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Tras pasar por el Target y aprovisionarse de todo lo que necesitaban para el viaje, la pareja llegó frente a la entrada principal de Torre Donelson.

Para entonces, la mayor parte del edificio se hallaba envuelta en el color azul oscuro de la noche y el armazón de la estructura metálica a base de triángulos que la rodeaba recortaba el cielo nocturno a izquierda y derecha.

Frente a la fachada de la torre había un estadio de forma esférica donde se reproducía a gran tamaño el rostro de una estrella del rock que, por lo visto, se encontraba dando un concierto en ese momento.

Solo las plantas inferiores, por debajo de la línea de sombra, despedían las deslumbrantes luces de la ciudad.

Hasta el piso cuarto, el edificio estaba ocupado por galerías comerciales y, por encima de eso y hasta el piso veinte, al parecer estaba destinado a oficinas.

Más arriba de estas, el edificio se elevaba hacia las alturas con una estructura en espirales donde se mezclaban columnas y soportes metálicos formando triángulos.

El centro se destinaba a unos ascensores expresos y era el único lugar en el que se veía un amplio espacio libre.

Esa clase de estructura, en la que se reducía el coeficiente de ocupación del suelo gracias a dejar mucho espacio vacío en la base y alojar las viviendas en las zonas más altas, era algo bastante frecuente en los rascacielos «aguja».

Según se decía, el precio mínimo para un apartamento de dos dormitorios en aquella zona residencial podía llegar a los diez millones de dólares en caso de que se hallara por encima de los quinientos metros de altura.

A eso se debía que, a pesar de que el edificio superase los mil metros de altura, el número de pisos fuera tan solo de ciento sesenta y siete.

—Fíjate en eso —dijo Sakoda señalando la zona superior de la Aguja—. En la zona de la cumbre, todavía no se ha puesto el sol. Es decir, que también la luz del sol es algo que se puede comprar con dinero.

Rachel se inclinó hacia delante y observó la parte de encima de los armazones que señalaba Sakoda. Ciertamente, los pisos más altos de la zona residencial relucían con una coloración anaranjada.

—¿Mil doscientos metros de altura dices que tiene?

—Así es —contestó Sakoda.

—Hay una cantidad impresionante de drones. ¿Serán Bangau?

Ahora que se encontraban cerca, se veía un gran número de drones monoplaza revoloteando en torno de la torre. Sakoda forzó la vista, pero, finalmente, meneó la cabeza dándose por vencido.

—Es un tipo de dron especial con capacidad para una persona, ¿no?

—Sí, se ven a menudo.

A continuación, Rachel contó su experiencia cuando abatió uno de aquellos drones.

Fue cuando luchaba en Asia central contra una organización terrorista de perfil fundamentalista.

El líder de aquel grupo, al comprender que todo estaba perdido, intentó huir a bordo de uno de aquellos Bangau.

Rachel dudó apenas un par de segundos ante la visión de aquel aparato al que no estaba acostumbrada, pero enseguida movió los mandos para enfocar el blanco y dio la orden de disparo al tirador.

El sistema de seguridad del Bangau hizo retroceder el aparato en línea recta, forzando su aterrizaje, con lo cual cayó sobre la estampida de milicianos que se daba a la fuga en ese momento.

Sakoda hizo aparecer frente al parabrisas información relativa a los residentes de la torre y, con tono de admiración, comentó:

—Tienes razón. Torre Donelson cuenta con cerca de dos mil Bangau.

Parece que los residentes de los pisos superiores los usan para ir de compras a las galerías comerciales de los primeros pisos.

También hay unos drones de mayor capacidad, los Albatros, para ir a las ciudades de los alrededores.

Y por lo visto hay algunos apartamentos que cuentan con su propio puerto para aterrizaje y despegue.

Rachel exhaló un largo suspiro.

—Ya solo por los Bangau sería así, pero que cuenten también con Albatros es algo que no esperaba de una residencia de ancianos. De todas formas, ¿crees que nos recibirán a estas horas? Los viejecitos suelen acostarse pronto, ¿no?

—Lo siento, no he hecho las suficientes verificaciones —se disculpó Sakoda.

El periodista ignoraba que Torre Donelson había adquirido todo el territorio correspondiente en cinco kilómetros a la redonda, erigiendo un cercado en torno al perímetro.

Y, para colmo, en las carreteras que pasaban junto a dicho vallado, se habían tomado la molestia de instalar unos semáforos que estorbaban la conducción automática.

Sakoda la desconectó y dio una vuelta en torno a la torre.

Cuando, por fin, llegó frente al portón principal de entrada, el sol ya se había puesto por completo.

Al parecer, una parte de los terrenos de Torre Donelson excedía los límites del vallado, puesto que la pareja se cruzó con un camión de caja abierta de los servicios de vigilancia que llevaba instalada una ametralladora pesada que en el estado de Tennessee no estaba autorizada.

