Man-kind 13 #2
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«Al parecer, la intención de Geppetto era, una vez pasados cinco o diez años aumentando esa nueva especie, fingir que se debió a un accidente.

Si se hubiera limitado a crear uno o dos casos de forma intencionadamente experimental, le habrían expulsado con todo tipo de críticas y recriminaciones, pero si se trataba de un descuido que había provocado treinta mil casos, la opinión pública lo vería de otra forma.

Fue una idea de los inversores. Aun cuando fueran llevados a juicio, pasarían diez o incluso veinte años hasta que el asunto se resolviera y su intención era, mientras tanto, al tiempo que se prestaba alguna clase de apoyo a esos treinta mil niños, desarrollar un programa estándar para la creación de bebés de diseño».

—Ya veo.

Llegados aquí, por fin todo encajaba. Era un método muy propio de gente que se había enriquecido con el negocio de internet, al igual que cuando se aumenta el número de usuarios de una aplicación ofreciéndola de forma gratuita para luego dedicarse a explotar sus beneficios.

La diferencia con una de esas aplicaciones consistía en que aquí entrañaba mayores riesgos y dificultades al servirse de personas vivas, pero una vez alcanzada la posición de cabeza en el área de los bebés de diseño, no supondría demasiado esfuerzo contar con el dinero suficiente para asegurar la vida de los niños que nacieran.

«Sin embargo —continuó Ignacio con semblante grave—, de pronto llegó el COVID-19».

Sakoda soltó una exclamación involuntaria.

Aquel virus desastroso que interrumpió las clases en sus tiempos de escuela primaria.

Imposible olvidar aquellos largos días vividos con una mascarilla que dificultaba la respiración.

Todavía hoy Sakoda se sentía incapaz de dejar de vacunarse y de lavarse las manos y, cuando se hablaba de un aumento en las posibilidades de una nueva pandemia, se ponía de nuevo la mascarilla.

Todas aquellas costumbres las adquirió durante la epidemia del coronavirus y ya no se apartaron de él.

Fueron también tres años en que se estancó la actividad económica.

—Atravesaron un periodo de dificultades, ¿no? —dijo Sakoda.

Entonces, Ignacio sonrió con aire malicioso y negó con la cabeza.

«Nada de eso. Obtuvieron una riqueza descomunal.

Con objeto de fabricar una vacuna genética, comenzó una inversión de envergadura sin precedentes.

Geppetto, que trabajaba en ingeniería genética, por muy retorcida variante que fuese, se encontró ante él con miles de millones de dólares en concepto de financiación».

Ignacio entrecerró los ojos como llevado por sus recuerdos.

«Fue justo cuando yo comenzaba a estudiar las materias de escuela primaria, pero recuerdo cómo día a día la habitación del hospital donde vivía se iba volviendo más lujosa.

No había diferencia en el hecho de que pasaba el día en la cama, pero me pusieron una enfermera únicamente para mí y un profesor particular y cualquier cosa que pidiera me la compraban.

Bueno, mi vida personal carece de importancia, dejémoslo aquí».

—No, no, continúe, por favor —pidió Sakoda.

Sin embargo, Ignacio contestó «Más adelante, si acaso» y aspiró profundamente su cigarro habano.

Después, mientras exhalaba lentamente el humo, prosiguió su relato con tono despectivo.

«Con aquel dinero y los éxitos de Geppetto bajo el brazo, aquellos inversores volaron a Washington D. C. Se convirtieron en lobistas».

Sakoda, mientras que por una parte se sorprendía del inesperado giro de los hechos, por otra sentía que todo encajaba. Tras amasar una colosal fortuna, los inversores daban el salto a la política.

—¿Con objeto de preparar el terreno para la revelación de los hechos de que habló antes?

«Si se tratara de eso, ya debería haber salido a la luz. Faruqi y los suyos han encontrado un nuevo patrocinador».

Ignacio alargó una mano hacia Sakoda y sobre su palma hizo flotar unas imágenes de un transportador tetrápodo.

Era una máquina de aspecto envejecido, con el sensor de radar, el motor de combustión interna refrigerado por aire y los cables de control a la vista, pero Sakoda reconoció el ingenio nada más verlo.

—Es un modelo de prueba del Maschief, ¿verdad?

«Así es. Goodfellows se interesó al instante por los rumores acerca de los suprahumanos».

—¿Qué era lo que le interesaba a Goodfellows?

