4
Tras comprobar el lugar escogido, Sakoda se dijo para sus adentros que resultaba de muy mal gusto. El canje de prisioneros tendría lugar en la hondonada donde una semana antes fueron masacrados Jones y los suyos.
Sakoda probó a sonsacar algo a Jackie, que caminaba delante de él, comenzando con un «Es el mismo lugar de la masacre, ¿no?
», pero todo lo que obtuvo como respuesta fue un «Sí, cierto».
Le pareció detectar un deje de lástima en el tono de la mujer, pero, por otro lado, no parecía avergonzarse de pertenecer a una organización que había matado a unos prisioneros de guerra.
En el camino entre el hotel y el ayuntamiento, Sakoda hizo una pequeña entrevista a Jackie.
Tenía veintiún años y había nacido en Dallas.
Sus padres trabajaban en un rancho y, según decía, cuando se graduó en Bachillerato, recibió un correo electrónico de Terra Amazonas ofreciéndole trabajo como guardia de seguridad.
No sabía si sería tan buena tiradora como Camilo, pero coincidía con Rachel en el hecho de que carecía de experiencia militar previa.
Sakoda, que iba pensando en esas cosas mientras caminaba, llegó enseguida a la plaza frente al ayuntamiento, donde se unió al destacamento que iba a emprender la marcha hacia la jungla.
Jackie desapareció entre sus compañeros.
El cuerpo de defensa tenía preparados siete camiones de caja abierta de los que se venden ordinariamente, aunque les habían hecho varias modificaciones. Montaron todos en ellos y se adentraron por un sendero de la jungla. Sakoda filmaba la escena con sus dos Meganeura.
Las cajas donde estaban los cuerpos de Jones y sus subordinados iban en los dos primeros camiones, sin montar unas encima de otras. Los camiones evitaban los baches del camino, con objeto de que los cadáveres no se bambolearan.
Los tres camiones siguientes transportaban un destacamento conformado sobre todo a base de soldados jóvenes con fusiles QBZ-100.
Ignacio, junto con Camilo, iba en el interior del cuarto camión, Rachel en el quinto y Sakoda en la parte trasera del séptimo.
En la caja de los camiones cuarto al séptimo iban soldados con armamento convencional, como fusiles AK-47 o ametralladoras Browning.
A Sakoda le llamó la atención que los soldados jóvenes de los QBZ-100 charlasen en inglés alegremente entre ellos, mientras que los de los AK-47 lo hicieran en español o en quechua.
Mientras los Meganeura filmaban la columna militar, llegaron a la hondonada.
La lluvia había borrado cualquier rastro de la sangre y carne que se desperdigó durante la masacre, pero en el lugar donde Jones y los suyos sufrieron la ráfaga de saturación se extendía un espacio vacío con muchos troncos, ramas y hojas partidos.
Sakoda se bajó de la caja del camión y, de pie en el punto de la masacre, examinó aquel panorama, el último que vieron los miembros del destacamento.
Aquella hondonada circundada por altos árboles era el único lugar en que penetraba la luz del sol, confiriéndole un aspecto anómalo.
Sakoda miró en dirección al sol y, tras darse cuenta de que las copas de los árboles que deberían dar sombra al lugar habían sido taladas, decidió verificar sus grabaciones.
Las imágenes del momento en que murieron aquellas personas. Respiró hondo y, tras insensibilizar su corazón, reprodujo la escena de la masacre. Comprobó que aquella horrible escena había quedado bien iluminada por la luz solar.
Sakoda dirigió una mirada de furia a Ignacio, ya descendido del camión.
Ignacio había elegido a propósito el lugar donde masacrar a los soldados rendidos. Su objetivo debía de ser la difusión de la noticia. Sin duda, su deseo era que aquellas impactantes imágenes, junto con la palabra «masacre», corrieran por todo el mundo.
Sin embargo, por culpa de que el artículo generado por Sakoda con inteligencia artificial no obtuvo una puntuación suficiente, su objetivo no se cumplió.
Pero, aun así, él no se había dado por vencido.
Ahora pretendía que Sakoda le entregase una carta a cierto hombre adinerado que vivía en la Aguja, de Nashville, y que fuera visitando uno tras otro a los deudos del destacamento de Jones, haciendo de paso averiguaciones acerca de lo que fuera surgiendo en el proceso.
Ignacio, que se percató de la particular mirada de Sakoda, le invitó con los ojos a comparar los dos grupos diferentes de los cuerpos de defensa.
Sakoda asintió como diciendo «ya lo sé».
En realidad, no sabía nada, pero sí se daba cuenta de que Ignacio le sugería investigar acerca de por qué un grupito de ellos eran jóvenes como Camilo o Jackie, capaces de hablar inglés como un norteamericano y manejar un sofisticado armamento de los más modernos.
Lo cierto es que había muchas cosas hacia las que sentía una enorme curiosidad.
Si hacía caso de lo que dijo Camilo, que había sido capaz de disparar en diagonal a través de un cristal blindado, él era un tirador que equivalía a un destacamento unitario de ORGAN.
Solamente ese secreto ya era algo que daría de comer a Sakoda, pero también resultaban interesantes los compañeros de Camilo, ese grupo de soldados que hablaban inglés norteamericano.
Con todo, su trabajo de hoy debía centrarse en el canje de prisioneros.
Los soldados del cuerpo de defensa se dividieron en patrullas de tres para vigilar los alrededores de la hondonada. Rachel, que ya se había bajado del camión, se acercó a Sakoda.
—Jake, ¿todo bien con el reportaje?
—Más o menos. ¿Tú qué tal?
—He engordado un poco —contestó ella con una sonrisa amarga.
A continuación, dirigió una mirada hacia las cajas de los cadáveres, alineadas sobre una impoluta tela blanca y con una voz que sonaba más a un rugido, añadió:
—No pienso perdonar esto. Haré que se arrepienta de haber dejado con vida a uno de nosotros. ¿Vendrás a hacer un reportaje?
—Si vas a vencer al comandante, me gustaría filmarlo de todas todas.
Lo dijo con una sonrisa, pero parece que no surtió el efecto esperado. Rachel soltó una carcajada y luego dio un palmetazo en la espalda de Sakoda.
—Tampoco hagas imposibles. No será algo como propagarlo en las noticias.
—Ya lo creo que sería una noticia. Y todavía tengo que hacer que se publique lo de la masacre.
—¿Aún no se ha difundido la noticia?
Sakoda reunió en el espacio de trabajo compartido de su visualizador todos los artículos que había encontrado.
— Real Times , que tenía un dron sobrevolando mi cabeza, ha difundido la noticia. Aunque no usa en ningún momento expresiones como «masacre» o «crimen de guerra». Luego hay unos pocos artículos de gente que lo escribió al ver este.
Rachel echó un vistazo a los textos y luego dijo en voz baja:
—Pero si todos tienen menos información que el tuyo…, ¿por qué no sale el que escribiste?
Después de comprobar que los soldados del cuerpo de defensa que merodeaban por la hondonada no les estaban escuchando, Sakoda contestó también en voz baja:
—COVFE, la empresa que verifica la veracidad de las publicaciones, ha comenzado una investigación sobre ello. Porque, lo vea quien lo vea, el asunto extraña.
—El tipo —dijo Rachel señalando a su espalda, donde estaba Ignacio— está muy contrariado porque el artículo no saliera. Tuvo la caradura de decir que, si llega a saberlo, no los habría matado.
—¿Te lo dijo durante los interrogatorios?
Rachel asintió y acercó su rostro al de Sakoda.
—Jake, has aceptado la investigación que te pidió el tipo, ¿no? ¿Vas a dejar que te maneje?
—No, no —contestó Sakoda negando con la cabeza—. Quien decide si se escribe o no el artículo soy yo. Además, la cuestión de la compensación no es una mala idea, ¿verdad?
—Bueno, eso sí —asintió Rachel—. La pensión para familiar superviviente que paga Goodfellows no da para vivir ni medio año.
Dicho esto, Rachel se quedó con la vista fija en un punto de la jungla.
—Ya están aquí.
Sakoda siguió su mirada y vio que, frente a él, la vegetación aparecía medio borrosa.
Al momento siguiente de pensar «camuflaje óptico», en un extremo de la plaza aparecieron varios transportadores Maschief alineados.
Dos grupos de tres Maschief cada uno con sendos soldados en traje de combate estaban a izquierda y derecha de la hondonada, y al frente había un total de siete, cuatro con prisioneros vestidos con chándal y tres vacíos.
Mientras Sakoda comprobaba la disposición de los Maschief, uno de los transportadores con soldado a bordo se adelantó.
—Mi nombre es Bill McGrow, oficial de seguridad de Goodfellows. ¿Dónde está el comandante Ignacio?
Los soldados del cuerpo de defensa, que estaban patrullando por la hondonada, parecían inquietos por la repentina aparición de los Maschief, pero a los jóvenes con QBZ-100 se los veía tranquilos, como si ya previeran la aparición de las máquinas.
—¡A formar! —gritó Camilo.
Al oírlo, los nerviosos soldados del cuerpo de defensa se reunieron en torno a los camiones. Ignacio, al igual que una semana antes, volvía a estar de pie en la caja de uno de los camiones. Ahora, en vez de adoptar su habitual actitud burlona, hizo un saludo de exquisita formalidad hacia McGrow.
— Mister McGrow y todos ustedes, miembros de Goodfellows, les habla el comandante Ignacio, del Cuerpo de Defensa de Terra Amazonas. Les agradezco mucho que, como representantes generales del Gobierno de Brasil, hayan acudido a este canje de prisioneros.
Cuando Ignacio terminó de hablar, McGrow detuvo los pasos del Maschief.
—Antes del canje, hay algo que quiero decirte.
—Adelante.
Ignacio respondía con docilidad pese a la irrespetuosa manera en que el otro se dirigía a él.
