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—Perdonad el calor. Es que no hay suficiente viento como para hacer funcionar el aire acondicionado…
Quien así hablaba era Michelle Jones, que miraba hacia el techo.
—No, no se preocupe, señora —contestó Sakoda mientras ponía atención al golpeteo intermitente que se oía al otro lado del techo.
Era el ruido levantado por unos aerogeneradores a base de cilindros, que se alineaban en el tejado color verde claro de la casa.
Rachel, que también miraba hacia el techo, se puso en pie.
—¿No será que se ha enredado algo en uno de los cilindros?
—Uy, ¿tú crees?
—Pudieran ser hierbajos o algo así. Voy a ver si puedo quitarlo. ¿Hay una escalera de mano en la parte trasera de la casa?
La señora asintió y Rachel se fue hacia el fondo de la cocina comedor para salir por la puertecita de atrás.
Durante la guerra civil, los Territorios Libres quedaron sumidos en grandes dificultades energéticas, por lo que probaron diversas formas de generar electricidad.
Los aerogeneradores instalados en el tejado de la familia Jones constaban de unas aspas en forma de espiral insertadas en un cilindro.
Tenían la ventaja de ocupar poco espacio y ser silenciosos, por lo que muchos hogares recurrían a ellos.
Si Rachel, que se había criado en la ciudad, se ofreció a limpiar las aspas sin dudarlo, era porque esa clase de generadores cilíndricos se usaban también en las capitales y se hallaba familiarizada con ellos.
Oyeron ruidos en el tejado y, poco después, cesó el extraño ruido intermitente de las paletas.
Al momento, la sala de estar de los Jones pareció renacer.
Los diodos luminosos extendieron su suave resplandor por todos los rincones y el ventilador que pendía del techo dispersó la pesadez del aire de la habitación.
—¡Vaya! Así que era eso… ¡Maurice!
Michelle, comprendiendo lo sucedido, se fue hacia el cuarto de baño para llamar a su esposo, que estaba intentando regular las baterías.
—¿Qué querías?
La voz de Maurice, padre de Jasper Jones, llegaba desde el lado interior de la puerta del cuarto de baño.
—Me han dicho que había unos hierbajos enredados en las aspas del interior del cilindro. La señorita Rachel nos ha hecho el favor de limpiarlo.
—¿De veras?
Se oyó el ruido de un panel cerrado a toda prisa y acto seguido Maurice asomó por la puerta del cuarto de baño. Se dirigió hacia donde estaba Sakoda y se sentó frente a él.
—Estoy muy avergonzado. A pesar de tratarse de mi propia casa, desconocía que mis aerogeneradores estuvieran funcionando mal. Quedaos aquí el tiempo que queráis; no hay prisa.
Rachel acababa de regresar por la puerta trasera, sentándose junto a Sakoda.
—Viven ustedes en un buen lugar… —elogió la joven.
—Aquí no hay nada —contestó Maurice dirigiendo la vista hacia el paisaje que se veía por la ventana—. Por eso Jaz… Jasper se marchó.
Sakoda miró con detenimiento el rostro de Maurice, absorto en la contemplación de la calle mientras apoyaba una mano en su mejilla de color marrón oscuro.
Este matrimonio de etnia negra, que vivía en una zona boscosa apartada del centro de la ciudad, parecía sentirse profundamente arrepentido de no haber podido retener a su lado a Jasper, que debía de ser su hijo adoptivo.
Quizá pensaran que, de haber vivido en el centro de la ciudad, donde existían varias atracciones, y si hubieran sido una familia de mayores recursos, él no se hubiera visto impelido a marcharse de casa ni a convertirse en un soldado, que fue a la postre la causa de su prematura muerte.
Sakoda, a pesar de que solo lo había conocido por un par de días, recordó sus ojos azules.
El aspecto que ofrecía con su blanca piel y rubio pelo, que llevaba muy corto, se ajustaba tanto a la imagen de un militar que parecía sacado de uno de esos carteles de reclutamiento de personal y destacaba entre el elenco de Goodfellows, donde, por no existir norma al respecto, abundaban los miembros con pelo largo.
Sakoda no había oído nada acerca de cuáles eran sus aficiones, pero en la fiesta que celebraron la noche anterior a la batalla, sin alcohol de por medio, Jasper exhibió unas habilidades de baile nada habituales y, a pesar de que era la primera vez que se encontraba con Sakoda, habló con él sin mostrar ninguna reticencia, esforzándose por mantener una relación cordial.
Seguramente no encontraba cómo canalizar sus energías en un lugar tan desolado, con perdón, como este.
El hogar donde vivían los deudos de Jasper Jones era una pequeña edificación solitaria, con la pintura medio descascarillada, levantada en el claro de un bosquecillo a unos treinta minutos en coche de la ciudad de Paris.
La casa más próxima estaba a unos cinco kilómetros, separada por una plantación de algodón.
Cuando Maurice dijo aquello de «Aquí no hay nada», no lo hizo por expresarse con modestia.
No era lugar donde un joven pudiera permanecer por siempre.
Maurice volvió su rostro hacia Sakoda y Rachel.
—Os agradezco mucho que os hayáis tomado la molestia de venir hasta un lugar como este.
