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Rachel y los suyos detuvieron el Ford frente a un restaurante del municipio de Elliot, a unos ciento cincuenta kilómetros al sur de donde habían sufrido el ataque de los Maschief.
Dando al lado trasero del local, se hallaba Camp McCain, una instalación del ejército federal del estado de Mississippi.
Mientras que dejaba la conducción en manos de Rachel, Sakoda había descrito por encima los pormenores del ataque a la compañía de seguros y fue entonces cuando entre ella y Toma concluyeron que, hallándose cerca de la base militar, Goodfellows no se arriesgaría a ninguna barbaridad.
De ahí que escogieran aquel establecimiento para concederse una pausa.
Todo apuntaba a que la elección resultó un acierto.
El local estaba abierto las veinticuatro horas y la cristalera que daba al lado frontal aparecía recubierta de pegatinas y fotos de temática militar, lo que dificultaba la visión del interior.
Para mayor ventaja, contiguo al restaurante se alzaba un motel de unas cien habitaciones, que por lo general usaban aquellos que guardaban alguna relación con la base, y había bastantes vehículos estacionados en el aparcamiento.
Incluso se veían otros dos Ford Explorer del mismo modelo que el suyo.
Tras dejar el coche en el aparcamiento, el grupo de Sakoda reservó tres habitaciones en el motel y se fue al restaurante.
Los escasos y dispersos asientos ocupados lo estaban por soldados federales que aguardaban el momento de entrar en su turno de madrugada.
Vestían el mismo uniforme de faena que la infantería del gobierno federal y estaban viendo las noticias de la Fox que desfilaban en la gran pantalla de televisión que ocupaba casi toda la pared del fondo.
El local se hallaba en silencio. Puesto que el sonido del televisor se transmitía a cada cual por la capa compartida del queuechouvue , las noticias llegaban solo a quien quisiera escucharlas.
Acomodado en la barra, Sakoda esperaba las bebidas encargadas mientras rememoraba los dos ataques.
El primero, en casa de los Jones, mediante dos Maschief y cuatro hombres armados, y el segundo con otras seis unidades en plena noche, ya en la carretera.
En el primer caso, gracias a la información del seguro médico encontrada en un implante, descubrieron que los asaltantes pertenecían a Goodfellows.
Sin duda, así sucedería también en el segundo caso.
Considerando el momento en que se presentaron, era bastante probable que se tratara de personal de vigilancia de Torre Donelson y el único que podía guardar relación con el incidente era Geppetto Faruqi, pero no comprendía cuál podía ser el motivo, por más vueltas que le daba.
No le habían contado nada al doctor del pago de las indemnizaciones, pero de todas maneras resultaba arduo creer que su intención fuera el robo.
Doce millones de dólares suponían una cantidad con la que se podía vivir sin trabajar hasta que uno muriera, pero para movilizar un total de ocho Maschief, tenía que existir toda una organización detrás.
No era eso lo único en lo que había que pensar.
También tenía que terminar de ordenar la entrevista del matrimonio Jones y tanto el modo en que, valiéndose del queuechouvue , Rachel había conseguido acertar a los atacantes, oculta tras las cortinas, como todo lo que ella contó acerca de los miembros de los destacamentos ORGAN de Goodfellows eran cuestiones que sobrepasaban con mucho su sentido común.
Aparte, también quería hacer no pocas preguntas a su nuevo compañero de viaje, Toma Knut.
Un hombre que poseía particularidades raciales diferentes de las de sus padres y una, digamos, constitución que le permitía ver la luz infrarroja.
Ya solo por esas concomitancias con Rachel era para sorprenderse, pero es que además decía que sus compañeros de trabajo también presentaban similares atributos.
También debían deliberar acerca de la ruta de viaje que seguirían en adelante.
Además, tampoco era cuestión de seguir viajando en el Ford Explorer con una ventana rota y, puesto que Toma tendría que volver a San Francisco, surgía la necesidad de replantearse el orden por el que irían entregando las indemnizaciones.
Mientras paseaba la vista por los soldados absortos en el televisor, Sakoda dejó escapar un suspiro de alivio. Por fin disponía de tiempo para pensar las cosas con calma.
Frente a Sakoda colocaron una bandeja con el Seven Up que había pedido él junto con el refresco de cola de Rachel y el agua mineral de Toma, más tres vasos enormes.
Sakoda llevó la bandeja hasta la mesa donde se sentaban Rachel y Toma en asientos contiguos, y escogió para sí mismo una silla del lado opuesto.
En el centro de la mesa ya se veían las hamburguesas que habían pedido para los tres.
Sakoda había elegido la opción de la que más hacía gala el menú del restaurante, una hamburguesa de tres capas, compuesta por una gruesa rebanada de carne, una de paté y una de queso; Rachel, una con carne, paté, beicon, lechuga y tomate; y, por último, Toma, una de carne y aguacate.
Aparte, en el centro de la mesa les habían servido también macarrones con queso y una gran fuente de patatas fritas.
