Man-kind 3 #2
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Marsha tenía el rostro de perfil y estaba dirigiendo la palabra a alguien.

Parecía en medio de una reunión en modo privado y, aunque a Toma le sonaba a idioma inglés, era como un encadenado de sonidos sin sentido.

La atención de Marsha cambiaba de un asunto a otro en cuestión de segundos.

En el par de segundos que había tardado Toma en contestar la llamada, le habría pasado alguna idea por la cabeza que la llevara a dirigir la palabra al empleado que tuviera más cerca.

Como no tenía sentido seguir esperando, Toma la llamó por su nombre.

—Marsha….

—¿Ya estás en Marina? —contestó su jefa como si llevara un tiempo hablando con él.

El empleado con quien hablaba un momento antes fue olvidado al instante.

Cualquiera sabía cuándo reanudaría la conversación con él.

Si ella olvidara el asunto por completo, se le podría soltar alguna ironía, pero Marsha, ya fuera el día siguiente, la semana siguiente o, a veces, incluso varios meses después, siempre retomaba la conversación interrumpida.

Tampoco era algo por lo que tuviera que preocuparse Toma.

—He parado junto a la calle Washington porque pasaba un tranvía.

Toma hizo girar el espacio de trabajo donde flotaba el avatar de Marsha para que ella viera el tranvía que se alejaba.

—Pues, entonces, querría uno de los almuerzos que venden en el establecimiento de Roki. ¿Se podría hacer que me lo envíen?

Toma miró hacia el restaurante que estaba en la esquina opuesta cruzando la calle. En el cristal del fondo de la terraza había un dibujo del dueño, un hombre con bigote llamado Roki, ofreciendo un gran plato de alitas de pollo con patatas fritas.

Debajo del dibujo de Roki había una apretada fila de iconos indicando todas las modalidades de servicio que aceptaba el restaurante.

Estaban los símbolos de entidades de crédito como AMEX o VISA, también los de criptomonedas cuánticas como Daims, Cubits Gold o Queen Edge y, en la fila por debajo de ellos, los iconos de veteranas plataformas de reparto como Uber Eats o Serves.

Entre aquellos servicios de reparto, Toma localizó el icono donde figuraba un ave rapaz. Era el de Kestrel, un servicio de reparto de comidas que utilizaba drones. El nombre había sido elegido por la forma en que planea esta ave falconiforme, el cernícalo.

—Parece que sí es posible. Ahora voy.

Toma cruzó la calle Washington tirando de la bicicleta y se fijó en que alguien había escrito con rotulador junto al icono: «No es un halcón».

Puede que lo hubiera escrito el propio Roki.

Las aves falconiformes no son de la familia de los halcones.

Gracias a la filogenética, se sabe que están más próximas a los gorriones o a los búhos que a las aves rapaces al uso.

El local de Roki ofrecía típicos platos norteamericanos, como hamburguesas con patatas fritas o alitas de pollo, pero, por lo visto, su dueño quería comunicar que le interesaban la ciencia y las teorías evolutivas.

Mientras miraba el menú colgado en el exterior de los platos para llevar, Toma preguntó a Marsha.

—¿Qué quieres comer?

—Fritura de sardinas a la cerveza con mantequilla, por favor. Este año es el turno de San Francisco para pescar sardinas salvajes.

Después de decir eso, Marsha soltó una risita.

—¿Pasa algo?

—Es que esta mañana he tenido una pequeña discusión con mi padre. Me ha dicho que deje de usar la palabra salvaje .

—¿Y cómo quiere que lo llames?

— Tennen 3 , dice él —contestó Marsha usando una palabra que sonaba a japonés—. Parece que no le salía la palabra inglesa. Dice que si uso la palabra salvaje , da la impresión de que hacen algo malo.

Toma recordó la figura del padre de Marsha, que vino a la oficina con un vehículo eléctrico Nissan.

La manera en que saludó a los empleados mostrando los dientes al sonreír y agitando la mano era igual que la de Toma y la habitual en la costa oeste.

Pero cuando se sentó en la silla con la espalda recta y estirada, luciendo aquellos ojos de párpado sencillo y un pelo negro y liso, todos los empleados se dijeron que, efectivamente, haciendo honor a sus orígenes, tenía maneras de samurái.

Al parecer, los antepasados de la familia Yoshino habían emigrado a los Estados Unidos antes de la gran guerra mundial, pero gracias a que el padre de Marsha mantenía negocios de comercio exterior con Japón, hablaba el idioma como un nativo.

—Pues puede ser. Bueno, de momento voy a encargarlas.

Toma entró en el establecimiento y pidió que llevaran a la oficina con el servicio de drones las sardinas fritas que quería Marsha. Toma pagó los cuarenta y cinco dólares del importe mediante Daims y, tras transferir el recibo a Marsha, ella le envió cincuenta dólares también por Daims.

—Esto es más.

—Es como agradecimiento. He estado a punto de perderme las sardinas tenant .

