15
Eran las cinco de la mañana en la hora estándar del centro.
Unos trazos de nubes que parecían pintados con una brocha relucían con tono anaranjado por la luz de un sol a punto de asomar el rostro, pero el firmamento más allá de esas nubes y el bosque donde se ocultaban Toma y los suyos con la vista puesta en él todavía se hallaba dominado por la negrura de la noche.
Asomando sobre las copas de los árboles, bañado por el sol de madrugada, flotaba en el cielo un objeto de color plateado que se veía con el tamaño de un lapicero.
Eran los pisos de viviendas de Torre Donelson.
En realidad, no es que flotara en el aire.
El efecto se debía a que, sobre los primeros cinco pisos destinados a galerías comerciales, había un espacio vacío de unos quinientos metros de altura para los corredores por los que se movían los ascensores y un entramado de vigas metálicas al descubierto.
Se trataba de un diseño pensado para levantar un rascacielos con un determinado coeficiente de edificabilidad, pero como la parte por donde subían y bajaban los ascensores carecía de paredes, permitía ver la zona de detrás del edificio y eso era lo que producía la sensación de que los pisos residenciales flotaban en el aire.
Toma, que cuando lo vio en la realidad virtual pensó que la impresión se debía a una falta de nitidez del visualizador queuechouvue , no pensaba que al mirarlo con sus propios ojos realmente pareciese que flotaba en el aire.
Entonces, sonó junto a él la voz de Rachel, que con similar asombro parecía estar pensando lo mismo.
—Viéndolo a esta hora, se diría que realmente flota en el aire. Como si se fuera a partir.
—La parte hueca de una de esas «agujas» es más resistente de lo que parece —dijo Toma—. Pero, más que eso, lo que me preocupa es que te veo muy atareada. ¿Estás bien?
Toma se había girado hacia Rachel y, dirigiendo la vista hacia abajo, miró cómo ella había cavado una pendiente en la tierra para colocar el FAR-15 apuntando hacia el cielo.
—Sí, no te preocupes.
Rachel, con la mano derecha en el agarre del arma, hizo que su avatar moviese el brazo y, acto seguido, levantase el dedo pulgar. El FAR-15, con la culata apoyada contra su mejilla y sujeto gracias al codo que ella hundía en el declive practicado en la tierra, no se movió ni un milímetro.
El plan de Rachel consistía en abatir el dron privado que se disponía a dirigirse al aeropuerto de Clarksville.
Su objetivo no era matar al tripulante. Lo que ella quería era destruir uno de los tres motores rotatorios del aparato y, cuando este realizase un aterrizaje de emergencia, raptar al tripulante y someterlo a un interrogatorio.
Sakoda se opuso con un «¡Qué disparate!», pero Rachel insistió en seguir adelante.
Los drones que se vendían en el mercado, como los Bangau o los Albatros, cuando perdían el empuje, aun porque se debiera al fuego cruzado de proyectiles en el transcurso de un combate, daban prioridad al aterrizaje seguro de emergencia.
En el pasado, durante las batallas en las que había participado, Rachel había visto con frecuencia a los líderes enemigos intentar fugarse a bordo de drones, pero pudieron abatirlos al momento para luego proceder a su detención.
Sakoda le había advertido de que aquello constituía un delito, pero ni eso consiguió torcer la voluntad de Rachel.
Si Ignacio hacía público en las Naciones Unidas el proyecto MHS, Faruqi se refugiaría en la fortaleza que le garantizaban sus abogados. Esta era la última oportunidad en que uno de los propios afectados por la manipulación genética del doctor podría recriminarle directamente sus acciones.
Toma había decidido ayudar también a Rachel en su plan.
Cuando el dron de Faruqi estuviese a tiro, Rachel dispararía una bala guiada.
El dron que utilizaba Sakoda para sus reportajes se mantendría filmando el dron de Faruqi y el papel de Toma consistiría en hacer coincidir sobre él el marcador que apuntaría el arma.
Cuando Toma informó a Marsha, fue como si la furia que él había almacenado en su depósito de memoria se contagiara a su jefa, que le prometió que esa ayuda que estaba prestando ahora Toma sería contabilizada como parte del trabajo de la empresa y que, además, la defensa de Rachel correría a cargo de su abogada habitual, Wu Lin-wen.
—Oye, Jake —dijo Rachel hacia su espalda sin modificar la posición en que apuntaba el arma—. ¿Está el coche listo para arrancar en cualquier momento?
—Sí —contestó Sakoda dando un palmetazo sobre el volante—. El aterrizaje forzoso se producirá sin falta dentro de los terrenos de Torre Donelson, ¿verdad?
—Déjalo de mi cuenta —contestó Rachel, haciendo que su avatar levantase una vez más el pulgar de la mano derecha.
Acto seguido, con esa misma mano, abrió lentamente un espacio de trabajo y mostró en él la cámara del dron. Sakoda exhaló un suspiro de admiración.
—Un tercer brazo… Impresionante.
