Man-kind 9 #3
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—Ten en cuenta que, en caso de resultar herido, debe poder verla el personal médico del lugar del combate. Contiene información sobre el tipo sanguíneo o alergias y, lo más importante, sobre el seguro médico. Con eso se puede decidir hasta qué punto aplicar tratamientos que prolonguen su vida.

—Ah, entiendo.

Toma fue recorriendo con la vista aquellas filas de caracteres y extrajo un grupo de datos que brillaban con color naranja.

—He encontrado la fecha de nacimiento, el tipo sanguíneo, las alergias, el historial médico y el seguro. También un número de teléfono. ¿Probamos a llamar?

No recibió respuesta. Toma se volvió y clavó la vista en el número de teléfono suspendido en el espacio entre los dedos pulgar e índice de Rachel.

—Sí, ese número es. ¿Cuándo lo has copiado?

—Este es el número de teléfono de mi compañía de seguros.

—¿Qué? —se sorprendió Toma.

A espaldas del perplejo Toma, sonó la voz de Sakoda.

—Es decir, que estos tipos también pertenecen a Goodfellows, ¿no?

Una vez vomitado, debía de volver a sentirse bien, porque sus ojos habían recuperado el brillo. A su lado venía Michelle, que lo miraba todavía con semblante preocupado. Maurice, que había ido a comprobar los otros tres cadáveres, regresaba también detrás de la pareja.

—Eso mismo —contestó Rachel alzando la vista hacia el cielo de levante.

Sakoda la imitó. Toma, a su vez, siguió la vista de ambos y descubrió que en el espacio entre las copas de unos árboles relucía un objeto artificial color blanco.

Maurice y Michelle también miraron hacia allí, pero al parecer no vieron nada, porque escrutaron preocupados los rostros de los otros tres.

—¿Sucedió algo en la Aguja? —preguntó Toma.

Maurice escupió en el suelo.

—La residencia de ancianos de los racistas.

Rachel se rio y luego procedió a explicar a Toma.

—Jack y yo fuimos ayer y su servicio de vigilancia pertenece también a Goodfellows.

—En otras palabras, que os están persiguiendo… —dijo Maurice mirando a Sakoda y a Rachel con expresión alarmada.

—Eso creo —asintió Sakoda como si se disculpara.

—Yo estaba convencido de que era gente que buscaba robarnos nuestra indemnización —contestó Maurice mirando hacia la casa—. Bueno, esa es la explicación que podemos dar.

Maurice sacó un teléfono móvil con la mano que le dejaba libre el rifle y, tras llamar a un número de emergencias, se llevó el aparato al oído.

—Ha habido un tiroteo. Mi nombre es Maurice Jones.

¿Conoce el sendero Simmons? Sí, eso es, el camino que sale de la carretera 54, junto a la iglesia de Grand Dad.

Mi casa es la que se ve en quinto lugar.

Acabo de sufrir un ataque por parte de guardias de seguridad desmandados.

Aunque he conseguido repelerlos. ¿Que por qué me han atacado?

La verdad es que tenemos en casa una gran cantidad de dinero.

Es muy largo de explicar ahora, pero se trata de un importe que un amigo de mi hijo nos acaba de traer esta mañana desde un banco de Memphis.

Un poco más de diez millones de dólares, calculo, y al parecer esta gente venía tras el dinero.

—Señor Jones… —comenzó Sakoda.

Maurice señaló con el índice el Ford del periodista y, mientras seguía hablando por teléfono, movió la mano como diciendo «Marchaos, deprisa».

—Venían con fusiles automáticos, así que no me quedó más remedio que dispararles con mi Winchester. ¿Que quiénes son? Eso averígüenlo ustedes. Iban vestidos de negro. Dejé los cuerpos tal cual cayeron.

Maurice miró unos segundos la pantalla del teléfono y después pulsó el botón de colgar. Su mirada fue pasando de Sakoda a Rachel y luego a Toma.

—Por lo visto vendrán aquí a toda prisa. Vamos, marchaos antes de que os veáis en problemas.

—¿Está seguro?

—Sí, no importa. Hay que darles una lección a esos tipos de la Aguja, que se creen que pueden hacer lo que quieran.

—De acuerdo —contestó Sakoda con una reverencia.

Maurice le dio unos golpecitos en el hombro y luego extendió la mano hacia Toma para estrechársela.

—Ahora que caigo, no nos hemos presentado. Mi nombre es Maurice Jones.

Toma devolvió el apretón a la manaza del hombre.

—Muchas gracias. Yo soy Toma Knut.

—Knut… ¿De origen escandinavo?

Toma se agarró un mechón de sus negros cabellos.

—Tengo el aspecto que ve, pero mis padres naturales son dos noruegos pelirrojos como vikingos.

—Vaya, qué coincidencia.

Maurice mostró a Toma la pantalla de su teléfono móvil. En la imagen del protector, un joven con ojos color azul cielo y cabellos rubios desplegaba una radiante sonrisa.

—¿Es usted el padre del capitán Jones?

—El mismo que viste y calza. Y esta es su madre.

