Man-kind 16
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Por supuesto que aquella línea no era una imagen verdadera.

Se trataba de una realidad mixta creada en el queuechouvue por el programa de monitoreo para apuntar al blanco.

Sakoda, que sacó la cabeza por la ventanilla del coche para seguir la trayectoria con la vista, tuvo la sensación instintiva de que el tiro había salido demasiado alto.

Más allá de la línea del proyectil se veía el Albatros de Faruqi con el tamaño de un grano de arroz, pero el tiro parecía estar buscando un objetivo a mayor altura. Sakoda, en un acto reflejo, estaba a punto de preguntar a Rachel si todo iba bien cuando esta volvió a apretar el gatillo.

Una vez más, la línea del disparo que trazó el queuechouvue parecía apuntar demasiado alto.

—¿No apuntas muy hacia arriba? —se atrevió por fin a preguntar Sakoda.

Rachel, ignorando su pregunta, disparó una tercera vez.

—No te preocupes.

Rachel alzó la vista para seguir la trayectoria del disparo por el cielo.

Los tres segundos necesarios hasta el impacto se le hicieron eternos a Sakoda.

Y más viendo lo desviados que iban los tiros.

Estaba a punto de volver a hablar cuando vio que la línea roja trazaba una parábola, acercándose al objetivo.

—Acertará —afirmó Rachel con voz orgullosa.

—La primera bala ha dado en el blanco —dijo a su vez Toma.

En la imagen que Toma hacía flotar en el aire para la observación de los disparos, se vio cómo los Bangau, que volaban en formación con el Albatros en el centro, perdían cada uno un motor, que saltó en pedazos.

Ambos aparatos acusaron un marcado desequilibrio y fueron perdiendo altura.

Sakoda sintió alivio al ver que el motor restante bastaba para descender a una velocidad segura. Por lo menos no habría muertos.

El Albatros donde viajaba Faruqi, usando los motores delantero derecha y trasero izquierda, consiguió mantener el equilibrio mientras bajaba para cruzar lentamente el oscuro bosque, acercándose al claro donde aguardaban Sakoda y los suyos.

Rachel clavó una rodilla en el suelo incorporando la mitad superior del cuerpo y cambió el cargador del FAR-15 por uno de munición ordinaria mientras, moviendo la mano con fluidez, eyectaba de la recámara las dos balas guiadas restantes.

—Estas balas, más que girar, caen —explicó—. En tres segundos, bajan unos cuarenta metros.

—Ya veo —asintió Sakoda.

Aunque contaba con no poca experiencia en los campos de batalla, carecía de la percepción propia de un tirador y tampoco parecía que fuese a adquirirla en un futuro por más reportajes bélicos que hiciera.

Rachel era una profesional. Eso sin contar la ventaja de pertenecer a los humanos del proyecto MHS.

Rachel se puso al instante a desmontar el soporte del fusil mientras que Toma comenzaba a valerse de un modelo tridimensional del boscoso terreno de los alrededores para determinar el punto previsto del aterrizaje forzoso.

Sakoda se preguntó si la celeridad que mostraban ambos sería otro de los frutos de esa facilidad para el cambio de humor que proporcionaba el MHS.

Toma compartió su mapa con el navegador del Ford.

—He localizado el punto previsto de aterrizaje. Es un claro a unos dos kilómetros hacia el este.

Rachel echó un vistazo al mapa de Toma y luego se volvió hacia Sakoda.

—¿Sabrás llegar?

Sakoda asintió. Había que regresar por el mismo camino y torcer a la derecha al llegar al riachuelo. No tenía pérdida.

—Vayamos enseguida. Si se esconde en el bosque, los de Goodfellows terminarán por encontrarnos.

Rachel señaló al cielo. Sakoda siguió su mirada y vio que, balanceándose un poco a izquierda y derecha, el Albatros se aproximaba hacia ellos. Se veía ya a un tamaño tan grande que le sorprendió. No debía de estar a más de trescientos metros.

Sakoda, espoleado por la voz de Rachel, apretó el botón de arranque del Ford y al momento la joven se precipitó sobre el asiento del copiloto y Toma sobre la fila de atrás.

—Nos vamos a bambolear —avisó Sakoda mientras pisaba el acelerador.

Con el sistema AVAS de alerta acústica pitando escandalosamente, el Ford Explorer se adentró en el sendero del bosque a gran velocidad.

Aplastando arbustos y pisando charcos, cruzó el riachuelo y, tras dar un pequeño rodeo para sortear un grupo de álamos, avanzó un poco en línea más o menos recta hasta que llegaron al claro buscado.

Sin embargo, el Albatros que se suponía que debía estar allí no estaba.

Sakoda empezó a girarse hacia atrás para quejarse a Toma cuando Rachel abrió la puerta del copiloto y saltó fuera rápidamente. Entonces, se apresuró a mirar en su dirección y oyó la voz de Toma.

—Ya desciende. Yo me bajo también.

Sakoda miró en la dirección que Toma, ya fuera, le señalaba y vio aparecer el blanco cuerpo del Albatros entre las copas de los álamos.

