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Tras finalizar la guerra civil, sacó partido del pasaporte japonés, que le permitía viajar sin necesidad de visado a gran cantidad de países y, al parecer, se especializó en ir de un lado a otro del mundo para hacer reportajes sobre guerras legítimas.
Era un «periodista que no escribía», ya que generaba los artículos por inteligencia artificial a partir de imágenes y datos, pero gracias a su capacidad de acción y a su perspicacia para detectar el valor periodístico, desde que empezó el año había conseguido que Sun le publicase sus trabajos.
La documentación incluía también unas fotos.
Llevaba bastante corto el pelo negro y los contornos de su rostro parecían un poco más finos que los de los americanos de origen japonés que conocía Toma.
También era más delgado que estos. Sin embargo, parecía que estaba en forma, porque las mallas de combate que vestía dejaban intuir una buena musculatura debajo.
Tenía una cámara de acción sujeta a su coraza protectora.
En torno a la cintura se ceñía un exoesqueleto que le facilitaba tanto el andar como el cargar con cosas y, además, de dicho apéndice salía un estabilizador que mantenía fija una cámara de vídeo.
A sus pies se veía un dron para filmaciones que podía cambiar de ala fija a ala rotatoria.
El equipamiento con que contaba era magnífico, y pensando también que la documentación que usaba para generar los artículos la excluía de la usada para la verificación de los hechos, Toma se llevó una buena impresión de él.
—No creo que cometiera un error en el manejo del sistema. ¿Y los recursos usados para juzgar los hechos?
—El modelo general de juicio sobre sucesos, el modelo de información de Sudamérica y otro basado en el modelo de información de conflictos de las Naciones Unidas.
Y a esos se les añade, como sistemas para expertos, el modelo de información de armamento del Anuario Jane´s y el modelo de información de guerras legítimas.
Más las imágenes de los dos drones utilizados para el reportaje. En total, siete.
—¿Había allí otros periodistas aparte de Sakoda?
—No, los demás solo enviaron drones para filmar. Eran de Real Times y de Chicago Bear .
—Bueno, entonces, ¿qué te parece si vamos examinando una por una la documentación usada para la comprobación? El número de combinaciones posibles se obtiene con la fórmula (∫_(abs(z) = 1) (1+z) ^ 7/z ^7dz + ∫_(abs(z) = 1) (1+z) ^ 7/z …
Cuando Toma empezó a enunciar la fórmula de cálculo diferencial, An Ho juntó cada uno de sus pulgares con el resto de los dedos de la mano y comenzó a calcular.
Calculaba con los pulgares, equiparando las doce falanges de los dedos que iban del meñique al índice y las puntas a cifras y fórmulas.
Según decía, era el sistema que usaba su abuelo, que emigró a los Estados Unidos durante la guerra de Vietnam, para calcular los importes de sus órdenes límite en la bolsa.
El método que el abuelo enseñó a An Ho era un sistema duodecimal, ya que solo incluía las doce falanges de esos cuatro dedos, pero como el nieto lo amplió incluyendo las puntas de los dedos, el suyo era hexadecimal.
En suma, había creado un ábaco multiuso que le permitía calcular tanto cifras exponenciales como logaritmos, cálculos integrales o dimensiones de una función de curva elíptica.
Cuando entró en COVFE, An Ho aprendió a usar la plataforma de verificación de hechos y, juntando eso con el sistema de dieciséis bits de los dedos de ambas manos que había ideado, creó un sistema de cálculo basado en un entrelazamiento que alcanzaba hasta los dieciséis bits cuánticos.
El sistema de An Ho, que abría y cerraba las manos mientras calculaba, enseguida se extendió entre los empleados de COVFE.
Toma fue de los primeros en empezar a usarlo y aprendió a experimentar el cálculo cuántico como una sensación corporal.
Los que no pudieron hacerse a ello fueron los empleados de mayor edad.
Por ejemplo, la directora general, Marsha, o Alessa Leder, que trabajaba allí desde el día en que se fundó la empresa, y Raspberry Wang, que entró después de Toma, pero era bastante más mayor.
A lo máximo que llegaron ellos fue a expresar dieciséis bits.
Por su aspecto, An Ho, el grandullón de raza blanca con cabeza rapada, podría pasar por alguien de treinta y tantos años, pero todavía estaba matriculado en la universidad y, con diecinueve años recién cumplidos, era el empleado más joven.
Tras articular con los dedos la fórmula de cálculo diferencial de Toma, An Ho dio la respuesta.
—Las posibles combinaciones son ciento veintiséis patrones. Como mucho, se tardarán cuatro días.
—¿Por qué? Con el servidor que nos ha pedido prestado Marsha sería cosa de un instante, ¿no?
An Ho negó con la cabeza.
—Están disueltas dentro de cada modelo. Para examinarlas, hay que extraer del glaciar los datos originales, previos a la polimerización.
—Ay, ay, ay…
La cuestión no era exclusiva de COVFE, sino que todas las empresas de computación cuántica de Quantum Hill guardaban sus procesos de cálculo en un archivo de datos cuánticos llamado QG ( Qubit Glacier ).
Era un servicio para conservar como datos magnéticos tradicionales, al estilo de las unidades de estado sólido, unos fotones en estado cuántico que en el circuito óptico solo pueden existir durante un par de minutos.
Para utilizarlos cuánticamente, había que volver a convertir los datos tradicionales al estado cuántico y luego introducirlos en un acelerador.
—Bueno, ¿por dónde empezamos a meterle mano? Ah, perdón, vas a comer ahora, ¿no?
Toma alargó el cuello para mirar hacia la cocina del restaurante. Una empleada de uniforme estaba colocando lechuga en una caja de almuerzo que debía de ser la de Marsha.
—Creo que traerán lo mío enseguida. Podríamos probar a hacer hoy los del modelo de los datos sobre sucesos, ¿no?
—Esos ya los he hecho. Con el modelo de hoy y las imágenes, la puntuación ha sido de 0,752. Si le introducimos los datos de los sucesos de Sudamérica, puede que supere el 0,9.
—¿Ah, sí? Es probable, sí. Uy, aquí viene mi fritura.
—Pues nada, que lo disfrutes.
An Ho sonrió y, tras acariciarse su cabeza rapada, se puso en pie y salió del restaurante por la puerta, como es debido. El empleado que apareció ante Toma en sustitución de An Ho dejó el plato de sardinas fritas sobre la mesa y dijo lo mismo que él.
—Que lo disfrute.
Después de dar las gracias al camarero, Toma plegó su espacio de trabajo y, tras sujetar con el tenedor una de las doradas frituras, hincó el cuchillo.
El aceite caliente saltó un poco y un aroma a espuma de mar y orégano envolvió su rostro.
Cuando ya tenía casi en la boca el trozo pinchado de fritura, la mano de Toma se detuvo.
El aceite impregnado en el rebozo todavía estaba caliente.
Quizá se quemara la lengua si se lo metía tan pronto.
Mientras esperaba que el trozo pinchado en el tenedor se enfriara, encargó a su agente lo que se le acababa de ocurrir.
—Oye, pídele a An Ho que te envíe las filmaciones de la documentación que no sean las del problema de los sucesos y mételas en mi archivo de la investigación de la masacre.
Después, ¿te importaría reunir información sobre Terra Amazonas, la empresa Goodfellows y las empresas que estuvieron filmando con drones la batalla de defensa?
—De acuerdo, entendido.
En un rincón de su campo de visión nació un archivo en el que iba entrando la documentación. Una vez comprobado ese, Toma se llevó a la boca el trozo de fritura a la temperatura adecuada.