos lo de Ignacio? —preguntó Sakoda.

—No tiene sentido —aseveró Rachel negando con la cabeza.

—¿Tú crees? Bueno, supongo que tienes razón.

—Claro que sí. No son más que gentuza que busca una excusa para disparar. No atienden a razones y, además, yo les he derribado sus drones.

Rachel señaló el Albatros caído.

—Este aparato lleva incorporada una cámara que filma el exterior, y con eso y la información almacenada en el queuechouvue de Faruqi tendrán el registro completo de que esto ha sido obra de Ignacio de principio a fin. Huyamos cuanto antes.

Sakoda abrió la puerta delantera del Ford y se sentó al volante.

—Entendido. Salgamos de aquí. ¿Qué pasa, Toma?

Toma, después de haber estrechado la mano de Ignacio, seguía clavado en el sitio.

—¿Por qué me habrá pasado eso?

—¿Qué quieres decir?

Toma tenía la vista clavada en la mano que estrechó la de Ignacio.

—Cuando me dijo que diera sus disculpas a mis compañeros, sentí desde el fondo de mi corazón que yo debía pedir perdón también.