Mientras acercaba el Ford a la puerta, Sakoda murmuró:

—Todo esto intimida un poco…

El portón de color blanco, con un diseño que imitaba el de la Casa Blanca, estaba formado por gruesos bloques de hormigón. En el lado interior de la verja se veía un enorme escáner para vehículos con el que se podría inspeccionar entero hasta un camión de veinte toneladas.

Rachel señaló una ventanilla.

—Esa ventana es una tronera. Detrás hay un reflector de rayos infrarrojos. Esto es como una pequeña fortaleza.

—No sé cómo te has dado cuenta —murmuró Sakoda mientras alzaba la vista hacia la ventanilla que indicaba Rachel—. Yo no puedo percibir nada. Uy, parece que necesitamos un documento de identidad.

Sakoda señaló el cartel de aviso colocado junto a la puerta.

—Supongo que lo más fácil será el pasaporte —dijo Rachel.

—Seguramente —asintió Sakoda.

No sabían qué clase de independencia sería la de Torre Donelson, pero a la vista de que contaba con patrullas de guardias armados, lo mejor era considerar que se trataba de un país extranjero.

Nada más detener el coche junto a la entrada, se acercó un soldado de guardia al asiento del conductor. Sakoda le entregó los pasaportes de ambos y el guardia, tras escanear con su cámara corporal las páginas de la fotografía, se los devolvió.

—Así que un japonés… ¿Cuál es el propósito de la visita?

Sakoda se dio un golpecito en el bolsillo del pecho.

—Traigo un encargo. Me dieron una dirección de aquí.

Sakoda entregó la carta de Ignacio al soldado de hosca expresión.

—Dígale a ese hombre que soy un mensajero del comandante Cherry Ignacio. Al parecer, con eso lo entenderá.

El soldado se encogió de hombros, escaneó la carta y echó un vistazo por el interior del vehículo.

—¿Algún artículo que declarar?

Rachel señaló las cajas del asiento posterior.

—Tres armas de fuego. ¿Hace falta el certificado de propiedad?

El soldado comprobó el contenido de los estuches y sonrió.

—Aquí no es necesario. Basta con que no las lleve cargadas si sale con ellas.

Rachel señaló a los soldados desplegados al otro lado de la puerta.

—Impresionante servicio de vigilancia…

—Aquí viven muchas personas discapacitadas. Así que no podemos dejar entrar a cualquiera.

—Entiendo —contestó Rachel mientras comprobaba con la mirada los pertrechos de los guardias.

El fusil automático que llevaban casi todos los guardias era el AR-15 que usaban también los soldados del estado de Tennessee.

El casco y la coraza corporal eran iguales que los de los marines.

Los miembros del servicio de vigilancia no eran jóvenes, pero sus ágiles movimientos delataban que no tenían nada que envidiar de un ejército.

Había también dos transportadores tetrápodos Maschief de los empleados en el campo de batalla.

Y, para mayor sorpresa todavía, en el cuello de las corazas antibalas, los guardias llevaban cosido un emblema con dos manos de color dorado dándose un apretón.

Aquellos vigilantes eran miembros de Goodfellows, la misma compañía a la que pertenecía Rachel.

Al parecer, Sakoda también se había dado cuenta de este último punto.

—Compañeros tuyos, ¿no? ¿Cómo cuántos habrá?

—Unos veinte, seguro. Según el proceder de «nuestra casa», estos de aquí deben de estar divididos en tres destacamentos.

Los cuatro guardias que vigilaban la puerta de entrada, junto con los dos que habían salido para las comprobaciones de pasaporte y demás, formaban uno de estos equipos.

Los dos Maschief, junto con los siete guardias asignados a cada uno de ellos, constituían los otros dos.

Sumando eso a los vigilantes que patrullaban por el perímetro exterior de la valla, seguramente hacían cinco destacamentos.

Pero si además la vigilancia era de veinticuatro horas, eso implicaba el triple.

—Si dividen el día en tres turnos, eso significa unos dos pelotones. ¿Cuánto les costará al mes?

—No tengo ni idea. Pero como no usan miembros de los cuerpos ORGAN, debe de ser bastante barato.

—¿Teniendo dos Maschief?

—Los ORGAN no utilizamos Maschief biplaza. Esos de ahí dividen el trabajo entre dos, el que maneja el aparato y el tirador.

—Ah… —comenzó Sakoda, cuando se vio interrumpido por uno de los guardias que regresaba a la carrera desde la entrada.

—Les pido disculpas. Hemos verificado con el doctor Faruqi y puedo dejarlos pasar.

—¿El doctor Faruqi?

—Sí. Parece que dentro de poco es su hora de cenar, así que, por favor, dense prisa. Perdonen la molestia, pero tengo que ponerles un sello.

El guardia de seguridad sacó del bolsillo de la chaqueta un sello de tinta invisible y lo aplicó sobre el dorso de la mano derecha de Sakoda y de Rachel.