16 #2
—¿Y qué? —contestó Faruqi peinándose con la mano—.
Según las estadísticas, ya tienen que haber nacido más de doscientos mil niños del programa MHS.
No se va a poder mantener en secreto por siempre.
Precisamente andaba pensando que dentro de poco sería ya hora de revelarlo al público.
Un comunicado oficial frente a las declaraciones de Cereja, el criminal de guerra que masacró a unos prisioneros.
O frente al interrogatorio forzado violentamente que estáis llevando a cabo ahora.
¿Cuál creéis que merecerá mayor credibilidad?
—¿A mí qué me importa? —replicó Rachel con desprecio mientras señalaba el Ford con la punta del fusil—. Muévete deprisita. La siguiente pregunta es: ¿por qué comenzaste con esto?
—El detonante fue el marcador para estudiar el grado de aplicabilidad del sistema CRISPR.
—Eso ya lo había oído —contestó Rachel—. Hiciste ensayos con seres humanos usando el cuerpo de Ignacio, cuyo nacimiento encargaste a una gestante subrogada, ¿verdad?
—¿Ensayos con seres humanos? —repitió Faruqi parándose en seco y frunciendo el rostro como mostrando su desacuerdo.
Rachel lo conminó con un gesto a seguir caminando y añadió:
—Introdujiste marcas en los genes e hiciste experimentos de edición, ¿no? Los accesos de asma del sujeto aquel o el cáncer que padece, ¿no son culpa de eso?
—Ah, ¿te refieres a eso? —dijo Faruqi con serenidad mientras reemprendía la marcha—. Ciertamente, existe la posibilidad de que las medidas de inactivación del sistema inmune que llevé a cabo en él hayan perjudicado su salud. Pero también se ha beneficiado de sus ventajas.
—Ventajas, ¿eh? —dijo Rachel como si escupiera.
Faruqi se volvió hacia ella.
—Tú eres de la segunda generación del MHS, ¿no?
Fuiste diseñada de manera que no pudieras desencadenar reacciones antígeno-anticuerpo frente a dos mil quinientas veintiuna clases de alérgenos.
Por eso no presentas alergia ante ningún alimento ni tampoco otras como la del polen.
Seguro que tu piel tampoco se ha visto nunca dañada por sustancias como disolventes o aceites industriales.
No tiene nada que ver con la inmunidad, pero tampoco habrás tenido caries.
Todo ello es el resultado del aprendizaje adquirido por el tratamiento genético con marcadores de ADN del cuerpo de Cereja.
Más bien creo que merecería algunas palabras de agradecimiento…
—¿Pero qué…?
Rachel, con el rostro crispado, enmudeció. Sakoda quedó también tan estupefacto que no supo qué replicar. Pero Toma, que estaba recuperando el dron Meganeura, sí habló.
—Doctor Faruqi, Ignacio nació en el año 2015. Rachel y los suyos de la segunda generación en el 2021. Está usted diciendo que los experimentos humanos sobre el cuerpo de Ignacio los llevó a cabo cuando él tenía seis años. Es correcto, ¿verdad?
Faruqi se detuvo y miró fijamente a Toma.
—Vaya, pero si tú también eres un MHS. Es la primera vez que veo uno de los vuestros que no es un soldado. ¿Cuántos años tienes tú?
Toma se achantó un poco al ver la excitación que dominaba a Faruqi.
—Soy yo quien está preguntando. ¿Cuántos ensayos humanos estuvo realizando hasta que creó algo similar a una nueva humanidad?
—¿Una nueva humanidad? Ciertamente, esa manera de llamarlo se ajusta como un guante a la realidad. Pero eso de «ensayos humanos» no es correcto. Cereja se siente agradecido. Aquello fue…
Antes de que Faruqi pudiera terminar, un grito de Rachel los interrumpió.
—¡Al suelo!
Cuando aquella voz alcanzó a Sakoda, Toma ya se había lanzado hacia el suelo sujetando a Faruqi por las piernas mientras que Rachel había agarrado el cuello de la chaqueta del médico para hacerlo caer hacia atrás. Faruqi, incapaz de moverse, basculó hacia su espalda como un muñeco.
Mientras se tiraba también al suelo, Sakoda miraba los movimientos de sus compañeros.
Era por completo diferente del trabajo de equipo fruto de un entrenamiento.
Se trataba de movimientos ejecutados sin pensar, de forma tan natural como cuando uno se abrocha los botones de la camisa.
Cuando se preguntaba si esa rapidez de reflejos sería también fruto de las investigaciones del MHS, oyó el disparo.
Un sibilante sonido cortó el aire sobre ellos. Una delgada estela de vapor atravesó el lugar donde Faruqi había tenido su cabeza. Era el rastro que dejaba una bala guiada al cambiar su dirección, similar al de los aviones. Sakoda gritó:
—¡Son balas guiadas! ¡Su objetivo es Faruqi!
No resultaría nada fácil acertar en un punto vital de Faruqi si se encontraba tirado en el suelo.
Sin embargo, tratándose de una bala dirigida, que podía girar hasta un ángulo máximo de diez grados, con un tiro horizontal era posible producir una herida mortal.
Por supuesto que Rachel ya había actuado sin esperar el grito de Sakoda.
La joven agarró el cuello de Toma, que había quedado debajo de Faruqi y, levantándolo, lo colocó sobre el doctor. Es decir, convirtió el cuerpo de Toma en un escudo de carne para Faruqi.
