Man-kind 7 #3
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La sorpresa que acusó por aquella carta era idéntica a la de Rachel. Su contenido no guardaba relación alguna con la masacre de los prisioneros. Faruqui dobló en dos la carta al terminar.

—Así pues, conoce usted personalmente a Ignacio… —dijo Sakoda.

—Sí. Solo en la etapa anterior a su carrera militar.

—Hasta que no hablé con él, no supe que había sido médico…

—¿Médico? —interrumpió Faruqui haciendo un sonido burlón con la nariz—. ¿Eso dijo él? Al menos en el tiempo que estuvo conmigo no poseía la cualificación de médico.

Sakoda ladeó la cabeza confuso. Rachel debía de sentirse igual.

Cuando tuvo aquel acceso de tos y Camilo acudió a ayudarlo, Ignacio, si no recordaba mal, dijo aquello de «Haz caso de lo que te diga un médico».

Y, por otra parte, pensando en el texto de la carta de ahora, parecía claro que lo de «me encuentro bien» era mentira.

No sabía de qué enfermedad concreta se trataría, pero Ignacio se hallaba aquejado de una dolencia mortal.

En suma, el contenido de la carta no merecía la menor confianza.

—Pues sí, eso dijo —contestó Sakoda—. Entonces, ¿no trabajaron juntos en un hospital?

Faruqui, con expresión de extrañeza, releyó la carta y luego se rascó la punta de la nariz.

—Ciertamente, hay una frase en la carta que puede entenderse así. Puede hacer averiguaciones al respecto, pero encontrará que nunca hemos trabajado juntos.

—Entonces, ¿qué relación guarda con él?

Faruqui, ignorando la pregunta de Sakoda, miró el reverso de la carta y, tras comprobar también el interior del sobre, levantó la mirada hacia él.

—¿Y no le entregó nada más para mí?

—Eso fue todo.

—Pero ¿por qué la ha traído en persona hasta aquí?

—Porque me dijo que las cartas no llegaban aquí.

La risa hizo que los hombros de Faruqui acusaran cierto temblor.

—Veo que le ha engañado. El correo llega dos veces diarias a Torre Donelson desde la oficina postal de Nashville.

Sobre todo, los cheques de cobro de las pensiones, después de que todos los sobres sean esterilizados con rayos ultravioleta y barrido radiactivo, porque sería una tragedia que entrasen virus con ellos.

—¿De verdad?

Faruqui volvió a reírse y después, con tono malicioso, añadió:

—Seguro que piensa que este lugar es una cueva llena de gente amiga de discriminar a los demás, ¿no?

—No, no, cómo iba yo a…

—Entiendo que la gente tenga esa idea acerca de nosotros, pero esto no es más que una residencia de ancianos.

Muchos de los que viven aquí eran personas de buena posición y por eso tiende a predominar cierto color de la piel, pero el motivo por el que nos independizamos de los Estados Unidos fue el de proteger nuestros bienes.

¿No cree que es un acto cruel gravar los bienes de personas que viven de su pensión?

Bueno, es igual que lo piense o no; en cualquier caso, le agradezco que se haya tomado la molestia de traer esta carta.

Faruqi agitó la carta un par de veces como si fuera un abanico y después, entrecerrando los párpados, acercó el papel a sus ojos mientras aspiraba profundamente.

—¿Sucede algo? —preguntó Sakoda.

—No, no es nada —contestó Faruqi superponiendo la carta y el sobre—. Gracias, una vez más. Le agradezco que me haya traído la carta.

Sakoda se volvió hacia Rachel. Por lo visto, había algo que él no había captado. Rachel avanzó un par de pasos hacia Faruqi.

—Devuélvanos el sobre, por favor.

—¿Cómo?

Aprovechando la confusión de Faruqi, Rachel le arrebató el sobre y la carta.

—Perdone, ¿eh? —dijo Rachel devolviendo la carta a Faruqi con un guiño—. El sobre se lo habíamos prestado nosotros.

Faruqi miró fijamente a los ojos de Rachel.

Su mirada era muy diferente a la de antes, cuando examinaba con detalle cada parte de su cuerpo.

Ahora intentaba intuir qué era lo que pasaba por la mente de Rachel.

