14
Rachel despertó al recibir un mensaje de Sakoda y se incorporó en la cama como impulsada por un resorte.
Se echó sobre los hombros su chaqueta de combate y notó que todavía conservaba algo del olor a pólvora adherido durante el tiroteo del día anterior.
Lanzó hacia la puerta la bolsa de deportes que se había colocado bajo las piernas a modo de almohada improvisada y se precipitó hacia el lavabo, donde se aseó rápidamente la cara y se ató el pelo que le caía desordenado.
No pertenecía a un ejército regular, pero llevaba seis años haciendo vida de soldado.
Tener siempre todas sus cosas a punto para partir en cualquier momento se había convertido en una costumbre inseparable.
Al salir afuera, el Ford ya estaba estacionado frente a ella.
Rachel abrió la puerta de los asientos traseros y, tras lanzar su bolsa al interior, dio media vuelta para pasar al otro lado y sentarse en el asiento del copiloto.
Cuando ya agarraba la manilla, se dio cuenta de que era Toma quien estaba frente al volante.
Al sentarse y mirar hacia los asientos de atrás, vio a un sonriente Sakoda con una bolsa de papel del restaurante entre las manos. Lucía unas marcadas ojeras.
Alargando la bolsa de papel hacia ella, dijo:
—Después de aquella conversación, no pude dormir. Le he pedido a Toma que conduzca en mi lugar.
Rachel cogió la bolsa de papel y vio que contenía un vaso largo de café y un burrito envuelto en papel de aluminio.
Entonces, por primera vez, Rachel echó un vistazo al reloj de la pantalla básica de complementos de su queuechouvue .
Marcaba las dos de la mañana. Es decir, que había dormido como una hora.
—¿A dónde vamos?
—Al aeropuerto de Clarksville.
Sakoda desplegó un mapa en el visualizador y clavó una chincheta virtual en una ciudad más allá de la carretera 55 por la que habían transitado el día anterior.
—Pasaríamos cerca de la Aguja —observó Rachel—. ¿Quieres decir que desandamos camino?
Mientras Rachel sacaba su vaso de café de la bolsa de papel, Sakoda asintió.
—Cherry me ha pasado la información de que Faruqi tomará el primer vuelo de mañana por la mañana en dirección a Nueva York. Quiero hablar con él en el aeropuerto. Si se nos escapa, se esconderá en Washington.
—Un momento —espetó Rachel apuntando a Sakoda con el café que ya se llevaba a los labios—. ¿Has hablado con el tipo ese? ¿Y qué es lo de Washington? ¿Faruqi anda metido en algún asunto con el Gobierno de los Estados Unidos?
Sakoda apretó los labios y cerró los ojos. Rachel se inclinó hacia delante para insistir y entonces intervino Toma.
—Si tenemos que ir a Clarksville, mejor salir cuanto antes. Podéis hablar mientras vamos hacia allí.
Toma señaló con el mentón hacia delante y Sakoda asintió.
—Tienes razón. De momento, salgamos. Cuando entremos en la zona de conducción automática, hablaremos del tema. Mientras tanto, desayuna, Rachel. Toma, si no te importa, tú espera hasta la primera parada.
—De acuerdo —repuso Toma pisando el acelerador.
Se oyó el rumor del motor diésel híbrido y el ruido de las llantas al pasar sobre las piedrecillas del pavimento resonó en el interior del vehículo.
Rachel, que antes había intentado insistir a Sakoda, en vista de que no contestaba, iba a dirigirle la palabra de nuevo, pero se contuvo al verlo mordiéndose un labio y mirando con expresión muy seria lo que debía de ser un espacio de trabajo del queuechouvue abierto ante él.
La mujer encajó su vaso de café en el portabebidas emplazado frente al salpicadero y, sacando el burrito de la bolsa de papel, comenzó a arrancarle el envoltorio de aluminio. Al morder la aromática tortilla, el sabor del arroz con queso sazonado con salsa de chile se extendió por su boca.
Rachel se esforzó por expulsar a Sakoda de su cabeza y optó por concentrarse en el burrito.
Antes de veinte minutos, ya habían llegado a la carretera 55, donde empezaba la zona de conducción automática.
A partir de ahí podrían retomar la conversación.
Rachel paró un momento de comer mientras pensaba: «Mi punto fuerte es que puedo cambiar de ánimo enseguida».
Creía que Sakoda se hallaba absorto en su visualizador por capas, pero se encontró con que tenía la vista clavada en ella.
—¿Pasa algo?
Sakoda abrió la boca como si tuviera intención de contestar, pero después pareció recapacitar porque negó con la cabeza. A continuación, volvió a mirar fijamente a Rachel y contestó:
—Se te da muy bien cambiar de ánimo al momento.
—Ah, ¿era eso? —dijo Rachel volviendo a dar un bocado a su burrito—. ¿No te lo comenté ya una vez? Es así desde niña.
—Lo recuerdo. Sucedía lo mismo con el resto de los miembros del destacamento de Jones.
Rachel, al notar que Sakoda hablaba intentando no mostrar ninguna emoción particular, dudó acerca de cómo contestar, pero el periodista, sin esperar a que ella hablase, se dirigió a Toma.