El aparato quedó suspendido en el aire sobre el centro del claro.

Guardaba el equilibrio de un modo admirable para haber perdido uno de los motores y sin duda realizaba con eficacia su tarea de priorizar la seguridad del tripulante.

Por la ventana del conductor se distinguía la figura de Faruqi oteando los alrededores con expresión intranquila.

Debía de hallarse bastante preocupado al comprobar que sus dos guardias ya no estaban junto a él, pero el Albatros, ajeno a sus preocupaciones, ajustó un poco más la posición y se posó suavemente sobre un terreno recubierto de tréboles.

Faruqi abrió lentamente la portezuela del aparato y se asomó con las manos levantadas a la altura de la cabeza. Al reconocer a Sakoda, pareció tranquilizarse.

—Vaya, pero si es el periodista Sakoda.

—Te equivocas —dijo Rachel apuntándole con el FAR-15—. Quien quiere hablar contigo soy yo. Tengo algunas preguntas. Sakoda se limitará a recoger dicha información. Bájate del dron.

Faruqi se mostró dubitativo, pero finalmente alargó los brazos hacia ellos con expresión disgustada.

—No me voy a negar, pero ¿podría alguien ayudarme a bajar?

Sakoda se acercó y le tendió una mano.

—¿Pensaba que era el comandante Ignacio quien le esperaba?

—Bueno, algo así.

Con una energía impensable para su edad, Faruqi agarró el brazo de Sakoda y, cogiendo impulso para levantarse, abandonó el asiento del Albatros y bajó a tierra.

El periodista se señaló los ojos, donde llevaba puestas las lentes de contacto que filmaban en combinación con el visualizador queuechouvue .

—Como ha dicho ella, quiero recalcarle que estoy filmando.

—¿Es que pretendes hacer un reportaje de esto?

—preguntó asombrado Faruqi a la vez que se señalaba sus propios ojos—.

Yo también estoy grabando. Habéis abatido mi dron y, mientras me apuntáis con un arma de fuego, por lo visto queréis interrogarme.

No hace falta ni decir que se trata de un delito, ¿pero habéis pensado hasta qué punto merecerá credibilidad una historia obtenida de esta manera?

—¿Eso no dependerá del contenido de la historia? —contestó Rachel.

Se había movido para quedar a espaldas de Faruqi y llevaba el FAR-15 de manera que no perdonase ningún movimiento en falso. Cuando el doctor la miró, ella le hizo un gesto con la punta del arma para que avanzase hacia la maleza donde aguardaba oculto el Ford.

—Vamos, muévete deprisa. No queremos que nos alcancen tus gorilas. Mientras caminas hacia el coche, vete pensando lo que nos vas a contestar. La primera pregunta es si existe alguna manera de que yo pueda llegar a tener hijos.

—¿Los gorilas? —preguntó Faruqi ladeando la cabeza para fingir extrañeza mientras esbozaba una maliciosa sonrisa.

—¿Te hace gracia?

—Tienes razón en que son gorilas, pero que precisamente tú, nacida en el seno del MHS, les llames gorilas a ellos, que son personas…

Sakoda gritó «¡No!» a Rachel cuando, levantando la comisura de un labio, hizo un gesto amenazador hacia Faruqi.

Pero, con una velocidad increíble, le dio la vuelta al FAR-15 y propinó un culatazo al doctor en el codo.

Se oyó un golpe seco, casi simultáneo al alarido de Faruqi. Sakoda se apresuró a agarrar el arma.

—¿Qué estás haciendo? Si le golpeas, se considerará tortura.

—Solo le he golpeado la ropa, sin darle fuerte. ¿Quieres verlo otra vez?

Rachel apartó la mano de Sakoda y blandió el arma para golpear la frente de Faruqi. Esta vez el sonido levantado fue similar, pero Faruqi no gritó y, con ojos centelleantes, miró a Rachel y luego a la culata del arma.

—Así que has conseguido exteriorizar la reverberación neuronal…

—¿De qué me hablas?

—De tu función de replicar las veces que quieras un movimiento preciso —contestó Faruqi sin aflojar el paso—. Un mecanismo para reproducir o transmitir con retraso el proceso de envío de señales a los nervios motores. Y ese mecanismo está funcionando en tu cerebro.

—¿Y la respuesta a mi pregunta anterior?

—¿Lo de la supresión de la facultad reproductiva?

—dijo Faruqi torciendo los labios desdeñoso—.

Si no recuerdo mal, lo que hice fue modificar genéticamente la pared interna del útero en el caso de las mujeres y de los testículos en el de los hombres.

Lo siento, pero el tema no me interesa. Eso pregúntaselo a Cereja, que debe de saberlo. Ese joven al que llamáis Cherry.

—Así que ese tipo lo sabía, el maldito —masculló Rachel mordiéndose un labio.

Sakoda interpeló a Faruqi, que miraba a Rachel con aire divertido.

—Doctor Faruqi, me alegro de que nos cuente estas cosas, pero, por favor, no se olvide de que lo estoy grabando, ¿eh?