—No hay de qué —replicó Sakoda haciendo una reverencia—. Perdone que hayamos llegado a una hora tan tardía. Los hemos molestado en su hora de almorzar.
El día anterior, tras salir de Torre Donelson, Sakoda y Rachel tuvieron que recorrer doscientos cincuenta kilómetros e ir a Memphis, pasando la noche en un motel de allí, porque en Paris, que era lo planeado, no había ninguna oficina donde convertir en efectivo el pago de la indemnización para la familia.
A primera hora de la mañana procedieron al canje y se dirigieron directos a casa de los Jones, pero no llegaron hasta el mediodía.
—No importa —contestó Michelle desde la cocina—. Nunca habríamos esperado poder almorzar con amigos de Jaz. Querido, ¿puedes llevar estos platos?
—Ya voy yo —anunció Sakoda interrumpiendo con un gesto el movimiento de Maurice, que comenzaba a levantarse.
Sakoda fue a la cocina y cogió la bandeja donde Michelle había dispuesto unos cuantos sándwiches. Cuando Sakoda, sosteniendo la bandeja y cuatro platos vacíos entre las manos y los antebrazos como un camarero, iba ya a volver a la sala de estar, Michelle ladeó la cabeza y preguntó:
—Si no recuerdo mal, venía una persona más, ¿no?
Sakoda asintió.
—Así es, un hombre que viene desde San Francisco. Hace un rato llegó un mensaje suyo y parece que se retrasará unos treinta minutos.
—¿Y qué relación guarda él con Jaz?
—No conoció personalmente a su hijo. Trabaja en la compañía que verificaba la autenticidad de mi artículo. Una empresa llamada COVFE.
—¡Ah, esa empresa! —dijo Michelle dando una palmada—. Esa compañía tan maravillosa que consiguió acabar la guerra civil, ¿no? ¿Te relacionas también con ellos?
—Bueno, un poco sí —repuso Sakoda forzando una sonrisa al recordar que por culpa de COVFE no pudo difundirse el hecho de que Jaspers había sido asesinado—. De todas formas, parece que él comerá en el coche, así que no se preocupe.
—Qué tiempos tan increíbles, poder conducir con las manos libres… Bueno, entonces cómete tú lo suyo.
Michelle agarró una jarra termo de té que había estado preparando y se fue junto con Sakoda hacia la mesa, donde repartió los sándwiches entre los platos.
—Bueno, estos son sándwiches de pavo, los favoritos de Jaz. Comamos hasta quedarnos a gusto. Oh, un momento, Rachel. Tal cual les faltará sabor. Échales alguna de estas salsas.
Mientras escuchaba la alegre voz con que Michelle se dirigía a Rachel, Sakoda paseó la vista por la estancia.
La mesa donde comían, de color azul claro, presentaba infinidad de rasguños en las esquinas, asomando debajo otras capas de colores diferentes, amarillo, rojo y verde, revelando que había sido repintada varias veces.
Sin duda no había sido hecho a propósito, pero la combinación de capas recordaba los colores rasta símbolo de los africanos.
Resultaba muy apropiado para un matrimonio norteamericano de origen africano como Maurice y Michelle.
Sin embargo, la mesa era lo único colorido del lugar.
El empapelado de la pared originalmente debía de haber sido color verde claro, pero en las zonas donde más incidía el sol, se había vuelto por completo blanco.
En algunos puntos sobrevivían a duras penas trazas de un color verde azulado que permitía adivinar que el estampado que decoraba en tiempos la estancia tenía unas flores de iris.
El suelo parecía un rompecabezas de diversas clases de madera, fruto de las sucesivas reparaciones.
Sakoda iba mordiendo poco a poco aquellos voluminosos sándwiches para adaptarse al ritmo con que comían los esposos y, mientras, repartía la vista entre la sala de estar y la cocina comedor.
Todo cuanto veía en la casa era viejo. Sin embargo, curiosamente, no producía un efecto desagradable. Era como si toda la casa reflejase el modo de vida de aquel matrimonio, que había ido acumulando recatadamente un año tras otro.
Sakoda anotó en su espacio de trabajo la expresión «vida recatada».
No era una locución muy común, pero a Sakoda le pareció la más adecuada y, sobre todo, muy personal.
Para Sakoda, que solía dejar sus artículos en manos de aquel programa que se expresaba en inglés mejor que él, supuso un gran golpe el hecho de no haber podido difundir aquel reportaje generado automáticamente.
Así que, puestos a escribir un artículo que no viese la luz, sintió deseos de hacerlo con su propio vocabulario.
La anotación que acababa de realizar se enmarcaba en dicho propósito.
Al terminar de comer los sándwiches, Sakoda y Rachel recogieron los platos y los llevaron a la cocina. Al volver a la sala de estar, se sentaron de nuevo frente al matrimonio con la misma mesa entremedias, ya que aquella estancia carecía de sillones o similares.
Sin abandonar su silla, Michelle sirvió a todos una nueva taza de té inglés caliente. Sakoda, tras tomar un sorbo, agradeció a sus anfitriones.
—Muchas gracias por el almuerzo. Estaba muy bueno.