—Oye, Toma, a ti también te pasa lo mismo, ¿verdad? Y al resto de los empleados de COVFE. ¿Me equivoco?
—Es cierto.
Aunque parecía que no estaba escuchando, la respuesta del joven fue muy rápida. Tras comprobar que el vehículo había entrado en el nivel 4 de conducción automática, Toma se volvió hacia Sakoda.
—Pero ¿cómo lo has sabido?
Sakoda, sin contestar a la pregunta, le hizo un gesto para que siguiera conduciendo.
Durante un instante, por el cerebro de Rachel cruzó el interrogante de por qué Sakoda preguntaba esas cosas y a partir de qué elementos había realizado semejantes deducciones, pero, más que eso, le intrigó que la voz de Sakoda al hacerles esas preguntas temblara ligeramente.
—¿Qué te sucede?
Sakoda dedicó a Rachel una leve sonrisa desapasionada y, tras comprobar que ni delante ni detrás de ellos circulaba ningún vehículo por aquella carretera federal con luces tan espaciadas, anunció:
—Os pido que escuchéis con toda la calma posible.
—Eres tú quien tiene que calmarse, Jake —contestó Rachel—. Nosotros podemos escuchar tranquilamente, sea lo que sea. Ya sabes que enseguida podemos cambiar de humor.
—Ahí está el asunto.
Sakoda miró por turnos los rostros de Rachel y Toma. Rachel, que se sintió incómoda ante la extraña seriedad de su mirada, se retorció un poco en su asiento.
—¿Y entonces?
Sakoda elevó la mano derecha hasta colocarla delante de su rostro y colocó en vertical el dedo índice.
—Hablo de la asignación dinámica de la memoria.
—¿Qué?
—¿Cómo dices?
Mientras Rachel y Toma lo miraban desconcertados, Sakoda fue contando mientras levantaba el dedo medio, el anular, el meñique y el pulgar.
—Glándulas secretoras de Stonaicina para evitar el trastorno de estrés postraumático, adquisición de alta receptividad a la luz infrarroja mediante un cambio en la distribución de las células cónicas, una presión osmótica de los líquidos corporales que amplía al máximo del ancho de banda para la red BAN, neuronas que utilizan para el cálculo el módulo anillo, la constante de Napier, el número π, raíces cuadradas, raíces cúbicas o raíces cuartas, sincronización de los reflejos…
Rachel se sintió tan incómoda que dejó de prestar atención y optó por almacenar las palabras de Sakoda en algún rincón de su cerebro.
Era consciente de que estaba hablando de algo muy importante.
También de que estaba describiendo con lenguaje científico sus un tanto extrañas particularidades.
Dedujo que probablemente Sakoda había recibido de Ignacio la información necesaria para aclarar sus ideas.
Y que se trataba de una cuestión extremadamente grave.
Sin embargo, no se veía capaz de asumirla de repente. Aquel vocabulario tan especializado al que no estaba acostumbrada le parecía exactamente igual que la hoja de especificaciones técnicas de alguna máquina o programa informático y, si lo aceptaba, sentiría que ella misma era vista como tal.
Notando que la voz de Sakoda iba tornándose más dificultosa, Rachel miró hacia un lado pensando distraídamente: «Así que cuando los japoneses cuentan con los dedos, empiezan por el índice…
», y, entonces, a pesar de la penumbra reinante en el vehículo, distinguió claramente la palidez de las facciones de Toma, que tenía la vista clavada en Sakoda.
Tras enumerar más de una docena de particularidades con lenguaje científico, Sakoda efectuó una pausa para tomarse un respiro y, en ese momento, Toma, una vez comprobado que no tenían vehículos ni delante ni detrás, tomó el turno de palabra.
—Quieres decir que todas esas funciones, aunque me duele calificarlas así, fueron introducidas en nosotros mediante edición del genoma, ¿no?
Sakoda asintió.
—Eso dijo Cherry.
—No me lo explico —opinó Rachel encogiéndose de hombros—.
Entiendo lo que significa una edición del genoma.
Por ejemplo, se pueden curar enfermedades genéticas con ese sistema, si no me equivoco.
Cuando estaba en bachillerato, hicimos una colecta para proporcionar dicho tratamiento a un compañero de clase que padecía de drepanocitosis.
Pero yo nunca me he sometido a ningún tratamiento genético. ¿Cómo es posible?
—Porque fue antes de nacer.
Sakoda desplegó un espacio de trabajo entre Rachel y Toma, haciendo a continuación que flotase en él una serie de documentación.
Hojas de datos, fotografías, dibujos, filmaciones o intercambios de mensajes aparecían todos alineados como un menú de aplicaciones con el mismo aspecto que archivos en papel.
—Esto abarca desde los primeros experimentos con seres humanos hasta planes de su puesta en práctica, así como intercambios de comunicaciones entre los implicados.
En la zona superior, encima de todos estos documentos con los detalles, he destacado los aspectos más impresionantes. Hasta a mí me cuesta creerlo…
Toma trasladó a su visualizador toda aquella montaña de documentación y, tras revisarla rápidamente, se la pasó a Rachel diciendo: