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En el parabrisas del Ford Explorer apareció la flecha que anunciaba cambio de carril y se oyó una voz que decía «Se aproxima al punto de destino, de frente y a la derecha».
Puesto que no tenía nada especial que hacer, Sakoda continuó con la mano posada en el volante mientras contemplaba el aeropuerto, que se veía más allá de unos inmensos aparcamientos.
Cuando llegó, la noche pasada, no se había fijado bien, pero ahora, bajo la luz del día que incidía sobre el techo plano de la terminal, apenas impresionaba.
Tenía un aspecto tan mediocre que solo podía calificarse de «aeropuerto vulgar».
En principio, era «internacional», pero los únicos vuelos al extranjero eran el regular que iba al Aeropuerto Internacional de Cancún, en México, y uno que había tres veces por semana al londinense de Heathrow, de ahí que los pasajeros que entraban y salían de aquella terminal tenían, ya a primera vista, un aspecto inequívocamente estadounidense.
Al otro lado del edificio de la terminal, en la pista, se veía el Bombardier de Delta Airlines que hacía un rato había cruzado sobre la cabeza de Sakoda y del que estaban bajando el equipaje de los pasajeros.
Sakoda puso el pie en el acelerador con objeto de apresurarse, pero recordó que en apenas un minuto estaría en la fila destinada a recogidas y devolvió el pie al suelo del vehículo.
—Eh, Ford.
«¿Desea usted algo?».
Los asistentes actuales, aunque no se les llame por su nombre, responden.
Mucha gente, sobre todo los técnicos de mayor edad, gustaba de dirigirse a ellos con los nombres de los primeros productos, como por ejemplo «Vale, Google» u «Oye, Siri», y también lo hizo así Ignacio cuando dijo eso de «Eh, Jarvis».
En cualquier caso, no eran pocos quienes activaban esos dispositivos de inteligencia artificial como lo hacían en las películas, llamándolos con nombres así.
Sakoda los llamaba por el nombre del producto. De esa manera, había pocas posibilidades de error y al hacerlo experimentaba una vaga sensación de sinceridad. Ahora que lo pensaba, también los miembros de Goodfellows trataban de una manera similar a sus asistentes de voz.
—Estoy buscando a una persona. ¿Podrías circular lentamente por delante de la sala de llegadas?
«Voy a reducir la velocidad, pero en la línea de recogidas hay que circular con nivel 3. Por favor, no aparte las manos del volante y no olvide comprobar la seguridad por delante y a los lados del vehículo».
Sakoda estuvo a punto de replicar «¿Estando ya en el aeropuerto?
», pero se contuvo al recordar la clase de lugar actual, estado de Tennessee, uno de los antiguos Territorios Libres.
Había pocos vehículos con faros que asegurasen un nivel 5 o con una cámara de profundidad espacial, pero, sobre todo, circulaban muchos vehículos de conducción manual.
—Bien, cambio entonces a conducción manual.
«Entendido. Dejo el volante a cargo del conductor. Coloque el pie en el pedal del acelerador, por favor».
—Ya está —contestó Sakoda poniendo el pie en el pedal.
Mediante el tacto del volante y el acelerador, percibió la rugosidad de la calzada que hollaban las ruedas, y en el interior del vehículo reverberó el suave zumbido del motor. Viajando por los Territorios Libres, no siempre bastaba con recurrir a la electricidad.
Mientras agarraba aquel volante, que ofrecía una estimulante resistencia, Sakoda hizo avanzar lentamente su Ford hasta el espacio de fumadores que quedaba al final de la fila de recogidas, donde distinguió la figura de Rachel con unas gafas de sol.
Vestida con camiseta de tirantes verde oliva, pantalones de faena con camuflaje de bloques y botas de combate, Rachel ofrecía un indudable aspecto de militar.
También los dos bultos de equipaje colocados a un costado eran dos bolsas de deporte del mismo color verde oliva propio de las que entregaban en el ejército.
Sakoda detuvo el Ford frente a Rachel y abrió la ventanilla del copiloto.
—Perdón por la espera. ¿Tú fumabas?
—No —contestó Rachel negando con la cabeza y arrojando a continuación sus bolsas en los asientos traseros para luego introducirse en el del copiloto—. Solo quería esperar en el extremo, porque me parecía que así me encontrarías con mayor facilidad.
—¿Siempre vistes así?
—Ni de broma. Hoy he volado directamente desde la base de Brasil. Quisiera comprar en el camino algo para cambiarme. ¿Te importa?
—No hay problema. Tenemos que pasar delante de un Target.
—Qué alivio…
Rachel se ajustó el cinturón de seguridad y se subió las gafas de sol hasta el flequillo. En el dedo índice herido por aquel disparo efectuado a través de la ventana, una gasa del mismo color que la piel.
—¿Estás mejor del dedo?
—¿El dedo? —repitió Rachel trazando con el derecho una cruz en el aire como cuando manejaba el sistema ORGAN—. Ya está bien. Parece que no fue gran cosa. El médico me ha dicho también que ya puedo participar en nuevas operaciones.
—Menos mal que no te afectó al hueso.
Sakoda arrancó el Ford. En ese instante, Rachel mostró su descontento.
