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Wu Lin-wen levantó el asiento del copiloto, donde no viajaba nadie, agarró una gran bolsa de tela y, tras sacar fuera sus largas piernas, se incorporó con un enérgico impulso del bajo asiento que ocupaba.
El ruido que hicieron sus gruesos tacones en el pavimento atravesó la delgada puerta de la oficina, reverberando en el interior.
Incluso Marsha, que no sentía interés por la ropa, se dio cuenta a primera vista de que el traje negro con ribetes de hilo dorado que Wu vestía ese día era de Chanel. La bolsa de tela también era de Chanel, azul oscuro con una cadena en oro entrelazada.
La chaqueta que mostraba las líneas de su cuerpo y la falda ceñida a la altura de la rodilla le daban un aspecto a la antigua, mientras su espalda recta y la agilidad de los movimientos de su rostro revelaban que rechazaba ser una mujer de actitud pasiva.
Marsha la llamó desde la ventana que tenía adjunta el pequeño mostrador para los pedidos de los tiempos en que el local era una tienda.
—Wu Lin-wen, qué pronto llegas.
—A la hora prevista —contestó Wu mientras se señalaba el reloj de pulsera.
Al cerrar la puerta del copiloto, el BMW contrajo la suspensión que había ofrecido comodidad al pasajero y comenzó a subir la cuesta empedrada en la modalidad sin pasajeros.
Su punto de destino era el edificio donde se encontraba la dinamo del tranvía, en el cruce de la calle Bush con la calle Polk.
En los subterráneos de este edificio de la central eléctrica de tres plantas había unos aparcamientos automatizados, sin una sola persona a su cargo.
Esta instalación inteligente, que embutía los vehículos de conducción autónoma con una separación de apenas unos milímetros entre plaza y plaza, estaba saturada de ondas electromagnéticas que podían cargar en veinte minutos y sin contacto físico una batería de doscientos kilovatios por hora.
En ese aparcamiento en el que las personas no podían entrar, el BMW aguardaría hasta la hora en que Wu se marchara.
Wu hizo aparecer la consola del aparcamiento en su visualizador por capas y luego miró a Marsha.
—Parece que hoy el aparcamiento es gratis.
—De un tiempo a esta parte, todos los días es gratis —contestó ella—. Dicen que desde que, hacia abril de este año, cambió el algoritmo de reparto de electricidad, ha aumentado la cantidad de energía que regula el generador del aparcamiento.
—Ah, por eso… —contestó Wu mientras penetraba en la estancia.
Para la ciudad de San Francisco, que cubría su demanda de electricidad mediante las energías renovables, la batería de alta densidad de los vehículos suponía un importante nodo que actuaba como un generador eléctrico virtual, puesto que podía cambiar con una precisión milimétrica su capacidad de emisión.
Si se comparaba con la energía que proporciona una central nuclear, la energía total generada en la ciudad, veinticuatro gigavatios, equivalía a la de doce reactores nucleares.
La red de distribución eléctrica, que cambiaba continuamente, era administrada por un sistema de mediación a base de inteligencia artificial, nacido en plena guerra civil en la Bolsa de Valores de Dallas, y efectuaba un descuento en el importe de la carga de baterías en función de la cantidad de electricidad que pudiera utilizarse.
Al entrar en la oficina, Wu hizo un saludo con la mano hacia Toma.
—Hola, An Ho, ¿qué tal estás?
Entonces, sonó una voz a sus espaldas.
—Yo estoy aquí.
—Oh…
Wu se quedó petrificada. Toma, objeto de la equivocación, se echó a reír, mientras que Marsha dejó caer los hombros decepcionada por su amiga.
—A ver si te esfuerzas por recordarlo, ¿no? Este es Toma. ¿Acaso no lo has visto un montón de veces?
—Lo siento, de verdad —se excusó Wo poniéndose una mano en el pecho y haciendo una reverencia hacia Toma—. En realidad, suelo ser bastante buena para recordar los nombres y las caras de las personas.
—No pasa nada, sucede a menudo —contestó Toma.
—Efectivamente —asintió An Ho.
Cuando se tiene en la cabeza un nombre tan típicamente escandinavo como Toma Knut, no tiene nada de extraño atribuírselo a un hombre blanco y corpulento como An Ho.
—Sí que pasa, no está bien equivocarse en los nombres —insistió Marsha mientras enderezaba la espalda al máximo y daba un abrazo a Wu.
Cuando Wu se separó de ella, se puso una mano en la cintura y con el dedo de la otra señaló a Marsha.
—Pero la culpa de que me equivoque con los nombres es tuya.
—¿Por qué?
—Porque eliges únicamente esta clase de empleados a propósito, ¿no? Un escandinavo de piel achocolatada, un blanco de origen vietnamita o alguien que, se mire como se mire, parece una mujer africana de alguna tribu.
Marsha se puso también una mano en el costado. Sabía que la otra hablaba medio en broma, pero no estaba dispuesta a dejarse vencer.
—Ya te he dicho mil veces que el aspecto físico no me importa.
—¿De verdad?
—Cuando busco contratar a alguien, solo me fijo en sus capacidades.
