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«Nos acercamos al punto de destino. Voy a sacar el volante. Cuidado, por favor».

Toma puso las manos en el frío volante y miró a su alrededor.

—¿Qué sitio será este? —se preguntó en voz alta.

Estaba seguro de que no había pasado mucho tiempo desde que dejara atrás las urbanizaciones del extrarradio de Memphis, pero aparte de plantaciones de algodón separadas por setos y postes de electricidad, no se veía nada más.

La única impresión de tránsito humano que Toma percibía era el rastro que las ruedas de algún otro vehículo habían dejado sobre el polvo procedente de los campos que cubría la carretera.

Según el panel de navegación que sobresalía junto al asiento del conductor, el punto de destino se hallaba al doblar la siguiente curva, un poco más allá de una arboleda, pero nada permitía intuir la presencia de una vivienda.

«Sí, ahora sí».

—Esa debe de ser.

No necesitó recurrir a la flecha roja del visualizador por capas que indicaba el punto de destino.

Al doblar la suave curva, apareció ante sus ojos una casa de color azul claro: la vivienda de los Jones que visitaba Sakoda.

Sobre el tejado de pizarra en suave pendiente se veían cuatro turbinas eólicas de forma cilíndrica con unas hélices dispuestas según el tornillo de Arquímedes.

La puerta del garaje del jardín estaba abierta y dentro había una camioneta de caja abierta y un tractor.

En el lado de la casa que daba a la carretera, la entrada estaba flanqueada simplemente por dos postes de madera y un poco más allá se veía aparcado el Ford SUV que Sakoda le describió.

Toma pensó en parar a su lado y, reduciendo la velocidad de su Tesla XX poco a poco, aparcó.

Al oír el sonido de aviso inminente, por un instante Toma pensó que quizá se había equivocado en la introducción de las coordenadas del punto de destino.

Todavía tenía las manos en el volante cuando comenzó el aviso.

«Se ha detectado en la zona delantera una amenaza de nivel 4. Repito. Detectada una amenaza de nivel 4. Recomendamos que dé media vuelta inmediatamente y contacte con el organismo de aplicación de la ley del territorio».

En el cristal delantero parpadeaba la señal triangular de peligro. El icono dentro del triángulo que indicaba la clase de amenaza era un fusil automático.

—¿Pero qué pasa aquí?

El agente de conducción contestó la pregunta de Toma.

«Individuos con fusiles automáticos montados en dos robots militares de vigilancia se mueven en torno al punto de destino. Los fusiles automáticos que portan estos individuos llevan cargadores con gran cantidad de munición, cuya venta y posesión se hallan prohibidas por la ley federal».

Una flecha blanca apareció en la dirección hacia la que miraba Toma y se movió hacia el bosque que quedaba a mano izquierda.

Indicaba que se pusiera atención en aquella zona, pero no se veía nada.

O, mejor dicho, sí. Fijándose bien, una parte del bosque parecía oscilar y los contornos de las copas de los árboles tal vez desentonaban un poco con el fondo.

Una porción igualmente borrosa se movía en torno a la parte trasera de la casa.

Un escalofrío recorrió la médula espinal de Toma. Camuflaje óptico.

Lo había visto una vez en San Francisco.

La ocasión fue su uso por parte de un equipo de SWAT al que se recurrió para detener a unos criminales armados que se habían atrincherado en un edificio de oficinas.

El equipo de SWAT, por el lado que quedaba oculto a la vista de los criminales, mostraba sus flamantes uniformes azules mientras advertía a la población para que se alejara.

Ahora que Toma asistía al uso principal de aquel camuflaje, se sorprendió de hasta qué punto invisibilizaba.

Las dos figuras de contornos borrosos se estaban acercando muy despacio a la casa de los Jones.

Distinguía de manera muy difusa su silueta, pero parecían unos soldados sentados a horcajadas en dos transportadores tetrápodos Maschief como los que usaban los destacamentos ORGAN.

Al forzar la vista para fijarse en ellos, se oyó cómo el sistema anunciaba «Procedemos a dibujar los contornos de los robots y los individuos» y acto seguido aparecieron dibujados los Maschief con sus tripulantes.

Estos iban sentados en asientos dobles, de manera que el delantero estaba ocupado por quien manejaba la máquina y el trasero por el tirador que portaba el fusil automático.

A juzgar por los contornos, los de detrás no estaban por completo sentados, sino ligeramente incorporados.

Las dos siluetas prosiguieron su avance hacia la casa. No daban señal de haber advertido la presencia del Tesla XX de Toma, que había estacionado justo donde terminaba la curva.

Mientras pensaba qué debería hacer, vio cómo en el cristal delantero se desplegaban los botones de contactos de emergencia.

