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—No hay de qué —contestaron los esposos.
Los rostros de Maurice y Michelle denotaban ahora una cierta tensión hasta entonces ausente.
Era porque había llegado el momento de afrontar una vez más la muerte de su hijo, de tratar del tema.
No les habían preguntado todavía qué edad tenía Jaspers cuando lo adoptaron, pero, dado que el fallecido usaba el apellido de Jones, se imaginaba sin dificultad que sus lazos habían sido muy fuertes.
Rachel, notando que Sakoda se disponía a comenzar, se puso en pie y, agarrando la jarra termo del centro de la mesa, anunció:
—Voy a recoger un poco.
—Gracias —dijo Sakoda cogiendo un maletín que había dejado en el suelo.
Colocando el maletín sobre la mesa, abrió la tapa y lo giró de manera que el matrimonio pudiera ver su contenido.
—Les entrego la cantidad de indemnización que les comuniqué por teléfono. Doce millones de dólares. Tengo otros tres maletines iguales.
En el interior del maletín había unos sobres de color amarillento con un fajo de cien billetes de cien dólares cada uno. Incluso para Sakoda, a pesar de su condición de periodista, era la primera ocasión de ver tantos billetes juntos.
Sakoda entregó un recibo a Maurice, que miraba alternativamente el maletín y el rostro del periodista.
—¿Podría firmármelo?
—De acuerdo.
Maurice firmó, como le pedían, y después se quedó como paralizado. Fue él mismo quien solicitó que el pago se formalizase en efectivo, pero seguramente no sabía qué debía hacer a continuación.
—Si no sabe cómo disponer de tanto efectivo, también puedo hacer una transferencia a la cuenta de banco que tengan.
—Bueno, yo… —comenzó Maurice como volviendo en sí mismo para luego negar con la cabeza—.
No, lo preferimos así. Si recurrimos a un banco, el tipo que mató a Jaz contribuiría con miles de dólares a la federación en concepto de impuestos.
Y no queremos eso de ningún modo. Si no lo usamos nosotros en su totalidad, no sentiríamos que Jaz se queda a gusto.
—Ya veo, entiendo —contestó Sakoda para no insistir más.
No parecía un motivo demasiado lógico y, en realidad, serían Maurice y su esposa quienes estarían abonando dichos impuestos, pero el periodista comprendía que aquel hombre se esforzaba por enlazar de alguna manera la muerte de su hijo con el pago de la indemnización.
La primera vez que contactó con él, cinco días atrás, Maurice le cortó el teléfono enfadado diciendo: «¿Cómo se cree usted que íbamos a poder aceptar ese dinero?
». Tuvo que insistir una segunda y una tercera vez, comunicándole que deseaban visitarlos y sugiriéndoles que podían usar ese dinero para viajar a los países donde había ido Jasper, hasta que por fin aceptaron.
Pero, aun así, al verse cara a cara, de nuevo se encontraban confusos al respecto.
—¿Por dónde tienen intención de comenzar su viaje?
Maurice señaló la pared.
—Quizá por ahí. Es de donde llegó su última tarjeta postal, el mes pasado.
Delante de la pared en mejores condiciones de la sala de estar, había un televisor de pantalla de plasma de unas cien pulgadas sobre un soporte de madera, un objeto que había dejado de verse en las grandes ciudades, donde ya imperaba el visualizador por capas queuechouvue .
Maurice señalaba una de las fotografías que se apretujaban pegadas a la pared junto a la televisión.
Se trataba de un retrato de Jasper con el rostro iluminado por el sol del atardecer recortado contra un fondo de arbustos de acacia mimosa.
Jasper, con los párpados entrecerrados como deslumbrado, mirando el horizonte con sus ojos azules y los dedos hundidos en unos cabellos rubios un poco más crecidos de lo habitual, sonreía a los padrastros que imaginaba contemplando la foto.
Bajo la camiseta de compresión color verde oliva, destacaban los altibajos de una musculatura bien entrenada.
La fecha que figuraba impresa en color naranja era el 12 de mayo de 2045.
Por tanto, se trataba justo de la misión anterior a su viaje a Terra Amazonas.
Probablemente, la imagen fue tomada dos o tres días después de llegar al lugar de destino.
Su piel originalmente blanca enrojecida por el sol atestiguaba con viva crudeza los rigores del lugar.
Sakoda lo identificó por la bandera de la ciudad independiente que aparecía en una esquina de la fotografía.
—El sur de Turquía, ¿verdad? Les recomiendo que contraten un guía, pero es un buen lugar. ¿Les importa que mire también las otras fotografías?
Lo referente a la actuación profesional del destacamento de Jones podía preguntárselo a Rachel, pero lo que más contribuiría al relato de sus miembros como personas de carne y hueso sería su vida personal.