—De ningún modo vamos a perdonar el crimen de guerra que has cometido.
Hemos informado a Brasil, Perú, Colombia y Estados Unidos que asesinaste a cinco miembros del destacamento de Jones que se habían rendido.
Acudiremos a los organismos internacionales que hagan falta para denunciar que vuestra guerra de independencia no ha tenido nada de limpio. Ve preparándote.
Una vez escuchado, Ignacio se puso una mano en el pecho.
—En primer lugar, quiero pedir disculpas. Realmente lo lamento mucho.
—¿Cómo?
—Que estuvo mal matarlos.
—¿Admites la masacre?
—Ya lo vieron, ¿no? Así fue, tal cual. Los cinco que se rindieron, murieron por orden mía. Comuníquenselo también a las Naciones Unidas.
McGrow frunció el entrecejo, dando muestras de que no entendía la verdadera intención de Ignacio. Dejó escapar un suspiro y señaló los Maschief que tenía a su espalda.
—Claro que informaremos, no hace falta que lo digas. Procedamos al canje.
McGrow agitó una mano como si espantase a un insecto y los Maschief que se mantenían en espera comenzaron a caminar.
Los Maschief avanzaron en silencio por la hondonada y se detuvieron junto a los receptáculos de los cadáveres.
Los cuatro prisioneros se bajaron de los transportadores dando muestras de no estar acostumbrados a ellos y se juntaron con el cuerpo de defensa de Terra Amazonas.
Unos soldados jóvenes con los QBZ-100 se acercaron a los Maschief que habían quedado vacíos.
En cabeza iba Camilo, pero también se hallaba entre ellos Jackie, la mujer que antes había escoltado a Sakoda.
Siguiendo las instrucciones de Camilo, los soldados movieron unas palancas de los transportadores para convertir los respectivos asientos en cajas abiertas para carga.
Por lo visto, Camilo conocía bien el equipo militar de los ORGAN.
—¿No será que, como parecía, ellos también tienen la tecnología ORGAN? —murmuró Rachel parándose un instante para volverse hacia Sakoda cuando ya se dirigía al Maschief que conservaba el asiento—. ¿Tú no ibas a venir con nosotros?
—Os seguiré a pie.
—Bueno, entonces hasta luego.
Tras sentarse a horcajadas en el asiento del Maschief, Rachel se hizo invisible. Sakoda descubrió que el resto de las máquinas también habían ocultado su figura.
El único rastro perceptible fue el sonido que levantaban los transportadores al pisar las hojas caídas mientras salían de la hondonada.
Sakoda sintió un escalofrío y se le puso la carne de gallina al pensar en la posibilidad de que los de Goodfellows decidieran aprovechar para sacar ahora los colmillos y tomarse la justicia por su mano.
En ese momento, sintió un golpecito en el hombro.
—Ya te vas, ¿no?
Era Ignacio.
—Sí. No creo que los alcance, pero regresaré hasta su campamento. Aunque creo que llegaré a Estados Unidos antes que ellos.
—Ya. Supongo que además ella tendrá que hacer algún informe sobre el combate y demás. Bien, acuérdate de lo que te pedí.
—¿Qué debo decir a las familias?
—Que lo lamento mucho. Que Cherry Ignacio, que mató a su hijo o a su hija, lo siente de todo corazón. Y que estas compensaciones son todo el capital que tengo.
—¿Cree usted que con eso aceptarán el dinero?
—Eso lo dejo en tus manos. Y diles también esto: que ellos eran mis hermanos. Y que hubiera preferido no matarlos.
Al mirar de frente aquellos negros ojos, Sakoda sintió como si se le paralizara la respiración. Parecían transmitir que había hecho algo extremadamente malo. Sakoda meneó la cabeza apresurándose a apartar la vista. Hablar con ese hombre siempre le confundía.
—¿Cómo puede decir eso después de haberlos matado?
—Pues por eso te digo que lo dejo en tus manos.
De pronto Ignacio volvía a su habitual tono chistoso. Pasó un brazo por los hombros de Sakoda y, abrazándolo, dijo: «Che».
—¡Pero qué hace!
Tras librarse del abrazo, Sakoda apuntó un dedo hacia Ignacio.
—A la vuelta, le pediré una entrevista.
—La estaré esperando con mucho gusto —asintió Ignacio con rostro serio.
Sakoda le dio la espalda y comenzó a andar en dirección a la senda por la que habían desaparecido los Maschief. Después de caminar enérgicamente durante una hora, como ensimismado, por primera vez se percató del trinar de los pájaros y de los sonidos de los insectos y por fin relajó la marcha.
Luego, Sakoda pensó acerca del último mensaje que le había pedido transmitir Ignacio y en la diferencia existente allí. Cuando dijo eso de «Eran mis hermanos, y hubiera preferido no matarlos», no añadió su habitual «che».
Quizá fuera cierto que habría deseado no matarlos.
Sin embargo, los mató de manera que constituyera un crimen de guerra. ¿Por qué decía que el motivo lo encontraría en Estados Unidos?