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Los dos estaban muertos. Mejor dicho, los habían matado.
Rachel, que miraba el exterior a través de los ojos de Toma, había disparado a la garganta de ambos a través de las cortinas.
Toma acababa de prestar su ayuda para un asesinato.
Había actuado como los ojos de quien arrebatara aquellas vidas.
Para empezar, aquellos dos sujetos habían acudido con un robot de uso militar Maschief, ocultándose mediante camuflaje óptico, y merodeaban en secreto por los alrededores de la casa con sus fusiles automáticos.
No sabía si Rachel había tenido intención de eliminarlos de otra forma, pero en esta ocasión no parecía existir dicha opción.
Mientras Toma seguía avanzando paralelo a la casa, llegaron a sus oídos nuevas instrucciones.
—Mira hacia el lado izquierdo de la casa.
Allí estaba la otra pareja. Cuando Toma miró en la dirección que le indicaron, el espejismo ya había advertido el contraataque y se movía con rapidez.
En el instante en que Toma abarcó la silueta dentro de su campo de visión, de nuevo ambos tripulantes fueron alcanzados en la garganta por certeros disparos, cayendo del espejismo como si los arrancasen.
Al igual que antes, tras algunas convulsiones, los dos hombres yacieron inmóviles.
Los dos Maschief se acercaron a los caídos guiándose por los sensores concentrados en torno a la nariz, como si olfatearan.
Aparentemente, los Maschief habían verificado la muerte de aquellos hombres porque achataron su estructura y, con una postura y una velocidad imposibles en caso de que llevasen tripulantes humanos, echaron a correr en dirección a Memphis.
Una vez que los Maschief se perdieron de vista, la señal de peligro que aparecía en el salpicadero se apagó.
Toma dio media vuelta con el Tesla para regresar hacia la casa de los Jones y una mujer con un rifle de aspecto antiguo abrió la puerta del recibidor y se quedó esperando.
—¿Eres Rachel?
—Así es. ¿Puedes ayudarme?
Rachel hizo un gesto a Toma con la mano para que se acercase y, usando el rifle, señaló a uno de los hombres caídos.
—Supongo que no será muy agradable, pero ¿te importaría tirar del brazo de este tipo y volverlo bocarriba? Tiene que estar muerto, pero si por un casual se mueve, antes de que te haga nada, lo mataré con toda seguridad; así que no te preocupes.
Toma se bajó del Tesla y, tal y como le decían, agarró el brazo del cadáver y lo colocó bocarriba.
Dado que llevaba todo el cuerpo recubierto de una coraza y un casco que le cubría incluso el rostro, al principio le resultó un poco difícil, pero una vez que consiguió determinar el centro de gravedad, el resto fue fácil.
—Se te da bien, ¿eh?
—Es que practico jujutsu …
—Ya veo. Los ingenieros de San Francisco tienen esas cosas.
Toma forzó una sonrisa ante la suave ironía. Para un combatiente profesional, el que un ingeniero de la costa oeste estuviera familiarizado con técnicas de jujutsu debía de parecerle como jugar a las cocinitas.
—¿Y el señor Sakoda?
—¿Jake? Pues andaba consolando a los padres de Jasper…
Rachel miró hacia atrás y entonces Sakoda se acercó a la puerta con una acusada palidez en sus facciones.
—¿Qué es todo esto?
—Estos son los tipos que venían a atacarnos —contestó Rachel como restándole importancia—. Iban montados en unos Maschief y provistos con fusiles automáticos de combate con doble cargador, los FAR-15.
Sakoda clavó la mirada en Rachel.
—¿Y entonces?
—Los apunté con la cámara de Toma y los abatí —explicó Rachel alzando el rifle que llevaba en la mano—. En esta arma solo había cinco balas y no hay por qué ser blandos con un contrincante que usa armamento ilegal; así que disparé con intención de matarlos.
Cuando terminó de hablar, Rachel se dirigió al cadáver que Toma había puesto bocarriba y se arrodilló junto a él. Rachel le extrajo un cargador corto del bolsillo grande de la pechera y, tras comprobar su munición, soltó un silbido.
—Pero ¿qué tenemos aquí? ¿Pues no son balas guiadas?
—¿Qué sucede? —preguntó Toma.
—Pues que son las balas que utilizamos los destacamentos ORGAN, pero no están formateadas. En un establecimiento corriente no pueden adquirirse, por lo que quizá se las haya dado algún miembro de los ORGAN. ¿Las llevaría a modo de amuleto?
Rachel se metió el cargador en el bolsillo lateral de su pantalón de faena y registró el resto de los bolsillos del hombre de negro.
Toma agarró del brazo a Sakoda, al constatar con preocupación que el periodista, impactado por la despreocupación con que se comportaba Rachel, se tambaleaba al tiempo que abría y cerraba la boca.
—¿Se encuentra bien?
Sakoda escrutó unos instantes el rostro de Toma antes de contestar.
—Usted es Toma, ¿verdad? ¿Está acostumbrado a estas cosas?
—No, es la primera vez que veo morir a alguien. Pero…
—Perdón —cortó Sakoda apartando el brazo del joven—. ¡Rachel! ¿Qué estás haciendo?
