Man-kind 6 #2
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—En absoluto. En cuanto mostré mi identificación, pude comprarlas sin mayor problema. Fue muy fácil.

—¿Es la primera vez que compras armas?

—La segunda. Cuando fui a hacer prácticas de periodista durante la guerra civil, compré una de esas licencias del Gobierno Libre que daban a todo el mundo.

—Ah, ya… —rio Rachel—. Aquella licencia de cien dólares. Yo también tenía una.

—No me digas… Un momento, ¿qué edad tenías entonces?

Cuando Sakoda fue a hacer reportajes a los Territorios Libres, acababa de cumplir veinte años. Rachel, que justo este año había cumplido los veinticuatro, por fuerza tenía que ser entonces una niña. La joven forzó una sonrisa mientras arrancaba la etiqueta de la funda de la escopeta.

—Once años. Mi abuelo me la dejó a los pies del árbol de Navidad. Dijo algo así como que era el deber de todos los ciudadanos de los Territorios Libres.

Rachel sacó los tres certificados de adquisición que Sakoda había guardado en los respectivos bolsillos de cada estuche.

—¿Hacemos el trámite de cesión? —preguntó ella.

—De acuerdo. Muéstrame los códigos.

Cuando Sakoda tocó el código de los certificados que le mostraba Rachel, se desplegó en su visualizador el correspondiente menú.

Detrás de la información del fabricante y del propietario, aparecía el botón de cesión.

Sakoda dio un golpecito en él con la punta del dedo y firmó el documento con el implante biométrico.

De por sí, la normativa de armas resultaba complicada, ya que difería según los estados, pero la guerra civil y el posterior surgimiento de ciudades independientes habían incrementado todavía más aquella complejidad.

La mayoría de las ciudades independientes dentro de la esfera de lo que fueron los Territorios Libres actuaban prácticamente como si no existiera regulación alguna en cuanto al armamento, pero existían pequeñas diferencias acerca de si se podían dejar o no armas cargadas dentro de un vehículo.

—Ya está, todo tuyo. ¿Puedo dejar toda la gestión del armamento en tus manos?

—Claro, muchas gracias.

Rachel, tras recibir la certificación, escogió la opción de «cesión» en su visualizador y la enlazó con su identificación personal. Con eso finalizaba el trámite del traspaso. Sakoda señaló una bolsa de papel que había en el suelo de los asientos traseros.

—En esa bolsa están las balas. De la escopeta, del Remington y del FAR-15, suficientes para dejar repletos los respectivos cargadores. La caja lleva pegada mi identificación, así que, si no te importa, procedamos también a la cesión de la munición.

—Entendido —contestó Rachel alargando la mano hacia la bolsa de papel—. Me da la sensación de que ahora te has quedado más a gusto. ¿Quizá es que no te gustan las armas?

—Algo de eso hay. Si puedo pasar sin ellas, lo prefiero.

—Yendo por donde vamos, creo que es mejor contar con ellas. Además, quedan todavía grupos de renegados que dicen seguir luchando por los ideales de los Territorios Libres.

Rachel sacó las balas de la escopeta de la bolsa de papel y las fue metiendo en el estuche para la munición que incluía la funda.

—Entonces, hoy toca entregar el mensaje de Cherry… ¡Eh! Hemos pasado el desvío que lleva hacia Donelson.

Rachel señaló el indicador de carretera que habían dejado atrás.

—No, no es ese Donelson.

Sakoda amplió el mapa en la zona del lugar de su objetivo.

—Esta es la Aguja, Torre Donelson, donde hay que llevar la carta.

Al noroeste de Nashville, más allá de las colinas de Clarksville, estaba el lugar donde se alzaba la torre. Apartado también de la carretera federal.

—Oye, un momento. Pero si eso es ya casi en el estado de Kentucky… Habrá unos cien kilómetros desde aquí. ¿No me dijiste que cerca de Nashville?