—Ni lo menciones —protestó Rachel haciendo que el avatar agitase la mano ante el rostro en ademán negativo—. Por más que practique, nunca podré hacer lo mismo que Toma.
El aludido se encogió de hombros. Según los documentos de Faruqi, el proyecto MHS se desarrollaba de manera que, conforme pasaban los años, se añadían nuevas funciones a los suprahumanos que iban naciendo, por lo que se podían clasificar según la generación a la que pertenecieran.
Marsha, el capitán Jones o la alférez Said, nacidos en 2017, eran la primera generación.
Mientras que Rachel, nacida en 2021, pertenecería a la segunda.
Toma entraría en la primera fase de la tercera generación y, hasta donde él sabía, An Ho ya sería de la cuarta.
Más adelante, el proyecto MHS debía de haber ido mejorando, pero la documentación recibida por Sakoda de manos de Ignacio llegaba a detallar hasta la cuarta generación.
Solo a partir de la tercera generación era posible un desdoblamiento completo de la consciencia.
Toma recuperó de su «almacén» la furia experimentada cuando escuchó que la intención de Faruqi era hacer pública esa información. La rabia se la producía la falta de imaginación de aquel hombre.
El plan de Faruqi, que buscaba por la vía de los hechos consumados atacar el consenso de la edición genética, no resultaba tan disparatado.
Si se hacía pública la existencia de esas personas de la nueva especie una vez que hubieran nacido decenas de miles, primero se produciría un aluvión de críticas, pero, superada esa fase, supondría un golpe para los estándares de la edición genética establecidos previamente.
Se produciría una petición de disculpas hacia todos los que declarasen haber sido fruto de ese programa, se les entregaría alguna clase de compensación económica y si, finalmente, se les ofrecía un tratamiento médico de corte genético, legalmente el problema estaría resuelto.
Si se conseguía una compensación económica fuerte, incluso podría ser visto como un héroe.
Suponiendo que el proceso entrase dentro de la categoría de tratamiento médico.
Pero para la nueva y «beneficiada» especie humana, las cosas no saldrían según ese plan.
Las personas no pueden mantener la serenidad cuando se sienten en posesión de unas capacidades que se tienen por imposibles.
Incluso en Rachel, que había estado utilizando dichas capacidades para su trabajo como soldado de un cuerpo ORGAN, comenzaba a crecer el brote del resentimiento.
¿De qué manera reaccionarían los individuos comunes cuando conocieran las facultades que se les habían otorgado a ellos mediante el programa MHS?
Sin lugar a duda, llegarían el miedo, la discriminación, la persecución. No quería ni pensar en ello.
Sin embargo, no se podía consentir que Faruqi fuera el único que huyera de imaginar esa posibilidad. Eso era lo que tenían que verificar a partir de ahora.
Daba lo mismo que hubiera sido por dinero, por una ideología eugenésica o por pura curiosidad científica.
Si no se les ofrecía por lo menos una explicación de por qué Geppetto había desarrollado esta tarea, cuál fue el inicio de todo, cientos de miles de neohumanos tendrían que continuar sufriendo al preguntarse: «¿De dónde procedo yo? ».
Toma suspiró mientras volvía a almacenar su rabia y se fijó en que en el espacio de trabajo abierto por Rachel se reproducía la imagen filmada por el dron.
En las terrazas restaurante de los pisos residenciales de la torre ya se habían encendido las luces y se veía cómo algunos residentes con sillas de ruedas u otros aparatos de apoyo para caminar se disponían a disfrutar de su desayuno.
—¿Algo que te llame la atención? —preguntó Toma.
El avatar de Rachel negó agitando un dedo.
—Dicen que la gente mayor es madrugadora, pero es que levantarse a estas horas ya me parece exagerado.
Toma forzó una sonrisa.
—En Torre Donelson viven con el horario de verano de los estados centrales.
Aquellos residentes, que añoraban los años de la vieja y buena América, habían resucitado el hacía tiempo extinto horario de verano para incluirlo en su vida actual.
—No tienen remedio —rio Rachel señalando las imágenes del dron—. ¿Cuál es el Toma que maneja el dron?
—Soy yo —contestó Toma alzando una mano.
Tenía la impresión de que, si se ejercitaba un poco más, podría hacer como si él mismo formase parte del dron y volar cual pájaro, pero le faltaba confianza en cuanto a poder establecer un diálogo entre dos consciencias suyas separadas. Por el momento, mejor limitarse a pilotar.
—El Meganeura 1 ha entrado en la ruta de observación —prosiguió Toma—. Ahora se encuentra en la modalidad de alas fijas y, manteniendo una altura de 1800 metros, vuela en un círculo de 500 metros de radio.
—Entendido. ¿Algo sobre nuestro objetivo?
Toma, dirigiendo la cámara de filmación circular hacia el piso 160, manejó el controlador del queuechouvue que le salía del hombro para pegar la imagen en el espacio de trabajo de Rachel.