—Oye, Jake, este coche de gasolina…
—Es un híbrido diésel —cortó Sakoda pisando el acelerador—. Alguna vez te pediré repostar, pero de ningún modo le eches gasolina.
—Yo soy militar. Te aseguro que no me equivoco. Pero no me refería a eso, sino a que… ¿hay que conducirlo manualmente?
En lugar de contestar, Sakoda dio un volantazo e introdujo el Ford en el carril que llevaba a la carretera 40.
—Eh, no puedo creerlo… ¿Lo dices en serio, Jake? Ahora que tenemos que cruzar Estados Unidos de parte a parte, ¿por qué has escogido un vehículo que debemos conducir por nosotros mismos? Para empezar, ¿sabes a cuánto está la gasolina? Cuesta como cinco veces más que la electricidad.
—Ya te digo que no es de gasolina y que tiene un dispositivo nivel 4 de conducción automática. Si mantienes las manos en el volante, avanza según el navegador.
Sakoda apartó el pie del pedal y activó la marcha automática.
—Así que basta con poner las manos en el volante, ¿no?
Entendido. En cualquier caso, veo que has escogido un coche barato.
Puestos a ir en un utilitario deportivo, ya podrías haber optado por un Lexus, que llevará un dispositivo automático de nivel 5.
O por un Tesla, digo yo. Total, el dinero lo pone Cherry.
—Al principio pensé en hacer eso, pero no me pareció adecuado para la ruta que haremos.
Sakoda usó el visualizador para hacer aparecer frente al parabrisas un mapa de los Estados Unidos. Un círculo azul indicaba su posición actual, y una línea verde, la ruta prevista que, avanzando en dirección oeste, unía seis puntos, los correspondientes destinos.
—En principio, esta es la ruta que he decidido.
De momento, hoy iremos a llevar la carta de Ignacio a Torre Donelson, la Aguja.
Después, haremos noche en Paris, Texas. Mañana, a casa de la familia del capitán Jones.
A continuación, haciendo pausas en los moteles que encontremos junto a la carretera, visitaremos a la familia del sargento Jacobson, la del soldado de primera Manima, la del cabo Allouch, la del soldado de primera Haoran Lee y, por último, tomaremos un avión para ir a Florida a la casa de los padres de la alférez Said.
—Pero habrá que conducir todo el tiempo, ¿no? Razón de más para haber escogido un vehículo de nivel 5.
—Uno de nivel 5 solo nos serviría hasta aquí —contestó Sakoda señalando la ciudad de Jacksonville, donde pernoctarían al día siguiente.
Rachel comprendió la situación y se tapó los ojos como quien no quiere ver.
A pesar de que estaban a punto de cumplirse doce años desde que terminó la guerra civil, no eran pocos los lugares (pequeñas ciudades o condados) que no reconocían el tránsito de vehículos eléctricos de conducción automática, alegando tener su propio estatuto «independiente», como correspondía a los Territorios Libres.
Los motivos iban desde una mera «alergia» hacia dichos vehículos hasta razones económicas tales como la falta de semáforos adecuados para ellos o de cámaras que cubriesen los ángulos muertos.
—Ya veo. Llevaba tanto tiempo sin volver, que se me había olvidado. También supondrá una preocupación la recarga de la batería…
—Efectivamente. Mejor no esperar demasiado de las estaciones de recarga.
Rachel señaló uno de los destinos, cercano a la frontera de México.
—¿Y esto? Por lo que veo, no parece estar conectado con ninguna carretera…
—Es donde vive la familia del soldado de primera Manima. Tampoco hay donde alojarse, así que tendremos que ir tirando de una roulotte .
—¡Qué lata! ¿Qué clase de lugar es ese?
—La reserva de la tribu Tohono O´odham.
—Ah… —contestó Rachel entrechocando las manos—. ¿El sitio ese a caballo de la frontera? Y su familia, ¿qué hace allí? ¿Tareas de voluntariado o de supervisión?
—Pues no lo sé —contestó Sakoda.
El periodista comprendió enseguida por qué Rachel hacía esa pregunta. Paul Manima, rubio y de ojos azules, no podía pertenecer a una tribu de pobladores primitivos.
—Según la dirección que me enviaron, queda justo en el centro de la reserva. Lo único que he hecho de momento es obtener la cita para que nos reciban. ¿No hablaste nunca con él acerca de su familia?
—No, es que aquella operación era la primera en que trabajábamos juntos —contestó Rachel encogiéndose de hombros—. Por cierto, ¿te acordaste de lo que pedí?
—Ahí lo tienes, compruébalo —dijo Sakoda señalando los asientos traseros.
Debajo de las dos bolsas de deporte color verde oliva que había arrojado Rachel, se veía un estuche negro Remington para rifle de caza y una caja de resina color verde oliva con un fusil automático FAR-15 como los que usaba Goodfellows.
Detrás del asiento del conductor, colgaba una funda de cuero sintético con una escopeta.
Todos los estuches y fundas llevaban la etiqueta del precio y otra etiqueta con un código de barras bidimensional con la identificación de cada arma.
—¿No te ha supuesto muchas molestias? —preguntó Rachel mientras atraía hacia sí la funda de la escopeta.