Man-kind 15 #2
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15 #2

—Por lo visto, se encuentra en mitad de los preparativos para la salida. En la plataforma de despegue ya hay un dron grande de tres motores en espera. ¿Es eso un Albatros?

—Sin ninguna duda —asintió Rachel—. Retira un poco la cámara y mira si hay por las cercanías algún dron de vigilancia.

—Ahora lo miro.

Tal y como había practicado dentro del Ford, amplió el campo de visión de la cámara y, siguiendo el orden que le había enseñado Rachel, probó a detectar cuerpos en movimiento. Enseguida obtuvo respuesta.

—En el cielo, por encima de la Aguja, hay dos drones sobrevolando los alrededores. Son cuatrimotores pequeños.

Rachel paseó la vista por las fotos que le pasaba Toma y con la segunda pudo identificar al momento el tipo de aparato.

—Son los Bangau que utiliza Goodfellows. Sitúa el marcador de tiro sobre el motor de este.

Toma conectó su propia mirada con el Meganeura y, mediante el controlador del queuechouvue unido a su hombro, ajustó el marcador de tiro de las balas guiadas.

—Ajustado. El primer marcador apunta al motor izquierdo del Bangau a mayor altura y el segundo lo he fijado en el motor derecho del más bajo.

—Oído —contestó Rachel levantando un pulgar del avatar.

Entonces se oyó la voz de Sakoda.

—Escucha, Rachel…

—¿Por qué no me dejas en paz? —gritó—. Tú limítate a pensar en el coche y en la entrevista.

—No es eso, quería hablar de otra cosa. ¿Hay volando unos drones de Goodfellows?

Rachel resopló con la nariz y contestó con desgana:

—Pues sí. ¿Qué pasa?

—Si disparas contra el aparato de Faruqi, no se van a quedar callados. Ya no es solo cosa nuestra; está también Toma aquí.

—Ya hemos pensado en ello. Toma, por favor, explícaselo.

Sakoda suspiró y se volvió hacia Toma.

—¿Teníais prevista la presencia de los drones de Goodfellows?

Toma asintió.

—Mientras estabas durmiendo, Rachel y yo entramos en la realidad virtual del queuechouvue e hicimos simulaciones de varias situaciones posibles. Nuestra idea es disparar a los drones de vigilancia con un intervalo y provocar su aterrizaje forzoso en diferentes lugares.

—¿Y por qué creéis que va a salir a pedir de boca? Ah, ya veo, por eso vais a apuntar a motores diferentes.

—Así es —asintió Toma.

Puesto que cuando un dron perdía la fuerza de empuje buscaba el lugar para un aterrizaje de emergencia dando prioridad a la seguridad del tripulante, cambiaba el equilibrio entre la parte izquierda y la derecha.

Entonces, un dron cuatrimotor multiuso como el Bangau y un trimotor de crucero como el Albatros, de formas tan diferentes, de ningún modo caerían en el mismo sitio.

—¿Como cuántos aparatos saldrán?

—Solamente contamos con cinco balas guiadas; así que si, aparte del de Faruqi, aparecen cinco o más, no podremos hacerles frente.

—¿De dónde han salido esas balas guiadas?

—Las recogió del cuerpo de uno de los hombres de negro que atacaron la casa de los Jones —contestó Toma.

Sakoda se giró hacia Rachel con aire de sospecha, pero al ver su rostro recordó un detalle y frunció el ceño.

—Cuando me fui a vomitar, ¿verdad? Entendido. ¿Qué se sabe de Faruqi?

Toma compartió con Sakoda la vista desde el Meganeura e hizo un zoom sobre el piso 160.

—Parece que hay mucho trajín.

Alrededor del dron iban y venían unos empleados de uniforme gris.

En medio de ellos, destacaba la figura de un hombre ataviado con traje de color claro.

Debía de ser Faruqi. Uno de los tipos le dijo algo y entonces él abrió la puerta y montó en el aparato.

Sakoda amplió todavía más la imagen y trazó un cuadrado con el marcador en una esquina de la ventana de cristal.

—Están abriendo la puerta de la plataforma. Ya sale.

La cristalera se abrió a izquierda y derecha y el Albatros quedó flotando en el aire.

Toma amplió todavía más la visión y fijó un marcador sobre el Albatros.

Al instante aparecieron sus coordenadas.

Toma verificó que las cifras mantuvieran siempre una correlación con la posición del Albatros, que comenzaba a moverse hacia delante.

—He pegado el tercer marcador al motor derecho del Albatros. El blanco se halla en el azimut 302°, a una distancia en el plano horizontal de 1812 metros y a una altura de 1211 metros.

—Entendido.

Rachel separó suavemente la mano izquierda, que tenía colocada sobre el arma, y tiró un poco hacia atrás de la palanca de amartillado, de manera que se abriera la cubierta de la recámara, tras lo cual metió allí el índice de la mano derecha y comprobó que el proyectil estuviera alojado en su sitio.

Después, devolvió la mano izquierda al cuerpo del arma y, con el puño de la derecha, dio un golpe en el suelo.

Había hecho algo similar varias veces desde el día anterior.

Sakoda pareció extrañado al verlo, pero Toma sabía que se dedicaba a traer de vuelta durante un instante la furia que guardaba almacenada.

Rachel miró hacia Toma y Sakoda como pidiendo confirmación.

—Allá voy. ¿De acuerdo?

La joven se acarició el vientre cubierto por las relucientes mallas de combate de redecilla hexagonal.

—Quiero saber —añadió—. Saber si podré dar a luz un hijo o si tengo que implantarme un útero artificial. Creo que al menos tengo derecho a preguntarle eso. ¿Y tú, Jake?

Sakoda, sorprendido ante la repentina pregunta, no supo qué contestar y entonces Rachel prosiguió.

—¿No vas a hacer un artículo al respecto?

—Sí, lo escribiré.

—Aunque recurriendo a esta manera lo harás, ¿verdad?

—Sí, lo haré.

—¿Y tú, Toma?

—Tengo preparadas mis preguntas.

—De acuerdo —dijo Rachel eliminando el brazo del avatar que había hecho crecer desde su hombro—. ¿Todo listo?

—Ya está —contestó Toma—. Los tres aparatos están seleccionados como blancos y los he dispuesto con el Albatros de Faruqi como principal.

El primer marcador corresponde al aparato de cabeza y el segundo al que está detrás de Faruqi.

El tiempo previsto es de entre los treinta y cinco y los treinta y ocho segundos y la distancia horizontal será cuando alcance los 1200 metros.

—Entendido. El orden de ataque será 2-1-3.

—Comienzo la observación de precisión.

Toma cambió el Meganeura a la modalidad de palas rotatorias.

Una vez que la imagen obtenida alcanzó estabilidad, Toma la acercó todavía más y obtuvo un primer plano de la ventana frontal del Albatros, similar a la de un automóvil.

En el interior del aparato se veía a Faruqi con un traje de color claro y mesándose delicadamente sus blancos cabellos, pero con el rostro crispado en un gesto de mal humor.

Probablemente se hallaba pensando cómo frenar las revelaciones que tenía previsto hacer Ignacio al día siguiente en esa Nueva York hacia la que ahora se dirigía.

«¿Por qué no usó esa misma imaginación para pensar en nuestro futuro?

», se preguntó Toma. Mientras fabricaba una consciencia en un avatar invisible, se abandonó a la furia que había dejado almacenada y, convirtiendo en palabras aquel calor que brotaba de su interior, gritó con una voz inaudible para los demás.