Man-kind 11 #3
49%

11 #3

—Ciertamente, la probabilidad de que una persona nazca por fecundación in vitro es del 21,3 %.

En el caso de que sean dos personas, como es el cuadrado de la cifra anterior, sería del 4,5 %.

En el caso de tres personas, al elevar al cubo, ya bajaría al 0,97 %.

Así, la probabilidad de que los cuatro empleados de COVFE que me contestaron fueran concebidos mediante fecundación in vitro sería en torno al 0,02 %.

El «menos» del que hablaba Rachel indicaría un número de diez cifras.

Aunque para mí es más cómodo usar el cálculo logarítmico.

Tras decir esto, en lugar de la mano derecha donde tenía el lapicero, Toma hizo un gesto con la izquierda sobre el papel virtual y apareció la respuesta: e 7xln(0,213 ) = 0,000019891.

Sakoda por fin comprendió una cosa.

—¿Estáis haciendo un cálculo mental?

—No, estoy contando con los dedos —contestó Toma alzando la mano izquierda y sujetando con el pulgar la falange del dedo anular a la altura de los nudillos.

Era la clase de gesto que se usa para pujar en las subastas de los mercados, pero parecía imposible que con una sola mano pudiera expresar un número con una cifra de decimales semejante.

—¿Y la probabilidad de que todos los empleados de COVFE hayan sido concebidos por fecundación in vitro ?

—¿Los veinticinco? —preguntó Toma acariciando con el pulgar el dedo índice—. Acabo de introducir la fórmula e 25 × ln(0,31). Como este es el multiplicador de la constante de Napier donde el número de cifras válidas son cinco, tendríamos 1,61999E menos 17.

Sakoda quedó mudo de asombro. Un maestro en el uso del ábaco quizá pudiera realizar una multiplicación tras otra, pero el cálculo logarítmico ya era harina de otro costal.

Rachel, al ver cómo enmudecía Sakoda, le miró con extrañeza.

—¿No puedes hacer esos cálculos?

—¿Tú sí puedes?

Rachel señaló las cifras del cálculo manual de Toma.

—Estos cálculos con tanto detalle yo tampoco puedo hacerlos. Pero por encima sí que los entiendo. ¿Qué significa esa e ?

Toma pareció sorprenderse un tanto, pero enseguida dibujó una gráfica con toda naturalidad. En el lado negativo del eje de las x trazó una curva y junto a ella escribió la siguiente fórmula: y = e x .

Era una gráfica logarítmica de las que se estudian en bachillerato. Sakoda se imaginó que sería igual en los Estados Unidos. Rachel, con voz indiferente, dijo:

—Este es el origen del «más», ¿no? En torno a 2,7.

—Efectivamente —contestó Toma.

Los vocablos usados eran por completo diferentes, pero por lo visto la interpretación de Rachel era correcta.

Sakoda pensó que podría existir otra concomitancia más.

—Rachel, no me digas que los miembros del destacamento de Jones…

—Todos podían hacer esta clase de cálculos. Cada dos por tres decían que si «más», que si «menos».

Sakoda volvió lentamente el rostro hacia Toma. Hasta él mismo se sintió como una marioneta.

—Y, por supuesto, los empleados de COVFE también son capaces de estos cálculos…

Toma asintió. Su actitud no era la de quien se enorgullece de pertenecer a un grupo con capacidades de cálculo sobrehumanas ni la de Rachel que se sorprendiera de que para Sakoda no fuera posible, sino la de quien reconoce un hecho de lo más natural.

Al ver esa clase de comportamiento tan despreocupado, a Sakoda se le ocurrió una cosa.

—Por casualidad, cuanto más joven es el empleado, ¿más facilidad tiene para esos cálculos?

Al parecer, Toma no se esperaba esa pregunta. Tras quedarse mirando un tiempo el rostro de Sakoda, finalmente asintió.

—¿Cómo lo has sabido? Efectivamente, así es.

—¿Y en vuestro grupo, Rachel?

—En nuestro caso también. El capitán y Rose solo podían calcular hasta menos dos. Yo hasta menos cuatro o menos cinco. A Paul nunca le pregunté, pero Lee Haoran calculaba hasta el menos siete o así.

Sakoda se tragó las palabras que tenía en la punta de la lengua. El hecho de que los jóvenes, los nuevos, resultaran más eficientes constituía un fenómeno equivalente al de las nuevas versiones que se iban haciendo de un programa informático.

Utilizando el teclado de su visualizador queuechouvue , Sakoda fue añadiendo anotaciones en su «árbol».

Como apartados pendientes, quería averiguar acerca del límite de número máximo de implantes o de la intensidad de la restricción de emociones.

También sobre la reacción de los reflejos o de la capacidad visual.

Sakoda volvió a examinar el esquema arbóreo de sus anotaciones y se dio cuenta de que sobrepasaba el campo de averiguaciones que le había dado a entender Ignacio.

Le había dicho que se encontrara con los deudos de los fallecidos para investigar sobre sus vidas y que averiguase también acerca de Goodfellows, pero no le había mencionado para nada la cuestión del personal de COVFE, la compañía encargada de la verificación de hechos.

Rachel, que ya había terminado de comer su hamburguesa, estaba haciendo a Toma una pregunta sobre matemáticas.

