5 #4
Wu bajó la mirada hacia sus manos y echó una ojeada a su propio espacio de trabajo.
—Contacta con la señora Paleo… No, hay alguien mejor, ideal. ¡El periodista Sakoda!
—¿El propio interesado? —se extrañó Marsha frunciendo el entrecejo.
—¿Por qué no? —contestó Wu agitando el índice delante de su rostro—. Después de todo, no vamos a recuperar su noticia de última hora que le estropeamos, ¿no? Y como periodista parece que merece confianza. ¿Puedes contactar con él?
Marsha asintió.
—Sí, su representante, Marukawa, me dio su contacto. Parece que va a venir a los Estados Unidos. Junto con la superviviente de Goodfellows.
—Una soldado de origen chino, si no me equivoco, ¿no? ¿Será que han hecho buenas migas por ser los dos asiáticos?
Wu hablaba con tono malicioso, pero Marsha negó con la cabeza.
—Por lo visto, no se trata de eso. Dicen que van a ir juntos visitando a los deudos y entregándoles una compensación que ha ofrecido Ignacio.
—¿Cómo? —preguntó Wu boquiabierta.
An Ho también miraba hacia Marsha como petrificado. Fue Toma quien quebró el silencio.
—A ver…, ¿quieres decir que Ignacio va a pagar una compensación a los familiares de aquellos soldados que ordenó matar?
—Eso es lo que he oído. Aunque parece que Marukawa tampoco terminaba de entenderlo.
Wu asintió un par de veces como si por fin hubiera terminado de asimilarlo y luego se dirigió a Toma.
—Ya puestos, ¿por qué no los acompañas tú?
—¿Yo?
—Efectivamente. Encuéntrate con Sakoda, haz que te pase su documentación y examínala delante de él. Y pregúntale acerca de otras bases de datos de guerras legítimas que no sean las de la Corte Penal Internacional.
Toma, sorprendido por la repentina sugerencia, se mostró reticente, pero en cambio Marsha se sumó a la idea de Wu.
—A mí me parece bien. Creo que los lugares que hay que recorrer para visitar a esos familiares están en los antiguos Territorios Libres, y la red va muy lenta en esa área. Si tú, Toma, te llevas un terminal vía satélite, será más fácil mantener los contactos.
—Bueno, pero ¿no me convertiré en una molestia para ellos?
—Probaré a preguntar a Marukawa. Supongo que bastará con que no compartáis vehículo ni alojamiento. ¿Qué permiso de conducir tienes?
—Limitado hasta nivel 3.
—Entonces valdrá —contestó Wu.
Marsha también asintió.
Era un permiso limitado a conducción por inteligencia artificial, lo que para un verdadero conductor sería un hazmerreír, pero, en definitiva, los únicos vehículos que no podía utilizar Toma eran los de conducción manual, los fabricados en una época en que no se incluían características de conducción autónoma, ni de prevención de choques ni de mantenimiento de carril.
Ya no se vendían coches sin servicio de asistencia de navegación y, si tenía la suerte de alquilar un automóvil de nivel 5 con asistencia de tren en el aeropuerto más cercano, podía subir en el mismo vehículo del periodista y hacer que siguieran al coche que él había alquilado.
Wu inclinó el cuerpo hacia Toma.
—¿Qué te parece? Nuestra relación con el periodista Sakoda se ha vuelto muy importante.
Por supuesto que le pediremos perdón por haber echado a perder su artículo al usar un modelo que no sirve, pero es mejor quedar con él y ponerlo de nuestro lado.
Y quizá tampoco esté de más verse las caras con esa superviviente de origen chino.
A ella también se le han causado molestias…
—Creo que tienes razón —asintió Toma—. En cierto modo, ella es la principal víctima.
—Exactamente —contestó Wu señalando a Toma.
Justo en ese momento, An Ho se encontraba desplegando en su espacio de trabajo una imagen tridimensional de la joven soldado.
—¿Esta es la soldado superviviente de origen chino?
La imagen reflejaba una mujer de pelo castaño caído hasta los hombros bajo el cual había un rostro con una frente lisa que parecía tomada de una escultura griega, un puente de la nariz largo y recto y unos ojos de cuencas hundidas donde relucían sendos iris de color.
La cabellera color castaño se traslucía hasta la raíz.
Wu se volvió hacia la imagen.
—¿Eh?
A Marsha también le resultó inesperado. El rostro de aquella mujer soldado de pelo castaño que parecía hispanoamericana suponía algo muy alejado de la imagen que sugería su nombre chino, La-jie Chen.
Marsha volvió a mirar con atención aquella imagen tridimensional de la mujer y finalmente pensó: «Supongo que habrá muchas circunstancias especiales en su vida».
Quizá alguno de sus padres, abuelos o bisabuelos fuera de origen italiano, o puede que incluso fuera hija adoptada.
Y, por supuesto, quizá fuera un caso como el de la propia Marsha o el de Toma, que habían nacido así de repente.
—Estos casos ya no son tan raros —dijo An Ho mientras apagaba la imagen tridimensional y miraba de reojo a Wu—. Aunque hay mucha gente que no termina de acostumbrarse.
Por su parte, Wu protestó agitando ambas manos.
—¡Yo ya no voy a equivocarme más! El propio Toma también podría equivocarse, ¿no?
Marsha se echó a reír sin poder evitarlo.
—Por Toma no hay problema. Bueno, dejo a Sakoda en tus manos, ¿eh?