Man-kind 13 #4
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13 #4

—¿Esa nueva humanidad puede concebir hijos?

«No», replicó Sakoda moviendo la cabeza hacia los lados.

—¿Por qué?

«Porque no se puede prever el efecto que tendría que concibiesen un hijo entre ellos o con un tercero.

De entrada, no se conservarían sus capacidades especiales y hay muchas posibilidades de que las consecuencias fueran fatales.

Si no hubieran tenido que proporcionar soldados para los ORGAN, quizá hubieran podido proseguir las investigaciones para conferir a los recién nacidos una mayor estabilidad.

Me fastidia tener que reconocer algo bueno en él, pero hacernos estériles fue una de las pocas cosas en que Geppetto demostró tener cierta ética».

—¡No sé en dónde! Después de tratar a los seres humanos como si fueran juguetes…, ¿dónde está su ética?

Sakoda se puso en pie y se acercó a la imagen tridimensional de Ignacio. En ese momento, sintió como si algo estallase dentro de su pecho.

Acto seguido, al fijarse en Ignacio, la furia experimentada fue remitiendo.

La actitud prepotente de aquel hombre se había esfumado y ahora, con los párpados entrecerrados, sus pupilas relucían por las lágrimas del arrepentimiento.

Sakoda se vio sacudido por la angustia. Con los puños apretados, sentía cómo se le clavaban las uñas en la palma de la mano.

«Me gustaría no haber hecho eso —dijo Ignacio con voz estrangulada—. De por sí, ellos no deberían haber existido».

—No deberían existir… —repitió Sakoda. Entonces, ¿por eso los mató?

«No se trata de algo tan sencillo. Eso es solo una parte».

Ignacio asintió al tiempo que una frase resonaba en el interior de Sakoda: «Porque no debieron crearse unos seres dignos de lástima».

Tras ocurrírsele la idea, Sakoda alzó la vista y se encontró con que Ignacio repetía lo mismo.

«No debieron crearse unos seres dignos de lástima. Escucha esto, Sakoda, porque sea como sea no te lo voy a ocultar. Dentro de muy poco, el mundo tendrá conocimiento de que existe una especie humana superior a la mayoría de los mortales. ¿Qué crees que pasará entonces?».

«Comenzarán las persecuciones». Sakoda sintió cómo flotaba la contestación en su cerebro. Pero, antes de verbalizarla, se le adelantó Ignacio.

«Efectivamente. Comenzarán las persecuciones. Antes de eso, hay que retirarse de la escena. Hay que extinguirse».

«Tiene razón —pensó Sakoda—. Rachel, Toma y los demás deben extinguirse. ¡No! No estoy de acuerdo. No puedo aceptar que Rachel tenga que desaparecer».

Sakoda intentó retroceder, pero tropezó con la silla y cayó sobre la cama que tenía a su espalda. Mientras se agarraba a la manta de toalla para incorporarse, Sakoda advirtió que, una vez más, se le había pasado la furia anterior.

—¿Qué es lo que acaba de suceder? Ignacio, ¿qué es lo que me ha hecho?

«Pues que te he convencido de lo que digo, ¿no?».

Sakoda negó con la cabeza. No se trataba de que le hubiese convencido o no lo que decía Ignacio, se trataba de algo de un nivel completamente distinto.

Desde hacía un rato, era como si Ignacio dirigiera sus pensamientos.

Ahora que recordaba, ya una vez sintió que sucedía algo similar.

Fue cuando Ignacio se exhibió sin protección alguna ante el destacamento de Jones jugueteando con aquella carabina que parecía sacada de un anticuario.

Al verlo, Sakoda se sintió dominado por un fuerte impulso de agredirlo.

Y, al mismo tiempo, el destacamento de Jones también se comportó de manera extraña.

Como si se vieran arrastrados por ese mismo impulso que lo dominó a él, abrieron fuego los primeros sobre Ignacio y después, mientras dudaban sorprendidos por el resultado, fueron derrotados por las ráfagas de saturación.

Ignacio había hecho algo para que así sucediera.

—Estoy seguro de que no es eso. Dígame lo que ha hecho.

«¿No me crees? —contestó Ignacio tras encogerse de hombros—. Bueno, es igual. Pero sí hay algo que quiero contarte. Obviamente, no será porque estuviéramos hablando de él, pero mientras manteníamos esta reunión he recibido una comunicación de Geppetto».

—¿Del doctor Faruqi?

Ignacio forzó una sonrisa.

«Sí. Por lo visto tiene intención de venir a las Naciones Unidas. Parece que quiere frenar como sea mi petición de disculpas…».

—Considerando la posición en que se encuentra, es lógico.

Ignacio miró fijamente el rostro de Sakoda.

«Che, hablas como si no tuviera nada que ver contigo. Si quieres preguntarle algo, esta es tu última oportunidad».

Ignacio deslizó un portafolios transparente sobre la mesa del visualizador. Contenía la copia de dos billetes de avión, uno de Clarksville a Nueva York y otro de Nueva York a Washington D. C.

«Después de terminar sus trapicheos en las Naciones Unidas, el tipo pretende ocultarse en la residencia veraniega de un amigo de Washington».

—¿Quiere decir que le eche el guante en el aeropuerto? —preguntó Sakoda mientras examinaba las copias de los billetes que aparecían en pantalla.

Entonces se dio cuenta de que Ignacio ya se había retirado de la reunión mantenida a través de queuechouvue .