—No te quejes. Lo cierto es que forma como un trozo de tierra de la ciudad de Nashville, pero separado de ella como una isla.

Sakoda hizo aparecer en el visualizador las notas tomadas el día anterior sobre sus averiguaciones y procedió a explicarlas.

En el año 2032, cuando la II Guerra Civil tocaba a su término, cerca de un centenar de ciudadanos planearon aislarse en lo que sería esta Aguja.

Entonces, hicieron que los terrenos previstos para la construcción del rascacielos se convirtieran en parte de Nashville, aunque físicamente se hallaban separados.

El motivo era que Clarksville, el municipio que circundaba el lugar, se había retirado de los Territorios Libres y vuelto a formar parte de los Estados Unidos.

Aquellos ciudadanos que crearon una «isla» urbana le pusieron el nombre de Torre Donelson a la «aguja» que edificaban y, después de que tanto Nashville como el estado de Tennessee escogieran también volver a ser parte de los Estados Unidos, se proclamaron ciudad internacional independiente y anunciaron que se guiarían por un estatuto propio, acorde con el de los Territorios Libres.

Tras escuchar la explicación, Rachel comentó con tono desdeñoso:

—En pocas palabras, que el edificio es una residencia de ancianos para millonarios blancos, ¿no?

A pesar de los prejuicios que parecía encerrar aquel comentario, Sakoda asintió.

—Supongo que puede definirse así. El promedio de edad de sus ocupantes está en cincuenta años, pero de las cuarenta y cinco mil personas que viven allí, unas quince mil son personal que trabaja en el mantenimiento y vigilancia del edificio o empleados de los establecimientos de allí, por lo que la edad promedio de los residentes propiamente dichos estaría en setenta y tantos años.

La información étnica sobre los residentes no es pública, pero a juzgar por cómo presentan el lugar, debe de ser más o menos como te lo imaginas.

Tras dejar la funda con la escopeta en el asiento trasero, Rachel atrajo hacia sí el estuche del FAR-15.

—El nombre de Donelson… ¿guarda alguna relación con el Fuerte Donelson que se rindió al general Grant?

Sakoda miró fijamente a Rachel. Ciertamente, la Aguja se erigía en un enclave desde el cual se veía el parque del campo de batalla de Donelson, un recuerdo histórico de la I Guerra Civil.

El general Grant, tras conquistar aquella fortaleza, se aseguró el camino para sentarse en la presidencia de los Estados Unidos.

—Vaya… No sabía que estuvieras tan fuerte en historia.

—Solo en lo concerniente a la I Guerra Civil, la de norte-sur, y a la historia de los cowboys . Es que en los años de escuela primaria vivía en los Territorios Libres y nos enseñaban a todas horas la historia de los estados del sur.

—Ya entiendo. Por eso le has llamado «general Grant» en vez de «presidente Grant».

—Eso mismo. De los presidentes, no me acuerdo… Bueno, entonces, ¿cuánto tardaremos en llegar a esa torre?

—Tres horas —contestó Sakoda señalando en diagonal hacia el lado derecho.

Más allá de un lejano bosque medio borroso, se distinguía una construcción artificial de un blanco reluciente.

—¡Se ve desde aquí!

—Es que tiene ciento sesenta pisos sobre la superficie y otros cuarenta bajo tierra.

Habría que hablar de su altitud, como con las montañas, y no de su altura, pero en cualquier caso la última planta se encuentra a 1200 metros sobre el nivel del mar.

Por lo visto, sobresale por encima de las nubes.

Es la «aguja» más alta del centro y el sur de los Estados Unidos.

—¿Sabes quién es la persona a la que vamos a ver?

—Pues no. Solo la dirección, mejor dicho, el número del apartamento. Así que va a ser una visita sin cita previa.

Sakoda estaba poniendo ya las manos bajo el cuadro de mandos del vehículo para relajarse cuando la voz del agente de conducción automática le dirigió un aviso:

«Ponga las manos en el volante, por favor».