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«¿Puedo?», preguntó Ignacio presentándose en el visualizador queuechouvue de Sakoda bajo la forma de un avatar tridimensional.
Acababa de sacar un grueso puro del bolsillo de la camisa y, como quien no quiere la cosa, mostraba la vitola color morado que circundaba una franja cercana a la base.
La marca era Montecristo. Los cigarros habanos que le gustaban al Che Guevara.
Probablemente, Ignacio preguntaba si podía fumar, pero obviamente se trataba de una pregunta sin sentido.
En un entorno ideal, el visualizador por capas permitía captar el movimiento browniano generado al fumar, pero ni el olor ni las sustancias nocivas podían transmitirse a través de su red.
—Por supuesto, adelante.
Ignacio hizo una reverencia un tanto forzada y, un instante después, sacó un cortador de puros para seccionar un trocito de la colilla y otro del extremo contrario.
Después, el cortador de puros desapareció con la misma rapidez con que había aparecido, y en su lugar Ignacio agarraba un encendedor Zippo para puros.
Probablemente, el Ignacio real lo tenía a su alcance encima de la mesa.
El avatar de Ignacio colocó la llama junto a la punta del cigarro y, a través del visualizador, mostró a Sakoda un aire de autosuficiencia.
Aquel avatar, que adoptaba un aspecto saludable como el del Che Guevara en los tiempos del gobierno revolucionario, ofrecía una gran diferencia con el verdadero aspecto de Ignacio, aquejado de su enfermedad y macilento.
«Un periodista como tú, Sakoda, que comprende bien las cosas, es una gran ayuda. Últimamente hay mucha gente que se disgusta porque en las reuniones mediante queuechouvue uno se ponga a fumar puros. ¿O prefieres que te llame Jake?».
—Déjese de mentiras.
«Uy —dijo Ignacio levantando la ceja derecha—. No has perdido facultades. A Jake no se le engaña con facilidad».
—Sé perfectamente que no le gusta mostrar el rostro en ninguna clase de medio.
En particular, apenas existen grabaciones oficiales de avatares tridimensionales de queuechouvue .
Es evidente que son mayoría quienes quisieran admirar unas imágenes del comandante fumando unos puros como los de Guevara, ya que es algo que rara vez puede verse.
Ignacio asintió abriendo mucho los ojos como si dijera «veo que has hecho muchas averiguaciones».
«Tienes razón. A todo el mundo le gustan esa clase de historias».
Ignacio comprobó un instante el estado de la punta del cigarro y a continuación, tras volver a ponerlo entre sus labios, aspiró lentamente el humo.
Mientras Sakoda verificaba que el registro de imagen y la conversación de la voz en un texto se desarrollaban sin problemas, Ignacio siguió fumando su tabaco y, después de contener unos instantes el aliento, lo expulsó de nuevo lentamente.
Se mirase como se mirase, parecía que se le había atragantado.
—Los puros también son malos para la salud —dijo Sakoda.
«No me des la lata».
Sakoda no sabía lo que estaría pasando en realidad, pero el avatar de Ignacio, tras soltar aquella contestación con desfachatez, volvió a llevarse el puro a los labios y dar otra calada, expulsando a continuación el humo.
La espesa humarada que aparecía en el visualizador flotaba hacia él con gran realismo, envolviéndole el rostro.
En un acto reflejo, Sakoda lo apartó con la mano y, como si fuera humo real, evolucionó en torno a su brazo antes de dispersarse.
Sakoda comenzó a sospechar. El visualizador por capas del motel no poseía la resolución suficiente como para reproducir el humo con aquel realismo.
Eso significaba que estaban usando unas imágenes diseñadas por el visualizador de Ignacio y los suyos, que se adaptaban a las circunstancias en que se hallaba él.
Sin embargo, la red de comunicaciones de Terra Amazonas no era tan rápida.
En el fondo, la velocidad de la luz resultaba más lenta de lo que uno imaginaba.
Detrás del arremolinado humo de tabaco, Ignacio, sentado en un banco acolchado, se disponía a dar otra calada.
—¿Dónde se encuentra usted? —preguntó Sakoda.
Ignacio señaló con el pulgar hacia su espalda y se vio una ventana enmarcada en marrón oscuro.
Al otro lado del cristal se erguía el Empire State Building y delante de él un edificio donde, a pesar de ser ya más de las doce de la noche, todavía quedaban muchas luces encendidas.
La sede central de las Naciones Unidas, en Nueva York.
—¿Ya está en Nueva York? Para el interrogatorio, ¿no?
«Siempre estás al día, como pensaba. Enseguida te enteras de todo».
—Acabo de oírlo en las noticias. ¿Qué motivos piensa alegar para excusarse?
Ignacio dejó escapar un hilillo de humo entre los labios y contestó:
«¡Pero qué dices! No he negado ni una sola vez haber masacrado a esa gente. La acusación de Goodfellows es justa. No se debe matar a soldados que se han rendido. He violado los convenios internacionales. Es natural que pida disculpas, ¿no?».
—Me parece una disposición admirable.
«¿Verdad que sí? Ahora bien, las condiciones no son las que me convienen».
