11 #2
—Lo ignoro. Pero me llama la atención que existan otras personas con las mismas capacidades que los miembros del destacamento de Jones.
—¿Tan raro es? Todos los empleados fijos de COVFE las tenemos.
Sakoda negó con la cabeza.
—Yo nunca he visto a nadie así. Ni siquiera he oído hablar de un caso semejante. Me gustaría hablar también con los empleados de tu empresa.
—De acuerdo. Por lo que respecta a mí, no hay inconveniente. Lo comunicaré también a mi empresa. Voy a enviar un texto a nuestro foro que diga: «El periodista Sakoda dice que quiere entrevistar a empleados que hayan percibido la luz infrarroja».
—Muchas gracias.
Sakoda retrotrajo el registro al momento en que se sentaron a la mesa y comenzó a grabar.
El dispositivo iba convirtiendo su voz en un texto, de manera que la conversación que mantenían y sus imágenes iban siendo encajadas en un esquema similar al ramaje de un árbol o a la estructura de una dendrita.
Las palabras que el conjunto marcaba como importantes eran «rayos infrarrojos» y «miembros del destacamento de Jones».
Tras animar a Rachel y Toma a seguir cenando, Sakoda prosiguió con sus preguntas.
—Lo digo por reconfirmar, pero, en resumen, tanto vosotros dos como los miembros del destacamento de Jones o los empleados de COVFE podéis ver la luz infrarroja, ¿no?
—Ah, un momento, por favor —dijo Toma.
En ese momento se encontraba a punto de echarse en el plato una porción de macarrones con queso y, sin detener la mano que se dirigía hacia ellos, con la izquierda que conservaba libre hizo una captura de su espacio de trabajo y la colocó en la zona compartida de su visualizador.
—Las cuatro personas que han contestado me escriben que son capaces de detectar la luz infrarroja. An Ho me dice que puede ver con nítido color verde la luz infrarroja que emite un mando a distancia.
—¿Cuántos años tiene ese hombre? —preguntó Rachel mientras se echaba a la boca una patata frita.
—Diecinueve años. La persona más mayor de COVFE es Marsha y, al parecer, ella solo llega a captar una vaga impresión de dicha luz.
—En nuestra compañía pasaba lo mismo. Paul y Lee Haoran tenían diecinueve. Les molestaba tanto que protestaban diciendo que no apuntásemos el mando a distancia hacia ellos. En cuanto a Jasper y Rose, su... no sé si llamarlo sensibilidad era más baja que la mía.
Sakoda siguió preguntando mientras comprobaba cómo se ensamblaban las nuevas declaraciones en el ramaje construido.
—¿Puedo concluir que con la edad va bajando la percepción?
Toma, que echó un vistazo hacia la izquierda del plato para mirar el espacio del foro invisible para los demás, negó con la cabeza.
—Por lo visto, Marsha nunca tuvo la sensibilidad que presenta An Ho.
—Ni Rose tampoco. Según dijo, desde niña había sido igual. Oye, ¿todo esto tiene algo que ver con lo que hizo Cherry?
Sakoda miró hacia el texto de la conversación con Ignacio, desplegado en la zona de las raíces del árbol.
—Puede que tenga algo que ver. Me dijo que fuésemos visitando a los deudos y que averiguase acerca de la vida de los miembros del destacamento.
—¿También acerca de mí? —preguntó Rachel.
Sakoda asintió y, colocando un dedo sobre la zona del árbol donde estaban las anotaciones sobre los miembros del destacamento de Jones, trazó un círculo.
El texto de su material para artículos, transformado en un sistema en red gracias a un modelo de lenguaje de gran escala, cambió la disposición de sus elementos para crear un nuevo esquema arbóreo.
Ahora se veían destacadas una serie de palabras clave que había dejado de tener en mente.
—Vamos a ver. Tenemos el hecho de poder discernir la luz infrarroja.
Después, haber nacido en los Estados Unidos y con color de la piel diferente al de los padres.
Además, poder usar numerosos implantes sin tener que recurrir al regulador Soldam.
Y el no necesitar antiexcitantes en situaciones duras. Sí, Toma, ¿querías algo?
Toma, con unos macarrones clavados en el tenedor, miraba a Sakoda con la boca entreabierta.
—¿Todo eso se refiere a los miembros del destacamento de Jones?
—Pues sí. ¿Por qué?
Toma dejó el tenedor y, como si temiera que le escuchasen, miró alrededor antes de contestar.
—Porque eso se aplica también a mí. Llevo hasta veinte implantes. No utilizo reguladores de presión osmótica como el Soldem ni tampoco antiexcitantes. Ah, y en nuestro equipo también somos todos nacidos en los Estados Unidos.
Sakoda abrió todavía más los ojos por la sorpresa. Por su parte, Rachel devolvió al plato la hamburguesa que estaba a punto de morder y giró el rostro hacia Toma.
—¿No dijiste que tus padres eran los dos noruegos?
—Sí, pero nacidos en San Francisco.
Entonces Sakoda se fijó en una palabra que colgaba del ramaje del «árbol». Todavía no había podido preguntar a todos acerca del particular, pero si Toma también cumplía esa condición, tendría que hacerlo. Inclinándose sobre la mesa, bajó un poco la voz.