«Sr. Toma Knut, le recomendamos que realice un aviso de emergencia. Las atribuciones policiales del lugar donde se encuentra pertenecen a la oficina del sheriffdel condado de Gibson. Aparte, puede también contactar con la policía de Trenton o con la oficina del sheriffde Memphis».

Toma miró boquiabierto los mapas de localización que su agente le mostraba junto a cada botón.

La oficina del sheriff del condado de Gibson quedaba a unos cien kilómetros.

Lo que tenía más cerca era la policía de Trenton, a una media hora de coche.

Contactase con la policía que contactase, para cuando llegasen los primeros efectivos, el ataque ya habría terminado.

Siendo así, lo primero que debería hacer era avisar a Sakoda, que seguía en casa de los Jones. Puesto que tenía a su lado a La-jie Chen, superviviente del destacamento de Jones; si les daba a conocer el inminente asalto, puede que ella supiera cómo hacerles frente.

Al sheriff se le podría avisar en segundo lugar.

Toma buscó el canal que usaba para comunicarse con Sakoda, pero no había suficiente ancho de banda libre en el sistema alojado en la estratosfera para usar con ese objeto el visualizador por capas queuechouvue .

Probablemente, los atacantes estaban subiendo al sistema una salvaje cantidad de datos que lo estaba saturando.

Era un modo muy sencillo de obstaculizar el sistema, pero tremendamente efectivo.

Siendo así, solo quedaba la comunicación hablada o el envío de un texto. Toma optó por el texto.

«Señor Sakoda, situación de emergencia».

Enseguida apareció la marca de haber sido leído y se oyó el sonido característico de una llamada de comunicación hablada. Mediante el visualizador por capas, Toma obtuvo una ampliación de los alrededores de la casa de los Jones.

—Habla Sakoda, ¿dónde se encuentra usted?

—En un lugar donde puedo ver la casa de los Jones.

—Pues entonces… —comenzó Sakoda deteniéndose enseguida al ser interrumpido por Toma.

—Señor Sakoda, en el exterior de esa casa hay unos robots de vigilancia pululando. Sus tripulantes llevan fusiles automáticos con cargadores para gran cantidad de munición. Parece que tienen intención de asaltar la casa.

—¿Cómo dice?

La figura humana que se distinguía tras la ventana en la imagen ampliada desapareció. Seguramente se había agachado. A continuación, se corrieron las cortinas de las dos ventanas que daban al exterior, con lo que dejó de verse el interior de la casa.

—Déjame hablar a mí —dijo la voz de una mujer joven. Debía de ser La-jie Chen, la superviviente de la masacre.

—Mi nombre es Rachel. ¿Puedo llamarte Toma? ¿Estás en un lugar seguro?

—Sí. En el momento en que apunten sus armas hacia aquí, mi Tesla saldrá huyendo por su cuenta.

—¿Un Tesla? ¿Qué modelo es?

—El XX.

Se oyó un silbido de admiración.

—Toma, ¿puedes crear con el visualizador por capas del Tesla un espacio de trabajo que admita invitados y, mirando hacia aquí, cruzar el camino que pasa por delante de la casa?

Toma comprendió las intenciones de Rachel. Puesto que habían corrido las cortinas, deseaban otra forma de poder contemplar el exterior.

—De acuerdo. Lo haré de manera que se pueda acceder sin contraseña. En cuanto veáis el Tesla, acceded. Yo no puedo ver bien los Maschief. ¿No importa?

—No hay problema. Circula a sesenta kilómetros por hora, por favor.

—¿Y qué tal si avisamos a la policía? Parece que esta zona es competencia de la oficina del sheriff .

—Creo que podemos hacerlo después —contestó Sakoda—. Seguramente esto acabará enseguida.

—Entendido. He bajado al nivel 3 la modalidad de conducción automática del Tesla.

Toma agarró el volante y, pisando el acelerador, arrancó el Tesla.

Los espejismos que se movían lentamente rodeando la casa se detuvieron para fundirse por completo con el paisaje.

Seguramente habían fijado el camuflaje óptico de manera que el ángulo en que resultaba más efectivo fuera el enfocado al camino que recorría el Tesla de Toma.

De no ser por los contornos que captaba el sensor del Tesla, Toma ni sabría que allí había algo.

Cuando el vehículo comenzaba a pasar junto a la casa, se oyó la voz de Rachel llegando a través del visualizador por capas.

—Gracias.

Al tiempo que sonaba la voz, las ventanas de la casa de los Jones acusaron un temblor.

El camuflaje óptico del Maschief situado en el lado frontal de la casa tembló también.

Como si los hubieran agarrado del cuello y tirado de ellos hacia atrás, aparecieron dos hombres ataviados con trajes de combate negros.

El encargado de manejar el transportador rodó a un costado de la máquina y el tirador cayó al suelo boca abajo mientras su fusil automático disparaba una ráfaga hacia el cielo.

Ambos mostraban un hilo de sangre corriendo por el cuello.