La cuestión de ella debía de haber suscitado el interés de Toma, porque le estaba contestando con detalle, dibujando gráficas y cuadros en su espacio de trabajo.

Mirando cómo conversaban ambos, Sakoda cayó en la cuenta de algo.

Ambos jóvenes se habían conocido por casualidad, pero la relación entre Goodfellows y COVFE no era casual.

Sakoda dirigió la palabra a Toma, que en ese momento se hallaba convirtiendo su gráfico en una figura animada.

—Toma, ¿puedo hacerte una pregunta? ¿De qué manera recluta COVFE a su personal?

—Mediante un examen —contestó Toma mientras plegaba el papel antigrasa que había envuelto su hamburguesa.

—¿De matemáticas?

—Así es. Los exámenes realizados hasta ahora se hallan a la vista del público. Aquí hay algunos que creo que no necesitan de conocimientos previos.

Sakoda asintió, dando por sentado que sería incapaz de resolverlos, y Toma extrajo de su espacio de trabajo varias hojas llenas de puntos que desplegó sobre la mesa.

—Hay un total de veintiún puntos —explicó—. Hay que dibujar una línea continua que una todos los puntos y que, a la vez, sea la más corta posible. Aquí están también las tablas matemáticas de las coordenadas.

—Si se le puede dedicar bastante tiempo, supongo que es posible.

—El tiempo también cuenta en la puntuación. En mi caso, fueron dos segundos.

—¿Dos segundos? —repitió Sakoda.

Rachel colocó el papel sobre la mesa.

—¡Hecho! —exclamó.

—Lástima, te ha faltado poco —comentó Toma—. Tu opción es la cuarta en longitud. Has tardado unos cinco segundos. Con que lo hagas dos o tres veces más, seguramente alcanzarás el límite del aprobado.

Sakoda miró el rostro de Rachel de hito en hito.

—¿Has hecho alguna vez esa clase de prueba?

—Sí.

—¿En dónde?

—Con ocasión del SAT para la admisión universitaria.

La contestación cogió desprevenido a Sakoda, que estalló en una carcajada.

Ese era un examen que afrontaba cualquier estadounidense al terminar el bachillerato.

Comprendía también una parte de matemáticas, pero no podía ser que incluyera problemas tan complicados como el actual.

Por lo visto, a Rachel le molestó la risa de Sakoda.

—¿Me tomas por tonta? Pensé que, si lo hacía, podría conseguir una beca. Pero no me la dieron.

—Ah, entiendo… Entonces, ¿qué clase de exámenes hace Goodfellows para seleccionar a los componentes de sus destacamentos ORGAN?

—No hacen ningún examen.

—¿Quéeee? —exclamó después Sakoda, tapándose a continuación la boca, sorprendido ante el volumen de su propia voz—. ¿Incorporan a sus filas gente sin experiencia militar y, además, sin hacerles un examen?

Alzando el vaso para terminar el refresco de cola sobrante, Rachel se encogió de hombros. Sakoda abrió en su visualizador la página de solicitud de personal de Goodfellows y la mostró a sus dos compañeros.

—Mirad esto. Pone que se realizará un examen y que es imprescindible contar con experiencia militar.

—¿Y yo qué sé? —contestó Rachel—. Ya te lo conté, ¿no? Recibí una carta suya.

—Lo recuerdo. Dijiste que por eso te presentaste. ¿Y pudiste incorporarte a sus filas sin hacer prueba alguna?

—Pues sí. Acudí a su oficina de Dallas y me hicieron un sencillo examen médico. Después me llevaron al campo de entrenamiento intensivo junto con el personal contratado de manera ordinaria como vigilantes y, al terminar la estancia allí, me encuadraron en los destacamentos ORGAN.

Así que Goodfellows, configurando de esa manera sus equipos ORGAN de combate, acumulaba un historial ininterrumpido de victorias en la batalla…

Sakoda no supo qué contestar a eso y, mientras se mantenía en silencio, su vista se posó sin mayor intención en su esquema arbóreo de notas.

Los miembros de los destacamentos, reclutados sin examen alguno, eran capaces de efectuar de memoria operaciones logarítmicas y, sin necesidad de regular su presión osmótica, utilizar más de una docena de implantes, así como combatir sin inmutarse aunque no utilizaran antiexcitantes.

Pensó que, si le relatara a Ignacio toda esta información, junto con lo averiguado sobre COVFE, quizá consiguiera sonsacarle algo más.

Sakoda enlazó la gruesa rama formada por la información relativa a COVFE con otras menores y contempló el esquema en su conjunto.

—¿Eh?

La interjección se le escapó sin querer. Toma y Rachel giraron la vista hacia él.

Las concomitancias entre Goodfellows y COVFE se mostraban con un suave color verde, pero existía solamente una característica que permanecía en color morado.

Se refería a una de las palabras clave surgidas en las averiguaciones.

La fecundación in vitro . Sakoda reorganizó el esquema de notas tomando como centro la fecundación in vitro y escrutó las informaciones conectadas con ella.

—Ya oímos hablar de la cuestión de la fecundación in vitro con relación a otro apartado de la investigación. El historial de la compañía P&Z.

—¿La del doctor Faruqi? —inquirió Rachel con voz punzante.

Sakoda revisó la maraña de informaciones para verificarlo.