10
—Se acercan —avisó Rachel echando un vistazo al espejo retrovisor.
La tensión recorrió el interior del vehículo. Sakoda, en el asiento del piloto, agarró con más fuerza el volante y Toma, en la parte de atrás, pareció encogerse.
Rachel notó que Toma se movía a su espalda. Al darse la vuelta, vio que el joven levantaba la cabeza con precaución para mirar por el cristal trasero.
—Han esperado a que oscureciera —comentó Toma con voz tranquila.
En casa de los Jones ya les había extrañado, pero a pesar de que se trataba de un ingeniero informático que no había recibido ningún entrenamiento especial, aunque tuviese un tiroteo ante sus ojos, viera cómo le volaban la mano a un cadáver o, incluso, aunque él mismo se hubiera convertido en posible blanco de un ataque, mantenía la sangre fría escuchando lo que tuviera que decir Rachel y decidiendo las prioridades a la hora de actuar.
Ahora Sakoda también mantenía la calma, porque se había tomado una Stonaicina, que era un antiexcitante, con lo que apaciguaba el miedo a un posible ataque, pero por lo visto Toma podía mantenerse igual sin necesidad de fármacos. Igual que Rachel.
—También han sabido escoger la ruta —observó Rachel señalando el suelo del Ford, que temblequeaba—. En los caminos malos, los Maschief pueden moverse más deprisa que un automóvil.
—Lo siento —se disculpó Sakoda—. No pensé que el navegador careciera de la información sobre las obras de mantenimiento. Al parecer nos espera camino en malas condiciones durante unos diez minutos.
—Qué se le va a hacer —le consoló Rachel.
Sucedía con frecuencia en lugares que pertenecieron a los Territorios Libres, pero incluso en carreteras nacionales como esta, la número 55, el mantenimiento dejaba mucho que desear, y además ahora entraban en una zona que carecía de alumbrado.
Toma volvió a echar una ojeada por el cristal trasero.
—Han acortado mucho la distancia.
Los potentes faros LED de la parte delantera del camión ya se veían muy cerca.
—¿Podemos aumentar la distancia? —preguntó Rachel.
Sakoda negó con la cabeza.
—Con la conducción automática, el máximo al que podemos ir son cuarenta y cinco kilómetros por hora. Es el límite. Y si conduzco yo, quizá menos.
Rachel suspiró. Parece que no quedaba más remedio que luchar ahí. Seguramente la contraparte estaba pensando lo mismo.
En un instante, el interior del vehículo quedó sumido en la oscuridad. El camión que venía pegado a ellos había apagado sus faros.
En el asiento trasero, a Toma se le escapó un pequeño grito.
—Cierra los ojos un momento y haz que se acostumbren a la oscuridad —indicó Rachel.
—Vale.
Tras detectar por su voz que había recuperado la serenidad, la joven dio unos golpecitos en el hombro a Sakoda, sentado junto a ella.
—Jake, apaguemos también nosotros la luz.
—¡Pero qué dices!
Ignorando las protestas del periodista, Rachel alargó un brazo y apagó tanto los faros del frente como el resto de pequeñas luces.
—Vamos con conducción automática, confía en el coche. Toma, ¿puedes pasarme un arma?
—¿Cuál?
—El FAR-15. El segundo estuche empezando por arriba.
Según terminaba de decirlo, Rachel se dio cuenta de un problema. En el estuche venía escrito en ostentosas letras «FAR-15», pero ahora que se encontraban a oscuras, iba a ser complicado encontrarlo.
—Toma, ¿lo encuentras? Es el estuche más grande. El agarre del fusil no es de madera, sino…
—Aquí lo tienes.
Antes de que pudiera finalizar su explicación, Rachel se encontró con el agarre del FAR-15 tocando su mano. Pese a la oscuridad reinante en el vehículo, Toma había conseguido que Rachel tuviera en sus manos el arma que pedía.
—Gracias.
Mientras pensaba en lo extraño que resultaba, Rachel comprobó el seguro y el cargador. Después, tiró del cerrojo, enviando la primera bala a la recámara. En teoría, debería haber veinte proyectiles.
—¿Sabrás encontrar un cargador de repuesto? Están en la bolsa que hay a tus pies. Alguno que sea largo.
Se oyó un ruido de alguien removiendo cosas y un poco después un objeto frío tocó la mano izquierda de Rachel.
—¿Será esto?
Rachel lo agarró y comprobó que, efectivamente, era un cargador largo para FAR-15.
—¿Eres capaz de verlo?
—¿Eh? ¿Me he equivocado?
—Lo digo porque has acertado. En medio de toda esta oscuridad, has sido capaz de ver el cargador, ¿no?
