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El periodista trabajó con la terminal del visualizador por capas y las cuatro Selfin se elevaron suavemente por el aire emitiendo un leve zumbido hasta que adoptaron una formación de pirámide en el centro de la estancia.
Poco a poco fue reinando el silencio. Incluso dejó de oírse el zumbido de los motores de las cámaras y el del pequeño generador eléctrico que se captaba antes.
Maurice, con expresión dubitativa, comenzó a hablar.
—Esto… ¡Uy!
Maurice se sorprendió del volumen y la nitidez con que se oía su propia voz, hasta el punto de que se tapó la boca con la mano mientras miraba a Sakoda.
—Disculpe. He puesto demasiado fuerte la eliminación del ruido de fondo. Mejor dejar que entre un poquito de ese ruido, ¿verdad?
Sakoda volvió a los mandos del visualizador por capas para modificar el ajuste y el suave sonido del viento que soplaba en el exterior volvió a la habitación.
—¿Se pueden eliminar los sonidos? Nunca lo hubiera imaginado.
Maurice miró cómo a su lado Michelle probaba a dar un golpecito con la cucharilla en la taza de té, que sonó muy amortiguado.
—Así que ya es posible hacer estas cosas —comentó ella—. Es increíble.
Mientras ambos intercambiaban comentarios de sorpresa, Sakoda se dio cuenta de que fruncía el ceño al mirar las lentes de los drones. Revelaba la desconfianza que sentía hacia el mundo de las filmaciones, omnipresentes en el país desde que terminó la II Guerra Civil.
El detonante de esta guerra, que dividió en dos a los Estados Unidos, fue la filmación realizada en un bar donde una mujer, que además era la primera candidata a la presidencia de los Estados Unidos perteneciente a una de las etnias aborígenes, estaba conversando con una amiga.
«Demostraré que se pueden eliminar de los Estados Unidos, de las manos de sus ciudadanos, las armas automáticas. De una forma segura y permanente».
La candidata negó enseguida tales declaraciones.
Los especialistas señalaron que el movimiento de los labios no coincidía con aquellas palabras y tanto la amiga que aparecía con ella como los dueños del bar donde se había filmado la escena negaron la veracidad del comentario en cuestión.
A los tres días de haber comenzado la difusión de dichas imágenes, un estudiante extranjero fue detenido tras confesar que había generado dichas imágenes mediante un programa de inteligencia artificial, y menos de una semana después se identificaron las instrucciones y los modelos que ese estudiante había utilizado para generar las imágenes, con lo que terminó de probarse que se trataba de una filmación falsa, generada mediante inteligencia artificial.
Sin embargo, casi nadie le dio importancia a la realidad.
Un candidato rival de su mismo partido criticó con dureza a la mujer por su «escasa prudencia», y también el presidente de la nación que ostentaba entonces el cargo repitió una y otra vez que «¿Cómo vamos a dejar el rumbo de nuestra gran América en manos de una mujer que dice cosas semejantes?
». Se extendieron por todas partes las manifestaciones abogando por la libertad de tener armas e incluso se dieron varios incidentes de personas que dispararon de manera indiscriminada contra grupos de gente.
Las voces que se alzaron irritadas ante el fraude y la voz de las armas, irónicamente, arrojaron el resultado de impulsar la restricción cuyo anuncio había nacido de una falsedad.
En primer lugar, se reinstauró la restricción sobre armas de cargador largo que había perdido su vigencia en el 2004 y se promulgaron leyes federales en el sentido de que, a la hora de comprar un arma de fuego, fuera necesaria una averiguación previa de la motivación.
Hubo numerosas voces en contra, pero, curiosamente, cada vez que se renovaban los parlamentarios, aumentaba el número de los favorables a la restricción de las armas de fuego.
Los jóvenes que iban adquiriendo derecho a voto recordaban con hastío los tiempos de la adolescencia en que sintieron su vida amenazada por la presencia de armas.
Así, dos años después, quien consiguió alzarse como presidente tras unas elecciones muy reñidas fue la candidata víctima de la difusión de aquellas falsas imágenes.
Todas y cada una de las pruebas demostraban que la filmación en el bar era un absoluto fraude, pero eso no fue asimilado por completo hasta que dieciocho estados de la Unión se «independizaron».
Pero cuando todo acabó, lo que perduró fue la desconfianza hacia las imágenes.
La composición de una imagen que usa un campo de luz tridimensional grabado mediante varias cámaras pequeñas transforma los personajes u objetos filmados en elementos susceptibles de modificación en el proceso de montaje.
