8 #4
—Jaz nació de mi propio vientre y mi esfuerzo me costó.
«No es posible». Sakoda consiguió a duras penas tragarse la frase en el último momento.
Utilizando el visualizador por capas, amplió la fotografía del recién nacido y la examinó con detalle.
Antes no se había fijado, pero se veía una sonda de goteo medicinal cruzando por detrás de la espalda de Michelle.
Debía de ser para anestesia epidural, de las que se usan en el parto sin dolor. Michelle había pasado por un embarazo.
Maurice sonreía, pero no le debió de resultar agradable pensar en las razones por las que una mujer negra, casada con un hombre también negro, daba a luz a un bebé típicamente blanco, rubio y de ojos azules.
Infidelidad o violación. Y si no era eso, les habían entregado un bebé equivocado.
A Sakoda no le quedó más remedio que esbozar una sonrisa ambigua.
—Mira cómo se sorprende Jake —continuó Maurice—. Es por completo hijo nuestro. Ya pasábamos de los cincuenta años de edad, pero deseábamos como fuera darle un hermanito o hermanita a Nason.
Sakoda señaló una fotografía un poco más a su izquierda.
—Este chico de aquí, ¿verdad?
—Sí, está tan delgado que por eso parece mayor, pero solo se llevaba ocho años con Jaz. Él mismo ya era un niño nacido bastante tarde. Y murió por mi culpa. Cuando estaba embarazada de Nason, Michelle contrajo el sarampión y se lo contagió a él.
Michelle negó con la cabeza y puso una mano sobre la que su esposo tenía en la mesa, que ahora temblaba visiblemente.
—No te eches la culpa tú solo —le consoló apretándole la mano—. También fue culpa mía por no haberme vacunado.
—Lo lamento mucho —dijo Sakoda de todo corazón.
Buscó otras fotos de Nason en la pared. Para cuando Jasper se ponía en pie y daba sus primeros pasos, la enfermedad ya parecía mostrar sus efectos en el cuerpo de Nason y de ahí su repentina delgadez. Solo había cuatro fotografías que incluyesen tanto a los padres como a los dos hijos.
En los Territorios Libres, de forma paralela a la lucha por el derecho a la posesión de armas de fuego, se extendió un movimiento contra las vacunaciones, por lo que enfermedades contagiosas, que se habían mantenido a raya durante un siglo, volvieron a expandirse.
Entre ellas, las que dejaron una mayor huella en los niños nacidos en los Territorios Libres fueron la polio y el sarampión.
Si una mujer contrae el sarampión estando embarazada, el niño que nace presenta daños incurables en los ojos, los oídos y el corazón.
Así que Nason había sido una de aquellas víctimas.
—¿Tenía Jasper algún recuerdo de su hermano mayor?
—Por supuesto que sí. Porque Nason lo trató con mucho cariño. Decía que su hermanito parecía un muñeco.
—Sin duda se sorprendería al ver que le llegaba un hermanito de pelo rubio…
Maurice abrió los brazos con una expresión cómica.
—Fue una sorpresa para todos, claro. Pero no cabía duda de que Jaz era hijo nuestro.
Sakoda asintió con gesto amable para no herir los sentimientos de ambos. Pero, cuando escuchó lo siguiente que dijo Maurice, los ojos se le abrieron como platos.
—Lo concebimos mediante fecundación in vitro .
—¿Eh? ¿De verdad?
—Efectivamente. Y antes del parto encargábamos con todo cuidado exámenes periódicos. Porque además estaba el precedente de lo que pasó con Nason. No era nuestra intención hacer también una comprobación de paternidad, pero la incluyeron con las demás pruebas sin haberla pedido.
No existía posibilidad de error en cuanto al feto. Por tanto, la única posibilidad restante es que les hubieran entregado el bebé equivocado. Pero esa idea que rondó por la cabeza de Sakoda de nuevo se vio traicionada.
—Menuda cara de susto pusiste cuando asomó la cabeza… —Se rio Michelle.
—Verdad que sí. Creí que es que nacía muy pálido.
Y pensé que otra vez teníamos un hijo de constitución débil.
Sin embargo, mientras miraba las energías con que lloraba Jaz agarrándose a Michelle, me dije que qué más daba el color de la piel.
Y cuando comenzó el día a día de criarlo en casa, terminamos de comprenderlo.
Las únicas diferencias con nosotros que existían eran el color de la piel y el pelo o la forma de la nariz.
Sus párpados o sus orejas, por ejemplo, eran idénticos a los de Michelle.
—De carácter era igual que tú. Cuando se concentraba en algo, ni se enteraba de lo que pasaba a su alrededor.
Sakoda terminó de convencerse. Desde que la etnia negra fue traída al continente americano habían pasado ya tres siglos. Podían haberse dado muchas mezclas y, por tanto, el fenómeno entraba dentro de lo posible.
—¡Oh! —exclamó Michelle mirando por la ventana.
—¿Sucede algo? —preguntó Sakoda.
Michelle permaneció un par de segundos mirando el exterior y luego suspiró.
—Me pareció que había llegado tu amigo. Pero debían de ser imaginaciones mías.
—Ah, bueno —contestó Sakoda disponiéndose a seguir con la entrevista.
En ese momento, apareció en su visualizador por capas un mensaje escrito de Toma:
«Señor Sakoda, situación de emergencia».