Rachel notó que Toma contenía el aliento.
—Hay otros tres cargadores. ¿Quieres que los deje de manera que puedan usarse enseguida?
Tras asentir, Rachel sintió cómo un cuerpo cálido se movía hacia la bolsa del suelo para después volver a hundirse en el asiento trasero.
Toma, en medio de la oscuridad, podía distinguir los movimientos de Rachel.
La joven estaba enrollándose la correa portafusil en la muñeca izquierda mientras recordaba que muchos compañeros suyos podían ver en la oscuridad.
—Ya hablaremos después acerca de tu capacidad visual —dijo Rachel estirando la espalda al tiempo que dirigía la vista hacia el cristal trasero, donde no había sino oscuridad.
Al momento entrecerró los ojos como deslumbrada. Los estaban iluminando con una gran fuente de calor. Rachel señaló la ventana y, a sabiendas de que Toma sabría distinguirlo, dijo:
—Nos están iluminando con un foco de luz infrarroja.
—Así que este resplandor venía de un foco de esos…
—¿Puedes determinar el origen de la luz? Mira bien a izquierda y derecha.
Rachel sintió cómo en el congestionado aire del asiento trasero el calor del cuerpo de Toma se desplazaba hasta interceptar la fuente de calor que irradiaba desde la ventana trasera. Al parecer, Toma verificaba no solo los laterales, sino también la parte trasera.
—Sí, puedo verlo. A izquierda y derecha del camión han surgido dos Maschief. Al igual que al mediodía, van subidos dos tripulantes en cada uno.
—¿Cómo puedes saberlo? —preguntó Sakoda sorprendido, pasando a tutearlo. Yo no veo nada.
—No te preocupes, Jake. Tú no sueltes el volante.
—Toma, voy a abrir mi ventana. Cuando los Maschief aceleren, grita si es el de la izquierda o el de la derecha. Y si todavía te sobra tiempo, cuéntame también sobre lo que veas delante de nosotros.
—Entendido.
El Ford iba bajando de velocidad.
—¡Jake, mantén la velocidad!
—Imposible. El pavimento se encuentra en muy mal estado…
Un grito de Toma le interrumpió.
—¡Tenemos un bache delante! ¡Agarraos!
En el instante en que Rachel se agarró con fuerza al cinturón de seguridad, el Ford disminuyó bruscamente de velocidad hasta la que tendría una persona al correr y con eso consiguió cruzar lentamente el bache. Toma volvió a gritar.
—¡Se acercan los Maschief! Por la izquierda y la derecha al mismo tiempo.
—¡Jake! ¡Acelera como sea!
—De acuerdo. Ford, nivel 2 de conducción automática. Mantente dentro del mismo carril.
Rachel silbó y Sakoda pisó el acelerador. En el nivel 2, el sistema se limitaba a prestar una serie de apoyos al conductor, pero básicamente toda la responsabilidad recaía en manos humanas. Rachel abrió su ventanilla.
—Los Maschief nos alcanzarán en tres segundos. Tres, dos…
Rachel comprobó el panorama en el lado exterior de la ventana.
La sombra bañada por una radiación calorífica se acercaba.
La joven desbloqueó el seguro del FAR-15 con el pulgar y, tras abrir la puerta de una patada, disparó una ráfaga hacia el lugar donde debía de sentarse el conductor del Maschief.
Las máquinas quedaron iluminadas por el resplandor procedente de la boca del arma de Rachel y gracias a eso, durante un segundo, pudieron verse unas figuras humanas cayendo.
—Los de la derecha, eliminados. Ahora se acerca el Maschief de la izquierda.
—¡Baja la cabeza!
Casi al mismo tiempo que Rachel empujaba hacia abajo con su mano la cabeza de Sakoda, el interior del vehículo se iluminó con los fogonazos de unos disparos que hicieron añicos la ventanilla contigua al conductor.
Rachel, que también se había agachado, se incorporó en el instante en que cesó la ráfaga y disparó contra las figuras que se veían al otro lado del hueco de la ventana.
—El tirador de la izquierda también ha caído. El Maschief va quedando atrás.
—¿Has acabado con ellos? —preguntó Sakoda.
—Voy a desabrochar el cinturón de seguridad. ¿Y ahora?
Tras avisar a Sakoda, Rachel se enrolló el cinturón de seguridad en torno al brazo derecho.
—Han salido otros dos Maschief por cada lado. Corren paralelos los unos a los otros.
—Entendido —contestó Rachel encajando la culata del FAR-15 bajo su axila izquierda para, acto seguido, asomar el cuerpo fuera del coche.
Sakoda, intuyendo lo que pretendía hacer, gritó con nerviosismo.