Maurice pasó su fornido brazo por los hombros de Michelle y la atrajo hacia sí.

—¿Verdad que son idénticos?

Toma asintió. Sucedía lo mismo con él, así como con An Ho y Marsha. Si se obviaban detalles tan vistosos como el color de la piel o del pelo y se examinaban con atención las facciones, en la forma de las orejas o de la nariz se podía rastrear la presencia de una relación sanguínea.

—¿Usted también, Toma? —inquirió Sakoda.

—¿Pasa algo conmigo?

—No, es que Rachel también…

—Un momento —terció Rachel interrumpiendo a Sakoda.

Rachel entrecerró los ojos y escrutó la arboleda. Era la dirección en que se habían marchado los dos Maschief.

—Viene alguien y no es la policía.

Toma clavó la vista en la arboleda que miraba Rachel.

Algo detrás de aquellos árboles producía una sensación extraña.

Probó a hacer una ampliación con su visualizador por capas y se dio cuenta de qué era lo que había llamado la atención de Rachel.

Un espejismo cruzaba por detrás de la fila de árboles.

—Son los refuerzos —apuntó Rachel—. Y son muchos. Separémonos en dos grupos. ¿Nos dejas usar tu Tesla? ¿Cuánta batería tiene?

—Por supuesto. Puede recorrer todavía unos trescientos kilómetros.

Rachel se volvió hacia los esposos Jones.

—Huyan en el Tesla. Parece que esa gente todavía no se ha dado por vencida.

—¿Qué… qué sucede? —preguntó Maurice entrecerrando los ojos para mirar hacia la arboleda.

Movió el rifle con intención de apuntar hacia allí, pero Rachel detuvo su brazo y le quitó el arma.

—Seguramente no podrán verlo, pero vienen compañeros de esos tipos. Creo que somos nosotros quienes les interesamos. Pero, por si acaso, quiero que se marchen ustedes también.

—De acuerdo. Pero a ese rifle ya no le quedan balas.

—No importa. Toma, ¿a dónde podemos hacer que huyan?

Toma desplegó un mapa con su visualizador por capas.

—Si van hacia el norte por la senda que sale de la granja de detrás, en cosa de una hora entrarían en el estado de Kentucky. En la ciudad más próxima, Fulton, habrá muchos ojos mirando. Voy a sacar mis cosas del coche.

Toma corrió hacia el Tesla y, tirando de la bolsa de lona para viajes que tenía en el asiento trasero, la sacó y la dejó caer en el suelo.

—¡Jake, sube a los dos en el Tesla! —gritó Rachel.

—¿Qué? Sí, voy.

Sakoda acompañó al matrimonio tal y como le decían, empujando suavemente a Maurice con una mano en el hombro y agarrando una mano de Michelle con la otra. Toma, todavía con la puerta abierta, miró hacia Rachel pidiendo confirmación.

—¿Los dos en el asiento de atrás?

—Por supuesto —contestó ella.

Una vez Maurice estuvo acomodado dentro, Rachel les pidió que se abrocharan los cinturones. En el lado contrario del vehículo, Sakoda ayudaba a subir a Michelle.

—Jake, tráeles el dinero. Con un maletín tendrán suficiente.

Sakoda miró a derecha e izquierda y corrió hacia la casa, volviendo con un maletín que parecía pesarle bastante.

—No aflojen los cinturones de seguridad. Si el coche emite una alarma, bajen las cabezas. Dejen en todo momento la conducción cien por cien automática y no se les ocurra intentar manejar el volante.

—Entendido. Bien, entonces…

Rachel interrumpió la despedida de Maurice embutiendo en el vehículo a toda prisa el maletín que le traía Sakoda y cerrando la puerta al instante.

—Toma, da las órdenes.

—Tesla, lleva a los dos hasta Fulton, en el estado de Kentucky.

El Tesla, que ya había detectado el peligro, dejó oír el zumbido del condensador y, arrancando bruscamente, se lanzó hacia la granja contigua a la casa de los Jones.

El espejismo que acechaba entre los árboles dio muestras de titubear, pero cuando Rachel apuntó hacia allí con el rifle de Maurice, se paró en seco y, acto seguido, comenzó a dirigirse hacia ellos.

—Jake, ¿qué haces ahí parado? —gritó Rachel tirando del brazo de Sakoda—. ¡Nosotros también tenemos que huir! ¡Vete detrás de Toma!

Toma acababa de recoger su bolsa del suelo y ya corría hacia el Ford. Se tambaleaba por el peso de la bolsa, y Rachel lo alcanzó enseguida.

—Con todo lo que está pasando, es de agradecer la sangre fría que demuestras.

Toma negó con la cabeza. Era el primer día que presenciaba cómo mataban a alguien ante sus propios ojos. Nunca pensó que, al igual que sucedía cuando veía filmaciones de escenas similares, su mente fuera capaz de aplicar un filtro de distanciamiento.

Rachel, que llegó la primera de todos al Ford, agarró la manilla de la puerta del copiloto y gritó:

—¡Jake! ¡Desbloquea la llave!