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«Ah, ¿sí? —contestó Ignacio acariciándose el mentón y mirando hacia lo lejos—.
Pues yo diría que antes de marcharme de casa de Faruqi, salvo error, terminé los estudios universitarios de Medicina.
Ah, sí, ya recuerdo. Entonces tenía solo diecinueve años y por eso no pude obtener una licencia de médico».
—¿Diecinueve años? ¿Es que le permitieron saltarse algunos cursos?
Sakoda pegó en su árbol de notas «¿superdotado?». ¿Guardaría también alguna relación con la capacidad sobrehumana para el cálculo matemático de Toma y los suyos?
«Yo no hice nada especial. Como estaba en la cama del hospital universitario, no tenía otra cosa que hacer más que estudiar.
Como no pude asistir a las prácticas, fue otro de los motivos por los que, cuando me licencié, no conseguí una licencia médica.
La obtuve después, cuando ya participaba en las guerras legítimas».
Sakoda advirtió que había olvidado preguntar algo importante. Se suponía que Ignacio comenzó a ejercer de consultor en guerras legítimas hacía unos diez años.
—Oiga, señor Cherry, ¿cuántos años tiene usted?
«Treinta. Nací en el 2015».
Nunca hubiera creído que Ignacio fuese más joven que él.
Claro que, pensando en que Guevara solo vivió hasta los treinta y nueve años, quizá tampoco resultaba tan extraño.
Si lo que decía era cierto, significaba que nació cuando Faruqi contaba cuarenta y dos años.
Puesto que la Cas9 del CRISPR fue identificada y divulgada en el año 2012, la investigación del doctor Faruqi debió de entrañar un alto riesgo.
—Y usted, señor Cherry, fue el primer experimento… Perdón, ¿el primero de esos niños?
Ignacio estalló en una carcajada al ver la turbación de Sakoda.
«Vaya, ¿así que muestras consideración hacia mí? Nada de eso. Al parecer, antes de concebirme a mí sufrió un par de docenas de fracasos. Yo fui su primer éxito, pero después de nacer continuó sometiéndome a todo tipo de pruebas y por eso he terminado así».
Sakoda sintió que le daba un vuelco el corazón.
—¿Qué hizo con usted?
«Por lo visto, hizo conmigo todo aquello que puede imaginarse dentro de los límites que marca la conciencia.
Reducir mi inmunidad natural o fabricar resistencia a los anticancerígenos.
También probó a crear agentes biológicos provocando la generación de células especiales en mis riñones.
Podía hacer que mis células poseyeran cualquier clase de función.
Implantaba en mi cuerpo células madre modificadas genéticamente y a las dos semanas ya había un montón de células que poseían nuevas funciones.
Llegué incluso a poder digerir el plástico o la celulosa».
Después de escuchar aquello, Sakoda se sintió incapaz de decir nada.
La explicación anterior no la había entendido del todo bien, pero ahora sí le quedaba claro que los marcadores que introducía Faruqi, más que ir dirigidos a un tratamiento genético con fines medicinales, tenían por objeto servir de prueba para la modificación del ser humano.
Pero Faruqi, no contento con las pruebas, había terminado por llevarlas a la práctica experimentando con el cuerpo de Ignacio.
—¿Y todo eso lo llevó a cabo en el hospital de la universidad?
Ignacio asintió.
«De cara a la galería, se trataba de experimentos in vitro . Cuando se desencadenó el COVID, participó también en el equipo que desarrollaba una vacuna y con eso consiguió también atraer inversiones. Así que, durante mi niñez, Faruqi me estuvo usando para sus intereses».
—Ya veo —asintió Sakoda mientras miraba cómo las nuevas informaciones de Ignacio se iban insertando en su cuaderno de notas arbóreo.
Faruqi había concebido a Ignacio para usarlo como cobaya en sus experimentos con seres humanos. Al recordar el aspecto de empresario de éxito que ofrecía el doctor Faruqi, finalmente Sakoda se vio sacudido por un escalofrío.
—Lo que hizo fue imperdonable —alcanzó por fin a decir con voz estrangulada.
Ignacio hizo un sonido burlón con la nariz.
«¿No te lo había dicho? Fui su colaborador».
Ignacio se señaló la cabeza.
«Desde que empecé a tener uso de razón, comencé a concentrarme en cómo manipular mi sistema nervioso, en especial mi cerebro. Porque mi cuerpo era irremediablemente débil».
Sakoda pareció volver en sí al oír la palabra «cerebro».
—¿Y esas manipulaciones también guardan alguna relación con los hombres del destacamento de Jones?
«Efectivamente», respondió Ignacio mirando de frente el rostro de Sakoda con seriedad.
«Poseían unas capacidades de las que carecen los seres humanos corrientes».
—Cierto —asintió Sakoda.
Ignacio, como si temiera que alguien le oyera, habló a continuación casi sin mover los labios.
«Son el resultado del proyecto de Faruqi y la manipulación genética que experimentó en mi cuerpo. Ellos son…».
Sakoda no logró captar lo último que dijo Ignacio, por hacerlo con la boca casi cerrada. Pero pudo imaginarse con toda claridad las palabras: «Una nueva especie humana».
Rachel o Toma, concebidos con algún propósito, pertenecían a una nueva humanidad.
Tras comprobar el efecto de sus palabras en Sakoda, Ignacio exhaló lentamente el humo del tabaco y añadió:
«Mejor hablar siguiendo el orden de las cosas».