—¿No eran tennen ?

—¿Sí? Quizá.

«Qué desidia la suya», pensó Toma. Cierto que, considerando que se había criado hablando inglés en casa, tampoco tenía nada de raro que no supiera hablar japonés.

Por el contrario, sí resultaba sorprendente que ella, que parecía ser india desde todo punto de vista, con su piel color chocolate y los párpados con forma de almendra, transmitiera aquel mismo porte de samurái que su padre.

Pero lo mismo podía decirse de Toma. Era de constitución menuda, con piel parduzca y con un puente de la nariz grueso, así que a menudo le tomaban por alguien de ascendencia árabe, pero su padre era un pelirrojo de dos metros de estatura y su madre algo similar, una rubia corpulenta de uno noventa metros.

Ambos habían nacido en Noruega y, tras emigrar a los Estados Unidos, se sometieron a un tratamiento contra la infertilidad hasta que, finalmente, nació Toma, que no heredó ninguna de las particularidades raciales de sus progenitores.

Y coincidía también con Marsha en el hecho de que en casa hablaran en inglés.

—Ah, sí, ya me olvidaba. An Ho dice que quiere hablar contigo.

Toma exhaló un suspiro y apareció a su lado en el visualizador un avatar de An Ho a gran tamaño. El avatar, muy bien enfocado, daba la impresión de ser más grande que el dueño original.

—Ya me perdonarás que te pille de camino a tu almuerzo…

—¿Va a ser cosa de mucho tiempo?

Viendo que An Ho asentía, Toma decidió que comería en ese mismo restaurante y, tras encargar el mismo menú que había enviado a Marsha, escogió un asiento.

Echó hacia atrás la silla que tenía enfrente y el avatar de An Ho, que le había seguido los pasos, se sentó en ella.

No existía ninguna necesidad de disponer la silla de manera que el avatar se sentara en ella, pero resultaría una visión más bien desagradable que la silla se superpusiera con la imagen del visualizador.

Una vez sentado, An Ho se acarició su pelada cabeza y colocó el artículo periodístico de marras en una esquina libre de la mesa.

Lo normal era dejar los documentos flotando en el aire, pero colocado encima de la mesa parecía tan real como las servilletas de papel que se veían al lado.

An Ho «entró» en la imagen del espacio del restaurante que compartía Toma.

De esa manera, como si ejercitara una pantomima, podría mover las cosas de la realidad virtual.

El preciso control de sus gestos se debía a que llevaba hasta veinte implantes iguales que los de Toma para su red corporal BAN.

Toma, mirando aquel texto periodístico que ya tenía prácticamente grabado en la memoria, preguntó:

—¿Has hecho ya las pruebas?

—Sí. He empezado por publicarlo en el entorno para pruebas y, ciertamente, la puntuación que obtiene es baja.

La misma puntuación que la real, 0,445. Cambiando la semilla aleatoria, he repetido la prueba medio millón de veces, pero todos los valores obtenidos estaban comprendidos entre 0,442 y 0,446.

Se aparta de la desviación típica con un exponente negativo de 7.

—¿Has probado a generar un nuevo artículo por inteligencia artificial? Tenemos las imágenes del dron del periodista y las indicaciones que dio para su redacción, ¿no?

—Sí, he probado a hacerlo. Y también el juicio sobre él.

—¿Y cuál ha sido la puntuación?

—Apenas cambiaba. Comprendida entre 0,471 y 0,496. La leve mejoría se deberá a que lo hice usando el centro de la colina cuántica.

Toma observó las tablas numéricas hechas por An Ho.

—En otras palabras, que no se debe a un error del periodista.

—Exactamente. O en el método de polimerización de Pearson hay una anomalía informática o las fuentes utilizadas para el análisis del artículo están equivocadas, una de dos.

—Antes de buscar si hay una anomalía o no, hay que examinar bien las fuentes.

Ah, espera un momento. ¿No existe también la posibilidad de un error de manejo por parte del periodista?

Que las imágenes que utilizó para generar el artículo fueran las mismas que usó como pruebas para la valoración o algo así…

Cuando las fuentes que se usan para generar algo son las mismas que se utilizan para juzgarlo, a veces se «canibalizan» y se produce lo que se llama «alucinación artificial». Pero An Ho negó dicha posibilidad al instante.

—No, el periodista lo programó de manera que no se usara la filmación de su propio dron.

—Vaya, parece un periodista como es debido.

An Ho colocó unos papeles sobre la mesa.

—Mira esto. Sun me ha enviado el historial del periodista Sakoda.

Toma creó sobre la mesa una pared virtual y clavó allí los documentos.

El nombre del periodista era Johei Sakoda.

El alias con el que firmaba sus trabajos, Jacob Sakoda.

Nacido en Tokio en el 2013, se mudó a California durante la guerra civil, donde estudió periodismo en un colegio comunitario.

Después, comenzó a realizar crónicas periodísticas de la guerra civil para publicar en Japón.