Rachel, de rodillas junto al cadáver, se había enfundado en las manos sendos guantes de plástico y ahora empuñaba un cuchillo de uso múltiple color negro.
—¿Que qué hago? —contestó Rachel sin girarse—. Este FAR-15 es un modelo para uso de empresas militares privadas. Pero estos tipos no llevan el emblema de ninguna de ellas. Por eso, voy a leer uno de sus implantes.
Rachel agarró un brazo del cadáver y acto seguido hundió el cuchillo en su muñeca, comenzando a cortar. La hoja avanzó un poco y enseguida salió una capsulita envuelta en silicona, que Rachel hizo caer en la palma de su mano.
—No seas loca, déjalo… —comenzó a decir Sakoda.
Entonces, cayó de rodillas y vació todo el contenido de su estómago en el porche de la entrada. Al momento se expandió un olor donde se mezclaba la acidez de los jugos gástricos con el pavo asado.
—Jake, lo mismo te digo —dijo Rachel con voz áspera—. ¿Pero qué haces? Si quieres vomitar, adelante, pero por lo menos hazlo en el lado trasero de la casa.
Sakoda, que se estaba tapando la boca con la mano, quería protestar, pero tuvo que conformarse con lanzar una mirada de furia hacia Rachel. Ella, en cambio, le señaló al matrimonio, que acababa de salir para ver qué sucedía en el exterior.
—¿No te das cuenta? Estás causando una molestia a Maurice y Michelle.
El dispositivo de seguridad de la terraza habrá dado la alarma, por lo que dentro de una hora estará aquí el sheriff .
Hay que pensar qué explicación se puede dar a esto, así que no aumentes el trabajo con cosas innecesarias.
Si quieres seguir vomitando, vete a la parte de atrás.
Sakoda murmuró un «Entendido» y, tras ponerse en pie, se fue tambaleante hacia el lado posterior de la casa. Michelle se fue con una toalla detrás de él.
El esposo, después de mirar cómo su mujer se alejaba, frunció el ceño al ver la trágica escena que ofrecía su jardín.
—Esto va a traer problemas. Rachel, devuélveme el rifle, por favor.
Maurice recogió el rifle de manos de Rachel y, tras comprobar que quedaba todavía una bala en su interior, pisó el codo del cadáver que examinaba ella y voló de un disparo la muñeca.
—He hecho desaparecer el corte.
—Muchas gracias —agradeció Rachel, alargando después hacia Toma el guante de plástico con el implante.
—¿Puedes leerlo?
Toma abrió con precaución el guante que ahora estaba vuelto del revés y examinó el implante.
Era un producto estándar, destinado a servir de ayuda para activar mediante gestos determinadas funciones del visualizador por capas.
En la mayoría de las personas, incluía también el registro del número de identificación médico con detalles como el tipo sanguíneo y el contacto de emergencia.
Como además Rachel puso a disposición de Toma su conector de fibra de la BAN (red de área corporal), pudo conectarse con el implante extraído.
—No hubiera hecho falta sacarlo del cuerpo —opinó Toma.
—Nada de eso —se opuso Rachel tocando con la punta de una uña el vientre del cadáver—. El módulo de comunicación de este tipo todavía se halla activo. Si conectásemos con él a través de la BAN, tu información también sería compartida, ¿no?
—Ah, pues es verdad —admitió Toma comprendiendo que los soldados sabían mucho de esas cosas—. Bueno, voy a probar. Aunque me gustaría desinfectarlo…
—Yo me encargaré —terció Maurice interrumpiendo a Toma y arrebatándole el implante.
Acto seguido, lo roció con el espray de alcohol que había junto al recibidor y quitó la sangre y la fibra muscular que tenía alrededor.
—¿Te parece bien así?
Toma cogió el chip que le mostraban.
—Sí, está bien.
Tras humedecer con saliva su propia muñeca, en la zona donde él también llevaba un implante, Toma colocó allí el conector de la BAN que acababan de darle.
Cualquiera podía establecer una comunicación a través de la piel, pero para activar un chip «muerto» de manera que se comunicase a través de la piel, hacía falta cierta maña.
Al parecer, también influía la compatibilidad corporal de cada cual con la BAN.
Después de respirar hondo, en un ángulo del campo de visión de Toma comenzó a parpadear la señal indicadora de que un nuevo chip se había conectado a la BAN que él tenía.
—He podido leerlo. Lo comparto a través del visualizador por capas. Voz. Activo comando. «tail ¯n l /var/log/ban.log ¥ scratchpad-out».
Apenas había terminado de hablar cuando apareció ante sus ojos una fila de caracteres de unos tres metros de larga.
«19th Jul 245144915localbody connect (){“Id”:”46FJM-TJEMGWDL-4L9U5”,”device_id”:”99XTK-T44PU5RS-MWBF4”,”vendor_id”:024……}».
—Eh, pero qué largo… —exclamó Rachel.
Si se distribuía de manera que resultase fácil de leer, debía de ocupar unas tres hojas de papel tamaño legal, pero el único que iba a leer el código resultante sería Toma. No había necesidad de tomarse mayores molestias.
—¿Cuál es la parte que quieres leer?
Rachel contestó sin la menor duda.
—La información médica. Los guardias armados siempre llevan en su identificación el contacto de su empresa.
—¿No se guarda en secreto o cifrada?