Ni siquiera tengo decidido un número fijo de personas que contratar.
Si alguien supera la puntuación de 0,92112, le contrato.
Para empezar, el formulario de postulación para el empleo lo hice siguiendo tus indicaciones.
No les pregunto ni la edad ni el sexo, ni les pido fotografía ni historial de trabajo ni enlace a sus redes sociales.
Es, por completo, una prueba de capacidad.
¿Cómo iba a poder elegir a alguien en función de que sea rubio o no?
Wu infló las mejillas.
—Bueno, pues entonces esa prueba que les pides no es buena.
—¿Me lo dices en serio? —preguntó Marsha ladeando la cabeza.
—Por supuesto que es una broma —contestó Wu dándole un nuevo abrazo.
Cada vez que Wu se equivocaba con el nombre de alguno de los empleados, siempre salía una conversación similar.
—Bueno, recuerda el nombre de mis empleados, ¿eh? —dijo Marsha no sin pensar que quizá resultara inevitable alguna confusión.
Toma, menudo y de tez morena, con pelo negro y rizado, podría pasar por un hombre de Asia central ante quien desconociera sus circunstancias, pero en realidad era de ascendencia noruega.
El día que comenzó a trabajar, vinieron también sus padres para conocer la oficina y cuando Marsha vio sus imponentes figuras, grandes como vikingos, concluyó que Toma debía de ser hijo adoptivo.
Según lo que había escuchado una vez en una fiesta casera, los padres de Toma aprovecharon para mudarse a los Estados Unidos cuando, durante la guerra civil, San Francisco relajó sus leyes de inmigración, y fue entonces cuando nació Toma.
Los padres se sorprendieron sobremanera de que su bebé fuera de tez morena, pero como se había tratado de una fecundación in vitro , desde antes del parto ya venían haciéndose varias pruebas de ADN y no cabía duda de que era hijo de ambos.
Al parecer, según se fue haciendo mayor, comenzaron a aparecer particularidades de sus padres, como la forma de las orejas o la boca, así como la mano de preferencia o el carácter.
La propia Marsha también presentaba un aspecto muy diferente al de sus padres.
Su piel achocolatada, su pelo rizado y la forma de sus párpados con las comisuras almendradas eran características propias de la India.
Sin embargo, su padre era un japonés tan típico que la gente de la oficina enseguida pensó en un samurái, y lo mismo podía decirse de su madre.
Marsha, que fue una hija tardía, había nacido por fecundación in vitro al igual que Toma y, de la misma manera, sus padres se habían hecho cantidad de pruebas antes del parto.
Sin embargo, el caso de Toma o el de Marsha aun así eran relativamente aceptables.
An Ho, un vietnamita que parecía extraído de la mitología nórdica, o Alessa Leder, hija de indios norteamericanos y con el pelo totalmente afro, resultaban más chocantes, pero, en cualquier caso, no había ni un solo empleado que tuviera las mismas características raciales que sus familiares cercanos.
En los tiempos actuales, año 2045, no era algo tan raro que las características físicas de los hijos no coincidieran con las de los padres.
También porque las mezclas raciales se encontraban muy avanzadas, y debido a que durante la II Guerra Civil se acentuó la diferencia económica entre el centro de los Estados Unidos y las dos costas, habían aumentado los casos de personas que renunciaban a sus hijos y dejaban su educación y crianza en manos de padres adoptivos.
Por lo general, los padres adoptivos tendían a escoger niños con particularidades raciales cercanas a las suyas, pero, en el caso de los empleados de COVFE, todos tenían un aspecto diferente al de sus familiares.
Marsha, puesto que los veía a diario, no se confundía, pero alguien como Wu, que solo venía de vez en cuando, era lógico que se equivocara.
Wu se repitió una vez más los nombres de Toma y An Ho y, tras dar un abrazo a Alessa, volvió junto a Marsha.
—Oye, Marsha, no pasa nada si alguna vez contratas a un John Smith rubio y de ojos azules o a una preciosa Wu Lin-wen de negros cabellos. Que nadie te va a llamar racista a ti.
—Anda, ¿es que quieres trabajar en COVFE? —dijo Marsha con tono burlón.
La había animado varias veces a trabajar en la oficina, pero nunca quiso ni pensar en ello. Wu negó con la cabeza enérgicamente.
—¡Ni hablar! Si estuviera en esta empresa, me parecería que me había vuelto tonta perdida. Para empezar, me volvería loca con esa prueba de acceso.
—¿Tú crees? Si no me equivoco, tu puntuación en la primera vez fue de un 78,24455 % y en la segunda de un 81,23422 %, ¿no? No está nada mal.
—Eso —contratacó Wu volviendo a apuntar con el dedo— es la puntuación de las pruebas que realicé hace ya diez años y te digo que no es normal que recuerdes cifras con cinco decimales. De entrada, ¿por qué calificas los exámenes con cifras de tantos decimales?
—Porque quiero ver la velocidad con que se captan las cifras.
Wu tampoco quería insistir y, como además se había quedado sin argumentos, se limitó a soltar un mugido.