—¡Eh! ¡No hagas eso!
Rachel, sin hacer caso, apretó el gatillo apuntando hacia la masa que interceptaba la luz de los focos.
La primera ráfaga erró el blanco, pero gracias a la luz que proporcionaron los fogonazos, los Maschief se distinguieron con mayor claridad y con eso la siguiente andanada alcanzó mayor precisión.
Rachel vislumbró unas figuras humanas cayendo. Toma se lo confirmó al momento.
—Los conductores de los Maschief de la derecha han sido abatidos. Los tiradores han caído a tierra.
—¿Y los de la izquierda?
—Retroceden.
Rachel advirtió que el bamboleo del coche disminuía.
—¡Jake, hay que huir! Enciende las luces.
Rachel volvió a su asiento y cerró la puerta.
Un instante después, el Ford, con los faros delanteros ya encendidos, aceleró de golpe, saliendo disparado.
En el interior del vehículo, iluminado por las luces LED del salpicadero, Rachel puso el seguro del FAR-15 y, tras quitar el cargador, alargó el arma hacia Toma.
Toma recogió el fusil y sacó la cabeza por una de las ventanillas laterales, que había abierto antes en algún momento. Miró hacia atrás.
—El camión se ha parado y están recogiendo a los caídos.
Rachel comprobó por el espejo retrovisor la escena que miraba Toma. Ya era noche cerrada.
—Oye, Rachel, una pregunta…
—¿Qué?
—¿Apenas puedes ver en la oscuridad? —inquirió Toma sin dejar de mirar hacia atrás.
—Solo puedo ver las cosas muy difusamente. Pero entre mis compañeros no escaseaban los que podían ver la luz infrarroja.
—Un momento —interrumpió Sakoda—. Con lo de «compañeros», ¿te refieres a los del destacamento de Jones?
Rachel negó con la cabeza.
—También entre los demás. Los miembros de los destacamentos ORGAN de Goodfellows podían sentir todos la luz infrarroja. Aunque no todos en el mismo grado.
Toma señaló hacia atrás.
—Yo puedo distinguir con claridad el camión, los Maschief y los cuerpos caídos en el suelo.
—Impresionante —contestó Rachel—. Yo a lo más que llego es a distinguir la fuente de luz de los focos.
—Lo normal es no verlo —terció Sakoda con voz seca.
—Sí, perdón —se excusó Rachel con la sensación de haber masticado algo amargo.
Tendía a olvidarlo, pero no era normal poder ver la luz infrarroja. Rachel apartó la vista de la luminosidad del foco de rayos infrarrojos que iba quedando atrás y volvió a mirar hacia la oscuridad en la que se iba adentrando el Ford.
—Jasper y Rose solo podían percibirla en un grado similar al mío. Ahora que lo pienso…, Yulia o Haoran Li podían verla mejor, así que quizá se capte mejor cuanto más joven eres.
Toma puso una mano en el respaldo del asiento del copiloto.
—Te refieres al capitán Jones y la alférez Said, ¿verdad? Entonces, como pensaba, las personas de mayor veteranía no pueden verla con tanta claridad. En nuestra empresa sucede lo mismo. Cuanto más jóvenes, mejor podemos ver.
—¿Cómo dices? —prorrumpió Sakoda—. ¿Qué significa eso? ¿Quieres decir que también en COVFE podéis ver la luz infrarroja, sobre todo los empleados más jóvenes?
Toma asintió.
—Sí. Cuando probamos la cámara 3D que usamos en las reuniones telemáticas mediante queuechouvue , los empleados jóvenes podíamos ver con nitidez el retículo resultante. Pero la directora simplemente dijo que la deslumbraba.
—¿Pero qué es todo esto? —exclamó Sakoda frotándose la cabeza con una mano—. Que si rayos infrarrojos, que si nervios tan insensibles que no necesitan tranquilizantes y luego eso del color de la piel diferente del de los padres…
—¿El color de la piel? —preguntó Toma—. ¿Queréis decir que, entre vosotros, el caso del capitán no era el único?
Rachel se giró hacia los asientos traseros.
Se enredó un dedo en los rizos del pelo ausentes en sus padres e hizo un teatral guiño en el que resaltaba el doble párpado al estilo occidental de sus ojos.
El interior del vehículo permanecía oscuro, pero Toma no debía de encontrar ninguna dificultad en distinguir con nitidez aquellos movimientos.
—Efectivamente. Yo soy una estadounidense de origen chino.
Toma se revolvió inquieto en su asiento. Sakoda suspiró y, sin dirigirse a nadie en particular, dijo:
—Vamos a descansar en alguna parte. Tengo muchas preguntas.