La contestación ya la sabía. Pero, a pesar de ello, Sakoda lo había preguntado.

«Los componentes de sus cuerpos ORGAN. Goodfellows avanzaba en sus preparativos para afrontar la nueva forma de las guerras y se le ocurrió la idea de formar sus destacamentos ORGAN con los suprahumanos de Faruqi».

Tal y como se imaginaba. Rachel y sus compañeros fueron diseñados de manera que constituyeran unos efectivos resistentes al estrés y capaces de introducir en su cuerpo numerosos implantes.

Ignacio tragó saliva y continuó hablando. A Sakoda le pareció que su voz se había dulcificado un poco.

«Los efectivos de los cuerpos ORGAN tienen responsabilidades muy graves, hasta un punto escalofriante.

El personal a cargo de disparar físicamente las armas tiene que matar a decenas de personas en cada batalla y repeler con la coraza que recubre su cuerpo cientos de restos de balas o de metralla de las granadas de aquellos que tienen al encañonador como objetivo.

El encañonador, por su parte, debe elegir entre más de un centenar de personas a quién apuntar y a quién no.

Para los soldados corrientes resultaría difícil aguantar tanta presión».

—¿Eh? Pero los cuerpos ORGAN existen en muchos países, ¿no?

Ignacio soltó una risita ahogada y agitó la mano como diciendo «¡pero qué tontería!».

«Fueron reclutando a los que contaban con aptitudes para ello.

El encañonador a cargo del primer destacamento ORGAN era una víctima de la limpieza étnica.

Carecía de una cotidianidad a la que regresar y fue obligado a combatir desde niño, terminando mentalmente trastornado por el consumo forzoso de drogas.

Sin embargo, en el caso de una persona corriente, cuando acaba con más de un centenar de vidas con el movimiento de sus manos, al final enloquece.

Precisamente porque existía la necesidad de unos pseudohumanos a los que no les pasara eso, que fueran resistentes al estrés, Geppetto les proporcionó dicha clase de personal.

Habían transcurrido dieciocho años cuando empezó a recoger los beneficios de su trabajo».

—Pero usando fármacos…

Ignacio hizo un sonido burlón con la nariz ante el intento de argüir de Sakoda.

«¿No sabes que la adicción a la Stonaicina se ha convertido en un problema?».

Las guerras legítimas precisaban soldados cuyo espíritu no se tambaleara. Y Geppetto, para responder a esa demanda, había creado esa clase de personas.

—¿Por eso añadió también cualidades como poder ver la luz infrarroja?

«También te has dado cuenta de eso… La percepción de los rayos infrarrojos fue un descubrimiento mío. Si no recuerdo mal, fue cuando tenía ocho años».

Ignacio levantó las manos y colocó las palmas una frente a otra delante de su rostro.

«Los fotorreceptores de las células cónicas están determinados de forma tridimensional por el genoma.

Entonces, lo que hizo Faruqi fue disponer un diez por ciento de esos receptores enfrentados entre sí con una distancia ligeramente inferior que la longitud de onda de la luz infrarroja.

De esa manera, los rayos infrarrojos se reflejan en el seno de los receptores y pueden ser percibidos como luz.

Claro que, si el cerebro no los reconoce, no sirven para nada.

Realmente son muchos los apartados que modificó con objeto de crear supersoldados.

Por ejemplo, entre los más importantes destaca que pudieran segregar a voluntad los aminoácidos de cadena ramificada que mitigan la fatiga o que, con objeto de que fueran capaces de dirigir su atención a tareas múltiples, crease para ellos múltiples campos de memoria a corto plazo.

Rachel trabajaba como encañonadora, ¿verdad?

Seguramente se valía de dicha capacidad, aunque no fuera consciente de ello.

Pero si se utiliza siendo consciente de ella, debería poder aplicarse para muchas más cosas.

Aparte, otros aspectos como potenciar la capacidad de tomar decisiones… ».

Probablemente Ignacio había preparado su relato de antemano con intención de revelárselo a Sakoda, puesto que proseguía sin titubear en ningún momento.

Las anotaciones del periodista iban aumentando mediante escritura automática, de manera que la espesura del ramaje del «árbol» se incrementaba también.

Sakoda se esforzaba en mantener la concentración para no perderse y, a partir de cierto momento, se encontró clasificando maquinalmente las palabras de Ignacio, incapaz de pensar en otra cosa que su inclusión en su esquema a modo de dendrita.

El misterio se resolvía.