Ignacio contrajo las facciones en un gesto de malhumor.
«Esa gente tiene intención de que el interrogatorio se haga a puerta cerrada».
—¿Y qué más da? Puede disculparse de igual manera. ¿Dónde está el problema?
Antes de contestar a Sakoda, Ignacio alzó los brazos y curvó los dedos como garras, imitando la postura de agarrar algo en el aire.
«¿Quién iba a quedarse conforme si reconozco mi crimen en una sala de reuniones que nadie puede ver? Mis sentimientos no llegarán ni a los deudos de los fallecidos ni a ninguna de las personas relacionadas».
—¿Y por qué no organiza usted mismo una rueda de prensa?
«No —contestó Ignacio negando con la cabeza—. Si se tratara de una rueda de prensa convocada por mí, habría mucha gente que no la vería. Si las Naciones Unidas no filman mi intervención para difundirla por todo el país, no tendrá ningún sentido».
Como de costumbre, parecía que Ignacio se expresaba con frivolidad, pero no daba la sensación de que estuviera mintiendo. Aunque eso no significaba que pudiera compartirse lo que decía.
—¿Por qué tiene tanto interés en que se retransmita?
«Porque os gustan las retransmisiones en directo».
Sakoda exhaló un suspiro. No dejaba de ser cierto que las retransmisiones en directo encerraban un mayor valor periodístico.
—Y durante el encuentro, ¿tiene intención también de fumar esos puros?
Ignacio se echó a toser ostentosamente, quizá porque sintió que le habían reventado su sorpresa.
Mientras que su avatar se mantenía sonriente, se oyó cómo Ignacio aspiraba como una corriente de viento que entrase en una caverna y cómo, pasado el acceso, se recuperaba lo suficiente para volver a hablar.
«Por supuesto que sí. En caso contrario, no consigo relajarme como es debido. Pero más importante que eso es que tú, Jake, me cuentes lo que has averiguado. Has ido a ver a Gepetto y también a la familia de Jones, ¿no? Han aceptado el pago de la indemnización que les llevaste, supongo».
—Les entregué en efectivo doce millones de dólares…
Sakoda dudó acerca de cómo proseguir la conversación.
Seguramente lo que Ignacio había pretendido era que él se diera cuenta de que Jasper poseía características raciales diferentes de las de sus padres.
Quizá incluso esperaba que descubriese que había sido concebido por fecundación in vitro y que poseía capacidad de ver la luz infrarroja.
También Ignacio debía de estar pensando acerca de las particularidades de los miembros del destacamento de Jones o de los otros componentes de los cuerpos ORGAN de Goodfellows.
Si se ponía a hablar de la entrega del dinero de la indemnización, tendría que contar también lo del asalto a la casa de los Jones. Seguramente quien estaba detrás era Faruqi, pero tampoco cabía duda de que el detonante había sido la carta de Ignacio.
De todas las informaciones obtenidas por Sakoda, su carta más fuerte era la relativa a Toma.
Ignacio sin duda desconocía que los miembros de COVFE, una entidad con los talentos más descollantes de los Estados Unidos, poseían muchas particularidades en común con Rachel y los suyos.
Con todo, los ases de la baraja no debían ser mostrados hasta el final.
Sakoda intentó sonsacarle algo acerca del ataque sufrido, pero apenas comenzó, Ignacio le cortó.
«Muchas gracias. Perdón por las muchas molestias que te he causado».
Sakoda decidió averiguar hasta qué punto Ignacio se hallaba al tanto de los hechos.
—No les pude entregar todo.
«¿Y eso?».
Ignacio alzó una ceja, pero permaneció a la espera de la respuesta de Sakoda.
—¿No ha oído nada de lo que sucedió?
«¿A qué te refieres?».
Sakoda miró fijamente el rostro de Ignacio. Dado que se veían mediante el visualizador por capas, no existía forma de saberlo, pero solo con aquel gesto de ladear un poco la cabeza no se podía dictaminar con seguridad si realmente estaba al tanto de todo o no.
—Cuando les estaba entregando la indemnización, nos atacaron unos guardias de seguridad armados que traían unos Maschief.
«Ah, ya veo», asintió Ignacio llevándose otra vez el habano a los labios.
—No parece muy sorprendido, ¿verdad?
«¿Acaso estás pensando que os atacaron por orden mía?».
—Hasta ahí no pretendo insinuar. Pero sí creo que se imaginaba que algo así podría suceder, ¿no?
«Ni tú ni Rachel habéis resultado heridos, por lo que imagino. Ningún problema entonces, ¿no crees?».
—¿Ha sido el doctor Faruqi?
La única respuesta fue un arquear de cejas. Es decir, que lo sabía. Sakoda, tras varias veces de tratar con él, se había dado cuenta de que era incapaz de mentir.
—Entendido. Le preguntaré a él directamente.
«Creo que es lo mejor. Te puedo escribir una carta de recomendación. ¿Qué aspecto tenía?».
—Se le veía muy sano.
«Sorprendente. Y eso que está a punto de cumplir setenta y dos. ¿Será que el secreto de vivir muchos años consiste en ser rico?».