Los primeros amigos que tuvieron, sus experiencias del jardín de infancia, las notas obtenidas en sus primeros años de escolarización, su papel en el colegio comunitario o en sus equipos deportivos, los juegos o libros que les gustaban de niños, la edad a la que tuvieron su primer teléfono inteligente, cómo consiguieron su primer automóvil, si jugaban a deportes tradicionales como el fútbol americano, el béisbol o el baloncesto o también actividades callejeras individuales como el monopatín o el parkour .
Había muchas cosas que Sakoda deseaba preguntar a los deudos de los masacrados.
Con toda probabilidad, no encontraría allí ninguna pista que ayudara a resolver el enigma de por qué fueron masacrados, pero la muerte de aquellos jóvenes soldados especializados en guerras legítimas ofrecía muchas posibilidades para reflexionar acerca de dicho concepto de batalla.
Y, para eso, resultaba imprescindible conseguir una serie de informaciones con las que construir un retrato vívido de dichos combatientes.
—¿Te ayuda en algo ver esas fotos?
—Sí, me ayuda mucho. Si necesito usar su contenido en mis artículos, les informaré previamente.
—¿Cómo podemos leer tus artículos?
—Con esa misma tableta pueden hacerlo —contestó Sakoda señalando un ordenador en forma de tableta táctil que, delante de la televisión, estaba unido por un cable a su cargador.
Era un objeto que, debido a la generalización de los visualizadores por capas, ya apenas se utilizaba, pero para Maurice y Michelle, que pasaban de los setenta años, sería probablemente el último ordenador de que dispondrían.
Maurice se rio como burlándose de sí mismo.
—La verdad es que la batería se estropeó. Ya tenemos una cosa más en que gastar la indemnización.
—Sí, compren una nueva sin falta. Así podré enviarles algunas fotos que hice a Jasper.
—Mira esas fotos el tiempo que necesites. Te darás cuenta de que, según avanzas hacia la derecha, van siendo más antiguas.
Sakoda les dio las gracias y, acto seguido, abrió el programa de anotaciones de su espacio de trabajo y lo apuntó en dirección a la pared.
Tal y como había dicho Maurice, en el lado derecho se hallaban pegadas por orden de años las fotos más antiguas, cuando Jasper todavía vivía en la casa.
Sakoda fue fotografiando con la cámara de sus lentes de contacto todas las imágenes donde aparecía Jasper.
Después, cuando terminó con aquellas que el joven había enviado desde sus diversos campos de batalla, comenzó con las que aparecía ayudando en las tareas agrícolas de la familia.
Había una donde estaba lanzando al aire el sombrero anguloso del colegio comunitario.
También otra donde agarraba feliz el volante de una furgoneta Chevrolet, que debía de ser el primer vehículo que tuvo.
Otra donde se dirigía al autobús escolar cargado con libros de texto desgastados en ambas manos.
Otra corriendo con una pistola de agua, una más subido en una kickbike y también otra rodeado de amigos e hincándole el diente a una tarta de cumpleaños.
En casi todas aquellas fotos aparecían también o bien Michelle, o bien Maurice.
Sakoda se dio cuenta de que existía un miembro más en la familia.
En una fotografía de cuando Jasper todavía no iba a la escuela primaria, se veía a un niño bastante mayor que él.
Parecía una foto familiar tomada cuando Jasper debía de tener unos tres años, y el chico mayor, que llevaba una pajarita, levantaba en brazos al pequeño.
El pelo negro rizado y la piel oscura indican una obvia herencia de Maurice y Michelle.
Lo que no parecía normal era su extrema delgadez.
A la derecha de esa foto, se sucedían otras de Jasper.
En una de ellas se veía a Jasper en un carricoche de bebé en una calle de la ciudad de Paris. Una más parecía retratar la primera vez que se puso en pie. Y, tras ella, una donde se le veía dormido en una cuna con rostro de angelito.
Sakoda se paró al llegar a una fotografía donde Michelle, cubierta por unas sábanas hasta la cintura, abrazaba a un casi desnudo bebé Jasper lleno de arrugas.
Sus ojos azules llamaban mucho la atención.
Todavía se le notaba en el ombligo el nudo del cordón umbilical.
Entonces, ¿habían adoptado a Jasper nada más nacer? Les preguntaría después por ello.
Era el momento de comenzar la entrevista. Sakoda extrajo de la mochila que había dejado en el suelo cuatro drones del tamaño de cajitas para tarjetas de visita y los dispuso sobre la mesa enfocando sus lentes hacia Maurice.
—¿Les importa que les haga algunas preguntas?
—Sí, adelante, pero ¿va a hacer la filmación con las cámaras de esos drones?
—Así es. Se trata de unas cámaras para deportes llamadas Selfin .
Usaban un sistema basado en filmación de 360 grados y flash de rayos infrarrojos, registrando un campo de luz tridimensional, por lo que más bien se acercaban a lo que sería un escaneado tridimensional, pero puesto que el resultado final consistía en una filmación, bien podía dárseles el nombre de «cámaras».
Sakoda tampoco quería perder tiempo en explicaciones detalladas.