Mientras repartía los vasos, Sakoda pensó que las hamburguesas elegidas reflejaban la personalidad de cada uno.
Finalmente, alargó la mano hacia su hamburguesa.
—¡Ay, que me abraso!
—No me ha dado tiempo a avisarte —se excusó Rachel—. En esta cadena de locales, calientan también el pan.
Toma asintió. En ese momento se disponía a agarrar su hamburguesa con una funda doble de papel antigrasa.
Sakoda procedió a enfriarse los dedos con las gotitas de agua condensadas en la cara exterior de su vaso mientras se dirigía a los otros dos.
—Volviendo a lo de antes. ¿Podéis saber también si algo está caliente o no solo con mirarlo?
Rachel se encogió de hombros.
—¿Te refieres a estas hamburguesas?
—Sí, por ejemplo. Me preguntaba de qué manera veis una hamburguesa recién hecha. No me hago una idea concreta de lo que supone ver la luz infrarroja.
Rachel clavó la mirada en su hamburguesa y después, con aire burlón, agitó la mano en gesto negativo.
—Nada, por más que la miro, no veo más que una hamburguesa con queso. No sé si la lechuga y el tomate estarán fríos.
—Ah, vaya… ¿Y tú, Toma?
—¿Yo? —dijo él ya con su hamburguesa en la mano.
Sakoda miró con atención a Toma, que ladeaba la cabeza pensativo. Aquel joven de pelo rizado, piel morena y ojos de un marrón oscuro casi negro le había dado más de una sorpresa en el medio día que llevaban juntos.
No le resultaba difícil aceptar que Rachel, perteneciente a un destacamento ORGAN, se mostrara capaz de repeler una agresión en medio de la oscuridad nocturna.
Pero que este programador larguirucho y delgado de San Francisco ni se inmutase cuando, nada más llegar a casa de los Jones, mataran a cuatro hombres a tiros ante sus propios ojos y que organizase la huida…
Y hacía apenas una hora, sentado en el asiento del Ford que corría en plena oscuridad, se había convertido en los ojos de Rachel para transmitirle la posición de aquellos Maschief iluminados por focos de luz infrarroja, prestando una gran ayuda para que el contraataque se coronara con éxito.
—Sí. ¿Cómo se ve a tus ojos?
Toma miró unos segundos la hamburguesa y luego negó con la cabeza.
—Sé que el paté de la capa central está caliente. Pero no se trata exactamente de que lo vea.
—Sí, eso es —convino Rachel mientras daba un mordisco a su hamburguesa—. Lo único que pasa es que percibimos la dirección de la fuente de calor. Tú mismo, si cierras los ojos, puedes notar de dónde te llegan los rayos de sol, ¿no? Pues es algo así.
Sakoda cerró los ojos y probó a girar el rostro de modo que apuntara a las luces del techo. Ciertamente, notaba la dirección de origen de la luz.
—Y fiándote solo de una sensación tan imprecisa, ¿disparas y aciertas?
—Dada la intensa oscuridad, los tipos usaban focos de luz infrarroja y eso permitía dilucidar la posición del blanco con bastante precisión. Además, Toma me iba describiendo los detalles. ¿Hasta qué punto veías, Toma?
Toma, antes de contestar, trazó un cuadrado en el aire con la patata frita que en ese momento tenía en la mano.
—Podía distinguir la silueta de las cuatro patas de los Maschief.
Y, en líneas generales, también el lugar por donde corrían.
La sensación más parecida sería la imagen que nos queda un instante en el cerebro cuando el objeto ha desaparecido de la vista.
Como cuando hemos visto algo que nos deslumbra. En color verde.
—¿Color verde?
—Bueno, quiero decir, en caso de tener que describirlo de alguna manera.
Es muy práctico saber si un alimento está caliente o no, pero a cambio de eso molestan cosas como los rayos infrarrojos de los mandos a distancia o de los escáneres tridimensionales.
Quizá sean más los inconvenientes que las ventajas.
—¿Inconvenientes? —repitió Sakoda intrigado ladeando la cabeza.
—Es verdad —convino Rachel—. Cuando se activa un mando a distancia, el fogonazo deslumbra. Y al tomar una foto.
—Ya veo. Pero tú, Rachel, ¿no tienes que usar esas cosas en tu trabajo?
—No, para nada. Los dispositivos que usamos hacen las cosas mucho mejor.
Con las capas de rayos infrarrojos de los visualizadores queuechouvue que usamos los ORGAN, se puede también acercar la imagen y percibes además la profundidad de campo.
Su resolución también es muy alta. Es la primera vez que disparo usando un sistema como el de antes.
Sakoda se apresuró a intervenir.
—Un… un momento. ¿Puedo grabar lo que habéis dicho ahora?
Toma, que iba a dar un nuevo bocado a la hamburguesa, detuvo la mano.
—¿Lo mío también?
—Por favor. Investigo los motivos de la masacre y por eso quiero conocer cualquier cosa que guarde relación con los combatientes.
—¿Y esto guarda relación? —preguntó Toma señalándose los ojos.