Se puede eliminar el tabaco que fuma el hablante, cambiar su vestimenta o arreglar de otra manera la habitación en que se encuentra.
Y, por supuesto, alterar a gusto lo que está diciendo alguien es una de las opciones más básicas y habituales.
Pero, aun así, mientras se están mirando grabaciones en una pantalla física, se puede mantener una actitud distante.
No habrá nadie que muestre inquietud a la hora de enseñar unas imágenes o cuando esté deliberando con alguien sobre cómo montarlas.
Pero, cuando las lentes compuestas de un dron para filmaciones lo enfocan a uno, por fin se da cuenta de la realidad: el hecho de que las filmaciones se crean de un modo por completo diferente de lo que uno pensaba.
Y en el caso de Maurice y Michelle, que no habían sido agraciados con el uso del visualizador por capas, con mucha más razón.
Sakoda se agachó un poco para que sus ojos quedaran a la misma altura que los de Michelle.
—Las imágenes que voy a tomar ahora no se difundirán.
Si alguna vez uso su contenido para un artículo, lo haré pidiéndoles permiso previo para el material que se vaya a hacer público.
En ese momento, también pueden solicitar que se lleve a cabo alguna modificación en la imagen. Si es que así lo desearan.
Maurice puso su mano sobre la de Michelle, que jugueteaba inquieta con la cucharilla del té.
—Creo que podemos estar tranquilos —dijo Maurice mientras Rachel volvía de la cocina tras terminar de lavar la vajilla—. Al parecer, los periodistas de hoy en día no pueden inventarse por completo sus artículos. Además, lo que Jake quiere preguntar no es sobre nosotros. ¿Eh? ¿Qué te pasa?
Rachel, que ya entraba en la sala de estar, se había tapado los ojos con una mano a modo de visera y entrecerrado los párpados.
—¿Te ha entrado algo en los ojos? —preguntó Sakoda.
—No —contestó Rachel negando con la cabeza y dirigiendo la vista como deslumbrada hacia la cámara Selfin que rotaba lentamente bajo la parte central del techo—. El emisor de rayos infrarrojos está utilizando el flash . Me molesta mucho.
—¿Cómo dices? —preguntó Sakoda alzando la vista hacia el dron en un acto reflejo.
Ciertamente, la cámara Selfin estaba haciendo un escaneado tridimensional de la habitación emitiendo una luz infrarroja a intervalos irregulares.
El objetivo era mejorar la precisión de la información sobre la profundidad de campo que obtenían las otras tres cámaras.
Pero se supone que aquella luz era invisible al ojo humano.
—¿Prefieres que la apague?
—No, ya da igual. He activado el filtro de las lentes de contacto.
—Vaya, siento las molestias.
Sin duda, las lentes de contacto para el visualizador por capas que usaban los combatientes incluían la función de poder ver los rayos infrarrojos.
Sakoda se apresuró a comprobar si el incidente había afectado al estado de ánimo de Maurice y Michelle.
Ahora que por fin había conseguido disipar los temores del matrimonio hacia las filmaciones, le supondría no pocos esfuerzos dedicarse a dar explicaciones acerca del barrido con luz infrarroja.
Mientras Sakoda se hallaba todavía pensando qué explicación podría ofrecer, Michelle se volvió hacia Rachel con ojos acuosos.
—¿Tus ojos pueden ver eso?
—¿Los rayos infrarrojos? —contestó Rachel ladeando la cabeza con expresión de extrañeza—. Más que decir que los veo, me deslumbran.
—Sí, ahora recuerdo —terció Maurice—. Hasta que nació Jaz, no sabía que las personas con ojos azules podían ver la luz infrarroja del mando de control remoto. Eh, un momento, pero si tus ojos no son azules…
Los ojos de Rachel eran color marrón claro y el color no tenía nada que ver con si se percibía o no la luz infrarroja.
Aunque a Sakoda se le ocurrió que también existía la posibilidad de que los mandos de control remoto que circulaban por los países libres no utilizaran verdadera luz infrarroja, sino otro tipo al que se hubiera aplicado un filtro rojo.
Sakoda se dio cuenta de que era el momento ideal para preguntar a los esposos sobre la adopción del recién nacido. Señalando una fotografía del bebé, comentó:
—Con todo lo arrugadito que se le ve y cómo destacan esos ojos azules…
—Sí… —contestó Michelle como ensimismada—. Cuando los vi, me dije que tenían el mismo color del cielo.
—Es una foto de cuando tenía solo unos pocos días, ¿verdad? ¿Era el hijo de alguna amiga que se lo ofreció en adopción?
Maurice y Michelle intercambiaron una mirada y estallaron en risas.