—Si no quieres no contestes, pero ¿por casualidad naciste mediante fecundación in vitro ?
En lugar de contestar, Toma miró a Rachel.
—¿Yo? Pues sí. Por lo visto, costó mucho dinero. Según oí, Jasper también. ¿Y lo mismo tú, Toma?
—Sí.
—¿Y el resto del personal de COVFE? —preguntó Sakoda.
—Si quieres, pregunto…
—Hazme el favor. Solo quien quiera contestar, por supuesto.
Toma manejó su teclado invisible y poco después desorbitó los ojos.
—Los cuatro que están participando en la charla dicen que nacieron por fecundación in vitro .
—¿Y todos nacidos en los Estados Unidos? —preguntó Rachel.
—Hasta donde yo sé, así sucede con todos nuestros empleados fijos.
—Hmm, ahora que caigo… —comenzó Rachel volviendo a coger su hamburguesa—. Hasta ahora he trabajado en equipo con cerca de unos cincuenta compañeros, pero creo que no había ningún extranjero. Y eso que dijiste antes…, ¿cómo es que llevas veinte implantes en tu cuerpo?
—Así es. En nuestra empresa todos llevamos muchos, así que disponemos de un controlador de dispositivo específico para ellos. Podemos hacer también cosas como estas.
En el sector compartido de su visualizador queuechouvue Toma hizo flotar un rompecabezas topológico de metal y, con un leve movimiento del dedo, lo desenmarañó.
Sakoda también llevaba un implante que potenciaba sus gestos, pero para desenmarañar un puzle como aquel en el queuechouvue se necesitaba una extrema precisión en la información recabada sobre las sensaciones táctiles para aplicar la fuerza deseada, y no le dio la impresión de ser capaz de imitarlo.
—Impresionante —elogió Rachel—. Yo llevo dieciséis. Me gustaría introducirme alguno más, pero por lo visto interferiría con el sistema nervioso.
—Eso se puede solucionar con nuestro controlador de dispositivo. Te lo puedo facilitar.
—En cuanto a lo de que no utilizas antiexcitantes, ¿es que acaso un programador debería necesitarlos?
—Ten en cuenta que a veces pasan por nuestros ojos imágenes de pornografía infantil, de torturas o de batallas.
Dado que en COVFE, por casualidad, ninguno necesitamos esa clase de fármacos, podemos verlas directamente.
¿Y tú, Rachel, no los usas? Tenía entendido que para los soldados era obligatorio.
—¿Obligatorio, dices? —repitió Rachel, negando a continuación con la cabeza—. Quizá eso sea para los marines. En los destacamentos ORGAN nuestros, nadie toma la Stonaicina .
Sakoda, que escuchaba cómo ambos trataban de sus características comunes, sufrió la ilusión óptica de que la mesa se iba inclinando.
Al igual que Rachel y Toma, los demás también habían nacido por fecundación in vitro ; los compañeros de ambos podían ver la luz infrarroja y poseían una composición de fluidos corporales que amplificaban el ancho de banda para la comunicación intracorporal; además, podían aguantar sin antiexcitantes la visión de muertes o extrema violencia; y, por último, todos eran nacidos en los Estados Unidos.
No cabía pensar que se tratara del resultado de una casualidad.
—Voy a hacer unas pequeñas averiguaciones —anunció Sakoda a los otros dos—. Oye, investigador Smith, ¿puedes decirme el porcentaje de bebés nacidos en los Estados Unidos por fecundación in vitro ?
«El 21,3 %».
Sakoda experimentó un ligero alivio. Tratándose de uno de cada cinco, no resultaba tan sorprendente que esta vez los cuatro empleados de COVFE que habían contestado cumplieran dicha característica.
Puesto que, sin duda, debían de haber sido criados en hogares de padres con alto nivel de educación, no era extraño que se hubieran casado ya con cierta edad y que hubieran tenido que recurrir a tratamientos de fertilidad.
Sin embargo, al oír dicho porcentaje, Rachel pareció malhumorada.
—O sea, que no es una casualidad. Si los cuatro fueron concebidos por fecundación in vitro , eso supone, si no me equivoco, «menos» dos por cien.
—¿Cómo? —preguntó confuso Toma ante aquella expresión tan rara, que unos instantes después pareció comprender—.
Ah, sí, eso es. «Menos» veintiocho. Pero si nos incluimos Rachel y yo, además del capitán Jones, el cálculo con siete personas, usando tu modo de hablar, daría «menos» tres con treinta y cinco por ciento.
Sakoda se encontraba estupefacto. Eso de «menos» era una especie de muletilla que usaban continuamente los miembros del destacamento de Jones. La forma en que la usaba Rachel ahora daba la sensación de responder a un cálculo mental. Pero, además, Toma era capaz de entender esa manera de expresarse.
—¿Se puede saber de qué habláis?
—De las probabilidades.
Toma hizo aparecer un cuaderno blanco en su espacio de trabajo y escribió en él unas cifras para cálculo a mano: [0,213 4 ] y [0,213 7 ].