12 #2
Sakoda, sintiendo que el otro se dedicaba a marear la perdiz, decidió atacar por el lado de la contradicción entre lo que dijo Faruqi y lo que dijo Ignacio.
—En la carta que me entregó para el doctor, decía que había sido compañero de Faruqi en sus investigaciones, pero él no se mostró de acuerdo con eso. ¿Qué relación mantuvieron ustedes dos?
«Es mi padre».
—¿Qué?
Durante un segundo, Sakoda fue incapaz de asimilar la respuesta.
Pero no existía otra interpretación posible.
Faruqi era el padre de Ignacio. Una vez asentada la idea, Sakoda pensó que no resultaba tan inverosímil.
El color de la piel o el del pelo diferían, pero, recordando una foto que vio de Faruqi de joven, sí que podían encontrarse similitudes en aquella gran nariz o en la amplia frente.
Con todo, nunca había oído que Faruqi tuviera hijos.
Este hombre, perteneciente a la generación X, entraba dentro del promedio de los usuarios de redes sociales al exhibir en Facebook o Instagram gran cantidad de fotografías en las que, dejando aparte un breve periodo matrimonial cuando tenía treinta y pocos años, había ensalzado la vida de soltero, como sucede con frecuencia en los emprendedores coronados por el éxito.
No constaba ningún rastro de pareja estable desde entonces ni de descendencia alguna.
Sakoda se encontraba dudando sobre cómo plantear su próxima pregunta cuando el otro se le adelantó.
«Nací mediante gestación subrogada. Fue una inmigrante ilegal mexicana quien me dio a luz».
—Es decir…, ¿fecundación in vitro ?
«Efectivamente. Pero, si no me equivoco, ni llegó a ver a la mujer.
No sé si sería debido a un deseo de mantener su reputación o no, pero desde que aceptó aportar sus óvulos hasta que dio a luz, mi padre la hizo vivir en una casa al cargo de un ama de llaves y, después de nacer yo, se encargó de tramitar para ella y su familia los derechos de ciudadanía».
Al terminar de hablar Ignacio, fue como si el ramaje del árbol de notas de Sakoda se sacudiera ante un vendaval. Por supuesto que el centro de todo era la fecundación in vitro . Con toda probabilidad, se trataba de la clave más importante del caso y por eso Sakoda quiso asegurarse.
—Entonces, si he oído bien, la gestante subrogada aportó también los óvulos, ¿verdad? —dijo Sakoda con voz un tanto chillona.
Si eso era cierto, significaría que Faruqi había concebido un hijo con una mujer a la que ni siquiera había visto.
¿Realmente Faruqi deseaba un hijo? O por el contrario…
Las sospechas que rondaban la cabeza de Sakoda debían de reflejarse en su actitud, porque Ignacio corrigió la posición en que estaba sentado, incrementando la distancia con el periodista, que se había inclinado hacia delante.
«No te pongas tan nervioso. Efectivamente, así fue. También aportó sus óvulos. Imagino que lo sabes, pero Faruqi es un experto en análisis prenatales. Por lo visto, me sometió a muchos exámenes. También después de nacer. Posee mi código genético completo».
Sakoda se dio cuenta de que su interlocutor le guiaba por un determinado camino, pero sabía que seguramente Ignacio no contestaría si le hiciera una pregunta como «¿existe alguna relación con el hecho de que los miembros del destacamento de Jones también fueran concebidos mediante fecundación in vitro ?
». Carecería de sentido lanzarle semejante pregunta si no le contaba al mismo tiempo la información que él desconocía sobre lo que le había dicho Toma Knut.
Sakoda optó por seguir la línea que le ofrecía Ignacio.
—Escribió la carta con sangre para hacerle llegar su ADN, ¿verdad?
—Veo que tu reputación no miente. En cuanto los compare, sabrá que no hay duda de la procedencia de la carta.
Si la enviara por correo, la examinarían una y otra vez con rayos X y, como va dirigida a un lugar como la Aguja, donde casi todos son ancianos, pasaría también por un proceso de esterilización. Y no quería que dañasen el ADN.
—No obstante… Bueno, entendido. Digamos que eso era como una firma. ¿Pero cuál era el mensaje que quería transmitirle?
«Pues el que estaba escrito, ¿no? Que me encuentro bien».
Ignacio guiñó un ojo. Puesto que todo era puro teatro, no existía forma de conocer la verdad. Pero, aun así, Sakoda quería comprobar una cosa.