Al parecer, ella había dejado de ser sujeto de una observación, una mera acompañante de Sakoda, y por primera vez el doctor la reconocía como un ente pensante individual.

Rachel, con el sobre en la mano, se volvió hacia Sakoda.

—Bueno, ¿nos vamos?

—¿Eh? Pero todavía me quedan cosas que preguntar…

—Pero él no parece que tenga ganas de contestar.

Rachel se dio media vuelta y se encaminó hacia el ascensor.

—Eh, espera un momento.

Sin embargo, Rachel ignoró sus protestas y, tras meterse a paso rápido en la cápsula del ascensor, hizo un gesto con la mano a Sakoda para invitarlo a reunirse con ella.

—Venga, vámonos.

Sakoda se apresuró a meterse en el ascensor y al instante la puerta de la cápsula se cerró. Mientras el ascensor se dirigía a toda velocidad hacia la superficie terrestre, Rachel puso el sobre ante el rostro de Sakoda, que en ese momento se acercaba a ella.

—¿Percibes el olor? —preguntó Rachel ensanchando la abertura del sobre por ambos lados y acercándolo a la nariz de Sakoda.

Sakoda metió la nariz en el sobre, aspiró con fuerza y torció el gesto.

—Esto parece…

—Efectivamente, huele a sangre. La carta estaba escrita con sangre.

—¿Con qué objeto?

Era lógico preguntarse por ello. Rachel se encogió de hombros.

—¿Quizá un anuncio de venganza?

Sakoda cogió el sobre y volvió a oler su interior.

—Sí, ciertamente huele a sangre. Pero si lo que quería era hacer llegar una carta escrita con sangre, ya sé por qué. Lo importante era hacer llegar la sangre.

—¿Sangre de quién?

—Seguramente la del propio Ignacio. Aunque también puede que sea la de alguien del destacamento de Jones. ¿Te tomaron alguna muestra de sangre cuando estuviste prisionera?

—No —contestó Rachel negando con la cabeza y lanzando a continuación su propia pregunta—. ¿Y por qué enviar sangre?

—Creo que para mandar el ADN. La especialidad de Faruqi es el análisis del genoma. Ah, ahora caigo.

—¿Qué?

—El motivo por el que no usó el correo. Temía que el proceso de esterilización pudiera dañar el ADN.

—¿Y para qué enviar ADN?

Sakoda exhaló un suspiro.

—Eso era lo que quería que averiguásemos, supongo.

Rachel dirigió la vista hacia las alturas.

—No creo que Faruqi tenga la menor intención de decírnoslo. Oye, ¿qué te pasa?

Sakoda tenía la mirada clavada en Rachel.

—Nada, es que se me ha ocurrido otro motivo. Por qué Ignacio nos pidió a nosotros hacer llegar la carta.

Rachel reflexionó sobre las palabras de aquel Sakoda que la miraba con los ojos entrecerrados.

—¿Quieres decir que quería que Faruqi me viese?

—Como mínimo, me da la sensación de que no era yo el objeto de su interés. Porque se trata de una mera casualidad que fuera yo quien estuviera allí para hacer un reportaje. ¿Qué te preguntó antes Faruqi?

—Que si era de ascendencia china, y mi edad.

Sakoda creó ante sí un espacio de trabajo y deslizó un dedo hacia abajo como cuando se desciende a lo largo de un texto en una pantalla. Tras repetir el movimiento varias veces, fijó el espacio de trabajo con el dedo índice y se lo mostró a Rachel con rostro grave.

—Cherry hizo las mismas preguntas.

—¿De verdad? No recuerdo bien.

—Sí. Cuando aquel hombre hizo saltar tu arma de un disparo a través de la ventana. Después dijo algo así como que, si tenías veinticuatro años, podrías hacer lo mismo que Camilo.

Un repentino brote de furia sacudió a Rachel, que dio un pisotón en el suelo.

—¡O… oye!

—Perdón —se disculpó Rachel al notar el desconcierto de Sakoda—. No es culpa tuya, Jake.

«Aquellos ojos de Faruqi. Esa mirada de quien está verificando algún producto.

Ignacio me miró de la misma manera. Lo que más me molestó fue que no expresaba intención de humillar a un soldado, ni desprecio hacia alguien carente de educación o en situación de pobreza.

Lo más insoportable es que ambos me miraban como si sintieran lástima de mí».