—¡Eh! Toma…
Rachel cortó la protesta de Sakoda.
—Si son balas guiadas, no hace falta pensar en daños colaterales.
Sakoda sintió que se hallaba en lo cierto.
Una bala guiada no iría contra un ciudadano corriente como Toma.
Sin embargo, en el caso del cuerpo de alguien como Rachel, armada y pertrechada como militar, no dudaría en impactar.
Toma parecía haber asumido dicho razonamiento y, abrazado a Faruqi, preguntó:
—¿Desde dónde disparan?
Rachel clavó la vista en el lado derecho del Ford.
—¿0,6 con respecto al Ford? —preguntó Toma.
—Diría que 0,67.
Sakoda se irritó ante las incomprensibles cifras.
—¿Qué son todos esos números?
—Valores del ángulo —contestó Toma señalando en dirección al Ford y moviendo el índice con el valor enunciado por Rachel—. Está expresado en radianes. En grados sería 38,23. Y con las agujas del reloj, la una… Ah, ya los he visto.
Sakoda forzó la vista hacia el costado del Ford. Distinguió dos figuras en sombras.
Faruqi, presa del pánico, forcejeó para escurrirse fuera del cuerpo de Toma.
—Doctor Faruqi, quédese tumbado en el suelo.
—¡Aparta! ¡Nos van a matar!
—¡No te muevas!
El aviso de Rachel no llegó a tiempo.
El sonido del disparo y el silbido de la bala guiada cortando el aire llegaron a un tiempo y acto seguido la cabeza de Faruqi quedó envuelta en una niebla roja.
El vapor rojo se extendió por el bosque de primera hora de la madrugada y la sangre empapó las hojas caídas.
El sonido que hizo al caer se mezcló con los susurros del bosque y se apagó enseguida.
Fue el silencio posterior lo que anunció a Sakoda la muerte de Faruqi.
Toma contempló el cuerpo de Faruqi, cuyos espasmos acabaron en un instante y, apoyando las rodillas en el suelo, incorporó la mitad superior del cuerpo.
—No te levantes, estúpido —dijo Sakoda intentando detenerlo.
Sin embargo, Toma, alzando ambos brazos, comentó con serenidad:
—Eso es armamento específico para guerras legítimas, ¿verdad?
—Así es —contestó Rachel dejando su FAR-15 en el suelo y levantándose también con las manos en alto—. Jake, ponte en pie tú también.
Sakoda se incorporó a disgusto. Una vez en pie, vio que dos hombres salían de las sombras del bosque para acercárseles.
Eran un hombre alto con un fusil automático en las manos y otro a su lado de aspecto débil.
Nada más verlos, Sakoda comprendió quiénes eran.
Ignacio, al que se suponía en Nueva York esperando el interrogatorio, y su acólito Camilo.
—¿Cómo es que está usted aquí? —preguntó el periodista.
Ignacio, jadeante, extendió los brazos.
—Che, ahora que nos reencontramos después de tanto tiempo, vaya manera tan agresiva de saludar. En cualquier caso, qué gran favor el haber derribado el aparato de Faruqi. Gracias a vosotros, lo hemos tenido bastante fácil.
—Así que nos has utilizado —dijo Rachel con tono despectivo.
Ignacio sonrió levantando las comisuras de los labios.
—Deberías estarme agradecida. Te he evitado que le torturases.
—Ni de broma te voy a dar las gracias —replicó Rachel apartando la vista.
Ignacio, que pareció divertido con la reacción de Rachel, sacó un puro del bolsillo y, tras encenderlo, dio una lenta calada y bajó la vista hacia el cadáver de Faruqi.
—Bueno, está muerto, ¿verdad?
—Claro, lo mataste tú —espetó Sakoda estupefacto.
Ignacio echó la ceniza del tabaco sobre el cadáver.
—Es cierto, pero ¿es que acaso debería vivir?
—Evidentemente. Había muchas cosas que tenía que decirnos. Me hubiese conformado también con un «no comment».
Sakoda, como si hubiera hablado para sí mismo, cobró renovada consciencia de la gran pérdida sufrida.
Habían perdido al hombre que lo sabía todo.
Contaban con pruebas materiales del caso.
Podían servirse tanto de Rachel como de Toma, tanto de los miembros de los destacamentos para guerras legales de la empresa militar privada Goodfellows como de los empleados de COVFE, daba igual.
Si se les hacían análisis de ADN, se encontrarían sin falta genes que no eran fruto de la evolución de la especie humana.
Y una minuciosa investigación podía hallar pruebas también del uso de los exámenes SAT para la selección, así como de las manipulaciones genéticas practicadas por P&Z o de la actividad lobista.
Pero faltaba por conocer el móvil.
Con la aparición de aparatos baratos como los drones, comenzaron las guerras a base de máquinas y la solución que escogió la humanidad para terminar con ellas fueron las llamadas guerras legítimas a cargo de un grupo selecto de soldados de carne y hueso en el campo de batalla.
Ahora se había perdido para siempre la oportunidad de preguntar cómo empezó dicho proceso a la persona que sustituyó a esos soldados por suprahumanos, una nueva especie.
Con el rostro envuelto por el humo del tabaco, Ignacio, como si se burlase de los pensamientos de Sakoda, arguyó:
—Para eso estoy yo, ¿no?