—Pero no se encuentra bien ni por asomo…
«¿Te refieres a esto?», dijo Ignacio mostrando de pronto una figura en extremo delgada.
La camisa color verde oliva estaba tan arrugada como si colgara de una percha y la mano que sostenía el puro lucía tan descarnada que permitía adivinar la forma de los huesos. Ignacio había prescindido del avatar y enviaba al queuechouvue su verdadera imagen.
El ancho de banda debía de ser bastante bueno, porque la imagen tridimensional de Ignacio era tan precisa que incluso se distinguían los poros de la piel.
Con la misma nitidez que si se hallara frente a Sakoda, Ignacio tosió porque parecía haberse atragantado y el periodista, arrastrado por él, tosió también.
Ignacio se colocó una mano sobre el flaco pecho.
«Lo mío es como una enfermedad crónica. Faruqi es quien mejor lo sabe».
Ignacio, con el rostro al natural, miró largamente a Sakoda.
No se detectaba por ninguna parte la capacidad de engatusar del interlocutor que hasta hace un instante animaba el avatar usado para las reuniones telemáticas.
Quizá era el momento adecuado para intentar rellenar los huecos de la biografía del comandante.
—¿Puedo hacerle algunas preguntas?
«Siempre que pueda contestar…».
—¿En qué hospital nació usted?
«En el hospital de la Universidad de Clarksville, al que pertenecía Faruqi».
Sakoda comprobó que coincidía con el historial de Faruqi. Sin embargo, había un detalle que no encajaba con las notas de su esquema arbóreo en lo que atañía a la información de aquel hospital.
—El hospital de la Universidad de Clarksville carece de clínica. Es un centro adjunto a la universidad dedicado a la investigación de tratamientos médicos de vanguardia.
«Así es —reconoció Ignacio dejando escapar una risita—. Y es que la especialidad del doctor son los análisis prenatales. Mi desarrollo formaba parte de sus investigaciones».
El desagradable presentimiento de Sakoda había dado en el blanco. Debía de haberlo previsto cuando oyó que había usado los óvulos de la gestante subrogada.
—¿Quiere decir que experimentaba con seres humanos?
«Puede decirse así —contestó Ignacio con una débil sonrisa—.
Yo ignoraba que el médico principal fuera mi propio padre y, de joven, estaba convencido de que su investigación resultaba necesaria.
Antes me preguntaste sobre ello, ¿no? Y me dijiste que al parecer Faruqi no me consideraba colaborador suyo en la investigación.
Eso es cierto. Para mí, él sí es un colaborador en la investigación, pero para él yo no soy más que un animal de experimentos de laboratorio al que puede examinar».
—¿En qué consiste el contenido de sus experimentos?
«En fabricar una base para el tratamiento genético. Mediante espermatozoides propios cuyo ADN modificó, procedió a una fecundación in vitro para concebirme».
—¿Qué clase de modificación realizó?
«Introdujo un marcador para la enzima Cas9, asociada al sistema CRISPR 4 .
Es una tecnología de manipulación genética que hasta no hace mucho se consideraba muy prometedora.
En suma, Faruqi introdujo un código identificador en el locus de sus 28.
435 genes y los convirtió en la cabeza de sustitución de la Cas9 asociada al CRISPR».
Ignacio hizo flotar en el visualizador un modelo tridimensional de unos cromosomas y señaló el extremo de uno de sus brazos.
«Por ejemplo, un estadounidense de origen mexicano tiene un locus genético que le origina una diabetes mellitus no insulinodependiente, tipo 2.
Se trata del brazo corto del cromosoma 11.
Entonces Faruqi, sirviéndose del AGCT 5 como si fuera un sistema de numeración cuaternario, introduce ahí un codón 6 tipo CGT-GAC-ATG-ATG-GGC-AAG.
De esta manera, mediante el vector de la Cas9, se puede injertar ADN según uno guste.
Pero ahora, gracias a la secuenciación en serie, es posible sustituir un locus genético por otro y el sistema anterior ya es innecesario. ¿Pasa algo? ¿Por qué pones esa cara?».
—No, es que… veo que conoce muy bien la materia.
No es que desconfiara de aquel aserto suyo de que había sido médico, pero era la primera vez que oía hablar a Ignacio con vocabulario de especialista. Ignacio se encogió de hombros con aire teatral.
«Así que dudabas de que yo fuera médico…».
—Bueno, es que el doctor Faruqi dijo que usted, comandante, carece de licencia de médico…